Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Hijo de tigre nace pintado

oHijo de tigre nace pintado

El demente exquisito. La vida estrafalaria de Tomás Cipriano de Mosquera

Víctor Paz Otero
Villegas Editores, Bogotá, 2004, 636 págs., il.

 

Del río y del tiempo trata esta novela, aunque fuera un "tiempo nunca recobrado" (pág. 129), siendo que "nuestra historia es la estrecha cerradura abierta hacia un paisaje obsceno donde se desmantela la esperanza" (pág. 130). Empero, quizás sí lo sea a la postre, un tiempo recobrado en la novela y en el autor, la recuperación de un fantasma, vagando entre extasiado y desolado por las calles de Popayán, fantasma de Mosquera y del autor mismo, ambos payaneses, fantasma de nosotros mismos, partícipes de una historia del ruido y de la furia que es la historia de Colombia. A poco de muerto, Mosquera "ordenó a su alma convertirse en fantasma. Y sólo así pudo descansar en paz y ganar su última y definitiva batalla" (pág. 637). No es poca cosa intentar hacer carne a este fantasma bizarro, que no puede descansar aún en paz tornando a la nada, abigarrado, más bien opaco, fantasma a veces también translúcido, y no es poca cosa intentar que habite entre nosotros, en una narración que fluye, ella misma como un río, con su estilo fluente de frases largas, rebosando aquí y allá en la desmesura sobreabundante y de pronto superflua, entre frescos oasis y el desierto ilimite, emprendiendo una navegación aguas arriba en procura de las fuentes, a partir del personaje saliendo por última vez de Popayán montado en su caballo Escipión rumbo a la muerte en su hacienda Coconuco (pág. 43). Como los salmones que se dejan morir o están ya muertos y, ahítos, se dejan ir corriente abajo después de haber coronado las fuentes, como la culebra que se come por la boca, el autor, que habla en tercera persona, como metido, cual espía, dentro de la cabeza de Mosquera, junto con el personaje mismo remontan el río de su vida, afrontando los meandros y remolinos, los rápidos, las aguas mansas y las emanaciones pútridas, las averías técnicas y climáticas, los troncos desarraigados que bajan por la corriente a la bandola, las botellas con los mensajes adentro tiradas por antiguos y recientes autores que han consagrado una obra a don Tomás Cipriano, sorteando también los cocodrilos y el contagio de la mosquera pululante en el trópico ecuatorial, navegamos todos en la misma embarcación. En esta empresa nos parece que a la postre sale bien librado el autor, con la paciencia del lector que viaja en diligencia en pleno siglo XXI, y que anhela una sintaxis casi telegramática, la Sonrisa sin gato de Alicia. El autor, empero, escribe un poco como en la época que narra, el siglo XIX, y está casi siempre embelesado con el asunto, y es así como leemos con emoción los amores de don Tomás con las jóvenes italianas, dando cuerpo fugaz e intermitente al alma de poeta del general inspirado con los sonetos de Petrarca a través de las damas extranjeras y divinas que le permiten alivianarse un poco el peso de la tierra en la geografía de Colombia, bajar el mapa de sus hombros y la bandera de su pecho, sumergiéndose en las aguas de Sandro Botticelli, cautivo, en un santiamén, de ese "demiurgo lúdico y travieso" (pág. 574), duende sofocado de manera intermitente por la curia familiar, del Estado, del patrimonio y la milicia. Y prueba de la recuperación de un tiempo que implicó la factura de esta obra es la postrera ilustración que trae, un retrato-pintura del mismo Paz Otero, Mosquera alucinado y alucinante, donde se nos muestra al fantasma redivivo, más allá del bien y del mal en esta tierra, hecho carne y que habita entre nosotros, en la cabeza y las manos del autor alucinado, esta pintura sobre cartón que es como su firma al concluir la obra extensa, el portaestandarte que clava y consolida un territorio, su canto de pájaro, siendo de principio a fin la vida del general y la novela misma una especie de combate, una maquinita de guerra erigiendo un estilo que se abre camino y logra expresar lo antes casi inexpresable, con recaídas y tropiezos y lentas demoras de un viaje en diligencia. En la carátula, aparece un retrato de Mosquera muy severo y muy gallo, en parada marcial o ceremonial, de un óleo reciente de Juan Cárdenas. Y la primera ilustración que encabeza el libro, de un dibujo de Ramón Torres Méndez, muestra al general Mosquera, al coronel Agustín Codazzi y otros jefes del Ejército del Norte entrando al galope en diciembre de 1854 a Bogotá, después de haber reducido al general usurpador Meló. Así que la geografía cabalga codo a codo con las artes marciales, y a través de la novela vamos comprendiendo en un solo hatillo el amor de Mosquera por el territorio y por las mujeres, su devoción por los mapas y la geografía y el ardor de la milicia en su alma apasionada, abigarrada.

