Reseñas. Examen de la sociedad para sacar a flote su
podredumbre escondida
Examen de la sociedad para sacar a flote su podredumbre
escondida
Batallas en el monte de Venus
Óscar Collazos
Seix Barral, Bogotá, 2003, 279 págs.
Al verificar la fecha de publicación de esta novela, me
encuentro con que el ejemplar leído forma parte de su segunda
edición (noviembre de 2003), en tanto que la primera data de cuatro
meses atrás. Esto indica, me dije, que la obra ha tenido buena
acogida, pues sé de casos en que los autores de un trabajo de
indudable calidad y el cual han realizado con ideal dedicación, un
tiempo después -dos, tal vez tres años-, se encuentran con la
decepcionante situación real de que, de no adquirirlo por su propia
y desmedrada cuenta, el fruto de tanto esmero será literalmente
convertido en picadillo.
No sorprende ya tan irracional conducta en un mundo en que cada
día van a dar al mar, no los ríos de la vida, sino toneladas de
productos lácteos irremediablemente vencidos que hubieran podido
alimentar a miles de niños famélicos distribuidos a lo largo y
ancho del tercero de los mejores mundos posibles. El lógico
raciocinio es: si se tira la fundamental, la básica comida, al mar,
¿por qué no tornar picadillo una alta cantidad de papel que
ni siquiera tiene una adecuada textura para pasar antes por la
caneca del escusado?
Felicito, entonces, a Óscar Collazos por haber salvado al menos
la primera edición de Batallas en el monte de Venus del destino de
la guillotina. Sin embargo, me pregunto si el éxito de ésta, su
última novela, es predicativo de su contenido y no de la morbosidad
que podría despertar su título en una época que, en vez de la
polémica denominación de posmoderna, podría justamente llamarse
voyeurista.
Y no es que la novela en cuestión sea solamente lo que sugiere
su título "tálamico", que de inmediato nos hace pensar en
los ejercicios de Kamasutra. Al contrario, lejos de Virginia y
principalmente de Verónica, en torno a cuyos pubis se arma la
historia, la obra de Collazos pretende explicar simbólicamente las
batallas inútiles en las que la sociedad colombiana viene
debatiéndose desde hace dos decenios.
Así, los ocho años comprendidos entre el momento en que Verónica
Oropeza se prepara para celebrar sus doce, justo el mismo día en
que experimenta su primera menstruación y el momento en que su
desvirgador cuarentón, Leo Pradilla, le celebra sus veinte con un
pastel alegóricamente decorado con la figura de una muchacha que
luce sobre su cabeza un televisor, no son otros que los que
prácticamente constituyen la caída vertiginosa del país a expensas
de las detonaciones del narcotráfico. Estamos, entonces,
refiriéndonos a un lapso transcurrido entre 1981 y 1989.
Ese decenio en que los cárteles de la coca propiciaron, primero,
con sus dólares generosos, la ilusión de un desarrollo nacional,
manifiesto en el auge de la construcción y del sector bancario; y,
sucesivamente, las estridencias con que ciertas particulares
bombas, como potentes alarmas de monstruosos relojes, nos
despertaron en forma violenta a la realidad.
Cuando esto último ocurre, esos dineros ya habían cumplido su
función característica; es decir, la de infiltrarse en todas las
esferas sociales, llevando, en este caso particular, la sensación
del confort que el poder recién alcanzado por la televisión vendía
en imágenes nítidas e inmediatas. Pues fue también hacia esa época
cuando la televisión, como esos dineros soportados en decantado oro
blanco, penetró de lleno en los hogares colombianos,
acostumbrándonos, en intervalos de breves y valiosos minutos, a los
eslóganes, las marcas y los gingles.

