Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Hijo de tigre nace pintado

Las cosas se parecen a su dueño, así que Paz se contagia a veces, en la sintaxis, del boato y del ceremonial afecto al general, incluida la identificación del personaje con su "héroe mítico y legendario" (pág. 285). Compone de manera algo tortuosa muchas frases, abundando en cornos, escamas imbricadas de la piel de la culebra que se come por la cola, lo cual nos distancia de la cosa y nos fatiga: "El gobernador de la plaza tuvo la feroz idea de convertir a Agualongo en una especie de Barrabás de la independencia y permitió que las extrañas gentes de esa ciudad profunda y equívocamente alienada en los ritos casi de una tauromaquia que se anudan a la pasión de Cristo y a esa lúdica morbosa del sufrimiento que se expresa en su famosa Semana Santa, pudieran ir a ver en el patio de una prisión con rejas al héroe vencido" (pág. 279). En otra parte: "Imaginaba que, de siglo en siglo, alguien acumularía sobre su cerebro y sobre su sensibilidad el impacto desquiciante y la energía tumultuosa de ese lugar como embrujado y podría convertirlo en destellos de una fulguración arrasadora que les explicara el sentido y el significado de esa como eternidad y ese olvido que allí se conjugaban como un enigma contradictorio para impregnar de asombro ese extraño lugar donde habían nacido" (pág. 44).

La iniciación del guerrero pasa por un desierto: Bolívar salió de él con un pueblo adentro y afuera, ligado con un pueblo aunque difuso cual niebla en la pradera, vago, evanescente, inestable, latente y actual, y reiteramos que también Mosquera tenía el suyo metido en su alma apasionada por la geografía y por las negritas y las mulatas a las que encontraba en su inmensa hacienda Coconuco, en Cartagena, en Jamaica, en Panamá, etc. Esta liga de Bolívar con un pueblo lo distingue de Mosquera, pese a que: "Tenía la vanidad de creer que entre los ojos de él y los del propio general Bolívar existía una evidente afinidad, una extraña familiaridad, que le concedía con el Libertador una especie de hermandad, no fundada en la sangre ni en el parentesco, pero sí nacida en cierta actitud de poder despreciativo cuando en ocasiones contemplaban el mundo y el resto de los mortales" (pág. 285). Andaba a contracorriente, Mosquera, como Bolívar, pero, a diferencia de éste, aquél era una presa parcial de su casta, del árbol genealógico, de la parentela, de la conyugalidad, de sus propiedades, aun si el autor, en la recapitulación final que hace el personaje de su vida extensa, expresa: "Nunca se sintió en estricto sentido miembro de una clase, nunca practicante de una religión heredada, nunca depositario de un legado familiar o ciudadano que pudiese imponerle las pautas y las normas a las que debía ajustar su conducta y sus actos" (pág. 23). Parecen demasiado tajantes estos nunca, y precisamente porque muchas veces, como vemos a lo largo de la novela, fue tan tortuosa la prueba de iniciación de Mosquera hasta volverse un hombre de guerra abonado en ideal renacentista, tallándose a sí mismo, aplicándose la lección de Pico della Mirándola, en Oración acerca de la dignidad del hombre, al mostrarnos el milagro de ser un hombre en la condición que le es exclusiva entre todas las innúmeras diversas criaturas, la condición de no tener nada propio y hacerse a sí mismo a partir de las cosas que tome de las demás criaturas de la tierra y del cielo, de las demás cosas, del clima, del ambiente... "a fin de que de tí mismo, casi arbitrario y honorario artífice, te plasmes y te esculpas en la forma que prefieras... ¿Quién no admirará a este nuevo camaleón?", pregunta el joven filósofo-poeta renacentista. Así, el énfasis de la novela en este punto decisivo: "Él, como muy pocos dentro de los miembros de su clase y de su casta, como muy pocos dentro de todos sus conciudadanos [...], participaba de la ebriedad confusa de saberse que era como la expresión de un fenómeno recién inaugurado en el escenario de América: era un individuo. Un hombre capaz de asumir por sí y para sí mismo la aventura incierta y problemática de existir a través de la conciencia de que era constructor y dueño de un destino personal. En su fuero íntimo e intransferible, sabía con desconcierto y con angustia, intuía que tanto Bolívar como él, y como muy pocos otros, encarnaban y representaban esa como nueva sustancia y esa como nueva vitalidad histórica que posibilita la conversión de sus vidas personales en un nuevo lenguaje hasta ahora inédito y desconocido en las realidades de su tiempo histórico" (pág. 22). Ahora bien, si el hombre nada propio tiene y se va a hacer a través de los otros y las cosas y los climas a su alcance en el medio donde vive, hijo de tigre nace pintado y este hombre hijo del rayo caído de cielo sereno que es como Popayán va a hacer de él, con alma de poeta, contrario al cortesano Julio Arboleda, un rayo y un pararrayos: "La corroboración de esa incierta pero estremecedora sospecha, por eso mismo, había convertido su alma en una especie de enloquecido campo de batalla donde se dieron cita violenta y contradictoria todos los demonios y todas las confusiones de su siglo. Afirmarse como tal, reconocer que era portador y engendro de ese nuevo caos valorativo, estaba como en el origen y el final de todos sus actos".

La novela se va haciendo cual río que fluye como desplegando unos pliegues, los amores de Tomás Cipriano a lo largo de su vida, por ejemplo, unos cucuruchos que se desenvuelven a medida que giran los molinillos de perceptos, mezcla inextricable de percepciones y afectos, aguas donde navega el narrador en tercera persona que sólo una vez pasa a la primera persona del plural, a propósito de la Conquista en estas tierras: "Vimos cómo nos arrancaban del tiempo natural que nos pertenecía [...] Nos alteraron el tiempo y nos rompieron el alma [...] nos convirtieron en asombrados fantasmas condenados a caminar a tientas [...]" (pág. 128).

Con relación al quiebre de la relación del joven Tomás Cipriano con la prima lejana y pobre, Catalina Ruiz, escena narrada en la novela, ésta le escribe una esquela después de la ruptura, luego que Tomás Cipriano, cuñado por su familia, elige a la prima contigua y rica, con la que se va a casar haciendo un matrimonio desgraciado aunque lleve al patrimonio. Catalina le escribe en esta cartica que trae el libro de William Lofstrom, La vida íntima de Tomás Cipriano de Mosquera: "Vivo llena de un placer indecible cuando me miro lejos del objeto que podía haber construido mi desgracia". Joaquín Tamayo, en su novela de 1936, Don Tomás Cipriano de Mosquera, ve al general maduro, al mirarlo de frente, como un águila rapaz, y era en efecto un águila este hombre de guerra en el horóscopo azteca por su natalicio del 26 de septiembre, así como era un caballo en el zodiaco chino por nacer en 1798, no más véase en la novela de Paz Otero la lista de sus caballos, sobre todo negros, su afecto por ellos, los nombres que les pone. Joaquín Tamayo, en un acceso de idealismo, concluye la suya expresando: "Bien merece la pena haber sufrido sus arrebatos de crueldad, su venganza y su cólera, para tener la noción precisa y perfecta de su grandeza". Tal vez no podía o no quería este joven y meritorio autor ponerse en los zapatos de Catalina Ruiz, cerca de las tropelías y argucias del coronel de salón (véase en la novela cómo lo nombró así Bolívar), apasionado e imaginativo general atrabiliario, aderezando la endogamia en el alegato con los curas para demostrar que no era impedimento para desposar a su joven sobrina al final de su vida. Quería todavía tener un hijo, concebido en Panamá a sus setenta y nueve años, y bautizarlo José Bolívar. ¿Quieren la fórmula?, diría el viejo, tráiganme el envase.

RODRIGO PÉREZ GIL