Reseñas. El elemento erótico
oEl elemento erótico
Mujeres de Babel -la experiencia leída-: Voluptuosidad
y frenesí verbal en James Joyce
R. H. Moreno-Durán
Taurus y Universidad Nacional Autónoma de México, Bogotá, 2004, 130
págs.
Desde el gracioso qui pro quo del índice, "Para
llegar a Molí y Bloom", hay misteriosas mujeres impregnando
estas páginas. Esta misteriosa Molí puede ser una de las tantas
mujeres ignotas que comparecen en la babélica creación de James
Joyce, cuyo recuento lúdico a la vez que loa amable quiere hacer
Rafael H. Moreno-Durán en este libro.
Desde el primer instante, en un prólogo firmado en el Valle de
los Alcázares, en MMIII, se apresura a contarnos que Joyce
significa 'alegría'. Alegría constante a través de sus páginas, de
ese al que llama "mundo por muchas razones gratificante"
del Ulises, y que es cosa para mí harto misteriosa. Mientras Germán
Espinosa dice regodearse en el humor de Joyce, para mí su lectura
es tan triste como su Dublín natal. ¿Alegre Joyce? Al fin y
al cabo cada quien ve lo que su encantamiento le permite.

Basado en el amor de Joyce por la simetría, Moreno-Durán
emprende un análisis y lectura a partir de un triple punto de
vista: el periodo de juventud que se cierra con El retrato del
artista adolescente; la madurez y el triunfo universal de Ulises y,
finalmente, los años de ceguera, exilio y tribulaciones familiares
del Finnegan's Wake.
Señala Moreno-Durán que 1914 es el año fundamental en la vida de
Joyce. Es el de la publicación de Dublineses, pero también en el
que acaba el Retrato del artista adolescente y un texto poco
conocido, Giacomo Joyce, que para Moreno-Durán es fundamental. En
1920, Joyce se instalará en París, a instancias de Ezra Pound,
donde la norteamericana Sylvia Beach (otro nombre que parece
inventado por Moreno-Durán) tendrá los riñones suficientes para
publicar el Ulysses, después de haber sido rechazado el manuscrito
por Virginia Woolf (Wolf en el texto) en Hogarth Press...
A propósito de Dublineses, el autor nos trae a cuento la curiosa
historia de su publicación. Como uno de los cuentos hacía "una
desenfadada serie de referencias poco gratas" a la vida del
rey Eduardo VII, Joyce decidió enviar el manuscrito a Palacio con
la esperanza de que el propio soberano lo absolviera. Le
respondieron que el rey no se ocupaba de semejantes detalles. Poco
tiempo después un editor se decidió a publicarlo. Entonces ocurrió
algo extraordinario: "el mismo día en que se terminó de editar
el volumen un misterioso personaje compró la edición íntegra y ante
el sorprendido editor la quemó. Salvó sólo un ejemplar, que le
envió a Joyce, y luego desapareció".
Moreno-Durán ha leído y estudiado las principales fuentes
joyceanas y -esto es lo más importante-, ha añadido no pocos datos,
argumentos y constataciones de su propia cosecha. Entre los libros
en que se basa para edificar el análisis, el primer lugar lo tiene
El guardián de mi hermano, de Stanislaus Joyce, con su énfasis en
lo que significa el ser irlandés y su para mí muy sospechoso y un
poco ingenuo tono exegético sobre la obra de su hermano, que se
empeña en demostrar que tal o tal suceso es sólo una trascripción
de algún hecho real que sólo él conoce. "Ningún escritor en
Inglaterra, desde Sterne, dice Stanislaus, utilizó hasta su más
insignificante experiencia tan a conciencia como mi hermano, con el
fin de crear un personaje o de complementar la pintura de un
ambiente".
Luego tenemos, por supuesto, los deliciosos libros de Richard
Ellmann, sin duda el mayor de sus biógrafos, así como los ensayos
de Cyril Connolly (curiosamente no menciona el de Alfred Dóblin) y
de E. M. Forster, pero no cita a Stuart Gilbert, sin cuya exégesis,
según los primeros lectores del Ulysses, es poco menos que
imposible entender el original.
Pero lo más interesante es que Moreno-Durán descubre referencias
que los biógrafos suelen obviar. En especial, en este libro, algo
tan obvio y pasado por alto como que el jueves 16 de junio de 1904,
fecha a la que Joyce "dotó de una simbología extrema" y
"con una aureola casi fetichista", pues se trata de las
veinticuatro horas durante las cuales transcurre la acción del
Ulises, fuera el día de su encuentro con la que sería su amante y
luego esposa, Nora Barnacle.
Quizá los juicios más famosos acerca del Ulysses sean los de
Borges. El argentino lamentaba que el genio de Joyce,
"puramente verbal", se hubiera agotado con su última
novela: "Ulises trata de reemplazar la unidad que le falta por
un sistema de laboriosas e inútiles simetrías". "Los
repetidos pero insignificantes contactos del Ulises de Joyce con la
Odisea homérica, siguen escuchando -nunca sabré por qué- la
atolondrada admiración de la crítica". O también: "Yo
diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si
leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso
considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente,
porque su obra requiere un esfuerzo".

Pero si el Ulysses fue un reto para toda la crítica, el
posterior Finnegan's Wake, desafió todas las barreras de la
legibilidad, amén de poner en entredicho el estado mental de su
autor. Dice Moreno que el Finnegan's Wake fue recibido por la
crítica con unánime estupefacción y que constituye uno de los más
brillantes fracasos de la literatura universal. Pero al menos
acepta que es un fracaso. Borges escribió: "James Joyce, en
1922, publica el Ulises, que puede equivaler a toda una compleja
literatura que abarcara muchos siglos y muchas obras; ahora publica
unos retruécanos que, sin duda, equivalen al más absoluto
silencio".