Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Que Dios bendiga a los escritores que nos divierten

Que Dios bendiga a los escritores que nos divierten

La rueda de Chicago

Armando Romero
Villegas Editores, Bogotá, 2004, 424 Págs.

 

Me leí la extensa novela de Armando Romero (Cali, 1944) de una sola sentada, como se dice comúnmente. Al principio tenía mis dudas. El diálogo "loco" con que arranca, sin contexto, no me pareció para nada atractivo y temí verme enfrentada a una de esas largas, largas novelas que no tienen ni ton ni son, ni pies ni cabeza. Puro papel (es decir, árboles desaprovechados). Sin embargo, a medida que avancé supe que no iba a poder soltarla hasta haberla terminado por completo, de pasta a pasta. Santo Dios. Siquiera era un fin de semana.

La novela se sitúa en Chicago. De hecho, desde que empecé a leer me llamó la atención que estuviera ubicada allí, porque yo viví en esta ciudad (o bueno, muy cerca de ella) cuando hice mis estudios de literatura inglesa ya hace algunos decenios. Me tramaba saber cómo iba a abordar este escritor, que, según dice en las solapas del libro, había sido nadaísta, a la Ciudad de los Vientos, donde el blues se desarrolló con fiereza en el siglo pasado (el XX) y donde mis vivencias habían sido una mezcla de embelesamiento y estupefacción, en lo que cabe combinar estos dos estados de ánimo.

Ninguna de mis expectativas fue defraudada. Romero se comporta como nadaísta en cuanto es tan irreverente como uno de los personajes centrales de la obra, Livio Contreras, un fascinante iconoclasta que se la pasa despotricando contra todo escritor y Escritor (las mayúsculas para el segundo vienen de la diferencia que hacíamos en mi universidad cerca de Chicago entre la literatura y la Literatura) con un sentido del humor que, a pesar de lo chauvinista, me hizo soltar inmensas carcajadas, pues no deja títere con cabeza, desde Borges hasta los más fervientes exponentes del boom latinoamericano, pasando por todos los escritores gringos y europeos de nuestra era contemporánea. Verdaderamente, Livio es ingenioso en sus críticas y agudo en sus juicios y, por alguna razón que la razón no alcanza a explicar, me da la impresión de que tiene mucho que ver con el autor de la novela (puras especulaciones de mi parte, pues a Romero no lo conozco ni de lejos), o por lo menos con alguno de sus amigos nadaístas de la Cali de los años sesenta.

En cuanto a lo que tiene que ver con la manera como Armando Romero aborda Chicago, no me deja nada que desear. De la mano de Elipsio, el mero-mero de la novela, recorremos los ora retorcidos ora deliciosos recovecos de esta inmensa ciudad y la vemos desdoblarse ante nuestros ojos a través de la mirada de este personaje noble en el amor, confundido como todo buen joven de cualquier época, amante apasionado, lector enloquecido, historiador ameno, cronista político y reverenciador de la música, específicamente del blues.

Y en lo que se refiere al blues, bueno, bueno, bueno, allí sí la novela es todo un hit. Con este grupo de locos que son los amigóles de Elipsio, recorremos todos los bares de Chicago para deleitarnos con la música de Muddy Waters, de Howling Wolf, de Johnny Young, de Count Basie, etc., etc. Chicago fue el paraíso del blues, y nuestro personaje central sí que supo disfrutar de ello y hacemos disfrutar a nosotros, sus lectores. A través de Elipsio, Romero nos muestra que conoce de esta música (además de conocer de literatura y de política gringa contemporáneas) pero, según mi leal saber y entender, y doy fe de ello, en ningún momento se muestra arrogante o sabihondo. Simplemente entremezcla datos y apreciaciones en la historia que, para quienes disfrutamos del blues, no son más que un contexto que permite gozar más ampliamente de este género musical que en Colombia nunca fue del todo popularizado.

Y si se trata de política gringa contemporánea, la novela también es un excelente referente. Por ella desfilan los diferentes grupos de puertorros, chícanos y negros que habitan Chicago desde hace tiempo y que en los años sesenta y setenta constituyeron grupos contestatarios que se enfrentaron al establecimiento con menor o mayor fortuna, olfato u ojo político. María Esther, por ejemplo, la poeta revolucionaria, es un personaje inolvidable. Sus odas al barrio, a la rebeldía y demás yerbas son absolutamente hilarantes y, al mismo tiempo, tiernas y llenas de significado, de acuerdo con el espíritu de la época. Los mexicanos y colombianos enredados entre la política ilegal y las actividades ilícitas me recuerdan apocalípticas historias (por lo de Apocalypse Now de Francis Ford Coppola), de las que me enteré por mis amigos que en alguna época militaron en la izquierda setentuna de las universidades públicas colombianas. Por su parte, Lamia, la ausente buscada durante las cuatrocientos y pico de páginas de la novela, no sé por qué, me recordó a Angelita, la de Gonzalo Arango y, al mismo tiempo, a la Dama de las Camelias, eternamente enamorada, lánguida y romántica hasta el tuétano. Marty, con sus disfraces de Gran Gatsby hoy, ayer de payaso, y mañana de no se sabe de qué, es la viva imagen del gringo naíf y comprometido en política a punta tal vez de mala conciencia y de haber viajado in extenso por las altiplanicies andinas. Su juicio sobre los colombianos es muy certero: Colombia es un país de desconfiados en el que a todo extranjero, sin importar lo poco convencional que sea, se le mira como espía, miembro de la CÍA o de cualquier otra cuadrilla de investigadores de la vida ajena. A Marty tal vez se le quedó por fuera la otra cara de la moneda: la arraigada xenofilia con que otros, también colombianos, admiran a todo aquel que hable con un acento raro.

