Reseñas. Novela dura, despiadada
Novela dura, despiadada
En el lejero
Evelio José Rosero
Editorial Norma, colección La Otra Orilla, Bogotá, 2003, 114
págs.
Jeremías Andrade, un anciano de setenta años, llega a un pueblo
perdido en las montañas, nebuloso y frío, buscando a su nieta, que
ha sido secuestrada cuando fue a comprar un ramo de rosas. Desde el
comienzo de la historia, el lector se siente como si hubiera
llegado al mismísimo infierno. Todo allí es horrible: ratones por
todas partes, basureros en cada esquina, un expendio de pollos
crudos al lado del hotel; pero lo peor es la gente que habita el
pueblo. Comenzando por la dueña de la hostería, quien es presentada
como:
...pálida y rolliza, pelando una de sus escuálidas aves
[...], a medida que se guardaba las plumas de pollo en el delantal
atiborrado, a medida que masticaba un cartílago crudo, te iba
enseñando los aposentos del hotel, [pág. 10]
Personajes esperpénticos, como la enana que trabaja con la dueña
del hotel y que hace de prostituta al servicio de los hombres del
pueblo; una anciana ciega, con sus ojos entreabiertos que parecen
vivos, inquisidores, palpitando en todas direcciones, con las manos
aferradas a la empuñadura de un bastón con el que se ayuda a
balancear en la silla; un niño pateando una cabeza blanca de mujer
como si fuera un balón; un carretero que se dedica a recoger los
ratones del pueblo, en un eterno oficio de nunca acabar, por la
rapidez con que se reproducen; un gordo albino con un gorro
descomunal con orejeras, el único habitante de ese pueblo que tiene
nombre: Bonifacio. Quizá también el único que le recuerda que no es
una pesadilla lo que vive y ve, sino una espantosa realidad.
Los demás son seres desconocidos que, aunque jóvenes, se mueven
como centenarios, con los ojos enrojecidos, subiendo y bajando por
las calles del pueblo sin saludarse ni hablar entre ellos. Y
finalmente un convento lleno de monjas asustadas y anónimas
cuidando una multitud de seres cadavéricos y enfermos.
Jeremías Andrade lleva un año buscando a su nieta y ha escuchado
que allí puede estar. En el recorrido que hace por el pueblo se va
involucrando, sin querer, en ese destino absurdo de sus habitantes.
Jeremías Andrade no puede ser un espectador que pase indemne por el
pueblo. Eso no es posible en un lugar dividido en dos bandos, donde
el miedo, la desconfianza, el rencor y el silencio son los
sentimientos que reinan.
Rosero estructura con esta novela una metáfora de la violencia
actual de este país. Allí todos callan pero todos acusan; allí
nadie resulta inocente y todos son sospechosos, como puede ser en
cualquier pueblo cercado por la guerra y la violencia; allí nadie
es inocente, ni los niños, quienes, además de tirarle piedras al
anciano y jugar con cabezas humanas, terminan acusándolo de
haberlos violentado. En ese pueblo ya no quedan seres humanos; sólo
seres fantasmagóricos y grotescos llenos de odio y resentimiento
que no pueden entender que un anciano esté buscando
desesperadamente a la nieta de sus afectos.
Pero lo peor llega cuando alguien, no sabemos quién o quiénes,
voces anónimas, le dan una esperanza al anciano, diciéndole que
busque a su nieta en el convento. Para entrar allí es necesario que
se identifique. Y, en ese mundo de fantasmas, decir su nombre es
casi como pronunciar unas palabras mágicas, como un "ábrete,
sésamo":
-Me llamo Jeremías Andrade
-repitió a nadie-, tengo setenta años, y estoy buscando a mi
nieta.
Quedó solo, un buen tiempo.
Como si nada hubiera sucedido, recordó, ni sucediera. Como si
nada fuera a suceder.
Entonces la puerta se abrió.
[pág.67]
Allí adentro el frío se intensifica hasta hacerlo temblar, se
percibe la presencia del volcán amenazante, y aparece un ave
gigantesca, un simbólico cóndor que ha dejado su magnificencia para
alimentarse de cadáveres de ratones. Encuentra también allí a los
niños y al muchacho, que al comienzo, cuando él llega al pueblo,
pateaba la cabeza de mujer, y en murmullos le indican el
camino:
-El perdedero.
-Allí la encontrará.
-El guardadero [...]
En el lejero [...] [págs. 71-72]

Lo que sigue es una pesadilla que, sin caer en facilismos ni en
comparaciones estereotipadas, podría realmente calificarse de
dantesca. Un galpón lleno de pollos pequeños en el suelo y encima
camas llenas de cuerpos gimientes. El anciano, contra lo que le
habían ordenado, grita el nombre de Rosaura, su nieta, lo que hace
estallar más los gemidos y, finalmente, una voz se dirige a él y le
pregunta si no será la misma Rosaura que él conoce. Aquí la escena
llega a su climax: aturdido y desesperado entre tantos gritos y
lamentos, se mira a sí mismo encadenado a una de las camas.
Esta parte del convento, donde están los cuerpos encadenados,
parece una alegoría del secuestro:
-Yo de usted pasaba al otro lado y buscaba una cama, como se
lo aconsejaron -y se acuclilló sobre la tierra y empezó a separar
un grupo de ratones, amontonándolos en pirámides-. Mire-dijo-, aquí
donde usted nos ve, todos en este pueblo estamos al cuidado de esos
acostados -sus ojos señalaron el hueco, [pág. 82]
Secuestrados están todos aquellos cadáveres vivientes, olvidados
de todos los que están afuera, custodiados por un pueblo entero,
que no se diferencia mucho de ellos en la medida en que están sus
habitantes igualmente muertos y han sido echados al olvido.
Éste es un texto que se resuelve más en la intensidad que en la
extensión. Es decir, hay un trabajo de contención dramática muy
bien logrado en la medida en que Rosero se va metiendo cada vez más
en la angustia de Jeremías Andrade y en la psicología -o, mejor,
patologíacolectiva de ese pueblo perdido en las montañas y lleno de
odio y resentimiento. Son pocos personajes, apenas delineados, más
bien simbólicos, de tal manera que el énfasis está puesto en ese
enfrentamiento entre el dolor limpio y la conciencia clara del
anciano y la morbosidad de todo lo demás.
En el lejero es realmente lo que uno podría calificar
como una novela dura, despiadada, en la que no hay esperanza para
nadie, pues al final todo termina en el abismo. Así es la guerra,
así es la violencia: engendra muerte, basura, escoria, podredumbre.
Y en esto parece deleitarse Rosero, no morbosamente, sino con una
crudeza que espanta, pero que a la vez nos muestra sin concesiones,
sin ambigüedades, así, de tajo, la realidad que logra
engendrar la violencia.
BEATRIZ HELENA ROBLEDO