Reseñas. Hijo de tigre nace pintado
Las cosas se parecen a su dueño, así que Paz se contagia a
veces, en la sintaxis, del boato y del ceremonial afecto al
general, incluida la identificación del personaje con su
"héroe mítico y legendario" (pág. 285). Compone de manera
algo tortuosa muchas frases, abundando en cornos, escamas
imbricadas de la piel de la culebra que se come por la cola, lo
cual nos distancia de la cosa y nos fatiga: "El gobernador de
la plaza tuvo la feroz idea de convertir a Agualongo en una especie
de Barrabás de la independencia y permitió que las extrañas gentes
de esa ciudad profunda y equívocamente alienada en los ritos casi
de una tauromaquia que se anudan a la pasión de Cristo y a esa
lúdica morbosa del sufrimiento que se expresa en su famosa Semana
Santa, pudieran ir a ver en el patio de una prisión con rejas al
héroe vencido" (pág. 279). En otra parte: "Imaginaba que,
de siglo en siglo, alguien acumularía sobre su cerebro y sobre su
sensibilidad el impacto desquiciante y la energía tumultuosa de ese
lugar como embrujado y podría convertirlo en destellos de una
fulguración arrasadora que les explicara el sentido y el
significado de esa como eternidad y ese olvido que allí se
conjugaban como un enigma contradictorio para impregnar de asombro
ese extraño lugar donde habían nacido" (pág. 44).

La iniciación del guerrero pasa por un desierto: Bolívar salió
de él con un pueblo adentro y afuera, ligado con un pueblo aunque
difuso cual niebla en la pradera, vago, evanescente, inestable,
latente y actual, y reiteramos que también Mosquera tenía el suyo
metido en su alma apasionada por la geografía y por las negritas y
las mulatas a las que encontraba en su inmensa hacienda Coconuco,
en Cartagena, en Jamaica, en Panamá, etc. Esta liga de Bolívar con
un pueblo lo distingue de Mosquera, pese a que: "Tenía la
vanidad de creer que entre los ojos de él y los del propio general
Bolívar existía una evidente afinidad, una extraña familiaridad,
que le concedía con el Libertador una especie de hermandad, no
fundada en la sangre ni en el parentesco, pero sí nacida en cierta
actitud de poder despreciativo cuando en ocasiones contemplaban el
mundo y el resto de los mortales" (pág. 285). Andaba a
contracorriente, Mosquera, como Bolívar, pero, a diferencia de
éste, aquél era una presa parcial de su casta, del árbol
genealógico, de la parentela, de la conyugalidad, de sus
propiedades, aun si el autor, en la recapitulación final que hace
el personaje de su vida extensa, expresa: "Nunca se sintió en
estricto sentido miembro de una clase, nunca practicante de una
religión heredada, nunca depositario de un legado familiar o
ciudadano que pudiese imponerle las pautas y las normas a las que
debía ajustar su conducta y sus actos" (pág. 23). Parecen
demasiado tajantes estos nunca, y precisamente porque muchas veces,
como vemos a lo largo de la novela, fue tan tortuosa la prueba de
iniciación de Mosquera hasta volverse un hombre de guerra abonado
en ideal renacentista, tallándose a sí mismo, aplicándose la
lección de Pico della Mirándola, en Oración acerca de la dignidad
del hombre, al mostrarnos el milagro de ser un hombre en la
condición que le es exclusiva entre todas las innúmeras diversas
criaturas, la condición de no tener nada propio y hacerse a sí
mismo a partir de las cosas que tome de las demás criaturas de la
tierra y del cielo, de las demás cosas, del clima, del ambiente...
"a fin de que de tí mismo, casi arbitrario y honorario
artífice, te plasmes y te esculpas en la forma que prefieras...
¿Quién no admirará a este nuevo camaleón?", pregunta el
joven filósofo-poeta renacentista. Así, el énfasis de la novela en
este punto decisivo: "Él, como muy pocos dentro de los
miembros de su clase y de su casta, como muy pocos dentro de todos
sus conciudadanos [...], participaba de la ebriedad confusa de
saberse que era como la expresión de un fenómeno recién inaugurado
en el escenario de América: era un individuo. Un hombre capaz de
asumir por sí y para sí mismo la aventura incierta y problemática
de existir a través de la conciencia de que era constructor y dueño
de un destino personal. En su fuero íntimo e intransferible, sabía
con desconcierto y con angustia, intuía que tanto Bolívar como él,
y como muy pocos otros, encarnaban y representaban esa como nueva
sustancia y esa como nueva vitalidad histórica que posibilita la
conversión de sus vidas personales en un nuevo lenguaje hasta ahora
inédito y desconocido en las realidades de su tiempo
histórico" (pág. 22). Ahora bien, si el hombre nada propio
tiene y se va a hacer a través de los otros y las cosas y los
climas a su alcance en el medio donde vive, hijo de tigre nace
pintado y este hombre hijo del rayo caído de cielo sereno que es
como Popayán va a hacer de él, con alma de poeta, contrario al
cortesano Julio Arboleda, un rayo y un pararrayos: "La
corroboración de esa incierta pero estremecedora sospecha, por eso
mismo, había convertido su alma en una especie de enloquecido campo
de batalla donde se dieron cita violenta y contradictoria todos los
demonios y todas las confusiones de su siglo. Afirmarse como tal,
reconocer que era portador y engendro de ese nuevo caos valorativo,
estaba como en el origen y el final de todos sus actos".