Y todo esto para no hablar de Judith y su novia, dos características lesbianas de la tierra, con sus altibajos amorosos, quienes, aunque un poco estereotipadas, no resultan en ningún momento ofensivas. Como tampoco lo son el cardume de surrealistas que desfilan por las páginas de La rueda de Chicago y, que en alguna medida, me recuerdan las excentricidades y el misterio gratuito y forzado de los poetas surrealistas de la Capital de la Montaña con su ferviente adoración por Bretón, Buñuel y un poquito de John Cage. Aquí sí que vale recordar la canción de Jethro Tull:

En la plataforma de Presión
Mientras mi zapato golpeaba el piso
Y me sacudía las cenizas de cigarrillo
Que habían caído en mis pantalones
De pronto me pregunté
Si la enfermera cuida bien a mi viejo.
Me hizo té y me pidió un autógrafo.
¡Qué risa!

Romero es un excelente creador de personajes y un excelente narrador de historias. Y esta historia la narra a ritmo de thriller, un género que si no es tratado en forma excelente podría ser demasiado denso y escabroso. Pero no. Romero no mete la pata. Al contrario, casi me como las uñas tratando de adivinar el desenlace de la historia sólo entrevisto muy al final del libro. Es cierto. El autor nos va dando pistas para que armemos este rompecabezas de literatura, historia, música, política, dólares falsos, romances, armas, poesía china (ah, la chinita de la que se enamora nuestro personaje, a quien no mencioné antes, es muy bien caracterizada, muy poética, muy buena pieza en este rompecabezas, al igual que la gata, Tamia, las moscas verdes, las cucarachas, el Elv, otro personaje central de la historia junto con Lake Shore Drive, División Street y todas las calles principales y secundarias de la Ciudad de los Vientos... ¿Dónde se quedó Cabrini, Romero?), pero en ningún momento nos deja ver del todo lo que sigue. A diferencia de múltiples noveles colombianas que he leído en los últimos tiempos, ésta para nada es previsible, adivinable, a duras penas reseñable, como sí lo son muchas otras que parecen solazarse en un mismo tema: la violencia, la violencia, la violencia, como si no hubiera nada más de qué hablar, ríen, niente, nichts.

No sé si mis profesores de Northem Illinois University en Dekalb, a 6o millas de Chicago, calificarían la novela de Armando Romero con la L mayúscula de Literatura o simplemente dirían que se trata de literatura. Después de tantos años, ya casi ni me importa porque, la verdad, a estas alturas del paseo me parece que lo más importante es leer no lo que los críticos califican de bueno sino lo que a mí me parece bueno... Quizá con este comentario esté cayendo en una paradoja por lo que hago en este momento; es decir, intentar escribir una reseña crítica de esta novela, pero ¿qué hago? Yo también he recibido de los críticos buenos y malos consejos y, en cuanto a gustos, ¿qué decir? Tal vez aquí quepa otra canción de Jethro Tull (o un pedacito):

¿Recuerdas las mañanas que pasábamos temblando en la cama?
No tenía sentido pararse a hacer nada...
Por eso, te deseo suerte en lo que encuentres,

Aunque por tu propio bien
Es mejor que recuerdes
Aquellos momentos
En los que sabíamos.

Y para no dejar esta reseña en punta, quiero terminar diciendo esto: que los dioses bendigan a los escritores que nos divierten, que nos entretienen, que nos enseñan, que nos conectan con sentimientos profundos y con nuestra propia frivolidad, que se valen de la literatura para hacer literatura (¿o Literatura?) y música con la música y crónicas de época con el espíritu de los tiempos, y que nos hacen reír y preocuparnos por los desenlaces y olvidarnos de ellos, mientras vamos subiendo la montaña de páginas que componen su intento de comunicación. O mejor dicho, como escribió Andrés Caicedo: "¡Que viva la música!". Y que vivan el Conde, el Duque, el Lobo, las Aguas Pantanosas, Juanito Joven y Armando Romero.

MÍRIAM COTES BENÍTEZ