Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Las familias iberoamericanas, diversas, complejas, flexibles

Las familias iberoamericanas, diversas, complejas, flexibles

La familia en Iberoamérica 1550-1980

Pablo Rodríguez (coordinador)
Universidad Externado de Colombia, Convenio Andrés Bello, Bogotá, 2004, 526 págs., il.

El libro La familia en Iberoamérica 1550-1980, dirigido por el historiador colombiano Pablo Rodríguez, es una voluminosa obra donde escriben diecisiete de los más representativos y reconocidos investigadores sobre la historia de la familia en España, Portugal, Brasil y países de Latinoamérica como México, Cuba, Costa Rica, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Colombia. El texto se compone de catorce capítulos (Uruguay y Argentina en uno solo) sobre los mencionados quince países, y en cada uno se propone una mirada de síntesis sobre la historia de esta importante institución entre los siglos XVI y XX. Los ensayos de los autores son una sistematización de sus propias investigaciones y de las más actualizadas de sus colegas, con el fin de ofrecer una mirada de larga duración sobre la historia de la familia en cada país. En este sentido, se trata de una obra de gran alcance asimilable a La historia de la familia, publicada y dirigida por Martine Segalen en Francia en 1986, en compañía de los historiadores André Burguiére y Christiane Kaplisch-Zuber, y de la antropóloga Francoise Zonabend; y rebasa con creces el apretado ensayo escrito en la misma (reeditada en castellano en 1988 [?]) por Carmen Bernand y Serge Gruzinski sobre la familia en Mesoamérica y los Andes, donde los autores quedaban en deuda con más de medio continente.

No obstante la pretensión del coordinador por conferirle a la obra un sentido equilibrado de los temas, un mismo periodo de estudio y unas problemáticas comunes que más adelante se detallan, ella evidencia los desiguales y variados desarrollos de la historiografía de la familia en Latinoamérica y la juventud de éstos, pues la mayoría de las investigaciones citadas al final de cada ensayo fueron producidas en los dos últimos decenios. Los casos de menor desarrollo, no sólo de éste género sino de la historia social en países como Bolivia y Paraguay, contrastan bastante con los de España, México, Perú y aun Costa Rica, donde se visualiza el consolidado de todo un campo de trabajos de carácter local, con temáticas y metodologías específicas y que comprenden diversos periodos y grupos étnicos. Colombia va saliendo del anonimato en un lugar intermedio, merecido con la labor pionera para la historia social y de la familia de Jaime Jaramillo Uribe y Virginia Gutiérrez de Pineda, y en los últimos años con trabajos históricos y demográficos que involucran temas tan diversos como la infancia, las mujeres, el matrimonio, la vida cotidiana, la moral sexual y, por supuesto, la familia, emprendidos por un amplio número de investigadores entre quienes se encuentran Suzy Bermúdez, Guiomar Dueñas Vargas, Beatriz Castro, Carmen Elisa Fiórez, Aída Martínez, Patricia Londoño, Beatriz Patino, Cecilia Muñoz, Ximena Pachón, Eduardo Umaña, Ligia Echeverri, Hernán Henao, Myriam Ordóñez, Fernán Vejarano, Norma Rubiano, Lucero Zamudio, María Himelda Ramírez, Miguel Ángel Urrego, Rafaela Vos Obeso y Pablo Rodríguez, entre otros. Pablo ofrece el capítulo sobre Colombia, producto de la síntesis de sus investigaciones sobre vida social y familiar en el Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVIII, la dote y los testamentos familiares coloniales, y quien retoma del amplio número de investigadores nacionales citados sus trabajos sobre la Colonia y los siglos XIX y XX. Pudiera decirse, entonces, que con este libro la historia de la familia tiene un aliciente más para el trabajo comparativo, lo cual no nos exime de todas formas del reto de fortalecer los todavía precarios desarrollos historiográficos locales, y ello reviste mayor importancia en nuestro país, donde el oficio de los historiadores no ha logrado vencer las taras del provincialismo.

La calidad investigativa de los capítulos, la gran cobertura geográfica, temporal y social de la obra sobre un amplio número de países que antes no se había logrado, y que se concreta en 526 páginas de excelente factura editorial, recreadas con lo más colorido y selecto del patrimonio fotográfico iberoamericano, le hace merecer al libro un lugar importante en la historiografía continental sobre el tema. El prólogo del texto fue escrito por Martine Segalen, y en él se culmina un gran esfuerzo institucional del Convenio Andrés Bello, del Instituto Iberoamericano de Familia adscrito a la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá, y del Centro de Investigación sobre Dinámica Social, (Cids), de la misma universidad, donde se han llevado a cabo importantes investigaciones sobre la familia en Colombia.

Dado su profundo carácter social, la familia se asume en este libro, según Pablo Rodríguez, "como un núcleo de relación con la sociedad toda, con las comunidades y con el Estado, [pues ella es] centro de gravedad de los más complejos cambios históricos de nuestras sociedades" (pág. 16). Y es que por su ambigua naturaleza, pues se trata de una de las instituciones más públicas pero también de las más privadas, en la familia se anudan los más complejos entramados sociales de nuestros países, dado que se constituye en el núcleo de relaciones más importante para cada individuo. Y es precisamente el innegable carácter social de este objeto de estudio lo que hace evidente en el libro que aquí se reseña la acertada manera como acuden sus autores a diversas perspectivas de la historia social, como la historia de género y de las mujeres en particular, la historia de la infancia, de la vida cotidiana y la cultura, y hasta de la historia urbana y política, para moldear su objeto de trabajo con la autonomía (relativa) que le asiste con respecto de estos enfoques. Éste es un logro epistemológico y metodológico de la mayoría de los autores.

En el libro también se hace visible la madurez que han tomado los estudios sobre la familia más allá del Atlántico y en algunos de nuestros países, de modo que se ofrecen los más calificados resultados de metodologías de la historia social como la demografía, la reconstitución de familias y parroquias, los estudios genealógicos y la prosopografía. En correspondencia con ello, las fuentes de trabajo son bastante disímiles e incluyen los archivos parroquiales (actas de bautismo y matrimonio), fondos criminales (sobre delitos como el amancebamiento, el concubinato e injurias y violencia), censos, testamentos, legislación civil y eclesiástica sobre el matrimonio y la familia, disensos, protocolos notariales, visitas pastorales, y una amplia variedad de fuentes como los diarios y crónicas, la literatura, los catecismos y la fotografía, que dan cuenta de disímiles prácticas domésticas y de las representaciones que se hacía la Iglesia, el Estado y sectores educados y de élite sobre la mujer y la familia.

Después de la lectura de una obra tan vasta sobre un fenómeno histórico de tantas variables espaciales, temporales y culturales, y sobre el que los autores agregan las particularidades y apetencias de su propia interpretación, sus metodologías, y las posibilidades de investigación que cada país les brinda, queda claro que el título de la misma es una mera abstracción. Se trataría más bien de las familias, en plural, si se atiende a la profunda naturaleza histórica que evidencia el libro sobre ellas. Ésta es, además, una de las claves propuestas en la obra para conocer el fenómeno familiar en Iberoamérica: su diversidad, y que considero importante hacer explícito en esta reseña, entre otras de las claves con las cuales se pueden examinar los artículos que componen la misma. Como lo indica Pablo Rodríguez en la presentación, "efectivamente, lejos de conformar un único modelo o una típica tipología, la familia nos presenta y múltiples y cambiantes formas" (pág. 16). Y estas variables formas resultantes de su flexividad desmienten, además, el mito de una línea evolutiva desde la Colonia hasta el siglo XX consistente en el tránsito de la familia extensa (donde convivían verticalmente tres o más generaciones, y una amplia red horizontal de parientes entre los que se encontraban tíos, primos y otros allegados con quienes existían nexos de sangre) hasta la familia nuclear.

