Reseñas. Cuando no se logra que las cosas suenen
verdaderas
Cuando no se logra que las cosas suenen
verdaderas
Relato de un asesino
Mario Mendoza
Planeta, Biblioteca Breve, Bogotá, 2001, 287 págs.
Relato de un asesino es la novela que Mario Mendoza publicó
inmediatamente antes de ganar el Premio Biblioteca Breve de Seix
Barral, con otra novela, que ya está en las librerías, llamada
Satanás. Se trata de un thriller dividido en seis capítulos, cada
uno de ellos dividido a su vez en dos o tres secciones, en los que
el narrador nos cuenta, en distintos niveles, los episodios más
destacados de su vida, desde los primeros recuerdos de infancia y
juventud, hasta el desenlace, ya en una primera madurez, en el
capítulo final. "El doctor Jekyll y mister Hyde",
"Los tres maestros", "El descenso a los
infiernos", "En busca del desierto", "Samsara o
la rueda de las apariencias" y "El abismo final" son
los nombres de los capítulos que rematan en un cortísimo
epílogo.

La historia comienza con un hombre en una celda de una cárcel,
que ha pedido que se le facilite lápiz y papel para poder escribir.
Lo que leeremos durante todo el libro es, pues, lo que este preso
ha escrito durante una parte de su cautiverio y que, como ya
dijimos, es la historia de su vida, y las claves que justifican el
desenlace, que son también la razón de que Tafur, tal es el nombre
del protagonista, esté en prisión. En primera instancia sabemos que
este hombre ha cometido un crimen y que siempre quiso ser escritor.
Luego vamos a unas páginas en las que él es un niño de seis años
que ha salido de una larga convalecencia, luego de una enfermedad
que por poco le cuesta la vida. Sabemos que esos días de infancia
transcurren en los años setenta, que el escenario de esa infancia
es Bogotá, y más precisamente el barrio Santana occidental, cerca
de Usaquén. Allí, cerca de ese sector de casas de familias de clase
media hay un barrio popular que surte de víveres y probablemente de
mano de obra al barrio vecino. En esa zona hay una cuadra de
pequeñas tiendas y mercados que es llamada La cuadra china. Por
diferencias de clase, que son tan notorias desde la niñez, los
muchachos de ambos barrios tienen una rivalidad que se manifiesta
en el amedrentamiento que uno de ellos ejerce sobre el protagonista
robándole parte de los encargos que su madre le encomienda, lo que
desemboca en una pelea final en la que el niño, aliado con un
compañero un poco más grande, sale vencedor. Luego comienza la
adolescencia, con los partidos de fútbol, las cervezas, el interes
por la literatura, que va de la mano del enamoramiento de la
profesora, la cercanía con otro profesor de la misma materia, al
que confiará sus primeros escritos, la amistad con un compañero del
colegio que fuma bazuco en los baños, la admiración por un estricto
y cruel profesor de educación física y el comienzo de unos extraños
trastornos que mantendrá en secreto y que lo atacarán
esporádicamente durante el trozo de vida que conoceremos. Luego de
la muerte de los padres, quienes mueren en un accidente sin que
sepamos mayor cosa de ellos, que coincide además con la
finalización del colegio, nuestro muchacho intenta estudiar
literatura, pero prefiere abandonar la carrera y de paso
abandonarse a sí mismo a donde lo lleve el destino. En ese lapso de
tiempo rodará por muchos lados, llevando una vida absolutamente
marginal, hasta rondar la indigencia, viviendo en hoteluchos de
mala muerte, conociendo los submundos de la prostitución y la
delincuencia. En esas andanzas encontrará a un maestro que lo
iniciará en las artes de la adivinación y que al morir le dejará un
mapa de un monasterio en Egipto, adonde deberá acudir el iniciado
para culminar su aprendizaje en las artes oscuras. Efectivamente,
nuestro hombre viaja al Oriente Medio, vive en Israel por una
temporada y tras varias peripecias se interna en ese monasterio
egipcio durante dos años. Al regresar a Colombia sigue su vida
desordenada, publica un par de libros que pasan sin pena ni gloria,
se enamora de una prostituta y, al volverle los episodios de
ausencia que lo acometen de tiempo atrás, sumado esto a una serie
de circunstancias, acabará por cometer el crimen por el cual está
en la cárcel. En el epílogo, Tafur es conducido, con los cuadernos
en los que está escrito lo que hemos leído, de la cárcel hacia una
clínica psiquiátrica, invadido por el íntimo regocijo de haber
logrado ser lo que anhelaba con vehemencia: un escritor.

