Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Las familias iberoamericanas, diversas, complejas, flexibles

La historia de las familias en algunos de los artículos también muestra un elemento común a los diferentes países, y es que las prédicas y los ideales normativos del Concilio de Trento (siglo XVI) sobre la vida familiar fueron recibidos de manera parcial en Europa y en las localidades coloniales, y presentaron profundas contrariedades con realidades tan fluidas y difíciles de controlar como las de América. A este respecto fueron las ciudades, en comparación con el campo, donde más se vieron favorecidos los actos que quebrantaron las normativas eclesiásticas. Ello supone altos grados de ilegitimidad en las uniones entre hombres y mujeres, así como en el nacimiento de sus vástagos, lo cual coincide con los estudios más recientes sobre el siglo XVIII hispanoamericano, donde se muestra que las ciudades se constituían en un abigarrado mundo social de estrechos e intensos contactos entre españoles, indígenas, negros esclavos (e inmigrantes no españoles, sobre todo durante los siglos XIX y XX en México, Brasil, Argentina y Venezuela), de manera que la separación entre la república de los españoles y la república de los indios fue apenas un modelo mental desbordado por las imprevistas condiciones de la Conquista y la Colonización.

A pesar de la laxitud social imperante en los centros poblados donde el mestizaje logró imprimir su carácter creativo, informal y laxo a la cultura urbana, hubo logros importantes en el esfuerzo de los religiosos por encuadrar las uniones en los principios del matrimonio católico y en el cumplimiento de las rutinas sacramentales en regiones de México y los Andes.

Los autores actualizan para sus países la tesis general de Magnus Morner y Boyd-Bowman de una temprana inmigración exclusivamente masculina durante la Conquista y la temprana colonización, lo cual tuvo bastante incidencia en la estructuración de las familias en ambos lados del Atlántico. En consecuencia, la estadía de los inmigrantes, por fuerza de su "pasión y necesidad", impregnó su contacto con las indias americanas de la violencia y la ilegitimidad propia de los concubinatos, la poligamia y las violaciones a que las sometieron. En este sentido no fue el matrimonio la institución mediadora para explicar la supuesta disposición de los españoles para entrar en contacto con las sociedades nativas en comparación con los sajones.

Al tratar los procesos de mestizaje en América, algunos de los autores de los artículos señalan la relativa abundancia de mujeres en sus localidades; donde la amplia ilegitimidad producto del mestizaje, asociada a una fluida e ingobernable integración racial y étnica entre españoles, indios y negros, no impidió que se presentara un alto contenido endogámico en las uniones legales que se presentaba en cada uno de estos grupos sociales y aún entre las castas. Rasgos de endogamia legal que parecen corresponderse con la mayor disposición de las sociedades campesinas de secular raigambre indígena, en países como México, Perú, Ecuador, Bolivia y Paraguay, para conservar ritos familiares tradicionales, en comparación con sociedades más mestizas como Colombia y Venezuela, por ejemplo, donde fue más agresiva la hispanización de las minorías indígenas que sobrevivieron y donde las transformaciones de la modernidad han supuesto más novedades en los ritos familiares.

