Reseñas. Ironía, lugar común, mordacidad y, no obstante,
sentimentalismo
Ironía, lugar común, mordacidad y, no obstante,
sentimentalismo
Nunca en cines
Andrés Burgos
Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2005, 235 págs.
Se cuenta cómo un hombre joven se ve asediado por un mal
congénito que terminará por llevarlo a la tumba, y cómo la
certidumbre de su afección no le significó, nunca, en ninguna
circunstancia, ningún tipo de abandono o patetismo. Se cuenta,
además, su actividad de joven cinematografista, empecinado e
incansable, que va llevando adelante un proyecto insólito hasta que
la vida se lo permite. Se narra, en síntesis, la historia de un
héroe.

Desde mediados del siglo XIX nos hemos familiarizado con un tipo
de pensamiento estético que ubica y racionaliza esa modalidad de
comportamiento que se sitúa en el límite de las posibilidades
humanas y que nos confronta con nuestras determinaciones más
básicas. Un ser humano, lo sabemos, es capaz de imaginarse mundos,
e incluso de intentar construirlos. De hecho, el oficio de hacedor,
junto con el de destructor, es uno de los más arraigados en la
historia de nuestra especie. Nos excede considerar aquí si la
vocación de figurar realidades, de la cual hemos dado innumerables
-y asombrosas- muestras, está más o menos arraigada que la de dar
al traste con ellas. Y quizá no sea tan importante. Pero sí sabemos
que, tratándose de esa operación desmesurada de ir más allá de
nosotros mismos, los hombres han abundado en fábulas y
realizaciones. Nos sabemos a plenitud solamente desde la insolencia
que nos permite desafiar a lo que nos excede de manera absoluta. Y
en esa desproporción, al final de la cual siempre salimos
perdedores, hay algo que rescatamos y desde lo cual podemos
justificar nuestra desmesura. Lo llamaron, algunos, libertad. Otros
intentan denominaciones menos enfáticas y hablan de empecinamiento,
de capricho, de apetencia, de deseo. De tozudez, de indiferencia,
de fastidio... Cada denominación, por supuesto, arrastra consigo el
mundo que la hace posible. Y, sin embargo, desde las más antiguas
imaginerías que nos hablan de cómo un hombre fue capaz de dar
muerte a un león portentoso para vestirse luego con su piel,
pasando por aquel que pudo sobrevivir durante veinte años al más
vertiginoso de los viajes, por aquella mujer cuyo amor a Dios fue
más poderoso que su asco, o por el alucinado que arremetía contra
gigantes ilusorios, nos encontramos con la misma apetencia. Con ese
idéntico deseo de ser más que las determinaciones, las
circunstancias o el destino. Por alguna razón, admirable o
mezquina, ciertas veces. Sin ninguna, otras tantas. Camilo, el
personaje de la novela Nunca en cines del escritor Andrés Burgos,
también. Porque opuso a la enfermedad que lo minaba su voluntad de
vivir. Porque optó por afianzarse en el anonimato y el fracaso, y
porque, en un país erizado de dificultades, no perdió de vista el
horizonte de hacer cine.

La novela nos sitúa en el contexto de la ciudad de Medellín en
tiempos del recrudecimiento de la violencia terrorista. No sabemos
quiénes, por qué motivos, o en qué circunstancias, pero dos
personajes dialogan de esa manera ruda y apresurada con que suelen
hacerlo ciertos buenos amigos, y a través de sus palabras nos
enteramos de que están, o van a estar, envueltos en un buen lío.
Como ellos, no sabemos si "se puede rellenar un perro de
cocaína", pero estamos en capacidad de disparar
automáticamente nuestra fantasía y, de la mano de semejante
interrogante, figurarnos un mundo lleno de los personajes,
circunstancias y acciones características de la barbarie
contemporánea. Quizá uno de los logros de la novela radica
precisamente en el adecuado manejo, por lo demás claramente
cinematográfico, del suspenso. Porque si la referencia a una de las
interminables estratagemas de los traficantes de narcóticos,
absolutamente inverosímil -aunque no tanto como las tantas que se
hallan registradas en las objetivas anotaciones policiales nos
implicaría la activación de un imaginario previsible, el
desenvolvimiento de la trama nos toma por sorpresa. Y es que
después de presentar y desarrollar otras varias líneas narrativas,
el narrador nos entera de que no fue así. Los equívocos
personajes que pagaron sin rechistar una fortuna para embarcar a un
perro rumbo a México, y que además solventaron de manera
significativa los gastos de dos mensajeros que no tendrían otra
responsabilidad que ocuparse durante un corto tiempo del animal, no
nos engañan. No están jugando a tres barajas. No envuelven a los
dos jóvenes en una intriga criminal. O cuando menos no lo sabemos.
Y ellos tampoco. Porque después de tomar riesgos, pasar
incomodidades y figurarse todo tipo de traiciones y malas pasadas,
no tuvieron, en efecto, otra responsabilidad distinta de la de
alojar al animal un par de días y luego entregarlo a un desconocido
que se presentó cumplidamente a reclamarlo. El trato fue así. Ellos
lo transportaban, se hacían cargo de él y luego lo perdían de
vista. A cambio, un viaje a México y la posibilidad real de editar
un corto en dieciséis milímetros. Buen negocio. Las bombas que los
protagonistas han escuchado explotar en Medellín, los estragos
provocados, de los que ambos son testigos, la certidumbre de estar
en la mira de grupos de sicarios que evalúan su posibilidad o
imposibilidad de seguir vivos, todo eso está allí. Pero atrás,
abajo, o encima, en otro nivel de realidad, porque de lo que se
trata es de viajar a México, estirar el presupuesto y editar el
corto. A toda costa. Como dé lugar.
"-Yo me encargo de todo. De algún modo hay que encontrarle
una salida a esta situación".
A todo. A la beca del Ministerio de Cultura, a la despampanante
y enloquecedora diosa, a la amiloidosis que lo colocaba entre dos y
diez meses en la tumba, al derrame cerebral, a los créditos
bancarios, a la vida de adulto. Y, sobre todo, al despropósito de
una causa perdida.
...un mundo dentro de las películas, un universo paralelo
que se manifestaba en el fondo, en segundo plano, más allá del
egocentrismo de los protagonistas. Las películas no siempre estaban
en donde uno creía que estaban. [...] Una película testaferro... Me
obsesionaba la idea de hacer parte de ese espacio ignorado en la
pantalla [...] una madriguera donde el fluir vertiginoso de la
realidad no cabía y por eso seguía de largo, te dejaba
tranquilo.

