Reseñas. Las familias iberoamericanas, diversas, complejas,
flexibles
La historia de las familias en algunos de los artículos también
muestra un elemento común a los diferentes países, y es que las
prédicas y los ideales normativos del Concilio de Trento (siglo
XVI) sobre la vida familiar fueron recibidos de manera parcial en
Europa y en las localidades coloniales, y presentaron profundas
contrariedades con realidades tan fluidas y difíciles de controlar
como las de América. A este respecto fueron las ciudades, en
comparación con el campo, donde más se vieron favorecidos los actos
que quebrantaron las normativas eclesiásticas. Ello supone altos
grados de ilegitimidad en las uniones entre hombres y mujeres, así
como en el nacimiento de sus vástagos, lo cual coincide con los
estudios más recientes sobre el siglo XVIII hispanoamericano, donde
se muestra que las ciudades se constituían en un abigarrado mundo
social de estrechos e intensos contactos entre españoles,
indígenas, negros esclavos (e inmigrantes no españoles, sobre todo
durante los siglos XIX y XX en México, Brasil, Argentina y
Venezuela), de manera que la separación entre la república de los
españoles y la república de los indios fue apenas un modelo mental
desbordado por las imprevistas condiciones de la Conquista y la
Colonización.

A pesar de la laxitud social imperante en los centros poblados
donde el mestizaje logró imprimir su carácter creativo, informal y
laxo a la cultura urbana, hubo logros importantes en el esfuerzo de
los religiosos por encuadrar las uniones en los principios del
matrimonio católico y en el cumplimiento de las rutinas
sacramentales en regiones de México y los Andes.
Los autores actualizan para sus países la tesis general de
Magnus Morner y Boyd-Bowman de una temprana inmigración
exclusivamente masculina durante la Conquista y la temprana
colonización, lo cual tuvo bastante incidencia en la estructuración
de las familias en ambos lados del Atlántico. En consecuencia, la
estadía de los inmigrantes, por fuerza de su "pasión y
necesidad", impregnó su contacto con las indias americanas de
la violencia y la ilegitimidad propia de los concubinatos, la
poligamia y las violaciones a que las sometieron. En este sentido
no fue el matrimonio la institución mediadora para explicar la
supuesta disposición de los españoles para entrar en contacto con
las sociedades nativas en comparación con los sajones.
Al tratar los procesos de mestizaje en América, algunos de los
autores de los artículos señalan la relativa abundancia de mujeres
en sus localidades; donde la amplia ilegitimidad producto del
mestizaje, asociada a una fluida e ingobernable integración racial
y étnica entre españoles, indios y negros, no impidió que se
presentara un alto contenido endogámico en las uniones legales que
se presentaba en cada uno de estos grupos sociales y aún entre las
castas. Rasgos de endogamia legal que parecen corresponderse con la
mayor disposición de las sociedades campesinas de secular raigambre
indígena, en países como México, Perú, Ecuador, Bolivia y Paraguay,
para conservar ritos familiares tradicionales, en comparación con
sociedades más mestizas como Colombia y Venezuela, por ejemplo,
donde fue más agresiva la hispanización de las minorías indígenas
que sobrevivieron y donde las transformaciones de la modernidad han
supuesto más novedades en los ritos familiares.

Otro elemento común que señala el conjunto de los artículos es
la contundente presencia de las mujeres en los hogares
iberoamericanos, y no precisamente en los tradicionales roles de
segundonas, como las ha mostrado la historia tradicional, ni
tampoco en el de "dominadas y expoliadas" a la manera de
los discursos feministas, sino en situaciones mucho más complejas y
protagónicas que no alcanzan a ser explicadas desde estas posturas.
