Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Novela dura, despiadada

Novela dura, despiadada

En el lejero

Evelio José Rosero
Editorial Norma, colección La Otra Orilla, Bogotá, 2003, 114 págs.

 

Jeremías Andrade, un anciano de setenta años, llega a un pueblo perdido en las montañas, nebuloso y frío, buscando a su nieta, que ha sido secuestrada cuando fue a comprar un ramo de rosas. Desde el comienzo de la historia, el lector se siente como si hubiera llegado al mismísimo infierno. Todo allí es horrible: ratones por todas partes, basureros en cada esquina, un expendio de pollos crudos al lado del hotel; pero lo peor es la gente que habita el pueblo. Comenzando por la dueña de la hostería, quien es presentada como:

...pálida y rolliza, pelando una de sus escuálidas aves [...], a medida que se guardaba las plumas de pollo en el delantal atiborrado, a medida que masticaba un cartílago crudo, te iba enseñando los aposentos del hotel, [pág. 10]

Personajes esperpénticos, como la enana que trabaja con la dueña del hotel y que hace de prostituta al servicio de los hombres del pueblo; una anciana ciega, con sus ojos entreabiertos que parecen vivos, inquisidores, palpitando en todas direcciones, con las manos aferradas a la empuñadura de un bastón con el que se ayuda a balancear en la silla; un niño pateando una cabeza blanca de mujer como si fuera un balón; un carretero que se dedica a recoger los ratones del pueblo, en un eterno oficio de nunca acabar, por la rapidez con que se reproducen; un gordo albino con un gorro descomunal con orejeras, el único habitante de ese pueblo que tiene nombre: Bonifacio. Quizá también el único que le recuerda que no es una pesadilla lo que vive y ve, sino una espantosa realidad.

Los demás son seres desconocidos que, aunque jóvenes, se mueven como centenarios, con los ojos enrojecidos, subiendo y bajando por las calles del pueblo sin saludarse ni hablar entre ellos. Y finalmente un convento lleno de monjas asustadas y anónimas cuidando una multitud de seres cadavéricos y enfermos.

Jeremías Andrade lleva un año buscando a su nieta y ha escuchado que allí puede estar. En el recorrido que hace por el pueblo se va involucrando, sin querer, en ese destino absurdo de sus habitantes. Jeremías Andrade no puede ser un espectador que pase indemne por el pueblo. Eso no es posible en un lugar dividido en dos bandos, donde el miedo, la desconfianza, el rencor y el silencio son los sentimientos que reinan.

Rosero estructura con esta novela una metáfora de la violencia actual de este país. Allí todos callan pero todos acusan; allí nadie resulta inocente y todos son sospechosos, como puede ser en cualquier pueblo cercado por la guerra y la violencia; allí nadie es inocente, ni los niños, quienes, además de tirarle piedras al anciano y jugar con cabezas humanas, terminan acusándolo de haberlos violentado. En ese pueblo ya no quedan seres humanos; sólo seres fantasmagóricos y grotescos llenos de odio y resentimiento que no pueden entender que un anciano esté buscando desesperadamente a la nieta de sus afectos.

Pero lo peor llega cuando alguien, no sabemos quién o quiénes, voces anónimas, le dan una esperanza al anciano, diciéndole que busque a su nieta en el convento. Para entrar allí es necesario que se identifique. Y, en ese mundo de fantasmas, decir su nombre es casi como pronunciar unas palabras mágicas, como un "ábrete, sésamo":

-Me llamo Jeremías Andrade
-repitió a nadie-, tengo setenta años, y estoy buscando a mi nieta.
Quedó solo, un buen tiempo.
Como si nada hubiera sucedido, recordó, ni sucediera. Como si nada fuera a suceder.
Entonces la puerta se abrió.
[pág.67]

Allí adentro el frío se intensifica hasta hacerlo temblar, se percibe la presencia del volcán amenazante, y aparece un ave gigantesca, un simbólico cóndor que ha dejado su magnificencia para alimentarse de cadáveres de ratones. Encuentra también allí a los niños y al muchacho, que al comienzo, cuando él llega al pueblo, pateaba la cabeza de mujer, y en murmullos le indican el camino:

-El perdedero.
-Allí la encontrará.
-El guardadero [...]
En el lejero [...] [págs. 71-72]

Lo que sigue es una pesadilla que, sin caer en facilismos ni en comparaciones estereotipadas, podría realmente calificarse de dantesca. Un galpón lleno de pollos pequeños en el suelo y encima camas llenas de cuerpos gimientes. El anciano, contra lo que le habían ordenado, grita el nombre de Rosaura, su nieta, lo que hace estallar más los gemidos y, finalmente, una voz se dirige a él y le pregunta si no será la misma Rosaura que él conoce. Aquí la escena llega a su climax: aturdido y desesperado entre tantos gritos y lamentos, se mira a sí mismo encadenado a una de las camas.

Esta parte del convento, donde están los cuerpos encadenados, parece una alegoría del secuestro:

-Yo de usted pasaba al otro lado y buscaba una cama, como se lo aconsejaron -y se acuclilló sobre la tierra y empezó a separar un grupo de ratones, amontonándolos en pirámides-. Mire-dijo-, aquí donde usted nos ve, todos en este pueblo estamos al cuidado de esos acostados -sus ojos señalaron el hueco, [pág. 82]

Secuestrados están todos aquellos cadáveres vivientes, olvidados de todos los que están afuera, custodiados por un pueblo entero, que no se diferencia mucho de ellos en la medida en que están sus habitantes igualmente muertos y han sido echados al olvido.

Éste es un texto que se resuelve más en la intensidad que en la extensión. Es decir, hay un trabajo de contención dramática muy bien logrado en la medida en que Rosero se va metiendo cada vez más en la angustia de Jeremías Andrade y en la psicología -o, mejor, patologíacolectiva de ese pueblo perdido en las montañas y lleno de odio y resentimiento. Son pocos personajes, apenas delineados, más bien simbólicos, de tal manera que el énfasis está puesto en ese enfrentamiento entre el dolor limpio y la conciencia clara del anciano y la morbosidad de todo lo demás.

En el lejero es realmente lo que uno podría calificar como una novela dura, despiadada, en la que no hay esperanza para nadie, pues al final todo termina en el abismo. Así es la guerra, así es la violencia: engendra muerte, basura, escoria, podredumbre. Y en esto parece deleitarse Rosero, no morbosamente, sino con una crudeza que espanta, pero que a la vez nos muestra sin concesiones, sin ambigüedades, así, de tajo, la realidad que logra engendrar la violencia.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO