Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Cuando no se logra que las cosas suenen verdaderas

Cuando no se logra que las cosas suenen verdaderas

Relato de un asesino

Mario Mendoza
Planeta, Biblioteca Breve, Bogotá, 2001, 287 págs.

 

Relato de un asesino es la novela que Mario Mendoza publicó inmediatamente antes de ganar el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, con otra novela, que ya está en las librerías, llamada Satanás. Se trata de un thriller dividido en seis capítulos, cada uno de ellos dividido a su vez en dos o tres secciones, en los que el narrador nos cuenta, en distintos niveles, los episodios más destacados de su vida, desde los primeros recuerdos de infancia y juventud, hasta el desenlace, ya en una primera madurez, en el capítulo final. "El doctor Jekyll y mister Hyde", "Los tres maestros", "El descenso a los infiernos", "En busca del desierto", "Samsara o la rueda de las apariencias" y "El abismo final" son los nombres de los capítulos que rematan en un cortísimo epílogo.

La historia comienza con un hombre en una celda de una cárcel, que ha pedido que se le facilite lápiz y papel para poder escribir. Lo que leeremos durante todo el libro es, pues, lo que este preso ha escrito durante una parte de su cautiverio y que, como ya dijimos, es la historia de su vida, y las claves que justifican el desenlace, que son también la razón de que Tafur, tal es el nombre del protagonista, esté en prisión. En primera instancia sabemos que este hombre ha cometido un crimen y que siempre quiso ser escritor. Luego vamos a unas páginas en las que él es un niño de seis años que ha salido de una larga convalecencia, luego de una enfermedad que por poco le cuesta la vida. Sabemos que esos días de infancia transcurren en los años setenta, que el escenario de esa infancia es Bogotá, y más precisamente el barrio Santana occidental, cerca de Usaquén. Allí, cerca de ese sector de casas de familias de clase media hay un barrio popular que surte de víveres y probablemente de mano de obra al barrio vecino. En esa zona hay una cuadra de pequeñas tiendas y mercados que es llamada La cuadra china. Por diferencias de clase, que son tan notorias desde la niñez, los muchachos de ambos barrios tienen una rivalidad que se manifiesta en el amedrentamiento que uno de ellos ejerce sobre el protagonista robándole parte de los encargos que su madre le encomienda, lo que desemboca en una pelea final en la que el niño, aliado con un compañero un poco más grande, sale vencedor. Luego comienza la adolescencia, con los partidos de fútbol, las cervezas, el interes por la literatura, que va de la mano del enamoramiento de la profesora, la cercanía con otro profesor de la misma materia, al que confiará sus primeros escritos, la amistad con un compañero del colegio que fuma bazuco en los baños, la admiración por un estricto y cruel profesor de educación física y el comienzo de unos extraños trastornos que mantendrá en secreto y que lo atacarán esporádicamente durante el trozo de vida que conoceremos. Luego de la muerte de los padres, quienes mueren en un accidente sin que sepamos mayor cosa de ellos, que coincide además con la finalización del colegio, nuestro muchacho intenta estudiar literatura, pero prefiere abandonar la carrera y de paso abandonarse a sí mismo a donde lo lleve el destino. En ese lapso de tiempo rodará por muchos lados, llevando una vida absolutamente marginal, hasta rondar la indigencia, viviendo en hoteluchos de mala muerte, conociendo los submundos de la prostitución y la delincuencia. En esas andanzas encontrará a un maestro que lo iniciará en las artes de la adivinación y que al morir le dejará un mapa de un monasterio en Egipto, adonde deberá acudir el iniciado para culminar su aprendizaje en las artes oscuras. Efectivamente, nuestro hombre viaja al Oriente Medio, vive en Israel por una temporada y tras varias peripecias se interna en ese monasterio egipcio durante dos años. Al regresar a Colombia sigue su vida desordenada, publica un par de libros que pasan sin pena ni gloria, se enamora de una prostituta y, al volverle los episodios de ausencia que lo acometen de tiempo atrás, sumado esto a una serie de circunstancias, acabará por cometer el crimen por el cual está en la cárcel. En el epílogo, Tafur es conducido, con los cuadernos en los que está escrito lo que hemos leído, de la cárcel hacia una clínica psiquiátrica, invadido por el íntimo regocijo de haber logrado ser lo que anhelaba con vehemencia: un escritor.

