Reseñas. A la topa tolondra
A la topa tolondra
El Eskimal y la mariposa
Nahum Montt
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo,
Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá, Bogotá, 2004, 255
págs.
Hoy, en la estación de la posmodernidad, la mirada de la crítica
frente a las obras creativas objeto de su estudio está favorecida
por nuevos recursos de apreciación que en la tradición más reciente
-la del siglo XX- fueron fundados o tomaron vigencia. Así, por
ejemplo, y sin lugar a dudas como respuesta a los alcances de la
experimentación literaria, hoy se valora desde distintos ángulos la
propuesta formal de las obras y su funcionalidad estética y/o
espiritual. Las iniciales y tímidas propuestas formales de John Dos
Passos y su novela Manhattan Transfer (con fragmentos de canciones
populares, titulares de prensa, pasajes de monólogo interior y
fragmentos naturalistas de las vidas de una multitud de personajes
sin relación entre sí, donde el escritor norteamericano busca un
mínimo desvío del ordenamiento que da la lógica) y luego las osadas
de Cortázar en sus propuestas denominadas por él mismo
"modelos para armar" (recordemos su novela 62, modelo
para armar), evidencian a la crítica de entonces, heredera de la
forma del relato lineal del Gran Realismo (linealidad que reproduce
formalmente, de modo visual y plástico, una tira prosaica pareja:
Balzac, Stendhal, Flaubert...), cómo existen formas de presentación
estructural distintas de las establecidas de manera lógica por el
hilo conductor cronológico y que permiten la concreción de una
atmósfera unificadora (lo que no ocurriría de enfrentar dos
ambientes de época) y la exaltación de un estilo que, afín a las
tendencias del arte moderno y su conceptualismo formal, interpone
al lector intereses visuales plásticos. Hoy en la moda de las
formas que siguen las propuestas de ítalo Calvino para este siglo,
como son, entre otras, la rapidez y la ingravidez, los narradores
han visto abonado ese lugar donde plantar, al menos plásticamente,
sus propuestas creativas. En efecto, si bien el crítico siempre
había observado desde la estética, de manera implícita o explícita,
racional o inconscientemente, la pieza literaria en su presentación
formal, lo había hecho partiendo de una valoración que dista
bastante de lo sugerido por el autor de El barón rampante, y que
infortunadamente permanece anclada en los criterios clásicos
compositivos que imponían, tal una condición inmodificable, el
concepto de la simetría, que no es otra cosa que la repetición
fractal de un esquema. Incluso las formas de la poesía, siendo ésta
en su expresión más libre que la prosa, estuvieron adscritas a un
modelo plástico restringido por la métrica, que, como en el caso de
la estructura del soneto, hacía de todas las producciones
literarias poéticas un repetido molde visual, como en efecto lo son
cada una de las páginas, o cada uno de los párrafos, de una novela
decimonónica, digamos, por ejemplo, una cualquiera de estos autores
del Gran Realismo. Por el contrario, ahora, da inicio a su
ejercicio crítico por lo que podríamos llamar una apreciación
visual, que le da noticia del nivel de armonía en la expresión
verbal (y, ¡vaya a saber uno cómo ocurre! -ello es
característico del misterio de la creación artística-).