Los diversos autores del libro logran mostrar que los casos de
jefatura familiar en manos de las mujeres eran bastante comunes ya
por ser solteras, viudas o abandonadas, situación que se presentó
con bastante frecuencia y con relativos altos niveles en los
vecindarios coloniales y republicanos. La demografía o la migración
masculina en países como Portugal, Brasil, Cuba y Venezuela, entre
otros factores, explican esta problemática. La cual tenía lugar en
medio de una profunda contradicción entre los roles ideales
asignados a las mujeres por los discursos oficiales, generalmente
por parte de la Iglesia católica (mujer sumisa, recatada,
procreadora y casera) y una realidad bastante fragmentada y móvil
que los contradecía. De ahí que la vida de gran parte de las
mujeres, sobre todo de las castas en la época colonial y de
sectores medios y populares en los siglos XIX y XX, tuviera lugar
en los mundos del trabajo y la calle y no exclusivamente en los
espacios domésticos donde la pretendían domeñar los ideales del
matrimonio católico. De esta forma, los artículos del libro ponen
en evidencia una dramática realidad, que parece típicamente
latinoamericana, consistente en el alto protagonismo y la
sorprendente capacidad de las mujeres para enfrentar la ausencia de
los padres de sus vástagos y para medrar con sus familias por medio
de oficios tan disímiles como el comercio, las artesanías y el
servicio doméstico, entre muchos otros. Este activo protagonismo
femenino en la vida doméstica y en la economía se prolonga con
sorprendente efectividad en las guerras civiles decimonónicas como
informantes, heroínas y combatientes, tema de la historia política
reciente que ya ha iniciado el estudio del papel de los niños y las
mujeres en ellas, y que retoma Pablo Rodríguez en su artículo sobre
Colombia para dejar planteada la necesidad de investigar los
efectos de tales contiendas en la estructura y composición familiar
del siglo XIX (pág. 272).
Y al lado de esta profusión de mujeres que comandaban sus
precarios pero dignos hogares aparece, de manera generalizada, un
significativo sector de "agregados domésticos" y
sirvientes que evidencian las relaciones de esclavitud en ciertos
casos, o las de autoritarismo, pero también de solidaridad entre
los estratos superiores y los bajos. Aquí la clave sociológica que
comparten las familias iberoamericanas es su intensa integración
entre hogares y comunidad. De este modo el libro pone en evidencia
que los hogares urbanos o rurales fueron en gran parte el escenario
para tejer los hilos del mestizaje y las hibridaciones culturales
entre sectores populares y de élite por su íntima y estrecha
convivencia doméstica. De igual forma, los artículos señalan una
situación muy común a los hogares iberoamericanos, y era su
capacidad para brindar protección y asilo a los niños ilegítimos y
abandonados, no así a los adulterinos y espurios, a quienes se
rechazaba, bajo vínculos de solidaridad, protección y servidumbre
que resultan bastante extraños a los hogares urbanos de hoy.
Otro aspecto que puede servir de elemento interpretativo para
recoger los aportes de los diferentes artículos es que el
matrimonio y la familia fueron un factor de pugna y debate
permanente entre las Iglesias nacionales (bajo las directrices de
Roma, por supuesto) y sus nacientes Estados en manos de sectores
liberales, particularmente. A grandes rasgos podría señalarse el
periodo comprendido entre 1850 y 1930 como el de transición hacia
una legislación civilista y laica que tuvo logros más tempranos en
México, a pesar de que la mayoría de la población seguía acudiendo
a los rituales católicos, mientras que Colombia es uno de los casos
en que el Estado tuvo logros tardíos para impulsar el matrimonio
civil, el divorcio, el reconocimiento de la mujer como actor
político y la igualdad de los géneros, a pesar de que las
transformaciones sociales estaban un paso delante de las
resoluciones jurídicas. En este sentido, los artículos indican que
la historia de las familias no es dominio exclusivo de la historia
social, sino que explica más de lo que se cree los procesos
políticos de construcción de la nacionalidad y la modernidad en
Latinoamérica. Tal vez esto ayude a comprender que los verdaderos
códigos de familia que especifican los roles entre los esposos y
entre éstos y los hijos sean un elemento muy reciente de las
historias nacionales. De ahí que la extensión del liberalismo, al
que están asociados desde el siglo XIX, entrara en pugna frontal
con las tradiciones y costumbres que han regido en mayor medida la
vida familiar en Latinoamérica, más que la ley escrita, como lo
ponen de manifiesto los capítulos del libro.

Respecto al equilibrio entre los artículos, tan complejo de
lograr en una obra de tan grandes proporciones y de tanta
heterogeneidad, es importante destacar que lo incipiente y precario
de los estudios sobre las familias en los casos de Bolivia y
Paraguay se logra evidenciar en sus respectivos artículos,
comprometiendo la calidad de sus desarrollos historiográficos sobre
el tema. En el caso de Bolivia, es notorio el esfuerzo de la
historiadora Clara López Beltrán por construir una historia de las
familias que deje una perspectiva panorámica de sus
transformaciones y permanencias desde la Colonia hasta el siglo XX.
