Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Personaje, paisaje, anécdota, impresión

Personaje, paisaje, anécdota, impresión

El señor de la tienda y otras crónicas

Iván Hernández Arbeláez
Editorial Norma, colección La Otra Orilla, Bogotá, 2002, 133 págs.

 

Una serie de crónicas de la vida cotidiana conforman este libro. Son como frescos que se detienen en un paisaje, en una anécdota, en un personaje, o simplemente en la impresión que le deja al narrador un recuerdo de la infancia o una palabra escrita con una ortografía equivocada.

Son diez y seis frescos diferentes pero todos escritos en un tono pausado, de quien está acostumbrado a observar, a detallar y pasar por el tamiz del lenguaje sus impresiones. Unas crónicas son sobre algún personaje como El señor de la tienda, Mira pintor y Ana Cesar. En éstas comparte ese ir descubriendo poco a poco al otro a partir de una detallada observación o de la convivencia. En la primera, el lector va conociendo al personaje a través de la palabra del voyeurista. Alguien, el narrador, mira en la tienda desde una mesa al señor que está enfrente y empieza a relatar qué pasa cada día con él. El lunes es visitado por un señor de ademanes solemnes y se detiene a describir lo que ve el testigo, no el narrador omnisciente. El martes lo visita un señor que se parece a Rasputin y el narrador-testigo registra la conversación: hablan sobre los edificios, los cafés, las calles del centro de Medellín; el miércoles se ve con un moreno alto, de bigote espeso, con quien se entiende casi sin hablar, y así cada día el señor de la tienda es visitado por gente diversa, y el lector se entera de todo gracias a la descripción que hace ese testigo que está sentado en la mesa de enfrente; en Mira pintor, el personaje es Fredy Serna, un pintor que vive en la comuna noroccidental de Medellín. Pero nos enteramos no sólo de la vida de Fredy sino de la de todo el barrio, cómo ha ido cambiando, cómo vive su gente; es como si Fredy fuera el portavoz, o mejor el pintor de su comunidad, pero no necesariamente a través de sus cuadros sino de su liderazgo:

Cuando no pinta, vive en el patio, bebe, conversa con sus amigos, con sus amigas, pierde el tiempo en las esquinas, que conoce de memoria. Durante esas temporadas de ocio, de vagancia, habla con orgullo del barrio, de las bandas de rock, de los semilleros de pintura y de danza, del periódico Comuna, de las milicias, la prostitución, los sicarios, las salas comunales de cine, las bibliotecas, las iglesias protestantes... [pág. 64]

Quizá hablar de Fredy, el pintor, sea sólo un pretexto para retratar la vida en las comunas. A la manera de un buen escritor costumbrista, Hernández dibuja con la palabra lo que ve, lo que percibe y lo que siente. No hace falta que haya trama, ni nudo, ni desenlace. No estamos frente a relatos ni frente a cuentos. Quizá por eso a estos textos se les ha dado el nombre de crónicas, porque son simplemente el testimonio de un observador agudo que describe lo que ve.

Otros textos son sobre la infancia. Recuerdos de años más o menos felices comparados con el presente y con la infancia de sus hijos, como Rencor eterno. Traición y El Ratón Pérez. En éstos es más el tono de diario íntimo, personal, sin la distancia de la voz narrativa, y más cercano al autor. En Rencor eterno parte de mirar una regla de uno de sus hijos para irse hacia el pasado y recordar lo que significó para él una regla en su niñez: tablas de multiplicar asociadas con reglazos de la señorita Inés. Estos recuerdos los mezcla con otros, cuando su padre le promete una talega de bolas si mejora en el colegio y, a pesar del esfuerzo, tuvo que repetir el año; sin embargo, su papá, consciente de lo que había estudiado en los últimos meses, le da la talega de bolas. Así son estas crónicas familiares: sencillas, sutiles, rescatando de la vida lo más pequeño que quizá a la luz del recuerdo resulte ser lo más grande. 

En Traición hay algo de ironía al encontrarse con su hermano ya mayor aceptando un vaso de leche que odiaban ambos cuando estaban pequeños. Él se siente traicionado, pues no se le olvida cómo los obligaban a tomarse ese líquido espeso que les producía náuseas.