Acertada parodia de building román -hasta en eso carece
este siglo de originalidad-, esta novela de Collazos revela la
"educación sentimental" de las generaciones actuales. Y
parodia es en todos los sentidos, como lo dice el hecho de que en
vez de un Wilhem, de un Julián Sorel o de un Frederic Moreau, tal
novela no tiene héroe sino heroína. Pero, dirá un atento lector,
¿acaso Eugenia Grandet, Ana Karénina o Emma Bovary no fueron
las correspondencias femeninas de los nombrados héroes de la novela
diecinuevesca?
Por supuesto. Pero las cosas han cambiado de todos modos, porque
si Emma y Eugenia todavía eran controladas por el padre, ahora
Verónica Oropeza está, en principio, en las exclusivas manos de la
madre. Pero dejemos que sea ésta, con su boca de "viuda
negra" -aunque su aspecto sea completamente blanco, los
oscuros pelos de su cuidada chocha delatan su ascendencia- la que
permita al lector conocer de primera mano su índole, escogiendo
para ello la frase matriz de esta novela:
-Verónica Oropeza -empezó a decir la madre [es decir,
Virginia], deletreando nombre y apellido-. No olvides que la
debilidad de los hombres será tu fortaleza, [pág. 9]
Dominador ejemplar de su oficio, Collazos manifiesta en esta
frase inicial los elementos básicos de su propuesta literaria: el
sonoro y significativo nombre de la protagonista se enfatiza en el
deletreo de la madre para que el lector no lo olvide. Por lo demás,
el nombre preciso de ésta (Virginia viuda de Oropeza) inicia el
párrafo siguiente, manteniendo, por un efecto contaminante del
deletreo señalado, la expectativa despertada por el primer
nombre.
Y, ya que nos hemos detenido en tales nombres, sigámosle la
corriente al autor proponiendo una interpretación etimológica:
Virginia [la Virgen -María- por antonomasia] y Verónica son dos
mujeres que están presentes, de manera respectiva, al inicio y al
final de la vida de Jesús. La primera le da el ser y lo trae al
mundo; la segunda, limpia compasivamente su rostro sangrante en el
camino hacia el Calvario, rostro cuya imagen queda para siempre
impregnada en su famoso lienzo.
Ahora bien: el apellido de ambas es Oropeza. Por lo que se puede
concluir que Virginia viuda de Oropeza, aparte de la irónica
combinación de su nombre ("la virgen viuda") pesa en oro
su virginidad, lo que es literalmente cierto para una mujer de
origen humilde que ha sabido explotar su principal virtud,
casándose, primero con su jefe y dedicándose, una vez muerto éste,
a sostenerse mediante las habilidades acendradas en el tálamo
nupcial, aunque no precisamente privativo, de su legítimo esposo. Y
tan consciente es la Oropeza mayor del poder que tiene entre las
piernas que advierte a su hija púber con frases como la ya citada y
concibe la condición de doncellez como un verdadero
"tesoro" en nuestros tiempos, "tesoro" cuyas
escondidas coordenadas debe guardar sin desmayo su hija.
Igualmente, Verónica está destinada a eternizar la imagen de la
decadente Colombia contemporánea, a través del trabajo que termina
asumiendo como presentadora del primer noticiero de chismes
faranduleros. Con ella nace ese espacio que los noticieros actuales
dedican a las frivolidades, como un manto que tapa el desangre
corrupto y violento de nuestra sociedad. La imagen de Verónica, su
belleza espectacular (o de espectáculo) pesa, entonces, también,
oro.

Amén del dominio onomástico, cuyas evidencias no se podrían
seguir estudiando en los márgenes de esta reseña, Collazos se las
arregla para darle una adecuada forma a su intención de expresar de
manera ficticia los valores que de manera soterradamente obvia
dominan en la Colombia contemporánea. De este modo, coloca junto a
Verónica personajes como su amiga Beatriz Lopera, que, tan bella
como la hija de Virginia, pero lamentablemente sola, es decir, sin
la "asesoría" de su madre, está destinada a fracasar en
el reinado de las imágenes vanas de la televisión y del prodigioso
dinero de fondo blanco.
No falta tampoco la visión lúcida del intelectual, que en la
novela es encarnada por el poeta publicista ya nombrado, Leo
Pradilla. Es a él a quien está destinado, ya se ha dicho, el
"tesoro" de Verónica y, en compensación por tan
invaluable joya, se encarga de terminar su "educación
sentimental". También es en él en quien confluyen las frases
que recogen lo que podría llamarse el más notable
"mensaje" de la obra:
Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio
-confesó Leo-. Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo,
ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. Fuimos
auténticos, ahora somos impostores, [pág. 238]
¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. No
creía en el producto que vendía [...] ponía todo su ingenio en
mentir, tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas, sobre
todo si eran exitosas. Detestaba la marca de cerveza que le
permitió comprar un apartamento, consideraba impresentable, además
de corrupto, al senador que hizo elegir mediante un sofisticada
reelaboración de su imagen, jamás toleraría a una mujer que dijera
usar las toallas higiénicas que por arte de birlibirloque o por
arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más
delicada y extraplana del mercado, [págs. 87-88]
Creo que el dadaísmo y el futurismo, además de la poesía
concreta, son el origen de la publicidad moderna. El mejor lugar
para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad, [pág.
86]

Con todo, en la estructura lineal y sin mayores osadías poéticas
de esta obra, tal como sucede en las novelas que le han servido de
modelo, lo más importante es el examen de la sociedad para sacar a
flote su podredumbre escondida. Aunque en realidad es poco lo que
hay que ver más allá de los vulgares gritos orgásmicos de Virginia,
que le han valido entre el gremio frívolo de los ejecutivos y
políticos que frecuentan sus favores el remoquete de La Tarzana. A
pesar de su impoluta belleza, tales gritos animalescos, como los
pelos de su chocha, delatan su origen vulgar.
Ella, al fin y al cabo, personifica la vulgaridad del dinero,
del voyeurismo consumista que éste ha establecido en alianza con la
industria de la televisión. Una vulgaridad que no puede cubrir con
sus sofisticados arreglos otro de los particulares personajes de
estas batallas venusinas, la diseñadora de interiores Amparo
Consuegra. Ella -por lo demás, una metódica lesbiana sin
interioridad alguna-, es, en efecto, el amparo de esa clase
emergente, vulgar entre los vulgares, que es la de los
narcotraficantes, cuyos nombres chillones en la novela -Epaminondas
Romero, Raúl Trespalacios, por ejemplo- son imposibles de pulimento
alguno.
Y es que de la vulgaridad del dinero, de su necesidad de
consumir, nadie puede salvarse. Ni siquiera el consciente,
ingenioso y mal poeta, degenerado en publicista, Leo Pradilla.
ANTONIO SILVERA ARENAS