Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Examen de la sociedad para sacar a flote su podredumbre escondida

Examen de la sociedad para sacar a flote su podredumbre escondida

Batallas en el monte de Venus

Óscar Collazos
Seix Barral, Bogotá, 2003, 279 págs.

 

Al verificar la fecha de publicación de esta novela, me encuentro con que el ejemplar leído forma parte de su segunda edición (noviembre de 2003), en tanto que la primera data de cuatro meses atrás. Esto indica, me dije, que la obra ha tenido buena acogida, pues sé de casos en que los autores de un trabajo de indudable calidad y el cual han realizado con ideal dedicación, un tiempo después -dos, tal vez tres años-, se encuentran con la decepcionante situación real de que, de no adquirirlo por su propia y desmedrada cuenta, el fruto de tanto esmero será literalmente convertido en picadillo.

No sorprende ya tan irracional conducta en un mundo en que cada día van a dar al mar, no los ríos de la vida, sino toneladas de productos lácteos irremediablemente vencidos que hubieran podido alimentar a miles de niños famélicos distribuidos a lo largo y ancho del tercero de los mejores mundos posibles. El lógico raciocinio es: si se tira la fundamental, la básica comida, al mar, ¿por qué no tornar picadillo una alta cantidad de papel que ni siquiera tiene una adecuada textura para pasar antes por la caneca del escusado?

Felicito, entonces, a Óscar Collazos por haber salvado al menos la primera edición de Batallas en el monte de Venus del destino de la guillotina. Sin embargo, me pregunto si el éxito de ésta, su última novela, es predicativo de su contenido y no de la morbosidad que podría despertar su título en una época que, en vez de la polémica denominación de posmoderna, podría justamente llamarse voyeurista.

Y no es que la novela en cuestión sea solamente lo que sugiere su título "tálamico", que de inmediato nos hace pensar en los ejercicios de Kamasutra. Al contrario, lejos de Virginia y principalmente de Verónica, en torno a cuyos pubis se arma la historia, la obra de Collazos pretende explicar simbólicamente las batallas inútiles en las que la sociedad colombiana viene debatiéndose desde hace dos decenios.

Así, los ocho años comprendidos entre el momento en que Verónica Oropeza se prepara para celebrar sus doce, justo el mismo día en que experimenta su primera menstruación y el momento en que su desvirgador cuarentón, Leo Pradilla, le celebra sus veinte con un pastel alegóricamente decorado con la figura de una muchacha que luce sobre su cabeza un televisor, no son otros que los que prácticamente constituyen la caída vertiginosa del país a expensas de las detonaciones del narcotráfico. Estamos, entonces, refiriéndonos a un lapso transcurrido entre 1981 y 1989.

Ese decenio en que los cárteles de la coca propiciaron, primero, con sus dólares generosos, la ilusión de un desarrollo nacional, manifiesto en el auge de la construcción y del sector bancario; y, sucesivamente, las estridencias con que ciertas particulares bombas, como potentes alarmas de monstruosos relojes, nos despertaron en forma violenta a la realidad.

Cuando esto último ocurre, esos dineros ya habían cumplido su función característica; es decir, la de infiltrarse en todas las esferas sociales, llevando, en este caso particular, la sensación del confort que el poder recién alcanzado por la televisión vendía en imágenes nítidas e inmediatas. Pues fue también hacia esa época cuando la televisión, como esos dineros soportados en decantado oro blanco, penetró de lleno en los hogares colombianos, acostumbrándonos, en intervalos de breves y valiosos minutos, a los eslóganes, las marcas y los gingles.

Acertada parodia de building román -hasta en eso carece este siglo de originalidad-, esta novela de Collazos revela la "educación sentimental" de las generaciones actuales. Y parodia es en todos los sentidos, como lo dice el hecho de que en vez de un Wilhem, de un Julián Sorel o de un Frederic Moreau, tal novela no tiene héroe sino heroína. Pero, dirá un atento lector, ¿acaso Eugenia Grandet, Ana Karénina o Emma Bovary no fueron las correspondencias femeninas de los nombrados héroes de la novela diecinuevesca?

Por supuesto. Pero las cosas han cambiado de todos modos, porque si Emma y Eugenia todavía eran controladas por el padre, ahora Verónica Oropeza está, en principio, en las exclusivas manos de la madre. Pero dejemos que sea ésta, con su boca de "viuda negra" -aunque su aspecto sea completamente blanco, los oscuros pelos de su cuidada chocha delatan su ascendencia- la que permita al lector conocer de primera mano su índole, escogiendo para ello la frase matriz de esta novela:

-Verónica Oropeza -empezó a decir la madre [es decir, Virginia], deletreando nombre y apellido-. No olvides que la debilidad de los hombres será tu fortaleza, [pág. 9]

Dominador ejemplar de su oficio, Collazos manifiesta en esta frase inicial los elementos básicos de su propuesta literaria: el sonoro y significativo nombre de la protagonista se enfatiza en el deletreo de la madre para que el lector no lo olvide. Por lo demás, el nombre preciso de ésta (Virginia viuda de Oropeza) inicia el párrafo siguiente, manteniendo, por un efecto contaminante del deletreo señalado, la expectativa despertada por el primer nombre.