También corriente abajo del río, hemos dicho, bajan las botellas que encontramos con los mensajes adentro y que narran los naufragios, desastres y miserias de la guerra, en boca de los autores que han consagrado una obra a este personaje dotado de un particular Gemüt, un afecto, talante o temperamento (que se refiere también al tiempo: rayo caído de cielo sereno de Popayán) complejo. Y Paz Otero ahora se propone ir más lejos que aquéllos, Mario Perico Ramírez, Germán Zarama de la Espriella, Joaquín Estrada Monsalve, "La historia es hemofílica: si la exprimiéramos entre el puño, gotearía glóbulos rojos", Joaquín Tamayo, William Lofstrom, y nos parece que lo logra, ir más allá, apoyándose en ellos, montándose al anca en el caballo del enemigo si es el caso. Esta elusiva tarea de describir la línea que sigue el centro de gravedad de cada movimiento, pues hay que gobernar éste en el interior de la figura, siendo que esta línea es precisamente el recorrido del alma del personaje, sólo se puede captar entonces situándose justo en el centro de gravedad de la marioneta, a la que, para hacerla bailar, hay que bailar, al son de un Mosquera-moderno-múltiple, y para mejor cerciorarse, véanse uno a uno los once distintos retratos del hombre a lo largo del texto. En esta galería se encuentran el rapaz, el fatuo, el poderoso amo y señor hombre de Estado, el hombre de la espada al cinto: "mi hermano el arzobispo nació para dar bendiciones y yo nací para dar sablazos", el cruel, el águila vieja que pinta el autor, el misterioso y arrogante legionario casi curtido de regreso tras años de estancia en Europa y masón (retrato-litografía en el Museo Nacional que aparece en la página 389, con Mosquera de 45 años), reunidos en un mero individuo, también en esta galería está el dulce, sufrido y gentil Tomás Cipriano (en la página 394, a sus setenta y dos años), a la par que el hermoso y algo arrogante joven (página i o), quizá antes de contraer las insignias de la guerra en la cicatriz de su mandíbula y su boca, la roja insignia del coraje que adquiere en la batalla de Barbacoas combatiendo al indio Agualongo y su tropa afecta al rey, cuando le dieron un balazo a quemarropa que le partió la quijada atravesándole la lengua, esta herida en su destino de guerrero salvaje que bien narra Paz Otero y sella así la gracia y la desgracia de su vida, tanto sus proezas como la soledad final inexorable de Mascachochas, la soledad al final del camino que es también la de Bolívar y la de Gerónimo y que describe Georges Dumézil en Gracia y desgracia del guerrero salvaje. La comunión de Mosquera con Bolívar, siendo espontánea, igual que su común fobia por Santander, proyecta regiones de sombra incierta en la novela: "Más que una amistad profunda y estrecha del alma, los había unido una sospecha inquietante: la soledad de la vida. La terrible fatalidad de saber que los hombres de guerra eran los olvidados del amor" (pág. 58). Sin embargo, Bolívar no está lejos del amor en medio del camino de su vida, y tampoco la juventud de Mosquera está lejos del amor. Mosquera más bien presiente, junto con Bolívar, la soledad final del guerrero ineluctable. Nos parece que antes de empezar a morir, cuando se topan estos dos guerreros. Bolívar tiene un pueblo adentro y no está tan uno-solo en el mundo como parece, y lo tiene también Mosquera, un pueblo adentro, aunque lo vive como desierto, desolado, y se vive a sí mismo como un exiliado, como un Uno-solo frente al Mundo, cual artista romántico, así lo trae Paz Otero, y es verosímil, que no es precisamente el caso de Bolívar, salvo quizá en su primera juventud.