Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Sondear, pulsar la capacidad de una expresión meditada

Sondear, pulsar la capacidad de una expresión meditada

Textos I

Nicolás Gómez Dávila
Villegas Editores, Bogotá, 2.a ed., 2002, 154 Págs.

 

El autor hace una advertencia inicial: la originalidad de sus ideas le es indiferente, pues sabe que la obra como tal es el resultado de una disposición nueva, así los temas que la recorran ya hayan sido argumentados por otros creadores en otros tiempos y en otros lugares. Lo que cuenta aquí es la manera de estructurar un mundo propio, interiorizando las ideas fundamentales y exteriorizándolas desde su particular capacidad de reflexión y su experiencia específica. Argumentamos que un acto es creativo si el pensador llega a una solución a través de una conclusión que implique cierta originalidad para él, sin importar que este hecho ya hubiese sido realizado con anterioridad por otro sujeto diferente. Si el producto creativo no existía antes de la manera actual, sí debe contener elementos nuevos que no se encontrarían en otros: al descubrir otros fundamentos, redescubrir lo creado o reorganizar los pensamientos existentes.

De esta forma la actitud creativa, sea teórica o no, es un proceso de ver o fundar relaciones múltiples, distintas, asumiendo una actitud constructiva y transformadora, llena de inquietud, exploración, crítica y despliegue de una mentalidad divergente.

Lo que le importaba más a Nicolás Gómez Dávila era la coherencia de sus ideas, la relación de sus tesis, el enlazamiento de sus argumentos, la reunión de lo sustancial de sus textos, e incluso la actuación consecuente con la propia ideología que subyace en sus textos. Dice Gómez Dávila: "Intento trazar aquí un esquema que ordene, con la menor arbitrariedad posible, algunos temas dispersos, y ajenos".

 Textos I, aunque clasificado por la editorial dentro de la colección de filosofía, es mejor una colección de ensayos, entendiendo el ensayo no solamente como un género literario o una forma literaria adecuada a la expresión de las preocupaciones intelectuales y artísticas, sino como el estado adulto de la palabra, la madurez del pensamiento.

Dado que el ensayo es de constitución esencialmente libre, el autor despliega aquí un espíritu subjetivo, así su estilo no sea siempre ágil, fluyente, espontáneo y abierto. Sus textos no pretenden descubrir nada, ni sustentar una tesis. Lo que intenta es sondear, pulsar la capacidad de una expresión meditada. Los temas únicamente sirven de disculpa para extraviarse en otros necesarios a la voz del pensador. Gómez Dávila afirma que no lo orienta un propósito didáctico, entendido éste como un ejercicio de carácter normativo, cuyo objeto es enseñar o dirigir un aprendizaje, "impertinencias pedagógicas", diría el autor, ocultando que el ensayo es una búsqueda de nuevas formas de expresión hacia la comunicación y no acumulación de un sinfín de conocimientos aislados y estériles. Es más: persevera en su cometido de enriquecer la experiencia por medio del esfuerzo personal y la interrogación constante. Su pensamiento, dice el autor, "no es dialéctica del universo, sino diálogo entre amigos, llamamiento de una libertad despierta a una libertad adormecida". Y prosigue enfatizando que sólo compone un centón reaccionario; es decir, una obra de sentencias de carácter conservador, poco crítico, pues, a pesar de la inteligencia de sus escritos, Gómez Dávila no oficia como sujeto escéptico que pone en duda todo, sobrepasando la autoridad y la creencia. De la misma manera que no hay en su pensamiento ni flexibilidad ni plasticidad, tampoco hay desequilibrio ni alteración y menos transgresión del mundo. Tal vez sí hallemos una reinterpretación de juicios universales mediante el logro de percepciones agudas, un continuo peregrinar y dar vueltas alrededor de sus preocupaciones fundamentales: la existencia del hombre, su fustigada libertad; el papel de la filosofía como interrogación sostenida; el tiempo sobre un mundo incoherente; la muerte ritual; Dios y la naturaleza del hombre; la democracia y los valores; el destino de la novela como género literario; el problema de la conciencia humana; la cultura y las obras; el abismo entre teoría y práctica; y otra vez la derrota del hombre, su fracaso final.

Tanto la reflexividad como la indagación caracterizan el ensayo de Nicolás Gómez Dávila, escritos consignados en un libro que a su vez se divide en diez textos sin título, sin citas bibliográficas y sin alusiones o referencias a autores o teóricos.

El primer texto habla de la rebeldía del hombre, una naturaleza que, según el autor, es rechazada, dada su incompatibilidad con los límites que fija el mundo. La desobediencia, la rebelión, toda resistencia no es un atributo sino una ambición, una codicia de la vida, donde "la violencia, cruel ministro de la limitada esencia de las cosas, impone las normas de la existencia actualizada".

La vida se entiende desde la renuncia o la abdicación, no a partir de la adquisición de la libertad. El ser humano, desde la perspectiva de Gómez Dávila, es impotente, débil para renunciar al fracaso y el errar eterno, como lo expresa de la siguiente manera: "La libertad no es el poder de fijar metas, sino el poder de malograrlas". ¿Pesimismo reaccionario? ¿Actitud ligera que juzga las cosas de una manera poco favorable? Una especie de filosofía de Schopenhauer sesgada a su mitad, donde el sustrato de lo fenoménico es una voluntad ciega, inextinguible y dolorosa. La diferencia es que en el alemán el conflicto se supera a través del arte y más radicalmente por medio de la eliminación de la voluntad referida y en Gómez Dávila la enunciación queda incólume, obvio, sin resolverse.