Y, ya que nos hemos detenido en tales nombres, sigámosle la corriente al autor proponiendo una interpretación etimológica: Virginia [la Virgen -María- por antonomasia] y Verónica son dos mujeres que están presentes, de manera respectiva, al inicio y al final de la vida de Jesús. La primera le da el ser y lo trae al mundo; la segunda, limpia compasivamente su rostro sangrante en el camino hacia el Calvario, rostro cuya imagen queda para siempre impregnada en su famoso lienzo.

Ahora bien: el apellido de ambas es Oropeza. Por lo que se puede concluir que Virginia viuda de Oropeza, aparte de la irónica combinación de su nombre ("la virgen viuda") pesa en oro su virginidad, lo que es literalmente cierto para una mujer de origen humilde que ha sabido explotar su principal virtud, casándose, primero con su jefe y dedicándose, una vez muerto éste, a sostenerse mediante las habilidades acendradas en el tálamo nupcial, aunque no precisamente privativo, de su legítimo esposo. Y tan consciente es la Oropeza mayor del poder que tiene entre las piernas que advierte a su hija púber con frases como la ya citada y concibe la condición de doncellez como un verdadero "tesoro" en nuestros tiempos, "tesoro" cuyas escondidas coordenadas debe guardar sin desmayo su hija.

Igualmente, Verónica está destinada a eternizar la imagen de la decadente Colombia contemporánea, a través del trabajo que termina asumiendo como presentadora del primer noticiero de chismes faranduleros. Con ella nace ese espacio que los noticieros actuales dedican a las frivolidades, como un manto que tapa el desangre corrupto y violento de nuestra sociedad. La imagen de Verónica, su belleza espectacular (o de espectáculo) pesa, entonces, también, oro.

Amén del dominio onomástico, cuyas evidencias no se podrían seguir estudiando en los márgenes de esta reseña, Collazos se las arregla para darle una adecuada forma a su intención de expresar de manera ficticia los valores que de manera soterradamente obvia dominan en la Colombia contemporánea. De este modo, coloca junto a Verónica personajes como su amiga Beatriz Lopera, que, tan bella como la hija de Virginia, pero lamentablemente sola, es decir, sin la "asesoría" de su madre, está destinada a fracasar en el reinado de las imágenes vanas de la televisión y del prodigioso dinero de fondo blanco.

No falta tampoco la visión lúcida del intelectual, que en la novela es encarnada por el poeta publicista ya nombrado, Leo Pradilla. Es a él a quien está destinado, ya se ha dicho, el "tesoro" de Verónica y, en compensación por tan invaluable joya, se encarga de terminar su "educación sentimental". También es en él en quien confluyen las frases que recogen lo que podría llamarse el más notable "mensaje" de la obra:

Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio -confesó Leo-. Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo, ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. Fuimos auténticos, ahora somos impostores, [pág. 238]  

¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. No creía en el producto que vendía [...] ponía todo su ingenio en mentir, tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas, sobre todo si eran exitosas. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un apartamento, consideraba impresentable, además de corrupto, al senador que hizo elegir mediante un sofisticada reelaboración de su imagen, jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas higiénicas que por arte de birlibirloque o por arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más delicada y extraplana del mercado, [págs. 87-88]

Creo que el dadaísmo y el futurismo, además de la poesía concreta, son el origen de la publicidad moderna. El mejor lugar para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad, [pág. 86]

Con todo, en la estructura lineal y sin mayores osadías poéticas de esta obra, tal como sucede en las novelas que le han servido de modelo, lo más importante es el examen de la sociedad para sacar a flote su podredumbre escondida. Aunque en realidad es poco lo que hay que ver más allá de los vulgares gritos orgásmicos de Virginia, que le han valido entre el gremio frívolo de los ejecutivos y políticos que frecuentan sus favores el remoquete de La Tarzana. A pesar de su impoluta belleza, tales gritos animalescos, como los pelos de su chocha, delatan su origen vulgar.

Ella, al fin y al cabo, personifica la vulgaridad del dinero, del voyeurismo consumista que éste ha establecido en alianza con la industria de la televisión. Una vulgaridad que no puede cubrir con sus sofisticados arreglos otro de los particulares personajes de estas batallas venusinas, la diseñadora de interiores Amparo Consuegra. Ella -por lo demás, una metódica lesbiana sin interioridad alguna-, es, en efecto, el amparo de esa clase emergente, vulgar entre los vulgares, que es la de los narcotraficantes, cuyos nombres chillones en la novela -Epaminondas Romero, Raúl Trespalacios, por ejemplo- son imposibles de pulimento alguno.

Y es que de la vulgaridad del dinero, de su necesidad de consumir, nadie puede salvarse. Ni siquiera el consciente, ingenioso y mal poeta, degenerado en publicista, Leo Pradilla.

ANTONIO SILVERA ARENAS