Hasta ahí, a grandes rasgos, la historia que cuenta esta novela.
Muchos problemas tiene la escritura, pero el más importante de
ellos es el de la verosimilitud. Si el autor logra que el lector le
crea, puede decir cualquier cosa: puede Remedios la bella subir al
cielo, puede Gregorio Samsa despertarse una mañana transformado en
un monstruoso insecto, pueden los pájaros congelarse en pleno vuelo
y caer como piedras en la Gran Helada en Orlando de Virginia Woolf,
puede Barteleby, el escribiente, resistirse a salir de su oficina y
negarse a hacer lo que su jefe le ordena, y viajan al pasado por
tenues senderos de arenisca los personajes de Ray Bradbury. El
asunto es hacer que hechos que sabemos que en la realidad no
suceden, que son parábolas o metáforas, sucedan como si alguien se
tomara un vaso de agua. Y esa verosimilitud la consigue un escritor
por obra y gracia del lenguaje, por el clima que crea para que
estos acontecimientos increíbles ocurran sin que el lector
desconfíe. Me da pena con Mario Mendoza, pero ése es el principal
problema que veo en este libro: uno no cree. ¿Por qué? Pues,
para comenzar, un niño de seis años no habla así, ni se hace el
tipo de reflexiones que se hace Tafur luego de ganar la pelea a la
que nos referíamos; esas son las reflexiones que un adulto puede
hacerse al mirar su niñez, pero que, después de ese incidente, el
crío vaya a anotar en un almanaque: "Hoy terminó mi
fragilidad", pues es algo que ya pone al lector a desconfiar,
ya dice uno "me están echando cuento", porque así no
habla un niño de esa edad. Esto para citar un ejemplo. Otra cosa
son los diálogos, que por lo general son demasiado acartonados como
para parecer reales. Las palabras que cruza Tafur con Ángel
Castelblanco, el profesor de literatura al que confía sus primeros
escritos, y éste con Penélope, la mujer que lo acompaña, no pueden
ser más impostadas:
...son mis discípulos, Penélope, muchachos que aman la
literatura tanto como yo.
-¿Y qué?
-Necesito estar con ellos a solas, escucharlos y
aconsejarlos.
-¿ Y por qué no me puedo quedar?
-Porque tú me amas a mí, no a la literatura.
-Puedo esperar a que se vayan.
-No me parece justo con ellos. Quiero darles todo mi
tiempo.
-Eres injusto conmigo.
-A ti te doy cinco días de la semana, a ellos les doy sólo una
tarde. Etc., etc.
Sé que hay una cosa llamada lenguaje literario, que es distinta
del lenguaje hablado, y que nadie tiene el deber de escribir tal
como se habla, aunque hay quienes lo han logrado de manera
asombrosa, pero lo que uno como lector reclama es que al menos esos
diálogos tengan naturalidad, que suenen verdaderos y no armados
como los de las radionovelas.
La historia en sí podría ser creíble, pero la forma de estar
narrada hace que el libro se le caiga a uno de las manos con
demasiada facilidad. Hay además pasajes totalmente gratuitos, como
el cuento del viaje del protagonista a Israel -aunque allí hay
descripciones poéticas muy bien logradas- y su posterior
enclaustramiento en el monasterio egipcio. Eso, salvo el deseo del
autor de contarnos sus recorridos por el Oriente Medio, pues la
nota biográfica así nos lo cuenta, no agrega nada a la novela.
Parece ser que Mario Mendoza tiene una obsesión con el tema de
la personalidad escindida. De ahí que el primer capítulo de Relato
de un asesino se llame "El doctor Jekyll y mister Hyde",
como homenaje a Stevenson, pero la vida que lleva Tafur es
completamente uniforme, hay sí unos accesos de locura, y su vida
marginal no es el estilo de vida que suele escoger un muchacho de
la clase media, pero no estamos ante el caso de dos personalidades,
o de dos comportamientos, que convivan en una misma persona. He
leído en la prensa apartes de Satanás, novela con la que Mendoza
ganó el Premio
Biblioteca Breve, y veo que ese tema, el de la doble
personalidad, es el tema de esa obra también, pues su protagonista
es el célebre asesino del restaurante Pozzeto de Bogotá. Es de
esperar que en esa obra el autor haya tenido mejor suerte y que el
relato sea verosímil, pues, como ya lo dije, ahí reside todo, al
menos para comenzar. De otra forma, quiero decir, cuando no se
logra que las cosas suenen verdaderas, estamos frente a lo que
sospecho quiso decir Paúl Verlaine cuando dijo: "et tout
le reste est littérature".
FERNANDO HERRERA GÓMEZ