De hecho, al observar, y el lector puede comprobarlo por su
propia cuenta, la manera como está formalmente presentada una pieza
literaria que no hemos leído podemos deducir su nivel expresivo,
artístico e intelectual, del mismo modo como da noticia de su
contenido el empaque de un producto cotidiano cualquiera: en la
envoltura de una panela (una hoja de plátano, o un pedazo de papel
periódico) nadie espera encontrar un delicado perfume. Pero todo
ello está bien con respecto al oficio del crítico, si no fuera
porque los jóvenes escritores están echando mano de dicho recurso
para presentar sus vacíos artísticos e intelectuales o, cuando los
tuviera, para malversarlos gratuitamente (como incluso le ocurrió a
Cortázar y su 62, modelo para armar, cuya propuesta de lectura
libre en nada crece el beneficio de su lectura; de hecho, los
lectores terminan leyéndola en el orden que la lógica tradicional
les indica: linealmente). En nuestro medio tenemos ejemplos, como
el de Efraím Medina y su reciente novela Técnicas de masturbación
entre Batman y Robín, que, siendo una buena novela por sus
contenidos estéticos y cognitivos, pareciera romper inútilmente su
estructura natural para asumir una que -con aspecto de figurín o de
corte "magazinesco", observemos que en la línea de John
Dos Passos- pareciera reclamar la posmodernidad: la fragmentación
en capítulos que no cansen al ocupado lector de hoy, quien al abrir
un libro no quiere ver una empresa de lectura compacta sino un
bocado ligero, lo más parecido a un magazín o a una historieta para
escolares, que contenga además todas las técnicas de seducción para
el lector negado a leer, como son la imágenes visuales, los
párrafos cortos y las expresiones de lenguaje sencillo, y todas las
demás ventajas que permiten a los adultos de hoy hasta la
posibilidad de leerlos en la taza del inodoro, tanto como en los
fragmentados espacios de tiempo que les permiten sus obligaciones
laborales. Pero, bueno, esta introducción no es más que una
invitación para que el lector de la novela ganadora del Premio
Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2004, El Eskimal y la mariposa,
que ahora nos ocupa, haga el ejercicio preliminar de observar si su
disposición formal (capítulos, párrafos, frases y demás) y la
impresión visual que ésta le produce (armónica o desarmónica)
coincide con la experimentada luego de realizada su lectura (de
armonía o desarmonía). Por mi parte, más inclinado incluso a los
conceptos de asimetría, la encontré desorganizada y, tal vez, más
que ligera perezosa (de cualquier modo, insisto, esa fue apenas la
impresión preliminar), puesto que cada uno de sus 36 fragmentos
(¿capítulos?), me figuró una pieza inacabada, o, en el peor
de los casos, cortada a la topa tolondra.

La trama de El Eskimal y la mariposa, de Nahum Montt, como lo
señala la nota de su contraportada, es la recreación del "lado
oscuro de los magnicidios políticos que conmovieron a Colombia en
las últimas décadas del siglo XX", y por tal razón ocupa los
linderos que, efectivamente, constituyen los predios de la novela
histórica, cuya finalidad no es otra que tomar relatos de la vida
real para modificarlos, variarlos, revisarlos, esclarecerlos,
rehacerlos, o, hasta en el más crudo de los casos, para ganar
terreno en eso que ya mencionamos como la intención del autor de
atrapar al lector (que, entre otras cosas, es lícito, si entendemos
que la función fundamental del arte es la comunicación) brindándole
la opción, al lector, de encarrilarse en una lectura de la cual ya
hay elementos facilitadores como el preconocimiento de épocas,
lugares, sucesos y personajes. Así, por ejemplo, no tuvo que gastar
mucho Alexandre Dumas, para ilustrarnos acerca del entorno de sus
cuatro espadachines, pues como lectores ya contamos con referencias
historiográficas que nos han dado noticia de la "toma de la
fortaleza de la Bastilla" -de cómo arquitectónicamente, es
ésta- y de las costumbres sociales -modos y modales de los
parisinos de la Revolución Francesa. Ni tampoco era necesario en la
novela El nombre de la rosa, como lo hizo con amenidad Umberto Eco,
excepto en el placer de gozarnos su estilística y erudición,
extenderse en descripciones de espacio, como él mismo las ha
clasificado en los ensayos reunidos en Sobre literatura, llenas de
denotaciones, escrúpulos, enumeraciones, acumulaciones y
descripciones con remisión a experiencias personales del
destinatario. Y aún menos García Márquez en El general en su
laberinto, pues, como es obvio, muchas de estas descripciones ya
estaban inmersas en nuestra genética histórico-social. En cualquier
caso, el de la novela de Dumas, el de la novela de Eco o el del
relato de nuestro Nobel, hacen referencia a momentos históricos ya
pasados, y a espacios arquitectónicamente transformados o
totalmente reemplazados, pero que están descritos en los libros; y
sobre tal aspecto quiero detenerme, pues esta novela de Nahum Montt
propone una situación distinta. Mientras que los autores
mencionados (Dumas, Eco y García Márquez) trataron conexiones
históricas ya distantes con respecto al tiempo en que las
abordaron, Montt se arriesga a echar mano de una historia todavía
caliente; es decir, de la cual ni historiadores ni investigadores
policíacos ni los involucrados directa o indirectamente, y aún
menos la sociedad entera, tienen la menor idea. Idea de esos
aspectos que resaltábamos: de época, de espacio, de fisonomías que
el lector, al menos el lector colombiano, por formar parte íntima
de dicha estancia vital no visualiza -como le ocurre a quien en
medio de los árboles no puede nombrar ni sospechar la totalidad del
bosquelas verdaderas situaciones y hechos, que como parte de una
historia no terminada todavía suscitan dicho interés, hasta el
punto de que un lector, no necesariamente ingenuo, podría encontrar
en ellos explicaciones que ni siquiera la justicia formal, ni la
del tiempo, han podido corroborar. Con todo, si bien no hay quien
meta las manos en la candela por versiones escrupulosas acerca de
los hechos que rodearon la muerte del precandidato a la presidencia
de Colombia Bernardo Jaramillo Ossa, sí es claro, en cuanto a
atmósferas ambiguas, respiradas por todos en los últimos años, cómo
sí existen, cualquiera que sea la verdad de lo ocurrido, las
intrincadas relaciones sociales que en El Eskimal y la mariposa,
ficticias o no, enmarcaron, al menos desde la confusión, la
atrocidad de semejantes hechos (la muerte del precandidato, y de la
casi totalidad de sus seguidores). Pero el riesgo no sólo está en
la curiosidad de quienes esperarían por fin el cese de la impunidad
que embarga al mentado magnicidio, y entre quienes quisieran, de
una vez por todas, que dicho suceso forme ya parte, primero del
olvido, como indica la lógica, luego de la memoria, por medio del
relato histórico, y finalmente, ya curada toda herida, del
crecimiento de nuestras experiencias de emoción artística. Me
explico: ni siquiera hoy, a cincuenta años de la segunda guerra
mundial, es asimilable sin afectación la utilización, digamos del
rostro de Hitler, aunque éste sea para emular una expresión
artística, digamos la del pop, y no una política, en su caso la del
fascismo.
Narrada con un lenguaje directo, nada literario, El Eskimal y la
mariposa sacrifica la construcción de un entramado musical, que
exigiría, tal vez, la utilización moderada del lenguaje literario
al que tanto rehuyen los posmodernos. Por tal razón, incluso cuando
tratan el tema de la música (pienso ahora en ¡Que viva la
música! de Andrés Caicedo), ven en las cadencias de entonación y
musicalidad las formas propias de lo clásico. En una malversación,
a mi juicio, de lo que significa en rigor el lenguaje literario. Es
cierto que la tradición literaria escrita bajo sus parámetros
produjo historias que no casan con las exigencias de la época, y
que en su momento tuvieron auge y categoría de verdad. Me refiero a
las novelas del barroco latinoamericano -El Siglo de las
Luces de Alejo Carpentier, El astillero de Juan
Carlos Onetti y, entre tantas y tantos, Cien años de
soledad de Gabriel García Márquez, que, a la luz de los
entendimientos presentes, los de los posmodernos, no constituyen
sino moldes caducos, y frente a tal realidad es precisamente la
música la primera sacrificada. Sin embargo, es natural que a esa
música en desuso la reemplace otra, y justamente en ello reside
parte del poco peso que le es característico a su estilo y su
encanto verbal dado a nadar sobre superficies de aguas muy poco o
nada profundas, sin música, como ocurre en El Eskimal y la
mariposa. En efecto, algunos de sus pasajes, buena parte de
ellos, están relatados en tan simplona esencia literaria que pasan
como insípidos capítulos de formatos novelescos propios de la
televisión (imagínense títulos como estos: "Guerra de
pandillas", "Las calles del hampa", etc.).
GUILLERMO LINERO MONTES