Reseñas. Hijo de tigre nace pintado
oHijo de tigre nace pintado
El demente exquisito. La vida estrafalaria de Tomás
Cipriano de Mosquera
Víctor Paz Otero
Villegas Editores, Bogotá, 2004, 636 págs., il.
Del río y del tiempo trata esta novela, aunque fuera un
"tiempo nunca recobrado" (pág. 129), siendo que
"nuestra historia es la estrecha cerradura abierta hacia un
paisaje obsceno donde se desmantela la esperanza" (pág. 130).
Empero, quizás sí lo sea a la postre, un tiempo recobrado en la
novela y en el autor, la recuperación de un fantasma, vagando entre
extasiado y desolado por las calles de Popayán, fantasma de
Mosquera y del autor mismo, ambos payaneses, fantasma de nosotros
mismos, partícipes de una historia del ruido y de la furia que es
la historia de Colombia. A poco de muerto, Mosquera "ordenó a
su alma convertirse en fantasma. Y sólo así pudo descansar en paz y
ganar su última y definitiva batalla" (pág. 637). No es poca
cosa intentar hacer carne a este fantasma bizarro, que no puede
descansar aún en paz tornando a la nada, abigarrado, más bien
opaco, fantasma a veces también translúcido, y no es poca cosa
intentar que habite entre nosotros, en una narración que fluye,
ella misma como un río, con su estilo fluente de frases largas,
rebosando aquí y allá en la desmesura sobreabundante y de pronto
superflua, entre frescos oasis y el desierto ilimite, emprendiendo
una navegación aguas arriba en procura de las fuentes, a partir del
personaje saliendo por última vez de Popayán montado en su caballo
Escipión rumbo a la muerte en su hacienda Coconuco (pág. 43). Como
los salmones que se dejan morir o están ya muertos y, ahítos, se
dejan ir corriente abajo después de haber coronado las fuentes,
como la culebra que se come por la boca, el autor, que habla en
tercera persona, como metido, cual espía, dentro de la cabeza de
Mosquera, junto con el personaje mismo remontan el río de su vida,
afrontando los meandros y remolinos, los rápidos, las aguas mansas
y las emanaciones pútridas, las averías técnicas y climáticas, los
troncos desarraigados que bajan por la corriente a la bandola, las
botellas con los mensajes adentro tiradas por antiguos y recientes
autores que han consagrado una obra a don Tomás Cipriano, sorteando
también los cocodrilos y el contagio de la mosquera pululante en el
trópico ecuatorial, navegamos todos en la misma embarcación. En
esta empresa nos parece que a la postre sale bien librado el autor,
con la paciencia del lector que viaja en diligencia en pleno siglo
XXI, y que anhela una sintaxis casi telegramática, la Sonrisa sin
gato de Alicia. El autor, empero, escribe un poco como en la época
que narra, el siglo XIX, y está casi siempre embelesado con el
asunto, y es así como leemos con emoción los amores de don Tomás
con las jóvenes italianas, dando cuerpo fugaz e intermitente al
alma de poeta del general inspirado con los sonetos de Petrarca a
través de las damas extranjeras y divinas que le permiten
alivianarse un poco el peso de la tierra en la geografía de
Colombia, bajar el mapa de sus hombros y la bandera de su pecho,
sumergiéndose en las aguas de Sandro Botticelli, cautivo, en un
santiamén, de ese "demiurgo lúdico y travieso" (pág.
574), duende sofocado de manera intermitente por la curia familiar,
del Estado, del patrimonio y la milicia. Y prueba de la
recuperación de un tiempo que implicó la factura de esta obra es la
postrera ilustración que trae, un retrato-pintura del mismo Paz
Otero, Mosquera alucinado y alucinante, donde se nos muestra al
fantasma redivivo, más allá del bien y del mal en esta tierra,
hecho carne y que habita entre nosotros, en la cabeza y las manos
del autor alucinado, esta pintura sobre cartón que es como su firma
al concluir la obra extensa, el portaestandarte que clava y
consolida un territorio, su canto de pájaro, siendo de principio a
fin la vida del general y la novela misma una especie de combate,
una maquinita de guerra erigiendo un estilo que se abre camino y
logra expresar lo antes casi inexpresable, con recaídas y tropiezos
y lentas demoras de un viaje en diligencia. En la carátula, aparece
un retrato de Mosquera muy severo y muy gallo, en parada marcial o
ceremonial, de un óleo reciente de Juan Cárdenas. Y la primera
ilustración que encabeza el libro, de un dibujo de Ramón Torres
Méndez, muestra al general Mosquera, al coronel Agustín Codazzi y
otros jefes del Ejército del Norte entrando al galope en diciembre
de 1854 a Bogotá, después de haber reducido al general usurpador
Meló. Así que la geografía cabalga codo a codo con las artes
marciales, y a través de la novela vamos comprendiendo en un solo
hatillo el amor de Mosquera por el territorio y por las mujeres, su
devoción por los mapas y la geografía y el ardor de la milicia en
su alma apasionada, abigarrada.

