Reseñas. Sondear, pulsar la capacidad de una expresión
meditada
Sondear, pulsar la capacidad de una expresión
meditada
Textos I
Nicolás Gómez Dávila
Villegas Editores, Bogotá, 2.a ed., 2002, 154 Págs.
El autor hace una advertencia inicial: la originalidad de sus
ideas le es indiferente, pues sabe que la obra como tal es el
resultado de una disposición nueva, así los temas que la recorran
ya hayan sido argumentados por otros creadores en otros tiempos y
en otros lugares. Lo que cuenta aquí es la manera de estructurar un
mundo propio, interiorizando las ideas fundamentales y
exteriorizándolas desde su particular capacidad de reflexión y su
experiencia específica. Argumentamos que un acto es creativo si el
pensador llega a una solución a través de una conclusión que
implique cierta originalidad para él, sin importar que este hecho
ya hubiese sido realizado con anterioridad por otro sujeto
diferente. Si el producto creativo no existía antes de la manera
actual, sí debe contener elementos nuevos que no se encontrarían en
otros: al descubrir otros fundamentos, redescubrir lo creado o
reorganizar los pensamientos existentes.
De esta forma la actitud creativa, sea teórica o no, es un
proceso de ver o fundar relaciones múltiples, distintas, asumiendo
una actitud constructiva y transformadora, llena de inquietud,
exploración, crítica y despliegue de una mentalidad divergente.

Lo que le importaba más a Nicolás Gómez Dávila era la coherencia
de sus ideas, la relación de sus tesis, el enlazamiento de sus
argumentos, la reunión de lo sustancial de sus textos, e incluso la
actuación consecuente con la propia ideología que subyace en sus
textos. Dice Gómez Dávila: "Intento trazar aquí un esquema que
ordene, con la menor arbitrariedad posible, algunos temas
dispersos, y ajenos".
Textos I, aunque clasificado por la
editorial dentro de la colección de filosofía, es mejor una
colección de ensayos, entendiendo el ensayo no solamente como un
género literario o una forma literaria adecuada a la expresión de
las preocupaciones intelectuales y artísticas, sino como el estado
adulto de la palabra, la madurez del pensamiento.
Dado que el ensayo es de constitución esencialmente libre, el
autor despliega aquí un espíritu subjetivo, así su estilo no sea
siempre ágil, fluyente, espontáneo y abierto. Sus textos no
pretenden descubrir nada, ni sustentar una tesis. Lo que intenta es
sondear, pulsar la capacidad de una expresión meditada. Los temas
únicamente sirven de disculpa para extraviarse en otros necesarios
a la voz del pensador. Gómez Dávila afirma que no lo orienta un
propósito didáctico, entendido éste como un ejercicio de carácter
normativo, cuyo objeto es enseñar o dirigir un aprendizaje,
"impertinencias pedagógicas", diría el autor, ocultando
que el ensayo es una búsqueda de nuevas formas de expresión hacia
la comunicación y no acumulación de un sinfín de conocimientos
aislados y estériles. Es más: persevera en su cometido de
enriquecer la experiencia por medio del esfuerzo personal y la
interrogación constante. Su pensamiento, dice el autor, "no es
dialéctica del universo, sino diálogo entre amigos, llamamiento de
una libertad despierta a una libertad adormecida". Y prosigue
enfatizando que sólo compone un centón reaccionario; es decir, una
obra de sentencias de carácter conservador, poco crítico, pues, a
pesar de la inteligencia de sus escritos, Gómez Dávila no oficia
como sujeto escéptico que pone en duda todo, sobrepasando la
autoridad y la creencia. De la misma manera que no hay en su
pensamiento ni flexibilidad ni plasticidad, tampoco hay
desequilibrio ni alteración y menos transgresión del mundo. Tal vez
sí hallemos una reinterpretación de juicios universales mediante el
logro de percepciones agudas, un continuo peregrinar y dar vueltas
alrededor de sus preocupaciones fundamentales: la existencia del
hombre, su fustigada libertad; el papel de la filosofía como
interrogación sostenida; el tiempo sobre un mundo incoherente; la
muerte ritual; Dios y la naturaleza del hombre; la democracia y los
valores; el destino de la novela como género literario; el problema
de la conciencia humana; la cultura y las obras; el abismo entre
teoría y práctica; y otra vez la derrota del hombre, su fracaso
final.
Tanto la reflexividad como la indagación caracterizan el ensayo
de Nicolás Gómez Dávila, escritos consignados en un libro que a su
vez se divide en diez textos sin título, sin citas bibliográficas y
sin alusiones o referencias a autores o teóricos.
El primer texto habla de la rebeldía del hombre, una naturaleza
que, según el autor, es rechazada, dada su incompatibilidad con los
límites que fija el mundo. La desobediencia, la rebelión, toda
resistencia no es un atributo sino una ambición, una codicia de la
vida, donde "la violencia, cruel ministro de la limitada
esencia de las cosas, impone las normas de la existencia
actualizada".
La vida se entiende desde la renuncia o la abdicación, no a
partir de la adquisición de la libertad. El ser humano, desde la
perspectiva de Gómez Dávila, es impotente, débil para renunciar al
fracaso y el errar eterno, como lo expresa de la siguiente manera:
"La libertad no es el poder de fijar metas, sino el poder de
malograrlas". ¿Pesimismo reaccionario? ¿Actitud
ligera que juzga las cosas de una manera poco favorable? Una
especie de filosofía de Schopenhauer sesgada a su mitad, donde el
sustrato de lo fenoménico es una voluntad ciega, inextinguible y
dolorosa. La diferencia es que en el alemán el conflicto se supera
a través del arte y más radicalmente por medio de la eliminación de
la voluntad referida y en Gómez Dávila la enunciación queda
incólume, obvio, sin resolverse.
El segundo texto cuestiona el papel de la filosofía, su afán de
precisión, sus tecnicismos, su ambición de soluciones elegantes,
"más codiciosa de ser sutil que profunda, y más ingeniosa que
obstinada". Propone Gómez Dávila, entonces, que la filosofía
disponga como objeto de sus meditaciones los lugares comunes, así
éstos sean considerados triviales, insulsos, anodinos, pero
poseedores, según el autor, de las interrogaciones auténticas y de
las exigencias profundas. Original proposición, ya que "los
lugares comunes no formulan las verdades de cualquiera, sino los
problemas de todos".
El siguiente apartado contiene una reflexión acerca del hombre
atrapado por el tiempo, pese a su condición de integridad y de
complejidad, porque, desde la concepción del escritor, "el
hombre es el conjunto global, integral, entero, de la condición
humana; el hombre es la concreta situación en que se halla. El
hombre no es fracción cercenada y expulsada de la situación total,
sino la totalidad indivisa". Desde este punto de vista, el
hombre es su condición fragmentada, su fracaso, la imposibilidad
del cumplimiento, y el tiempo "es la traducción de la esencial
impotencia del hombre en el lenguaje de la sensibilidad".

El cuarto texto intenta cuestionar las prácticas y las
concepciones del hombre moderno frente a la muerte, su
"naturalización", la supresión ritual del acto fúnebre.
Desde este ensayo la lectura se toma confusa, muy difícil es captar
lo esencial del escrito, pues a ciertas ideas claras las acompaña
constantemente una interminable cantidad de adjetivos, frases
retóricas y añadiduras innecesarias. Leamos, a manera de ejemplo,
cuando, refiriéndose a la costumbre paleolítica de la incineración,
dice: "Pero esa empresa de profilaxis mágica iniciaba ritos
más augustos. Ante un cenotafio venerado una teoría sacerdotal
reemplazó la procesión de plañideras que acompañaba las urnas
sepulcrales".
Páginas después, también como ilustración de tal rebuscamiento,
perifraseo (¿enunciación culta?), encontramos la siguiente
frase: "Una experiencia insólita arrancó vagos lemuroides al
torpor placentero de la sumisión al instinto". Lo anterior tan
sólo como una muestra de un regodeo constante con la palabra de
diccionario, presente en todo el libro, que, en lugar de aclarar la
pretensión del pensamiento, la oculta tras una sombría trama de
palabrejas, ni siquiera de conceptos.
El quinto texto cuestiona la naturaleza animal del hombre aún
reinante, hecho que lo iguala con las demás especies. Nada lo
diferencia de sus antecesores ni altera su condición zoológica; por
ello expresa que "los animales ingeniosos y triunfantes no son
los auténticos precursores del hombre, sino los perros que aúllan a
las sombras".
Enseguida aparece el ensayo central del libro Textos I de
Nicolás Gómez Dávila, lugar donde evidencia los preceptos de su
quehacer reflexivo, de los cuales destacamos su temor a la falsa
simetría de los conceptos, la lógica automática (o mecánica), las
simplificaciones y el afán de unidad. Igual compara, a su manera,
los principios del capitalismo y del comunismo, el aspecto
religioso del fenómeno democrático, la teoría de los valores, las
tesis de una "apologética democrática", la alabanza al
absolutismo democrático y su descalificación contra toda forma de
rebeldía.
El séptimo texto se vuelca hacia la totalidad de la novela, la
cual, para el autor, es el reflejo del destino del hombre,
subrayado como catástrofe, desastre. "La novela entrega una
vida completa a nuestra conciencia del instante".
Ligado con lo anterior, Gómez Dávila se refiere a la conciencia
de la soledad necesaria a la plenitud y ascenso de la tarea
creadora, otra meditación acerca de la constitución del hombre:
"El hombre es el único animal sujeto al aburrimiento; el
animal capaz de error, de envilecimiento y de pecado".
El autor argumenta que el mundo se mueve en la conciencia del
hombre, definida a partir de su condición concreta y evolutiva a la
vez, en continua mudanza, histórica, donde "la historia nos
salva, tanto del mito de una experiencia única, como de nuestra
limitación individual [...] La condición concreta es opción real:
fusión de valor y de ser". El ser es pluralidad que no se
puede reducir, es también opción, decisión, elección dentro de una
gradación de libertades.
El noveno texto arremete contra los hombres prácticos, dada su
incapacidad de generar explicaciones teóricas. Desde la perspectiva
de Gómez Dávila, las grandes catástrofes son ocasionadas por los
seres empíricos, "dotados de un vocabulario pobre". A su
lado estaría el técnico que sustrae la teoría para aventurarla
"entre menesteres cuya premura la petrifica en superstición
similar a la obstinación del vulgo". Nos hablará también de su
concepción de la filosofía de la historia, los esquemas filosóficos
y el papel de la Iglesia católica en la historia.

Y en el último texto el autor realiza una síntesis de sus ideas
expuestas a lo largo del libro Textos I, una especie de
conclusiones de una obra donde la lucidez radica en la efectividad
de algunos aforismos, aquellas máximas o sentencias desprovistas de
su usual retórica y que afloran de su intención ensayística.
GABRIEL ARTURO CASTRO