Reseñas. Las familias iberoamericanas, diversas, complejas,
flexibles
Las familias iberoamericanas, diversas, complejas,
flexibles
La familia en Iberoamérica 1550-1980
Pablo Rodríguez (coordinador)
Universidad Externado de Colombia, Convenio Andrés Bello, Bogotá,
2004, 526 págs., il.

El libro La familia en Iberoamérica 1550-1980, dirigido por el
historiador colombiano Pablo Rodríguez, es una voluminosa obra
donde escriben diecisiete de los más representativos y reconocidos
investigadores sobre la historia de la familia en España, Portugal,
Brasil y países de Latinoamérica como México, Cuba, Costa Rica,
Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay,
Paraguay y Colombia. El texto se compone de catorce capítulos
(Uruguay y Argentina en uno solo) sobre los mencionados quince
países, y en cada uno se propone una mirada de síntesis sobre la
historia de esta importante institución entre los siglos XVI y XX.
Los ensayos de los autores son una sistematización de sus propias
investigaciones y de las más actualizadas de sus colegas, con el
fin de ofrecer una mirada de larga duración sobre la historia de la
familia en cada país. En este sentido, se trata de una obra de gran
alcance asimilable a La historia de la familia, publicada y
dirigida por Martine Segalen en Francia en 1986, en compañía de los
historiadores André Burguiére y Christiane Kaplisch-Zuber, y de la
antropóloga Francoise Zonabend; y rebasa con creces el apretado
ensayo escrito en la misma (reeditada en castellano en 1988 [?])
por Carmen Bernand y Serge Gruzinski sobre la familia en
Mesoamérica y los Andes, donde los autores quedaban en deuda con
más de medio continente.
No obstante la pretensión del coordinador por conferirle a la
obra un sentido equilibrado de los temas, un mismo periodo de
estudio y unas problemáticas comunes que más adelante se detallan,
ella evidencia los desiguales y variados desarrollos de la
historiografía de la familia en Latinoamérica y la juventud de
éstos, pues la mayoría de las investigaciones citadas al final de
cada ensayo fueron producidas en los dos últimos decenios. Los
casos de menor desarrollo, no sólo de éste género sino de la
historia social en países como Bolivia y Paraguay, contrastan
bastante con los de España, México, Perú y aun Costa Rica, donde se
visualiza el consolidado de todo un campo de trabajos de carácter
local, con temáticas y metodologías específicas y que comprenden
diversos periodos y grupos étnicos. Colombia va saliendo del
anonimato en un lugar intermedio, merecido con la labor pionera
para la historia social y de la familia de Jaime Jaramillo Uribe y
Virginia Gutiérrez de Pineda, y en los últimos años con trabajos
históricos y demográficos que involucran temas tan diversos como la
infancia, las mujeres, el matrimonio, la vida cotidiana, la moral
sexual y, por supuesto, la familia, emprendidos por un amplio
número de investigadores entre quienes se encuentran Suzy Bermúdez,
Guiomar Dueñas Vargas, Beatriz Castro, Carmen Elisa Fiórez, Aída
Martínez, Patricia Londoño, Beatriz Patino, Cecilia Muñoz, Ximena
Pachón, Eduardo Umaña, Ligia Echeverri, Hernán Henao, Myriam
Ordóñez, Fernán Vejarano, Norma Rubiano, Lucero Zamudio, María
Himelda Ramírez, Miguel Ángel Urrego, Rafaela Vos Obeso y Pablo
Rodríguez, entre otros. Pablo ofrece el capítulo sobre Colombia,
producto de la síntesis de sus investigaciones sobre vida social y
familiar en el Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVIII, la
dote y los testamentos familiares coloniales, y quien retoma del
amplio número de investigadores nacionales citados sus trabajos
sobre la Colonia y los siglos XIX y XX. Pudiera decirse, entonces,
que con este libro la historia de la familia tiene un aliciente más
para el trabajo comparativo, lo cual no nos exime de todas formas
del reto de fortalecer los todavía precarios desarrollos
historiográficos locales, y ello reviste mayor importancia en
nuestro país, donde el oficio de los historiadores no ha logrado
vencer las taras del provincialismo.