Una narración simultánea, al estilo de esos personajes -el mismo
chino en infinidad de películas de acción- que están un par de
minutos y luego desaparecen. Los matan, casi siempre, o simplemente
no se les ve más. En la siguiente película vuelven a ocupar su
lugar y vuelve a sucederles lo mismo. Y así, indefinidamente. De
eso se trataba. Y de eso se trató a lo largo y ancho de su vida.
Hasta que el cuerpo sobrecargado no lo soportó más y ya no se pudo
seguir al frente de la causa. De ninguna causa.
Si aceptamos esa proposición que dice hallar en cada personaje
de ficción los entresijos secretos del espíritu de quienes lo
crearon, un ser como Camilo Uribe se convierte en un sugestivo
instrumento de conocimiento. Y no se trata sólo de la persona
individual del autor, que, como en este caso y de manera expresa,
involucra su particularidad en las peripecias que desarrolla. Autor
y mundo se implican de manera tan compleja, que en la tenacidad de
quien se ve en amenaza permanente podemos atisbar fragmentos de
realidad que nos compete. Pero si ese estoicismo del héroe que
interpone desplantes a su muerte, nos permite reconocer a infinidad
de personajes a lo largo y ancho de la extensísima fantasía humana,
el que ese carácter desmedido se entregue a la vaguedad de una
empresa perdida, nos corresponde de manera definitoria. Arrastrar
sin descanso una enorme roca que vuelve por su camino sin remedio,
vaciar la enormidad del mar dentro de un agujero mínimo, fundir y
refundir incesantemente las mismas piezas de orfebrería, hacer una
película que nadie ve y que prácticamente no existe, son metáforas
que aluden a nuestra condición. Se trata de entregarse sin medida a
lo insensato y vano, a lo inútil, a lo incomunicable.
La lectura de la novela del escritor Andrés Burgos nos permite
hacernos una buena idea de los procedimientos y preferencias
expresivas de los nuevos narradores colombianos. Voluntariamente
despojado de grandilocuencia y unidad, su trabajo se convierte en
un compendio de puntos de vista, enfoques, miradas y perspectivas.
No cuenta grandes cosas. No desarrolla bloques narrativos extensos.
Su procedimiento es fracturado, desencantado. Se instala en la
ironía, el lugar común, la mordacidad y, no obstante, en el
sentimentalismo. Reclama la intimidad confortable y frívola del
teleadicto, comenta sin énfasis la realidad. Sin detenimiento. Sin
interés. Toma por suyas las versiones del mundo que lo rodean.
Poseedor de un lenguaje coloquial y primario, nos coloca en el
ámbito de la medianía y el desparpajo. Y sin embargo, desdeñando el
tópico y la reiteración, Nunca en cines no es "otra novela de
sicarios". Hila una historia que podemos seguir sin grandes
angustias, detrás de la cual los "grandes temas" que nos
implican ocupan el lugar del chino de las películas de acción:
están ahí, casi invisibles. La circunstancia de que la propia vida
del escritor, como su propio nombre, se halle entreverada con la
ficción, incentiva ese umbral de indeterminación e intemporalidad
que la caracterizan. La novela, en fin, se deja leer y nos permite
fluir y andareguear a través de ella a nuestro gusto.
RAFAEL MAURICIO MÉNDEZ BERNAL