Reseñas. Que Dios bendiga a los escritores que nos
divierten
Que Dios bendiga a los escritores que nos
divierten
La rueda de Chicago
Armando Romero
Villegas Editores, Bogotá, 2004, 424 Págs.
Me leí la extensa novela de Armando Romero (Cali, 1944) de una
sola sentada, como se dice comúnmente. Al principio tenía mis
dudas. El diálogo "loco" con que arranca, sin contexto,
no me pareció para nada atractivo y temí verme enfrentada a una de
esas largas, largas novelas que no tienen ni ton ni son, ni pies ni
cabeza. Puro papel (es decir, árboles desaprovechados). Sin
embargo, a medida que avancé supe que no iba a poder soltarla hasta
haberla terminado por completo, de pasta a pasta. Santo Dios.
Siquiera era un fin de semana.
La novela se sitúa en Chicago. De hecho, desde que empecé a leer
me llamó la atención que estuviera ubicada allí, porque yo viví en
esta ciudad (o bueno, muy cerca de ella) cuando hice mis estudios
de literatura inglesa ya hace algunos decenios. Me tramaba saber
cómo iba a abordar este escritor, que, según dice en las solapas
del libro, había sido nadaísta, a la Ciudad de los Vientos, donde
el blues se desarrolló con fiereza en el siglo pasado (el XX) y
donde mis vivencias habían sido una mezcla de embelesamiento y
estupefacción, en lo que cabe combinar estos dos estados de
ánimo.
Ninguna de mis expectativas fue defraudada. Romero se comporta
como nadaísta en cuanto es tan irreverente como uno de los
personajes centrales de la obra, Livio Contreras, un fascinante
iconoclasta que se la pasa despotricando contra todo escritor y
Escritor (las mayúsculas para el segundo vienen de la diferencia
que hacíamos en mi universidad cerca de Chicago entre la literatura
y la Literatura) con un sentido del humor que, a pesar de lo
chauvinista, me hizo soltar inmensas carcajadas, pues no deja
títere con cabeza, desde Borges hasta los más fervientes exponentes
del boom latinoamericano, pasando por todos los escritores gringos
y europeos de nuestra era contemporánea. Verdaderamente, Livio es
ingenioso en sus críticas y agudo en sus juicios y, por alguna
razón que la razón no alcanza a explicar, me da la impresión de que
tiene mucho que ver con el autor de la novela (puras especulaciones
de mi parte, pues a Romero no lo conozco ni de lejos), o por lo
menos con alguno de sus amigos nadaístas de la Cali de los años
sesenta.

En cuanto a lo que tiene que ver con la manera como Armando
Romero aborda Chicago, no me deja nada que desear. De la mano de
Elipsio, el mero-mero de la novela, recorremos los ora retorcidos
ora deliciosos recovecos de esta inmensa ciudad y la vemos
desdoblarse ante nuestros ojos a través de la mirada de este
personaje noble en el amor, confundido como todo buen joven de
cualquier época, amante apasionado, lector enloquecido, historiador
ameno, cronista político y reverenciador de la música,
específicamente del blues.
Y en lo que se refiere al blues, bueno, bueno, bueno, allí sí la
novela es todo un hit. Con este grupo de locos que son los amigóles
de Elipsio, recorremos todos los bares de Chicago para deleitarnos
con la música de Muddy Waters, de Howling Wolf, de Johnny Young, de
Count Basie, etc., etc. Chicago fue el paraíso del blues, y nuestro
personaje central sí que supo disfrutar de ello y hacemos disfrutar
a nosotros, sus lectores. A través de Elipsio, Romero nos muestra
que conoce de esta música (además de conocer de literatura y de
política gringa contemporáneas) pero, según mi leal saber y
entender, y doy fe de ello, en ningún momento se muestra arrogante
o sabihondo. Simplemente entremezcla datos y apreciaciones en la
historia que, para quienes disfrutamos del blues, no son más que un
contexto que permite gozar más ampliamente de este género musical
que en Colombia nunca fue del todo popularizado.

Y si se trata de política gringa contemporánea, la novela
también es un excelente referente. Por ella desfilan los diferentes
grupos de puertorros, chícanos y negros que habitan Chicago desde
hace tiempo y que en los años sesenta y setenta constituyeron
grupos contestatarios que se enfrentaron al establecimiento con
menor o mayor fortuna, olfato u ojo político. María Esther, por
ejemplo, la poeta revolucionaria, es un personaje inolvidable. Sus
odas al barrio, a la rebeldía y demás yerbas son absolutamente
hilarantes y, al mismo tiempo, tiernas y llenas de significado, de
acuerdo con el espíritu de la época. Los mexicanos y colombianos
enredados entre la política ilegal y las actividades ilícitas me
recuerdan apocalípticas historias (por lo de Apocalypse Now de
Francis Ford Coppola), de las que me enteré por mis amigos que en
alguna época militaron en la izquierda setentuna de las
universidades públicas colombianas. Por su parte, Lamia, la ausente
buscada durante las cuatrocientos y pico de páginas de la novela,
no sé por qué, me recordó a Angelita, la de Gonzalo Arango y, al
mismo tiempo, a la Dama de las Camelias, eternamente enamorada,
lánguida y romántica hasta el tuétano. Marty, con sus disfraces de
Gran Gatsby hoy, ayer de payaso, y mañana de no se sabe de qué, es
la viva imagen del gringo naíf y comprometido en política a punta
tal vez de mala conciencia y de haber viajado in extenso por las
altiplanicies andinas. Su juicio sobre los colombianos es muy
certero: Colombia es un país de desconfiados en el que a todo
extranjero, sin importar lo poco convencional que sea, se le mira
como espía, miembro de la CÍA o de cualquier otra cuadrilla de
investigadores de la vida ajena. A Marty tal vez se le quedó por
fuera la otra cara de la moneda: la arraigada xenofilia con que
otros, también colombianos, admiran a todo aquel que hable con un
acento raro.
Y todo esto para no hablar de Judith y su novia, dos
características lesbianas de la tierra, con sus altibajos amorosos,
quienes, aunque un poco estereotipadas, no resultan en ningún
momento ofensivas. Como tampoco lo son el cardume de surrealistas
que desfilan por las páginas de La rueda de Chicago y, que en
alguna medida, me recuerdan las excentricidades y el misterio
gratuito y forzado de los poetas surrealistas de la Capital de la
Montaña con su ferviente adoración por Bretón, Buñuel y un poquito
de John Cage. Aquí sí que vale recordar la canción de Jethro
Tull:
En la plataforma de Presión
Mientras mi zapato golpeaba el piso
Y me sacudía las cenizas de cigarrillo
Que habían caído en mis pantalones
De pronto me pregunté
Si la enfermera cuida bien a mi viejo.
Me hizo té y me pidió un autógrafo.
¡Qué risa!
Romero es un excelente creador de personajes y un excelente
narrador de historias. Y esta historia la narra a ritmo de
thriller, un género que si no es tratado en forma excelente podría
ser demasiado denso y escabroso. Pero no. Romero no mete la pata.
Al contrario, casi me como las uñas tratando de adivinar el
desenlace de la historia sólo entrevisto muy al final del libro. Es
cierto. El autor nos va dando pistas para que armemos este
rompecabezas de literatura, historia, música, política, dólares
falsos, romances, armas, poesía china (ah, la chinita de la que se
enamora nuestro personaje, a quien no mencioné antes, es muy bien
caracterizada, muy poética, muy buena pieza en este rompecabezas,
al igual que la gata, Tamia, las moscas verdes, las cucarachas, el
Elv, otro personaje central de la historia junto con Lake Shore
Drive, División Street y todas las calles principales y secundarias
de la Ciudad de los Vientos... ¿Dónde se quedó Cabrini,
Romero?), pero en ningún momento nos deja ver del todo lo que
sigue. A diferencia de múltiples noveles colombianas que he leído
en los últimos tiempos, ésta para nada es previsible, adivinable, a
duras penas reseñable, como sí lo son muchas otras que parecen
solazarse en un mismo tema: la violencia, la violencia, la
violencia, como si no hubiera nada más de qué hablar, ríen, niente,
nichts.

No sé si mis profesores de Northem Illinois University en
Dekalb, a 6o millas de Chicago, calificarían la novela de Armando
Romero con la L mayúscula de Literatura o simplemente dirían que se
trata de literatura. Después de tantos años, ya casi ni me importa
porque, la verdad, a estas alturas del paseo me parece que lo más
importante es leer no lo que los críticos califican de bueno sino
lo que a mí me parece bueno... Quizá con este comentario esté
cayendo en una paradoja por lo que hago en este momento; es decir,
intentar escribir una reseña crítica de esta novela, pero
¿qué hago? Yo también he recibido de los críticos buenos y
malos consejos y, en cuanto a gustos, ¿qué decir? Tal vez
aquí quepa otra canción de Jethro Tull (o un pedacito):
¿Recuerdas las mañanas que pasábamos temblando en la
cama?
No tenía sentido pararse a hacer nada...
Por eso, te deseo suerte en lo que encuentres,
Aunque por tu propio bien
Es mejor que recuerdes
Aquellos momentos
En los que sabíamos.
Y para no dejar esta reseña en punta, quiero terminar diciendo
esto: que los dioses bendigan a los escritores que nos divierten,
que nos entretienen, que nos enseñan, que nos conectan con
sentimientos profundos y con nuestra propia frivolidad, que se
valen de la literatura para hacer literatura (¿o
Literatura?) y música con la música y crónicas de época con el
espíritu de los tiempos, y que nos hacen reír y preocuparnos por
los desenlaces y olvidarnos de ellos, mientras vamos subiendo la
montaña de páginas que componen su intento de comunicación. O mejor
dicho, como escribió Andrés Caicedo: "¡Que viva la
música!". Y que vivan el Conde, el Duque, el Lobo, las Aguas
Pantanosas, Juanito Joven y Armando Romero.
MÍRIAM COTES BENÍTEZ