BIOGRAFÍA, LORENZO JARAMILLO. VIAJE A CHINA

Lorenzo. Exposición individual, Galería Carrillo Gil, Ciudad de
México, ¡983.
GUILIN, MAYO 15, 1984
Hola, familia! Estamos en Guilin, donde no hay sino paisaje,
¡pero qué paisaje! Ayer hicimos el famoso (porque es
universalmente conocido como uno de los high lights de un
viaje a China) viaje en barco por el río Linyang. Ahí les mando la
boleta para que vean el tipo de cosa que es. Nada parecido a eso en
ninguna parte. Es uno de esos paisajes únicos como el Gran Cañón,
la Capadocia. los fiordos noruegos. En el barco le compré a Yolanda
unos collares de cerámica, azul con dibujos blancos y blanco con
dibujos azules, largos. Son para usar los dos. Inspirado por madame
Serup, quien los encontró de un chic fou y se compró unos
para ella. Hoy, en cambio, día gris y lluvioso (lo cual, para el
plato fuerte del paseo en barco, o para cualquier otro paisaje
importante, no es inconveniente, pues, como bien dicen aquí, es
“otra belleza, la de una mujer tímida que se cubre con un
velo”), en el cual iban a visitar unas grutas (de esas con
estalagmitas y estalactitas, reflectores y barro, que hay en todas
partes. Yo, que con lo de ayer tuve para emocionarme
suficientemente y que prefiero guardar ese recuerdo, me quedé en el
hotel dormitando, descansando del grupo, tomando té y leyendo -muy
apropiadamente- Viento del este, viento del oeste de Pearl
5. Buck. Nunca creí que fuera a leer semejantes cosas, pero ahí me
tienen. Me lo prestó la “nuera que vive en la Camarga”,
porque yo no tengo qué leer -de tonto me traje un mamotreto sobre
el mundo clásico chino o no sé qué, pesadísimo y enorme, que ha
reposado todo el tiempo en lo profundo de mi maleta. Llegaron en
este momento los otros; claros que no me perdí de nada. Bueno, de
Shanghai les mandé una carta que espero les llegue algún día. Como
le decía yo a Patricia, así se debe sentir un holandés poniendo
cartas en Medellín o Neiva... La oficina de correos de Shanghai, a
donde fui solo, donde no hay un solo signo en inglés y donde nadie
habla otra cosa que chino, es como uno se imagina (o tal vez ha
visto en películas), una estación u oficina de correos en un pueblo
fronterizo de China, por allá en Mongolia, a principios de siglo.
Shanghai, ¡iiun encanto!!! El famoso Bund es una
promenade al borde del río que sería bonita e inclusive
impresionante en cualquier ciudad del mundo con edificios ingleses
de los años veinte, con columnas halis, portones de
hierro, muchos pisos... podría ser (por lo que he visto en fotos)
Buenos Aires o Madrid y puede ser Londres. Hay más automóviles,
muchos buses y troles y las eternas, y aquí aún en mayor cantidad,
bicicletas... ¡Miles de cláxones funcionando continua y
simultáneamente para irle avisando a la gente que está a punto de
ser atropellada! Al principio uno cree que se va a enloquecer;
después aprende a no mirar (vienen, de todos modos, de todas
partes!) sino a oír, y así a guiar los pasos y esquivar el
peligro.., sólo por los pitos. La ciudad “vive”. La
diplomática, haciendo girar los diez dedos, decía: “1 love
this citeee. It is liveleee... like New York. It is a citeee where
things happen!”. Aún a las 11 de la noche hay bicicletas por
las calles. Yo descubrí (lo había sacado de una [revista] Vogue!)
que por la noche había que abandonar al grupo para ir al coffee
shop del Peace Hotel... Es el antiguo Hotel Catay, de los años
veinte y treinta, suficientemente caído, sucio y roto, pero con,
todavía, cierto allure de gran hotel y columnas y lámparas
y frisos que harían las delicias de una amante del art
déco. En el coffee shop, desde las 8 p.m. toca una
banda de jazz (de chinos) como de antes de la Liberación. Tocan
Ramona, As Time goes by (¡de Casablanca!),
Chatanooga-Choo-Choo, Strangers in the Night, Over the
Rainbow, I left my Heart in San Francisco, etc., al piano: una
china, no de pendientes de jade, pelo de laca negra y vestido
forrado de seda escarlata, sino de gafas, sastre gris y camisa
cerrada; on dirait una empleada del Ministerio de
Educación chino. Pero la atmósfera es deliciosa. Al menos yo la vi
y la sentí así. Mesas llenas: jóvenes [norte] americanos, hombres
de negocios japoneses, marinos franceses con las gorras de borla en
un montón sobre la mesa, los oficiales en otra mesa; turistas
italianos chic...; camareros chinos de uniforme verde con
galones, que van y vienen; guirnaldas brillantes colgando de las
lámparas; claveles de plástico; paredes de mármol, música de los
años cincuenta. De pronto un oficial saca a bailar a una turista
joven en jeans. Al rato una pareja de italianos sale a
bailar. Él, de blazer y corbata; ella, de tacones rojos,
bombachos negros y la chaquetita blanca bien cortada,
¡unmistakeably italiana! En Hang-Cheu compré sedas
para blusas de Yolanda para el resto de su vida. Para mf no he
comprado sino unos pinceles, unas gafas de las que usan los viejos
de pueblo, y unas v&enzents, camisas chinas y unos
pantalones deliciosos, negros, de dril, de los que usa el
popoio y que tengo hoy puestos, pues ayer (Oh
coincidencia!) falló definitivamente la cremallera de un harapo que
traía y lo boté. En Hang-Cheu tuve una experiencia, como diría
Puchi, “muy bella”: fuimos a una fábrica de abanicos.
Nuestra guía china, madame Zhary, le contó a la empleada que nos
recibió que yo era pintor, etc. Y me dieron un pedazo de seda de
los que usan para los abanicos para que les pintara algo. Cogí
pinceles y, rodeado de chinos y franceses, hice unos pescados
monstruos, ya saben el estilo, ¿no? Sorpresa china,
admiración occidental, firma y se los dejé de recuerdo. Uno de los
muchachos que pintan abanicos, especialista en paisajes, me regaló
un paisajito chino de casitas, montañotas y nubarrones, que guardé
cuidadosamente para enmarcar en Bogotá. Me parece mejor que
cualquier chinoiserie.

Lorenzo Jaramillo, París, 1989.
La comida china me tiene hasta la corona. Ansío llegar a París a
mis yogures. La inglesa me regaló unas gafas de sol de Charles
Jourdan, negras, estoperoludas, no muy de mi gusto (yo estoy
acostumbrado a mis Ray Ban), que le servirán a alguien. Ayer en
Guilin, que es un pueblucho, nos fuimos a buscar, casi con
angustia, una taza de té... ¡No existía! Ella pateaba con
impaciencia y gemía: “This is not posible! What a
dump!”. La “señora bogotana”, que organiza
partidas de bridge en los trenes chinos, es de un gracioso
y un querido especiales. La “diplomática” se me acercó
hace unos días y me preguntó susurrando si acaso, tal vez, mis
papás eran diplomáticos -por lo queme había oído hablar de aquí y
de allá... Le eché el currículo familiar con Hamburgos, Bonnes,
Oxfords, Londres, Vanderbilts, etc. Quedó muy satisfecha. Esta
tarde salimos para Cantón, última escala en China Popular antes de
Hong Kong. El sábado llego a París [...]
HONG KONG, MAYO 17, 1984 (TARJETA POSTAL)
Hoy salimos de la República Popular China y llegamos exhaustos
-a mediodía- a Hong Kong. Calor pegajoso y lluvia de comienzos del
monzón, rascacielos y un comercio breath taking de lujo y
la abundancia; buses de dos pisos, signos en inglés. Estoy tomando
té en el Mandarín, el mejor hotel de Hong Kong, lleno de japonesas
elegantes, hombres de negocios ingleses, gringos de paso y
palmeras. Una orquesta de tuxedos blancos, batería y cantante. El
sur de China igualito a Colombia; Hong Kong tiene aspectos como de
Nueva York rico y otros de gran pobreza. Mañana paso a Kowloon, que
es la otra parte de la ciudad. Están tocando Esta tarde vi
llover