Reseñas. La farsándula
La farsándula
Al diablo la maldita primavera
Alonso Sánchez Baute
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo,
Bogotá, 2002, 26o págs.
El área de literatura del Instituto Distrital de Cultura y
Turismo ha venido organizando desde tiempo atrás los Premios
Nacionales Ciudad de Bogotá. Hay premios de poesía, de novela y de
cuento. En este último género, la convocatoria se hace en las
modalidades de adultos y de jóvenes.

El libro que en esta oportunidad nos ocupa es Al diablo la
maldita primavera, novela ganadora de este premio en el año 2002,
en el que fueron jurados Ángela Inés Robledo Palomeque, Ana Roda
Fornaguera y Rafael Humberto Moreno-Durán.
Esta novela, cuyo nombre es sacado de una balada de la cantante
mexicana Yuri, nos habla sobre la vida de Edwin Rodríguez, un joven
barranquillero homosexual que vive en Bogotá, y su desesperada
búsqueda por encontrar una pareja con la cual pueda alcanzar la
estabilidad afectiva que sus múltiples encuentros físicos no logran
satisfacer. De hecho, desde el primer párrafo nos cuenta del
hallazgo de ese amor anhelado en el ciberespacio, pues en un chat
ha establecido contacto con alguien de quien cree estar enamorado.
A lo largo de las páginas el lector descubrirá que ese amor es
alguien más a la mano de lo que supone el protagonista, pero el
desenlace feliz se ve malogrado por cuanto su enamorado, para el
momento en que ambos descubren sus verdaderas identidades, está en
la fase terminal de la alergia, como llama Sánchez, con gracia
sangrienta, al sida. En las páginas finales toda esa búsqueda está
a punto de encontrar el sosiego, pues ha aparecido la compañía
perfecta, pero en medio de la bacanal de la fiesta de bodas -pues
la pareja ha acudido ante notario para formalizar su unión- uno de
ellos se encapricha con otro de los invitados, dando al traste con
la felicidad conyugal.
La voz que ha escogido Sánchez Baute para narrar esta historia
es una primera persona que sostiene su tono con una soltura
asombrosa, sin que haya una sola caída, un solo momento en el que
se sienta la ausencia del manoteo amanerado de su protagonista. Tal
vez de ahí un problema de esta narración: la naturalidad impostada
-aunque suene paradójico- y la afectación con que suelen hablar
ciertos círculos. Pues una cosa es oír retazos de las
conversaciones de personajes de estos mundillos en una peluquería,
por ejemplo, o en cualquier otro lado, que pueden resultar
divertidos incluso, pero ese sonsonete acaba por volverse
insoportable cuando a uno le toca convivir doscientas sesenta
páginas con semejante empalago.
La obra transcurre en Bogotá, en una ciudad que se siente viva y
en la que encajan muy bien el esnobismo y el arribismo de Rodríguez
y sus compañeros de andanzas. En este viaje al fondo de la noche,
asistimos a toda suerte de bares y de lugares non sonetos de
encuentros carnales, a los estrambóticos shows de las drag queens,
a incontables conquistas e intercambios. En esta narración se
mezclan las referencias y las citas de los clásicos griegos con los
fragmentos de baladas y de canciones vallenatas que no logran
causar el efecto cómico que se proponen; y también encontramos
confesiones de la condición de homosexual que tampoco alcanzan a
conmovemos. Es curioso. Esos ingredientes están ahí para producir
unos efectos que no sabe uno bien por qué razón no los producen.
Hay algo que no permite que nos tomemos muy en serio la historia.
Probablemente sea la fatuidad del protagonista, demasiado embebido
en su rol, un tanto caricaturesco.

En un reciente artículo publicado en Lecturas Dominicales del
periódico El Tiempo sobre esta misma novela, Óscar Gómez Palacio le
preguntaba al autor acerca de la existencia de una literatura gay,
a lo que él le respondió que sólo existía la literatura, y que si
acaso existía una literatura con tema gay o escrita por gays. No sé
si haya en nuestro medio novelas sobre relaciones lesbianas, pero
lo que sí es un hecho es que en la actualidad hay una suerte de
boom de novelas, o de narraciones de tema homosexual masculino. Leí
hace no mucho una pequeña novela que sería algo así como la otra
cara, la antítesis de ésta que nos presenta Sánchez Baute, y es El
beso de Dick, obra postuma del joven autor Fernando Molano Vargas.
En esta pequeña obra, imperfecta pero conmovedora, el protagonista
nos habla desde la inocencia de sus amores con un compañero de
colegio y del rechazo familiar que debe soportar. Hay una afectuosa
delicadeza al asumir la historia -que contrasta definitivamente con
el desenfado de Al diablo la maldita primavera- que le otorga una
frescura y una autenticidad al relato, que logra involucrar más al
lector y hace mas cercano su relato. Y bueno, aunque sólo es una
suposición que ambas sean obras confesionales, ambas son novelas
muy bien escritas y nos dan cuenta cabal de los dramas y de las
historias íntimas de seres anónimos.
Dos sensaciones quedan después de leer esta novela de Sánchez
Baute: la primera es la fatuidad de ciertos grupillos, en este caso
de drag queens, para quienes la vida es una fiesta frivola y sin
fin, y la segunda, la soledad aterradora, la búsqueda dolorosa y
desesperada de afecto y de compañía que ronda a todos los seres
humanos. En lo referente a la edición, es importante señalar
que hasta hace poco tiempo a todas las ediciones de organismos
gubernamentales había que perdonarles su origen, pues era regla
general el mal diseño, la mala impresión, el mal gusto, todo esto
sumado a la precariedad de recursos con que se hacían los libros.
Ahora no. Son libros de una calidad más que aceptable, aunque uno
pueda a veces disentir de algunos criterios en cuanto al diseño.
Por ejemplo, el ánimo de andar innovando a toda hora de Diego
Amaral no siempre tiene buenos resultados, pues la numeración de
las páginas en las márgenes laterales exteriores del libro se
convierte en una distracción. Lo mismo sucede, aunque en menor
medida, con la línea de la margen superior debajo de la cual pone,
en letra bastardilla y muy pequeña, el nombre del autor y el de la
novela alternativamente. Hay cosas que ya están inventadas hace
rato y se llegó a ellas justamente después de probar otros caminos
que demostraron ser ineficaces, deficientes e incómodos.
FERNANDO HERRERA GÓMEZ