También corriente abajo del río, hemos dicho, bajan las botellas
que encontramos con los mensajes adentro y que narran los
naufragios, desastres y miserias de la guerra, en boca de los
autores que han consagrado una obra a este personaje dotado de un
particular Gemüt, un afecto, talante o temperamento (que se
refiere también al tiempo: rayo caído de cielo sereno de Popayán)
complejo. Y Paz Otero ahora se propone ir más lejos que aquéllos,
Mario Perico Ramírez, Germán Zarama de la Espriella, Joaquín
Estrada Monsalve, "La historia es hemofílica: si la
exprimiéramos entre el puño, gotearía glóbulos rojos", Joaquín
Tamayo, William Lofstrom, y nos parece que lo logra, ir más allá,
apoyándose en ellos, montándose al anca en el caballo del enemigo
si es el caso. Esta elusiva tarea de describir la línea que sigue
el centro de gravedad de cada movimiento, pues hay que gobernar
éste en el interior de la figura, siendo que esta línea es
precisamente el recorrido del alma del personaje, sólo se puede
captar entonces situándose justo en el centro de gravedad de la
marioneta, a la que, para hacerla bailar, hay que bailar, al son de
un Mosquera-moderno-múltiple, y para mejor cerciorarse, véanse uno
a uno los once distintos retratos del hombre a lo largo del texto.
En esta galería se encuentran el rapaz, el fatuo, el poderoso amo y
señor hombre de Estado, el hombre de la espada al cinto: "mi
hermano el arzobispo nació para dar bendiciones y yo nací para dar
sablazos", el cruel, el águila vieja que pinta el autor, el
misterioso y arrogante legionario casi curtido de regreso tras años
de estancia en Europa y masón (retrato-litografía en el Museo
Nacional que aparece en la página 389, con Mosquera de 45 años),
reunidos en un mero individuo, también en esta galería está el
dulce, sufrido y gentil Tomás Cipriano (en la página 394, a sus
setenta y dos años), a la par que el hermoso y algo arrogante joven
(página i o), quizá antes de contraer las insignias de la guerra en
la cicatriz de su mandíbula y su boca, la roja insignia del coraje
que adquiere en la batalla de Barbacoas combatiendo al indio
Agualongo y su tropa afecta al rey, cuando le dieron un balazo a
quemarropa que le partió la quijada atravesándole la lengua, esta
herida en su destino de guerrero salvaje que bien narra Paz Otero y
sella así la gracia y la desgracia de su vida, tanto sus proezas
como la soledad final inexorable de Mascachochas, la soledad al
final del camino que es también la de Bolívar y la de Gerónimo y
que describe Georges Dumézil en Gracia y desgracia del guerrero
salvaje. La comunión de Mosquera con Bolívar, siendo espontánea,
igual que su común fobia por Santander, proyecta regiones de sombra
incierta en la novela: "Más que una amistad profunda y
estrecha del alma, los había unido una sospecha inquietante: la
soledad de la vida. La terrible fatalidad de saber que los hombres
de guerra eran los olvidados del amor" (pág. 58). Sin embargo,
Bolívar no está lejos del amor en medio del camino de su vida, y
tampoco la juventud de Mosquera está lejos del amor. Mosquera más
bien presiente, junto con Bolívar, la soledad final del guerrero
ineluctable. Nos parece que antes de empezar a morir, cuando se
topan estos dos guerreros. Bolívar tiene un pueblo adentro y no
está tan uno-solo en el mundo como parece, y lo tiene también
Mosquera, un pueblo adentro, aunque lo vive como desierto,
desolado, y se vive a sí mismo como un exiliado, como un Uno-solo
frente al Mundo, cual artista romántico, así lo trae Paz Otero, y
es verosímil, que no es precisamente el caso de Bolívar, salvo
quizá en su primera juventud.