Otro elemento común que señala el conjunto de los artículos es la contundente presencia de las mujeres en los hogares iberoamericanos, y no precisamente en los tradicionales roles de segundonas, como las ha mostrado la historia tradicional, ni tampoco en el de "dominadas y expoliadas" a la manera de los discursos feministas, sino en situaciones mucho más complejas y protagónicas que no alcanzan a ser explicadas desde estas posturas. Los diversos autores del libro logran mostrar que los casos de jefatura familiar en manos de las mujeres eran bastante comunes ya por ser solteras, viudas o abandonadas, situación que se presentó con bastante frecuencia y con relativos altos niveles en los vecindarios coloniales y republicanos. La demografía o la migración masculina en países como Portugal, Brasil, Cuba y Venezuela, entre otros factores, explican esta problemática. La cual tenía lugar en medio de una profunda contradicción entre los roles ideales asignados a las mujeres por los discursos oficiales, generalmente por parte de la Iglesia católica (mujer sumisa, recatada, procreadora y casera) y una realidad bastante fragmentada y móvil que los contradecía. De ahí que la vida de gran parte de las mujeres, sobre todo de las castas en la época colonial y de sectores medios y populares en los siglos XIX y XX, tuviera lugar en los mundos del trabajo y la calle y no exclusivamente en los espacios domésticos donde la pretendían domeñar los ideales del matrimonio católico. De esta forma, los artículos del libro ponen en evidencia una dramática realidad, que parece típicamente latinoamericana, consistente en el alto protagonismo y la sorprendente capacidad de las mujeres para enfrentar la ausencia de los padres de sus vástagos y para medrar con sus familias por medio de oficios tan disímiles como el comercio, las artesanías y el servicio doméstico, entre muchos otros. Este activo protagonismo femenino en la vida doméstica y en la economía se prolonga con sorprendente efectividad en las guerras civiles decimonónicas como informantes, heroínas y combatientes, tema de la historia política reciente que ya ha iniciado el estudio del papel de los niños y las mujeres en ellas, y que retoma Pablo Rodríguez en su artículo sobre Colombia para dejar planteada la necesidad de investigar los efectos de tales contiendas en la estructura y composición familiar del siglo XIX (pág. 272).

Y al lado de esta profusión de mujeres que comandaban sus precarios pero dignos hogares aparece, de manera generalizada, un significativo sector de "agregados domésticos" y sirvientes que evidencian las relaciones de esclavitud en ciertos casos, o las de autoritarismo, pero también de solidaridad entre los estratos superiores y los bajos. Aquí la clave sociológica que comparten las familias iberoamericanas es su intensa integración entre hogares y comunidad. De este modo el libro pone en evidencia que los hogares urbanos o rurales fueron en gran parte el escenario para tejer los hilos del mestizaje y las hibridaciones culturales entre sectores populares y de élite por su íntima y estrecha convivencia doméstica. De igual forma, los artículos señalan una situación muy común a los hogares iberoamericanos, y era su capacidad para brindar protección y asilo a los niños ilegítimos y abandonados, no así a los adulterinos y espurios, a quienes se rechazaba, bajo vínculos de solidaridad, protección y servidumbre que resultan bastante extraños a los hogares urbanos de hoy.

Otro aspecto que puede servir de elemento interpretativo para recoger los aportes de los diferentes artículos es que el matrimonio y la familia fueron un factor de pugna y debate permanente entre las Iglesias nacionales (bajo las directrices de Roma, por supuesto) y sus nacientes Estados en manos de sectores liberales, particularmente. A grandes rasgos podría señalarse el periodo comprendido entre 1850 y 1930 como el de transición hacia una legislación civilista y laica que tuvo logros más tempranos en México, a pesar de que la mayoría de la población seguía acudiendo a los rituales católicos, mientras que Colombia es uno de los casos en que el Estado tuvo logros tardíos para impulsar el matrimonio civil, el divorcio, el reconocimiento de la mujer como actor político y la igualdad de los géneros, a pesar de que las transformaciones sociales estaban un paso delante de las resoluciones jurídicas. En este sentido, los artículos indican que la historia de las familias no es dominio exclusivo de la historia social, sino que explica más de lo que se cree los procesos políticos de construcción de la nacionalidad y la modernidad en Latinoamérica. Tal vez esto ayude a comprender que los verdaderos códigos de familia que especifican los roles entre los esposos y entre éstos y los hijos sean un elemento muy reciente de las historias nacionales. De ahí que la extensión del liberalismo, al que están asociados desde el siglo XIX, entrara en pugna frontal con las tradiciones y costumbres que han regido en mayor medida la vida familiar en Latinoamérica, más que la ley escrita, como lo ponen de manifiesto los capítulos del libro.

Respecto al equilibrio entre los artículos, tan complejo de lograr en una obra de tan grandes proporciones y de tanta heterogeneidad, es importante destacar que lo incipiente y precario de los estudios sobre las familias en los casos de Bolivia y Paraguay se logra evidenciar en sus respectivos artículos, comprometiendo la calidad de sus desarrollos historiográficos sobre el tema. En el caso de Bolivia, es notorio el esfuerzo de la historiadora Clara López Beltrán por construir una historia de las familias que deje una perspectiva panorámica de sus transformaciones y permanencias desde la Colonia hasta el siglo XX. A partir de una bibliografía sobre el tema, más abundante para la época colonial, y de trabajos de historia política sobre los siglos XIX y XX, la autora logra dejarle al lector una mirada general más o menos coherente alrededor de importantes aspectos de la historia social y de las familias.