El segundo texto cuestiona el papel de la filosofía, su afán de precisión, sus tecnicismos, su ambición de soluciones elegantes, "más codiciosa de ser sutil que profunda, y más ingeniosa que obstinada". Propone Gómez Dávila, entonces, que la filosofía disponga como objeto de sus meditaciones los lugares comunes, así éstos sean considerados triviales, insulsos, anodinos, pero poseedores, según el autor, de las interrogaciones auténticas y de las exigencias profundas. Original proposición, ya que "los lugares comunes no formulan las verdades de cualquiera, sino los problemas de todos".

El siguiente apartado contiene una reflexión acerca del hombre atrapado por el tiempo, pese a su condición de integridad y de complejidad, porque, desde la concepción del escritor, "el hombre es el conjunto global, integral, entero, de la condición humana; el hombre es la concreta situación en que se halla. El hombre no es fracción cercenada y expulsada de la situación total, sino la totalidad indivisa". Desde este punto de vista, el hombre es su condición fragmentada, su fracaso, la imposibilidad del cumplimiento, y el tiempo "es la traducción de la esencial impotencia del hombre en el lenguaje de la sensibilidad".

El cuarto texto intenta cuestionar las prácticas y las concepciones del hombre moderno frente a la muerte, su "naturalización", la supresión ritual del acto fúnebre. Desde este ensayo la lectura se toma confusa, muy difícil es captar lo esencial del escrito, pues a ciertas ideas claras las acompaña constantemente una interminable cantidad de adjetivos, frases retóricas y añadiduras innecesarias. Leamos, a manera de ejemplo, cuando, refiriéndose a la costumbre paleolítica de la incineración, dice: "Pero esa empresa de profilaxis mágica iniciaba ritos más augustos. Ante un cenotafio venerado una teoría sacerdotal reemplazó la procesión de plañideras que acompañaba las urnas sepulcrales".

Páginas después, también como ilustración de tal rebuscamiento, perifraseo (¿enunciación culta?), encontramos la siguiente frase: "Una experiencia insólita arrancó vagos lemuroides al torpor placentero de la sumisión al instinto". Lo anterior tan sólo como una muestra de un regodeo constante con la palabra de diccionario, presente en todo el libro, que, en lugar de aclarar la pretensión del pensamiento, la oculta tras una sombría trama de palabrejas, ni siquiera de conceptos.

El quinto texto cuestiona la naturaleza animal del hombre aún reinante, hecho que lo iguala con las demás especies. Nada lo diferencia de sus antecesores ni altera su condición zoológica; por ello expresa que "los animales ingeniosos y triunfantes no son los auténticos precursores del hombre, sino los perros que aúllan a las sombras".

Enseguida aparece el ensayo central del libro Textos I de Nicolás Gómez Dávila, lugar donde evidencia los preceptos de su quehacer reflexivo, de los cuales destacamos su temor a la falsa simetría de los conceptos, la lógica automática (o mecánica), las simplificaciones y el afán de unidad. Igual compara, a su manera, los principios del capitalismo y del comunismo, el aspecto religioso del fenómeno democrático, la teoría de los valores, las tesis de una "apologética democrática", la alabanza al absolutismo democrático y su descalificación contra toda forma de rebeldía.

El séptimo texto se vuelca hacia la totalidad de la novela, la cual, para el autor, es el reflejo del destino del hombre, subrayado como catástrofe, desastre. "La novela entrega una vida completa a nuestra conciencia del instante".

Ligado con lo anterior, Gómez Dávila se refiere a la conciencia de la soledad necesaria a la plenitud y ascenso de la tarea creadora, otra meditación acerca de la constitución del hombre: "El hombre es el único animal sujeto al aburrimiento; el animal capaz de error, de envilecimiento y de pecado".

El autor argumenta que el mundo se mueve en la conciencia del hombre, definida a partir de su condición concreta y evolutiva a la vez, en continua mudanza, histórica, donde "la historia nos salva, tanto del mito de una experiencia única, como de nuestra limitación individual [...] La condición concreta es opción real: fusión de valor y de ser". El ser es pluralidad que no se puede reducir, es también opción, decisión, elección dentro de una gradación de libertades.

El noveno texto arremete contra los hombres prácticos, dada su incapacidad de generar explicaciones teóricas. Desde la perspectiva de Gómez Dávila, las grandes catástrofes son ocasionadas por los seres empíricos, "dotados de un vocabulario pobre". A su lado estaría el técnico que sustrae la teoría para aventurarla "entre menesteres cuya premura la petrifica en superstición similar a la obstinación del vulgo". Nos hablará también de su concepción de la filosofía de la historia, los esquemas filosóficos y el papel de la Iglesia católica en la historia.

Y en el último texto el autor realiza una síntesis de sus ideas expuestas a lo largo del libro Textos I, una especie de conclusiones de una obra donde la lucidez radica en la efectividad de algunos aforismos, aquellas máximas o sentencias desprovistas de su usual retórica y que afloran de su intención ensayística.

GABRIEL ARTURO CASTRO