Reseñas. El elemento erótico
El príncipe de Lampedusa, autor de la extraordinaria novela El
Gatopardo, emitió otro juicio, traído a colación por R. H.:
"Ulises podría ser comprendido a la perfección por un inglés
que fuese al propio tiempo excepcionalmente culto y
excepcionalmente vulgar. Para comprender Finnegan's Wake, en
cambio, se requiere ser Dios".
Como dijo otro crítico, su traducción al español aún se demorará
unos años, porque estamos esperando en primer lugar su traducción
al inglés. Moreno-Durán no se arredra con tal dificultad. No es
posible traducir a Joyce, nos dice. De ahí la importancia de las
"versiones". Cada quien debería emprender su propia
traducción, parecería decirnos el autor.
Pero defender el Finnegan's aduciendo que está escrito en
sesenta y cinco lenguas es irrisorio. Basta que estuviera escrito
en una sola para que fuera igualmente incomprensible.
Los descubrimientos y aportes propios de Moreno-Durán giran
sobre todo alrededor de la mujer y el elemento erótico en Joyce.
Como aporte propio, entre otros muchos, está el descubrimiento, no
advertido aún por ninguno de los biógrafos: la cama itinerante de
Molly, su hogar portátil, en la cual transcurre el ochenta por
ciento de la novela. Ulises comienza y termina en la cama.
De igual modo, Moreno-Durán ha hecho, en su muy personal
lectura, el recuento de veinticinco amantes de Molly. En la
excelente presentación del libro, Azriel Bibliowicz replica que ha
leído la novela entera una vez más y en vano, en busca de los
veinticinco amantes, a lo cual el autor responde que no pudo haber
tenido menos de veinticinco y que él mismo se declara como el
número veintiséis. Y es que los mundos de Joyce y de Moreno-Durán
no dejan de tener asombrosos puntos de contacto. Los simples
nombres de la sensual Lunita Laredo y de Anna Livia Plurabelle
parecen más invenciones estrambóticas del segundo que del primero.
Y, acaso, Rafael H. Moreno.-Durán no sea más que un sueño de
Joyce.
Como de costumbre, la lectura entre líneas de nuestro
comentarista se dirige a resaltar los aspectos eróticos de una
prosa que actúa como afrodisíaco. Como dice en su peculiar estilo
escatológico-barroco, "una pareja que quiere canibalizarse sin
contención alguna". Y aunque Joyce sabe que él fue el primero
en poseer a Nora, se excita al pensar que otro hombre pudo
"frotarla". Le atraen las minucias sexuales del escritor:
¿Disfunción eréctil? ¿Eiaculatio praecox? Más
misterioso me parece el contenido de una carta de Joyce a Nora, en
la que pone en duda la paternidad de su hijo Giorgio: "La
primera noche que dormí contigo en Zúrich fue el 11 de octubre y él
nació el 27 de julio. Esto hace nueve meses y dieciséis días.
Recuerdo que aquella noche hubo muy poca sangre...". No puedo
dejar de preguntarme, con alguna aprensión, si es que acaso siempre
había mucha sangre...

Aprovecha el autor el hecho de que, a partir de 1975, con la
publicación por Richard Ellman de las cartas completas y no
expurgadas de Joyce a Nora Barnacle, se inicia una nueva etapa en
la crítica joyceana. Por fin, señala, la nada convencional relación
erótico-afectiva entre ellos arroja luz sobre la presunción de que
Nora Barnacle, desde el 15 de junio de 1904, "fue el lento
pretexto que adquirió forma en la intimidad doméstica y en la
escritura cómplice de las cartas, hasta llegar a ser si no el
modelo principal, sí uno de los más significativos que le dieron
forma y carácter al personaje de Molly Bloom".
Ya va siendo hora de advertir, por si no está claro, y de ello
no hago el menor misterio, que no me gusta el Ulysses, al que
considero la superchería literaria triunfante más grande del siglo
XX y probablemente de toda la historia. Naturalmente, no comparto
otros juicios del autor, como cuando la emprende contra Henry James
y su "extrema pudibundez bostoniana", o cuando ataca a
Émile Zola, acusándolo de convertir la naturaleza en una
combinación de "letrina y prostíbulo", combinación que,
paradójicamente, es la que prevalece de punta a punta en la novela
de Joyce, a quien no rebaja de "el más importante escritor
inglés desde Shakespeare". La paradoja no es tan evidente si
no aceptamos que Joyce sea el escritor inglés más importante desde
Shakespeare. Y podríamos añadir que seguramente Henry James, si lo
hubiera conocido, habría repudiado el Ulysses con todas sus
fuerzas.
No es que le reproche a Moreno - Durán sus gustos. Ni más
faltaba. Si hay algo que no le podemos reprochar es la ignorancia.
No hay campo de la cultura que tenga secretos para él. Pero todos
tenemos nuestras disidencias estéticas, y como regla general he
observado que es aconsejable leer a los autores que gustan a los
autores que nos gustan. Pero, desde luego, también hay excepciones
a esta sencilla regla de conducta literaria.
Para mí la explicación de todo el affaire Joyce es harto más
sencilla. El señor James Joyce, un buen escritor irlandés, persona
por lo demás huraña, famosa por su escaso sentido del humor,
hosquedad y poca amabilidad, escribe varios libros de calidad,
entre ellos los cuentos de Dublineses y el Retrato del artista
adolescente, que han hecho más por el prestigio del Ulises que el
Ulises entero. Pero con el tiempo, creo haber descubierto en sus
biografías (y esta teoría no es mía sino de un psiquiatra amigo mío
que a pesar de ser psiquiatra no me cobra por hablar con él) que
empieza a sufrir una perturbación mental, probablemente una
variedad de la esquizofrenia. Y esa enfermedad se patentiza
abiertamente en el Ulises, para llegar a extremos de demencia total
en el Finnegan's Wake.
Paradójicamente, en este libro encontramos un Moreno-Durán
infinitamente menos barroco que al que estamos acostumbrados. Y
ciertamente mucho más legible y disfrutable que la lectura del
propio Ulises, pero igualmente obsedido por los temas sexuales y
escatológicos, omnipresentes en su obra... Aunque al final,
aquejado acaso por el complejo del axólotl, se va convirtiendo en
Joyce y comienza a delirar y yo me voy convirtiendo en Moreno-Durán
y hago lo mismo...
Es posible que tras la lectura de este libro me guste más
Moreno-Durán. Difícilmente me gustará más el Ulises.
LUIS H. ARISTIZÁBAL