Respecto al ensayo sobre el Paraguay, es claro que no guarda el mismo tono, calidad y contenidos que ofrecen sus colegas para sus respectivos países. Resulta desafortunado este capítulo, escrito por la historiadora paraguaya Margarita Miró Ibars, pues la precariedad de las fuentes para construir un panorama general sobre el tema es obvia. La autora ofrece en los subtítulos de su ensayo temas que finalmente no desarrolla de manera suficiente y en el fondo sigue atada a la idea de que la política es el esqueleto de la historia, lo cual tiene serias implicaciones epistemológicas para una historia de las familias, pues no logra conferirle a su objeto de estudio una fisonomía propia, con su "propia" temporalidad y su "propia" dinámica histórica. Y esto no significa olvidarse de los vínculos de los fenómenos familiares con los procesos políticos. El asunto se sugiere en la estructura que da al capítulo, donde periodos presidenciales, de gobiernos y de algunas guerras se constituyen en eje ordenador de algunos temas.

Por otro lado, se encuentran en el texto evidentes problemas de redacción, se anuncian algunos anacronismos (pág. 511) y juicios de valor con un eco de reivindicación feminista en los temas que desarrolla bajo los subtítulos "La reivindicación de la mujer durante el siglo XX" y "Aspectos sociales de la familia paraguaya" (págs. 513 y 515).

En cuanto a Colombia, sólo citaré la lista de temas que aborda Pablo Rodríguez, dejando al lector la tarea de especificar sus contenidos. Los subtítulos bajo los cuales sintetiza el autor la obra de otros tantos para exponer una historia de las familias en Colombia, es la siguiente: La época colonial; el matrimonio: legislación y realidad; el mestizaje; la vida conyugal; los niños; la República: la revolución de Independencia, las confrontaciones civiles y la familia; la figura femenina: de heroína a madre hogareña; siglo XX: estructuras familiares cambiantes; nuevas formas de vivir en pareja; ¿una nueva infancia?, y conclusión.

Respecto al tema de "¿una nueva infancia?", que trata Pablo Rodríguez en el acápite correspondiente al siglo XX, y no obstante las restricciones que tiene para incluir una amplia bibliografía sobre este y otros asuntos, es importante mencionar el trabajo de Armando Silva, Álbum de familia. La imagen de nosotros mismos (Bogotá, Editorial Norma, 1998), que no es considerado por el autor. Al referirse al problema de la infancia para el siglo XX, Pablo dice, de manera acertada, que tal siglo puede ser denominado como el siglo de la infancia, como resultado de los desarrollos de la pediatría, la ginecología, la escuela y las acciones del Estado como instancias que han contribuido a construir una representación distinta sobre los niños como seres con una "naturaleza propia" (pág. 286).

Como complemento a este aspecto, que resulta trascendental para comprender las dinámicas de los hogares urbanos de los últimos decenios, es necesario señalar que desde hace dos o tres decenios los viejos patrones de autoridad familiar que entronizaron a los abuelos y a los adultos en el centro del hogar se han visto profundamente trastocados. Los niños, entonces, como lo serán en cierta medida los jóvenes, se constituyen en los nuevos "reyes del hogar". Este cambio trascendental que afecta a las familias se percibe en su historia gráfica y particularmente a partir de los años ochenta, según lo señala Armando Silva al estudiar 170 álbumes (entre 1948 y 1980) que configuran en un hecho literario, cuyo narrador colectivo es la familia, su imagen propia a través del tiempo.

No obstante que el trabajo de Silva se ubica en los límites cronológicos de la publicación que se reseña, lo anotado acá se constituye en otra provocación más para invitar a la lectura del libro La familia en Iberoamérica 1550-1980, desde las problemáticas del presente que hoy nos interrogan por el lugar de la familia en nuestras vidas. Éste es otro de los logros del espléndido texto reseñado, con la mirada de larga duración que nos propone sobre nuestro propio destino familiar.

JUAN CARLOS JURADO JURADO