Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Ironía, lugar común, mordacidad y, no obstante, sentimentalismo

Ironía, lugar común, mordacidad y, no obstante, sentimentalismo

Nunca en cines

Andrés Burgos
Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2005, 235 págs.

 

Se cuenta cómo un hombre joven se ve asediado por un mal congénito que terminará por llevarlo a la tumba, y cómo la certidumbre de su afección no le significó, nunca, en ninguna circunstancia, ningún tipo de abandono o patetismo. Se cuenta, además, su actividad de joven cinematografista, empecinado e incansable, que va llevando adelante un proyecto insólito hasta que la vida se lo permite. Se narra, en síntesis, la historia de un héroe.

Desde mediados del siglo XIX nos hemos familiarizado con un tipo de pensamiento estético que ubica y racionaliza esa modalidad de comportamiento que se sitúa en el límite de las posibilidades humanas y que nos confronta con nuestras determinaciones más básicas. Un ser humano, lo sabemos, es capaz de imaginarse mundos, e incluso de intentar construirlos. De hecho, el oficio de hacedor, junto con el de destructor, es uno de los más arraigados en la historia de nuestra especie. Nos excede considerar aquí si la vocación de figurar realidades, de la cual hemos dado innumerables -y asombrosas- muestras, está más o menos arraigada que la de dar al traste con ellas. Y quizá no sea tan importante. Pero sí sabemos que, tratándose de esa operación desmesurada de ir más allá de nosotros mismos, los hombres han abundado en fábulas y realizaciones. Nos sabemos a plenitud solamente desde la insolencia que nos permite desafiar a lo que nos excede de manera absoluta. Y en esa desproporción, al final de la cual siempre salimos perdedores, hay algo que rescatamos y desde lo cual podemos justificar nuestra desmesura. Lo llamaron, algunos, libertad. Otros intentan denominaciones menos enfáticas y hablan de empecinamiento, de capricho, de apetencia, de deseo. De tozudez, de indiferencia, de fastidio... Cada denominación, por supuesto, arrastra consigo el mundo que la hace posible. Y, sin embargo, desde las más antiguas imaginerías que nos hablan de cómo un hombre fue capaz de dar muerte a un león portentoso para vestirse luego con su piel, pasando por aquel que pudo sobrevivir durante veinte años al más vertiginoso de los viajes, por aquella mujer cuyo amor a Dios fue más poderoso que su asco, o por el alucinado que arremetía contra gigantes ilusorios, nos encontramos con la misma apetencia. Con ese idéntico deseo de ser más que las determinaciones, las circunstancias o el destino. Por alguna razón, admirable o mezquina, ciertas veces. Sin ninguna, otras tantas. Camilo, el personaje de la novela Nunca en cines del escritor Andrés Burgos, también. Porque opuso a la enfermedad que lo minaba su voluntad de vivir. Porque optó por afianzarse en el anonimato y el fracaso, y porque, en un país erizado de dificultades, no perdió de vista el horizonte de hacer cine.

La novela nos sitúa en el contexto de la ciudad de Medellín en tiempos del recrudecimiento de la violencia terrorista. No sabemos quiénes, por qué motivos, o en qué circunstancias, pero dos personajes dialogan de esa manera ruda y apresurada con que suelen hacerlo ciertos buenos amigos, y a través de sus palabras nos enteramos de que están, o van a estar, envueltos en un buen lío. Como ellos, no sabemos si "se puede rellenar un perro de cocaína", pero estamos en capacidad de disparar automáticamente nuestra fantasía y, de la mano de semejante interrogante, figurarnos un mundo lleno de los personajes, circunstancias y acciones características de la barbarie contemporánea. Quizá uno de los logros de la novela radica precisamente en el adecuado manejo, por lo demás claramente cinematográfico, del suspenso. Porque si la referencia a una de las interminables estratagemas de los traficantes de narcóticos, absolutamente inverosímil -aunque no tanto como las tantas que se hallan registradas en las objetivas anotaciones policiales nos implicaría la activación de un imaginario previsible, el desenvolvimiento de la trama nos toma por sorpresa. Y es que después de presentar y desarrollar otras varias líneas narrativas, el narrador nos entera de que no fue así. Los equívocos  personajes que pagaron sin rechistar una fortuna para embarcar a un perro rumbo a México, y que además solventaron de manera significativa los gastos de dos mensajeros que no tendrían otra responsabilidad que ocuparse durante un corto tiempo del animal, no nos engañan. No están jugando a tres barajas. No envuelven a los dos jóvenes en una intriga criminal. O cuando menos no lo sabemos. Y ellos tampoco. Porque después de tomar riesgos, pasar incomodidades y figurarse todo tipo de traiciones y malas pasadas, no tuvieron, en efecto, otra responsabilidad distinta de la de alojar al animal un par de días y luego entregarlo a un desconocido que se presentó cumplidamente a reclamarlo. El trato fue así. Ellos lo transportaban, se hacían cargo de él y luego lo perdían de vista. A cambio, un viaje a México y la posibilidad real de editar un corto en dieciséis milímetros. Buen negocio. Las bombas que los protagonistas han escuchado explotar en Medellín, los estragos provocados, de los que ambos son testigos, la certidumbre de estar en la mira de grupos de sicarios que evalúan su posibilidad o imposibilidad de seguir vivos, todo eso está allí. Pero atrás, abajo, o encima, en otro nivel de realidad, porque de lo que se trata es de viajar a México, estirar el presupuesto y editar el corto. A toda costa. Como dé lugar.

"-Yo me encargo de todo. De algún modo hay que encontrarle una salida a esta situación".

A todo. A la beca del Ministerio de Cultura, a la despampanante y enloquecedora diosa, a la amiloidosis que lo colocaba entre dos y diez meses en la tumba, al derrame cerebral, a los créditos bancarios, a la vida de adulto. Y, sobre todo, al despropósito de una causa perdida.

...un mundo dentro de las películas, un universo paralelo que se manifestaba en el fondo, en segundo plano, más allá del egocentrismo de los protagonistas. Las películas no siempre estaban en donde uno creía que estaban. [...] Una película testaferro... Me obsesionaba la idea de hacer parte de ese espacio ignorado en la pantalla [...] una madriguera donde el fluir vertiginoso de la realidad no cabía y por eso seguía de largo, te dejaba tranquilo.

Una narración simultánea, al estilo de esos personajes -el mismo chino en infinidad de películas de acción- que están un par de minutos y luego desaparecen. Los matan, casi siempre, o simplemente no se les ve más. En la siguiente película vuelven a ocupar su lugar y vuelve a sucederles lo mismo. Y así, indefinidamente. De eso se trataba. Y de eso se trató a lo largo y ancho de su vida. Hasta que el cuerpo sobrecargado no lo soportó más y ya no se pudo seguir al frente de la causa. De ninguna causa.

Si aceptamos esa proposición que dice hallar en cada personaje de ficción los entresijos secretos del espíritu de quienes lo crearon, un ser como Camilo Uribe se convierte en un sugestivo instrumento de conocimiento. Y no se trata sólo de la persona individual del autor, que, como en este caso y de manera expresa, involucra su particularidad en las peripecias que desarrolla. Autor y mundo se implican de manera tan compleja, que en la tenacidad de quien se ve en amenaza permanente podemos atisbar fragmentos de realidad que nos compete. Pero si ese estoicismo del héroe que interpone desplantes a su muerte, nos permite reconocer a infinidad de personajes a lo largo y ancho de la extensísima fantasía humana, el que ese carácter desmedido se entregue a la vaguedad de una empresa perdida, nos corresponde de manera definitoria. Arrastrar sin descanso una enorme roca que vuelve por su camino sin remedio, vaciar la enormidad del mar dentro de un agujero mínimo, fundir y refundir incesantemente las mismas piezas de orfebrería, hacer una película que nadie ve y que prácticamente no existe, son metáforas que aluden a nuestra condición. Se trata de entregarse sin medida a lo insensato y vano, a lo inútil, a lo incomunicable.

La lectura de la novela del escritor Andrés Burgos nos permite hacernos una buena idea de los procedimientos y preferencias expresivas de los nuevos narradores colombianos. Voluntariamente despojado de grandilocuencia y unidad, su trabajo se convierte en un compendio de puntos de vista, enfoques, miradas y perspectivas. No cuenta grandes cosas. No desarrolla bloques narrativos extensos. Su procedimiento es fracturado, desencantado. Se instala en la ironía, el lugar común, la mordacidad y, no obstante, en el sentimentalismo. Reclama la intimidad confortable y frívola del teleadicto, comenta sin énfasis la realidad. Sin detenimiento. Sin interés. Toma por suyas las versiones del mundo que lo rodean. Poseedor de un lenguaje coloquial y primario, nos coloca en el ámbito de la medianía y el desparpajo. Y sin embargo, desdeñando el tópico y la reiteración, Nunca en cines no es "otra novela de sicarios". Hila una historia que podemos seguir sin grandes angustias, detrás de la cual los "grandes temas" que nos implican ocupan el lugar del chino de las películas de acción: están ahí, casi invisibles. La circunstancia de que la propia vida del escritor, como su propio nombre, se halle entreverada con la ficción, incentiva ese umbral de indeterminación e intemporalidad que la caracterizan. La novela, en fin, se deja leer y nos permite fluir y andareguear a través de ella a nuestro gusto.

RAFAEL MAURICIO MÉNDEZ BERNAL