Sobre este punto relativo a su estructura, la mayoría de los autores parecen coincidir en que la familia predominante de los siglos XVII y XVIII era un tipo de "familia reducida" y en algunos casos propiamente nuclear (padres e hijos), donde los hijos eran pocos, pues pocos se criaban como resultado de las precarias condiciones médicas e higiénicas, y donde rara vez los nietos alcanzaban a convivir con sus abuelos, por la corta esperanza media de vida de los adultos, que, por ejemplo en Colombia, no superaba los cuarenta años. Así, pocas familias lograban ser numerosas y extensas, y lo fueron más comúnmente ya muy entrado el siglo XIX de manera muy localizada en zonas de colonización que supusieron mejoras sustantivas en las condiciones de la ecología y la producción (Antioquia y nordeste azucarero del Brasil, por solo citar dos casos) o ya en el XX, de manera más generalizada como resultado de los avances en la pediatría y la higiene.

Adicionalmente, de los diferentes artículos puede concluirse que a la formación de familias numerosas (muchas veces de más de diez hijos) que con reducidas diferencias se presentaron en los países entre los años 1940 y 1960, pudo contribuir la propaganda de la Iglesia católica con la exaltación de la maternidad y el reforzamiento de los ideales sobre la mujer casada, desde finales del siglo XIX. En este sentido, y como lo indica Pablo Rodríguez, patriarcalismo y modernidad coincidieron en nuestros países y en cierta forma con los auges de las economías exportadoras. En síntesis, la familia patriarcal es bastante reciente, y podría decirse que constituye un mito urbano tejido sobre la sociedad campesina y colonial. Queda por investigar el papel del folclor local y la literatura del siglo XIX y, sobre todo, del XX en la construcción de tal representación sobre la familia, tema que queda por desarrollar en la mayoría de los textos, exceptuando el caso de Brasil, en donde la obra de Gilberto Freyre, Casa Grande e Senzala, escrita a principios del siglo pasado, tal tipología de familia explicó por mucho tiempo las relaciones familiares de los primeros tiempos de la colonización portuguesa.

En correspondencia con lo anterior y como lo sugieren algunos de los artículos, la transición demográfica en Latinoamérica tuvo lugar de manera tardía, un siglo y medio después de presentarse en Europa, y particularmente entre las décadas de 1960 y 1980, con la drástica reducción de las tasas de mortalidad y fecundidad en los hogares. Al respecto, el caso emblemático parece ser Colombia, por su aguda y rápida disminución de estos índices con los programas estatales de control de la natalidad y planificación familiar de amplia aceptación social. Como lo han mostrado recientes estudios, para el país este fenómeno, asociado a los procesos de modernidad reciente, se traducen en la reducción del número de hijos, el aumento en la edad de la unión marital, cambios en la estructura de los hogares, aumento de las uniones consensúales, aumento de las separaciones y los divorcios en los tempranos años de la unión, y en el novedoso lugar central de los infantes en las familias y de sus mayores rangos de poder con respecto de los adultos.

Como se concluye de los artículos sobre los distintos países, el problema de la familia en relación con los procesos de modernización tiene una mayor hondura que sobrepasa al siglo XX, pues el siglo comprendido entre 1850 y 1950 pudo suponer un gran periodo de transición ligado en cierta forma al liberalismo y a las mejoras materiales y médicas, periodo durante el que tuvo lugar de manera más clara la ruptura con respecto a la familia de antiguo régimen y se configuraron elementos característicos de las familias contemporáneas, entre ellos: la conquista de espacios para la intimidad no sólo de las familias sino de las parejas respecto de los hijos y otros integrantes; el predominio de las relaciones afectivas sobre las económicas como el móvil principal para la unión entre los esposos, cambio de gran trascendencia que fue más contundente para las élites, entre las que predominaban las alianzas económicas y familiares con la finalidad de consolidar empresas y fortunas, mientras que los sectores subalternos tuvieron más libertad afectiva para sus enlaces matrimoniales y consensúales; en relación con lo anterior el rechazo a la injerencia de los parientes y terceros en las decisiones familiares; el logro de formas de relación más igualitarias entre los géneros, y la progresiva secularización de las costumbres y del vínculo conyugal.