Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. La farsándula

La farsándula

Al diablo la maldita primavera

Alonso Sánchez Baute
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá, 2002, 26o págs.

 

El área de literatura del Instituto Distrital de Cultura y Turismo ha venido organizando desde tiempo atrás los Premios Nacionales Ciudad de Bogotá. Hay premios de poesía, de novela y de cuento. En este último género, la convocatoria se hace en las modalidades de adultos y de jóvenes.

El libro que en esta oportunidad nos ocupa es Al diablo la maldita primavera, novela ganadora de este premio en el año 2002, en el que fueron jurados Ángela Inés Robledo Palomeque, Ana Roda Fornaguera y Rafael Humberto Moreno-Durán.

Esta novela, cuyo nombre es sacado de una balada de la cantante mexicana Yuri, nos habla sobre la vida de Edwin Rodríguez, un joven barranquillero homosexual que vive en Bogotá, y su desesperada búsqueda por encontrar una pareja con la cual pueda alcanzar la estabilidad afectiva que sus múltiples encuentros físicos no logran satisfacer. De hecho, desde el primer párrafo nos cuenta del hallazgo de ese amor anhelado en el ciberespacio, pues en un chat ha establecido contacto con alguien de quien cree estar enamorado. A lo largo de las páginas el lector descubrirá que ese amor es alguien más a la mano de lo que supone el protagonista, pero el desenlace feliz se ve malogrado por cuanto su enamorado, para el momento en que ambos descubren sus verdaderas identidades, está en la fase terminal de la alergia, como llama Sánchez, con gracia sangrienta, al sida. En las páginas finales toda esa búsqueda está a punto de encontrar el sosiego, pues ha aparecido la compañía perfecta, pero en medio de la bacanal de la fiesta de bodas -pues la pareja ha acudido ante notario para formalizar su unión- uno de ellos se encapricha con otro de los invitados, dando al traste con la felicidad conyugal.

La voz que ha escogido Sánchez Baute para narrar esta historia es una primera persona que sostiene su tono con una soltura asombrosa, sin que haya una sola caída, un solo momento en el que se sienta la ausencia del manoteo amanerado de su protagonista. Tal vez de ahí un problema de esta narración: la naturalidad impostada -aunque suene paradójico- y la afectación con que suelen hablar ciertos círculos. Pues una cosa es oír retazos de las conversaciones de personajes de estos mundillos en una peluquería, por ejemplo, o en cualquier otro lado, que pueden resultar divertidos incluso, pero ese sonsonete acaba por volverse insoportable cuando a uno le toca convivir doscientas sesenta páginas con semejante empalago.

La obra transcurre en Bogotá, en una ciudad que se siente viva y en la que encajan muy bien el esnobismo y el arribismo de Rodríguez y sus compañeros de andanzas. En este viaje al fondo de la noche, asistimos a toda suerte de bares y de lugares non sonetos de encuentros carnales, a los estrambóticos shows de las drag queens, a incontables conquistas e intercambios. En esta narración se mezclan las referencias y las citas de los clásicos griegos con los fragmentos de baladas y de canciones vallenatas que no logran causar el efecto cómico que se proponen; y también encontramos confesiones de la condición de homosexual que tampoco alcanzan a conmovemos. Es curioso. Esos ingredientes están ahí para producir unos efectos que no sabe uno bien por qué razón no los producen. Hay algo que no permite que nos tomemos muy en serio la historia. Probablemente sea la fatuidad del protagonista, demasiado embebido en su rol, un tanto caricaturesco.

En un reciente artículo publicado en Lecturas Dominicales del periódico El Tiempo sobre esta misma novela, Óscar Gómez Palacio le preguntaba al autor acerca de la existencia de una literatura gay, a lo que él le respondió que sólo existía la literatura, y que si acaso existía una literatura con tema gay o escrita por gays. No sé si haya en nuestro medio novelas sobre relaciones lesbianas, pero lo que sí es un hecho es que en la actualidad hay una suerte de boom de novelas, o de narraciones de tema homosexual masculino. Leí hace no mucho una pequeña novela que sería algo así como la otra cara, la antítesis de ésta que nos presenta Sánchez Baute, y es El beso de Dick, obra postuma del joven autor Fernando Molano Vargas. En esta pequeña obra, imperfecta pero conmovedora, el protagonista nos habla desde la inocencia de sus amores con un compañero de colegio y del rechazo familiar que debe soportar. Hay una afectuosa delicadeza al asumir la historia -que contrasta definitivamente con el desenfado de Al diablo la maldita primavera- que le otorga una frescura y una autenticidad al relato, que logra involucrar más al lector y hace mas cercano su relato. Y bueno, aunque sólo es una suposición que ambas sean obras confesionales, ambas son novelas muy bien escritas y nos dan cuenta cabal de los dramas y de las historias íntimas de seres anónimos.

Dos sensaciones quedan después de leer esta novela de Sánchez Baute: la primera es la fatuidad de ciertos grupillos, en este caso de drag queens, para quienes la vida es una fiesta frivola y sin fin, y la segunda, la soledad aterradora, la búsqueda dolorosa y desesperada de afecto y de compañía que ronda a todos los seres humanos.  En lo referente a la edición, es importante señalar que hasta hace poco tiempo a todas las ediciones de organismos gubernamentales había que perdonarles su origen, pues era regla general el mal diseño, la mala impresión, el mal gusto, todo esto sumado a la precariedad de recursos con que se hacían los libros. Ahora no. Son libros de una calidad más que aceptable, aunque uno pueda a veces disentir de algunos criterios en cuanto al diseño. Por ejemplo, el ánimo de andar innovando a toda hora de Diego Amaral no siempre tiene buenos resultados, pues la numeración de las páginas en las márgenes laterales exteriores del libro se convierte en una distracción. Lo mismo sucede, aunque en menor medida, con la línea de la margen superior debajo de la cual pone, en letra bastardilla y muy pequeña, el nombre del autor y el de la novela alternativamente. Hay cosas que ya están inventadas hace rato y se llegó a ellas justamente después de probar otros caminos que demostraron ser ineficaces, deficientes e incómodos.

FERNANDO HERRERA GÓMEZ