A partir de una bibliografía sobre el tema, más abundante para la
época colonial, y de trabajos de historia política sobre los siglos
XIX y XX, la autora logra dejarle al lector una mirada general más
o menos coherente alrededor de importantes aspectos de la historia
social y de las familias.
Respecto al ensayo sobre el Paraguay, es claro que no guarda el
mismo tono, calidad y contenidos que ofrecen sus colegas para sus
respectivos países. Resulta desafortunado este capítulo, escrito
por la historiadora paraguaya Margarita Miró Ibars, pues la
precariedad de las fuentes para construir un panorama general sobre
el tema es obvia. La autora ofrece en los subtítulos de su ensayo
temas que finalmente no desarrolla de manera suficiente y en el
fondo sigue atada a la idea de que la política es el esqueleto de
la historia, lo cual tiene serias implicaciones epistemológicas
para una historia de las familias, pues no logra conferirle a su
objeto de estudio una fisonomía propia, con su "propia"
temporalidad y su "propia" dinámica histórica. Y esto no
significa olvidarse de los vínculos de los fenómenos familiares con
los procesos políticos. El asunto se sugiere en la estructura que
da al capítulo, donde periodos presidenciales, de gobiernos y de
algunas guerras se constituyen en eje ordenador de algunos
temas.
Por otro lado, se encuentran en el texto evidentes problemas de
redacción, se anuncian algunos anacronismos (pág. 511) y juicios de
valor con un eco de reivindicación feminista en los temas que
desarrolla bajo los subtítulos "La reivindicación de la mujer
durante el siglo XX" y "Aspectos sociales de la familia
paraguaya" (págs. 513 y 515).
En cuanto a Colombia, sólo citaré la lista de temas que aborda
Pablo Rodríguez, dejando al lector la tarea de especificar sus
contenidos. Los subtítulos bajo los cuales sintetiza el autor la
obra de otros tantos para exponer una historia de las familias en
Colombia, es la siguiente: La época colonial; el matrimonio:
legislación y realidad; el mestizaje; la vida conyugal; los niños;
la República: la revolución de Independencia, las confrontaciones
civiles y la familia; la figura femenina: de heroína a madre
hogareña; siglo XX: estructuras familiares cambiantes; nuevas
formas de vivir en pareja; ¿una nueva infancia?, y
conclusión.

Respecto al tema de "¿una nueva infancia?", que
trata Pablo Rodríguez en el acápite correspondiente al siglo XX, y
no obstante las restricciones que tiene para incluir una amplia
bibliografía sobre este y otros asuntos, es importante mencionar el
trabajo de Armando Silva, Álbum de familia. La imagen de
nosotros mismos (Bogotá, Editorial Norma, 1998), que no es
considerado por el autor. Al referirse al problema de la infancia
para el siglo XX, Pablo dice, de manera acertada, que tal siglo
puede ser denominado como el siglo de la infancia, como resultado
de los desarrollos de la pediatría, la ginecología, la escuela y
las acciones del Estado como instancias que han contribuido a
construir una representación distinta sobre los niños como seres
con una "naturaleza propia" (pág. 286).
Como complemento a este aspecto, que resulta trascendental para
comprender las dinámicas de los hogares urbanos de los últimos
decenios, es necesario señalar que desde hace dos o tres decenios
los viejos patrones de autoridad familiar que entronizaron a los
abuelos y a los adultos en el centro del hogar se han visto
profundamente trastocados. Los niños, entonces, como lo serán en
cierta medida los jóvenes, se constituyen en los nuevos "reyes
del hogar". Este cambio trascendental que afecta a las
familias se percibe en su historia gráfica y particularmente a
partir de los años ochenta, según lo señala Armando Silva al
estudiar 170 álbumes (entre 1948 y 1980) que configuran en un hecho
literario, cuyo narrador colectivo es la familia, su imagen propia
a través del tiempo.
No obstante que el trabajo de Silva se ubica en los límites
cronológicos de la publicación que se reseña, lo anotado acá se
constituye en otra provocación más para invitar a la lectura del
libro La familia en Iberoamérica 1550-1980, desde las
problemáticas del presente que hoy nos interrogan por el lugar de
la familia en nuestras vidas. Éste es otro de los logros del
espléndido texto reseñado, con la mirada de larga duración que nos
propone sobre nuestro propio destino familiar.
JUAN CARLOS JURADO JURADO