La novela se va haciendo cual río que fluye como desplegando
unos pliegues, los amores de Tomás Cipriano a lo largo de su vida,
por ejemplo, unos cucuruchos que se desenvuelven a medida que giran
los molinillos de perceptos, mezcla inextricable de percepciones y
afectos, aguas donde navega el narrador en tercera persona que sólo
una vez pasa a la primera persona del plural, a propósito de la
Conquista en estas tierras: "Vimos cómo nos arrancaban del
tiempo natural que nos pertenecía [...] Nos alteraron el tiempo y
nos rompieron el alma [...] nos convirtieron en asombrados
fantasmas condenados a caminar a tientas [...]" (pág.
128).

Con relación al quiebre de la relación del joven Tomás Cipriano
con la prima lejana y pobre, Catalina Ruiz, escena narrada en la
novela, ésta le escribe una esquela después de la ruptura, luego
que Tomás Cipriano, cuñado por su familia, elige a la prima
contigua y rica, con la que se va a casar haciendo un matrimonio
desgraciado aunque lleve al patrimonio. Catalina le escribe en esta
cartica que trae el libro de William Lofstrom, La vida íntima de
Tomás Cipriano de Mosquera: "Vivo llena de un placer indecible
cuando me miro lejos del objeto que podía haber construido mi
desgracia". Joaquín Tamayo, en su novela de 1936, Don Tomás
Cipriano de Mosquera, ve al general maduro, al mirarlo de frente,
como un águila rapaz, y era en efecto un águila este hombre de
guerra en el horóscopo azteca por su natalicio del 26 de
septiembre, así como era un caballo en el zodiaco chino por nacer
en 1798, no más véase en la novela de Paz Otero la lista de sus
caballos, sobre todo negros, su afecto por ellos, los nombres que
les pone. Joaquín Tamayo, en un acceso de idealismo, concluye la
suya expresando: "Bien merece la pena haber sufrido sus
arrebatos de crueldad, su venganza y su cólera, para tener la
noción precisa y perfecta de su grandeza". Tal vez no podía o
no quería este joven y meritorio autor ponerse en los zapatos de
Catalina Ruiz, cerca de las tropelías y argucias del coronel de
salón (véase en la novela cómo lo nombró así Bolívar), apasionado e
imaginativo general atrabiliario, aderezando la endogamia en el
alegato con los curas para demostrar que no era impedimento para
desposar a su joven sobrina al final de su vida. Quería todavía
tener un hijo, concebido en Panamá a sus setenta y nueve años, y
bautizarlo José Bolívar. ¿Quieren la fórmula?, diría el
viejo, tráiganme el envase.
RODRIGO PÉREZ GIL