La calidad investigativa de los capítulos, la gran cobertura
geográfica, temporal y social de la obra sobre un amplio número de
países que antes no se había logrado, y que se concreta en 526
páginas de excelente factura editorial, recreadas con lo más
colorido y selecto del patrimonio fotográfico iberoamericano, le
hace merecer al libro un lugar importante en la historiografía
continental sobre el tema. El prólogo del texto fue escrito por
Martine Segalen, y en él se culmina un gran esfuerzo institucional
del Convenio Andrés Bello, del Instituto Iberoamericano de Familia
adscrito a la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá, y del
Centro de Investigación sobre Dinámica Social, (Cids), de la misma
universidad, donde se han llevado a cabo importantes
investigaciones sobre la familia en Colombia.
Dado su profundo carácter social, la familia se asume en este
libro, según Pablo Rodríguez, "como un núcleo de relación con
la sociedad toda, con las comunidades y con el Estado, [pues ella
es] centro de gravedad de los más complejos cambios históricos de
nuestras sociedades" (pág. 16). Y es que por su ambigua
naturaleza, pues se trata de una de las instituciones más públicas
pero también de las más privadas, en la familia se anudan los más
complejos entramados sociales de nuestros países, dado que se
constituye en el núcleo de relaciones más importante para cada
individuo. Y es precisamente el innegable carácter social de este
objeto de estudio lo que hace evidente en el libro que aquí se
reseña la acertada manera como acuden sus autores a diversas
perspectivas de la historia social, como la historia de género y de
las mujeres en particular, la historia de la infancia, de la vida
cotidiana y la cultura, y hasta de la historia urbana y política,
para moldear su objeto de trabajo con la autonomía (relativa) que
le asiste con respecto de estos enfoques. Éste es un logro
epistemológico y metodológico de la mayoría de los autores.

En el libro también se hace visible la madurez que han tomado
los estudios sobre la familia más allá del Atlántico y en algunos
de nuestros países, de modo que se ofrecen los más calificados
resultados de metodologías de la historia social como la
demografía, la reconstitución de familias y parroquias, los
estudios genealógicos y la prosopografía. En correspondencia con
ello, las fuentes de trabajo son bastante disímiles e incluyen los
archivos parroquiales (actas de bautismo y matrimonio), fondos
criminales (sobre delitos como el amancebamiento, el concubinato e
injurias y violencia), censos, testamentos, legislación civil y
eclesiástica sobre el matrimonio y la familia, disensos, protocolos
notariales, visitas pastorales, y una amplia variedad de fuentes
como los diarios y crónicas, la literatura, los catecismos y la
fotografía, que dan cuenta de disímiles prácticas domésticas y de
las representaciones que se hacía la Iglesia, el Estado y sectores
educados y de élite sobre la mujer y la familia.
Después de la lectura de una obra tan vasta sobre un fenómeno
histórico de tantas variables espaciales, temporales y culturales,
y sobre el que los autores agregan las particularidades y
apetencias de su propia interpretación, sus metodologías, y las
posibilidades de investigación que cada país les brinda, queda
claro que el título de la misma es una mera abstracción. Se
trataría más bien de las familias, en plural, si se atiende a la
profunda naturaleza histórica que evidencia el libro sobre ellas.
Ésta es, además, una de las claves propuestas en la obra para
conocer el fenómeno familiar en Iberoamérica: su diversidad, y que
considero importante hacer explícito en esta reseña, entre otras de
las claves con las cuales se pueden examinar los artículos que
componen la misma. Como lo indica Pablo Rodríguez en la
presentación, "efectivamente, lejos de conformar un único
modelo o una típica tipología, la familia nos presenta y múltiples
y cambiantes formas" (pág. 16). Y estas variables formas
resultantes de su flexividad desmienten, además, el mito de una
línea evolutiva desde la Colonia hasta el siglo XX consistente en
el tránsito de la familia extensa (donde convivían verticalmente
tres o más generaciones, y una amplia red horizontal de parientes
entre los que se encontraban tíos, primos y otros allegados con
quienes existían nexos de sangre) hasta la familia nuclear.
Sobre este punto relativo a su estructura, la mayoría de los
autores parecen coincidir en que la familia predominante de los
siglos XVII y XVIII era un tipo de "familia reducida" y
en algunos casos propiamente nuclear (padres e hijos), donde los
hijos eran pocos, pues pocos se criaban como resultado de las
precarias condiciones médicas e higiénicas, y donde rara vez los
nietos alcanzaban a convivir con sus abuelos, por la corta
esperanza media de vida de los adultos, que, por ejemplo en
Colombia, no superaba los cuarenta años. Así, pocas familias
lograban ser numerosas y extensas, y lo fueron más comúnmente ya
muy entrado el siglo XIX de manera muy localizada en zonas de
colonización que supusieron mejoras sustantivas en las condiciones
de la ecología y la producción (Antioquia y nordeste azucarero del
Brasil, por solo citar dos casos) o ya en el XX, de manera más
generalizada como resultado de los avances en la pediatría y la
higiene.
Adicionalmente, de los diferentes artículos puede concluirse que
a la formación de familias numerosas (muchas veces de más de diez
hijos) que con reducidas diferencias se presentaron en los países
entre los años 1940 y 1960, pudo contribuir la propaganda de la
Iglesia católica con la exaltación de la maternidad y el
reforzamiento de los ideales sobre la mujer casada, desde finales
del siglo XIX. En este sentido, y como lo indica Pablo Rodríguez,
patriarcalismo y modernidad coincidieron en nuestros países y en
cierta forma con los auges de las economías exportadoras. En
síntesis, la familia patriarcal es bastante reciente, y podría
decirse que constituye un mito urbano tejido sobre la sociedad
campesina y colonial. Queda por investigar el papel del folclor
local y la literatura del siglo XIX y, sobre todo, del XX en la
construcción de tal representación sobre la familia, tema que queda
por desarrollar en la mayoría de los textos, exceptuando el caso de
Brasil, en donde la obra de Gilberto Freyre, Casa Grande e Senzala,
escrita a principios del siglo pasado, tal tipología de familia
explicó por mucho tiempo las relaciones familiares de los primeros
tiempos de la colonización portuguesa.

En correspondencia con lo anterior y como lo sugieren algunos de
los artículos, la transición demográfica en Latinoamérica tuvo
lugar de manera tardía, un siglo y medio después de presentarse en
Europa, y particularmente entre las décadas de 1960 y 1980, con la
drástica reducción de las tasas de mortalidad y fecundidad en los
hogares. Al respecto, el caso emblemático parece ser Colombia, por
su aguda y rápida disminución de estos índices con los programas
estatales de control de la natalidad y planificación familiar de
amplia aceptación social. Como lo han mostrado recientes estudios,
para el país este fenómeno, asociado a los procesos de modernidad
reciente, se traducen en la reducción del número de hijos, el
aumento en la edad de la unión marital, cambios en la estructura de
los hogares, aumento de las uniones consensúales, aumento de las
separaciones y los divorcios en los tempranos años de la unión, y
en el novedoso lugar central de los infantes en las familias y de
sus mayores rangos de poder con respecto de los adultos.
Como se concluye de los artículos sobre los distintos países, el
problema de la familia en relación con los procesos de
modernización tiene una mayor hondura que sobrepasa al siglo XX,
pues el siglo comprendido entre 1850 y 1950 pudo suponer un gran
periodo de transición ligado en cierta forma al liberalismo y a las
mejoras materiales y médicas, periodo durante el que tuvo lugar de
manera más clara la ruptura con respecto a la familia de antiguo
régimen y se configuraron elementos característicos de las familias
contemporáneas, entre ellos: la conquista de espacios para la
intimidad no sólo de las familias sino de las parejas respecto de
los hijos y otros integrantes; el predominio de las relaciones
afectivas sobre las económicas como el móvil principal para la
unión entre los esposos, cambio de gran trascendencia que fue más
contundente para las élites, entre las que predominaban las
alianzas económicas y familiares con la finalidad de consolidar
empresas y fortunas, mientras que los sectores subalternos tuvieron
más libertad afectiva para sus enlaces matrimoniales y
consensúales; en relación con lo anterior el rechazo a la
injerencia de los parientes y terceros en las decisiones
familiares; el logro de formas de relación más igualitarias entre
los géneros, y la progresiva secularización de las costumbres y del
vínculo conyugal.