Hasta ahí, a grandes rasgos, la historia que cuenta esta novela. Muchos problemas tiene la escritura, pero el más importante de ellos es el de la verosimilitud. Si el autor logra que el lector le crea, puede decir cualquier cosa: puede Remedios la bella subir al cielo, puede Gregorio Samsa despertarse una mañana transformado en un monstruoso insecto, pueden los pájaros congelarse en pleno vuelo y caer como piedras en la Gran Helada en Orlando de Virginia Woolf, puede Barteleby, el escribiente, resistirse a salir de su oficina y negarse a hacer lo que su jefe le ordena, y viajan al pasado por tenues senderos de arenisca los personajes de Ray Bradbury. El asunto es hacer que hechos que sabemos que en la realidad no suceden, que son parábolas o metáforas, sucedan como si alguien se tomara un vaso de agua. Y esa verosimilitud la consigue un escritor por obra y gracia del lenguaje, por el clima que crea para que estos acontecimientos increíbles ocurran sin que el lector desconfíe. Me da pena con Mario Mendoza, pero ése es el principal problema que veo en este libro: uno no cree. ¿Por qué? Pues, para comenzar, un niño de seis años no habla así, ni se hace el tipo de reflexiones que se hace Tafur luego de ganar la pelea a la que nos referíamos; esas son las reflexiones que un adulto puede hacerse al mirar su niñez, pero que, después de ese incidente, el crío vaya a anotar en un almanaque: "Hoy terminó mi fragilidad", pues es algo que ya pone al lector a desconfiar, ya dice uno "me están echando cuento", porque así no habla un niño de esa edad. Esto para citar un ejemplo. Otra cosa son los diálogos, que por lo general son demasiado acartonados como para parecer reales. Las palabras que cruza Tafur con Ángel Castelblanco, el profesor de literatura al que confía sus primeros escritos, y éste con Penélope, la mujer que lo acompaña, no pueden ser más impostadas:

...son mis discípulos, Penélope, muchachos que aman la literatura tanto como yo.
-¿Y qué?
-Necesito estar con ellos a solas, escucharlos y aconsejarlos.
-¿ Y por qué no me puedo quedar?
-Porque tú me amas a mí, no a la literatura.
-Puedo esperar a que se vayan.
-No me parece justo con ellos. Quiero darles todo mi tiempo.
-Eres injusto conmigo.
-A ti te doy cinco días de la semana, a ellos les doy sólo una tarde. Etc., etc.

Sé que hay una cosa llamada lenguaje literario, que es distinta del lenguaje hablado, y que nadie tiene el deber de escribir tal como se habla, aunque hay quienes lo han logrado de manera asombrosa, pero lo que uno como lector reclama es que al menos esos diálogos tengan naturalidad, que suenen verdaderos y no armados como los de las radionovelas.

La historia en sí podría ser creíble, pero la forma de estar narrada hace que el libro se le caiga a uno de las manos con demasiada facilidad. Hay además pasajes totalmente gratuitos, como el cuento del viaje del protagonista a Israel -aunque allí hay descripciones poéticas muy bien logradas- y su posterior enclaustramiento en el monasterio egipcio. Eso, salvo el deseo del autor de contarnos sus recorridos por el Oriente Medio, pues la nota biográfica así nos lo cuenta, no agrega nada a la novela.

Parece ser que Mario Mendoza tiene una obsesión con el tema de la personalidad escindida. De ahí que el primer capítulo de Relato de un asesino se llame "El doctor Jekyll y mister Hyde", como homenaje a Stevenson, pero la vida que lleva Tafur es completamente uniforme, hay sí unos accesos de locura, y su vida marginal no es el estilo de vida que suele escoger un muchacho de la clase media, pero no estamos ante el caso de dos personalidades, o de dos comportamientos, que convivan en una misma persona. He leído en la prensa apartes de Satanás, novela con la que Mendoza ganó el Premio

Biblioteca Breve, y veo que ese tema, el de la doble personalidad, es el tema de esa obra también, pues su protagonista es el célebre asesino del restaurante Pozzeto de Bogotá. Es de esperar que en esa obra el autor haya tenido mejor suerte y que el relato sea verosímil, pues, como ya lo dije, ahí reside todo, al menos para comenzar. De otra forma, quiero decir, cuando no se logra que las cosas suenen verdaderas, estamos frente a lo que sospecho quiso decir Paúl Verlaine cuando dijo: "et tout le reste est littérature".

FERNANDO HERRERA GÓMEZ