Mi isla del tesoro, es un itinerario de lector en el que cuenta su recorrido por libros y lecturas. Es, a mi juicio, la crónica más auténtica y más sincera de las aquí reunidas. Quizá por esa confesión sincera de cómo se hizo lector gracias a los malos libros. Las aventuras de los héroes sucedidas en el oeste de Estados Unidos, en Monterrey, en Nuevo México, escritas por un desconocido autor como Marcial Lafuente Estefanía, lograron despertar en el adolescente una pasión que superó a la del fútbol. Hernández hace reflexiones desde su experiencia vital que están al día con las investigaciones más recientes sobre la lectura y que están encaminadas a un intento de desacralización de los cánones, impuestos por instancias de poder que pretenden legitimar un tipo de libros y un solo tipo de lectores, mientras las nuevas corrientes reivindican la lectura como una práctica social, que se manifiesta de múltiples maneras en la vida cotidiana de los ciudadanos.

No obstante, el hecho de que los malos libros hubieran despertado en mí el gusto por la lectura no deja de intrigarme. Por momentos creo que son más los lectores que gana para los buenos libros un libro malo que uno bueno... [pág. 131]

Acaso el texto que mejor pueda llevar el nombre de crónica es El archipiélago de San Bernardo, en la medida en que el narrador supera el tono de diario íntimo y posa su mirada en un grupo humano y en un paisaje y cuenta, narra y describe (todos los ingredientes de la crónica) cómo viven los habitantes de Berrugas y de las islas del archipiélago de San Bernardo. Ya no posa sus ojos en sí mismo, en sus propios recuerdos sino en lo que ve, oye y vive durante su recorrido por las islas. El lector se entera, por ejemplo, de que los nativos de Boquerón no son más de cincuenta y de que la isla es sólo el lugar en el que pasan las horas que no están en el agua; o que en épocas muy frías es costumbre de los isleños acostarse muy temprano y levantarse poco después de la medianoche a pescar; o que los niños dibujan en la arena, como en un cuaderno, tiburones, sierras, anguilas, roncos, chinos, jureles. O que en la isla de Palma el mar es extrañamente azul y está habitada sólo por un nativo, el negro Salomón.

El tren es una verdadera apología de este medio de transporte. Con ingenio, Hernández nos demuestra cómo algunos hechos cobran importancia si suceden en un tren, como, por ejemplo, una aventura amorosa, una fuga, un asalto o un crimen.

Aunque todos estos relatos están escritos con precisión, sutileza y un pulcro manejo del lenguaje y crean en el lector cierta atmósfera de intimidad que logra generar los propios recuerdos a partir de los del autor, no dejan de molestar algunas alusiones de corte machista, que desagradan, aún más, cuando caemos en cuenta que responden a afirmaciones del escritor y no de algún personaje literario caracterizado a través de la ficción. Al referirse, por ejemplo, a la diferencia que hay entre que sea el papá quien ayude al hijo a hacer las tareas o sea la mamá dice:

En realidad, ellas [las mamas] gozan haciendo tareas; seguramente no les atribuyen gran importancia, pues en el fondo de su corazón sospechan que no vale la pena matarse tratando de aprender cosas que ya están en las calculadoras o en las enciclopedias. [Hasta aquí podría pasar por una alusión inocente al sentido práctico de las mujeres, pero sigue] Además, como casi todas no hicieron nada distinto a divertirse en sus años escolares, aprender ahora los nombres de las capitales de los países, qué son los números primos, qué animales son mamíferos y cuáles reptiles, resulta tan interesante como hacer un crucigrama; y esa despreocupación produce de inmediato sus efectos en el niño, que descubre emocionado que sabe tanto o tan poco como su mamá. [pág. 14]

Más adelante, en la crónica Uno se debe morir por la mañana, aparece esta otra perla que hará las delicias de las feministas más radicales:

Fiel admirador de las cosas inútiles y bellas, las mujeres despiertan en él esa adoración, [pág. 32]

Por lo demás, El señor de la tienda y otras crónicas se lee con facilidad, como dejándose llevar por una agradable conversación, y queda en el lector el deseo de volver la mirada sobre lo pequeño de las cosas cotidianas. Iván Hernández tiene publicadas dos novelas: Las hermanas y De memoria. Actualmente es profesor de literatura de la universidad de Antioquia y ha sido editor de la colección Cara y Cruz de editorial Norma.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO