Reseñas. Desde la cárcel llamada colegio
Desde la cárcel llamada colegio
Manual de pelea
Andrés Burgos
Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2004, 252 págs.
Las peleas de colegio antes y las peleas de colegio después de
la llegada del narcotráfico a la vida del país, es la certeza
vivida y la incógnita que queda para Santiago González, el
personaje estudiante del escritor antioqueño Andrés Burgos
(1973).
El actuar de los colegiales tiene una dimensión geométrica que
se circunscribe a un área para poder vivir, un espacio físico que
hace las veces de "cárcel" aunque se llame colegio. Ahí,
a los que día a día tienen que vivir once o más años, no les queda
otra alternativa que respirar el aire viciado que les coloca la
sociedad: "Estamos condenados sin remedio a pasar mucho tiempo
en un calabozo de clases, bajo la mirada vigilante del profesor de
turno y un Cristo implacable que nos espía, sin pausa, desde lo
alto del tablero" (pág. 46). El trabajo narrativo de Burgos
salva para siempre esa dimensión donde los jóvenes hacen sus
sucesos, ese pedazo de incertidumbre que va más allá de los
brochazos formales de las materias académicas, para hacer su pulso
de fuerza. Las historias narradas en Manual de pelea conmueven
porque están en lo que a diario se repite en colegios y escuelas.
No se trata de esa alabanza a la formación, a lo que dicen las
propuestas ceremoniales con rectores y prefectos de disciplina, y
que nunca cuentan los discursos de grado cuando en frases manidas
se habla de las etapas de la vida.
Lo que ha hecho Andrés Burgos es abrir esa puerta que había
estado cerrada como tema literario en nuestro medio y dejar al
descubierto el drama que por generaciones se repite en los
corredores y patios de los colegios. Es un mundo que por años se
hace de continuo, que tiene sucesores, nuevos protagonistas que
ascienden de los grados primarios a los superiores, y en ese
escenario se dan peleas, coscorrones, empujones, amigos, novias,
timidez, intrepidez y venganzas.
El modelo que Andrés Burgos propone lo llama Liceo de la Salle.
Es modelo académico que se puede parecer a tantos otros del sector
educativo oficial o privado. Ahí, como llevados a un corral, se
apretujan los muchachos, que en la narración corresponde al grado
octavo, para hacer su encuentro en aulas, patios de recreo o buses
que los trasladan a sus casas.

El colegio queda en lo alto de un cerro, y desde allí bajan
pintados de verde los buses que se desparraman por las calles del
barrio Boston, como si se tratara, para el autor, de un insecto
gigantesco que se revolcara herido de muerte en su descenso.
La descripción que logra Burgos es de cineasta. El autor, ya
graduado como comunicador social de la Universidad de Antioquia, se
especializa en guión y dirección en la Escuela Internacional de
Cine y Televisión en Cuba, donde vivió dos años. Su escritura, a
través de sus personajes, tiene esa visión que remite a
comparaciones que se dan en la pantalla grande: "Una vez vi
una película en la que un tipo se fuga de Alcatraz y, puedo
jurarlo, era la construcción más parecida al colegio que hemos
encontrado. Digo 'hemos encontrado', en plural, porque no soy el
único que ha notado el parecido. Rafael, que pasa todas sus
vacaciones en Estados Unidos, me lo confirmó una vez" (pág.
34). Los estudiantes saben dónde están. La nata oscura en la cual
se hallan sumergidos es parte de su resignación, de ese tener que
vivir.
De niño a no niño, de infante a adolescente, de estados de no
entenderse a otros estados de no ser, se le ve en esos lugares de
reclusión y permanencia prolongada. El encuentro de este espacio
literario, tal como lo formula Andrés Burgos, es el corte por
imitación en lo social, el prototipo en serie: "Estudiamos en
colegios similares, usamos marcas de ropa semejantes y en nuestros
garajes hay parqueados carros que no se diferencian mucho en el
precio. Todos nos parecemos, todos menos los de la casa de mármol y
sus amigos, entre los que cuentan algunas personas del barrio que
van dejando a un lado sus similitudes con el resto y empiezan a
hacerse notorias, como ellos" (pág. 98).
En su novela, Burgos muestra la existencia de un país en
chiquito. Ahí se concentran las desavenencias, la búsqueda del
poder, las zancadillas de unos contra otros, el amiguismo, los
comentarios y chismes sobre uno u otro individuo, la presencia del
profesor que ejerce su poder y lleva al interior las
manifestaciones de sus vicios individuales: "-Soy el profesor
de Matemáticas. Me llamo Arcesio Velázquez y, para los hijos de
puta, soy Perrobravo -dijo el primer día de clases. Nadie se rió.
Nadie osó siquiera respirar. Se hizo silencio tan grande que
pudimos escuchar claramente las presentaciones de los profesores en
los otros salones" (pág. 75). Y mientras todo eso sucede,
Santiago González, el personaje adolescente, lleva todo el
transcurrir de los episodios, toda esa visión del mundo que narra
en primera persona. Desde el lenguaje estudiantil, desde esa
sumersión que se da para comprender la vida que lo acosa desde
diversos escenarios que amplían o disminuyen poder, supervivencia
de lo elemental frente a sus demás compañeros, Manual de pelea es
la narración que busca entender el aprendizaje de los que por edad
llegan sin experiencia a un cuadrilátero donde las reglas las
imponen los mismos peleadores. A la fuerza, en la maduración
lograda a golpes y enfrentamientos de toda índole, se debe salir de
la etapa de la niñez. En la medida en que se asciende, se sube de
peso pugilístico. Burgos ha establecido esta relación de fuerza y
capacidad que va de menor a mayor categoría, como se hace en las
clasificaciones de boxeo a través del Ranking. Pero sucede que el
asunto no es tan fácil como en los pugilatos: "De igual forma
que algunos se quedan enanos de cuerpo, otros nos quedamos enanos
de espíritu. Este vicio me llevará a la ruina. La idea de que el
tiempo pasará y no seré capaz de dejar de jugar me aterra. He
intentado abandonar esta costumbre antes, pero siempre vuelvo a
caer porque es el lugar donde me siento tranquilo, el refugio que
me permite relajarme, no competir con alguien más ni tener
miedo" (pág. 97). El enfrentamiento, la pelea a trompadas que
no espera la salida del colegio porque cada quien ha de tomar el
bus que lo lleva a su casa. Sobre ese designio, pocos son los que
se escapan. El Ranking es una categoría donde el autor realiza
descripciones; es una especie de círculo dantesco que se trae a la
actualidad: "Para describir el Ranking voy a iniciar desde
abajo. Escarbaré en la oscuridad del fondo mohoso, donde reposan
unos pocos estudiantes de La Salle y quizás algunos bichos albinos
y ciegos que no conocen la luz. En la parte baja del Ranking están
los que ni siquiera se cuentan entre los últimos. Aquellos a los
que nadie, por diferentes motivos, considera rivales" (pág.
49). La categorización sigue. Cada uno de esos rangos tiene un
valor que sirve para personificar. Andrés Burgos crea de este modo
representaciones colegiales, seres imaginarios que en muchas de sus
aristas descriptivas corresponden a los que, afuera del libro,
siguen en las aulas: "No creo que a Llano le importe estar en
la parte baja del Ranking, apenas unos escalones arriba de Ospina.
De todas formas él no parece tener problemas con nadie ni
ambicionar nada diferente a lo que ya posee. En cierto modo lo
envidio" (pág. 92).
Estas jerarquías corresponden con certeza a ese imaginario que
en las aulas van dando trato de aprecio o desprecio entre los que
están condenados a convivir en las numerosas edificaciones que
desde las alturas aparenta ser Alcatraz.
Los jóvenes en el colegio no tienen otra alternativa que crecer
en la travesura a velocidades que se aproximan a la de la luz.
Andrés Burgos supo recoger estas dos situaciones para sincronizar
con efectividad el humor a través de esos momentos que rememoran en
todo lector ese estado gelatinoso de la vida que tanto peso tiene
en la deformación de quienes, con privilegio, entran y permanecen
en la obligada vida académica juvenil. Más allá de la psicología de
ese mundo, Burgos creó en Manual de pelea un discurso propio que no
es más que el discurso del drama ajeno de todos esos seres que
tienen su forma de defensa frente a la presencia del mayorazgo de
profesores. La narración, armada con el contexto de los personajes,
está bien traída, bien dicha en la proporción de los términos, sin
esa ineptitud tan burda y común que se ve en la prosa de los que no
saben colocar las palabras fuertes o los estados naturales que dan
transparencia a la escritura: "El único suceso respetable
durante las dos horas de Lengua Materna es el pedo. La atmósfera se
pone densa de un momento a otro y el Hermano tiene que interrumpir
su discurso" (pág. 123).

Burgos no derrumbó hacia el abismo ni mitificó hacia el
ensalzamiento ese mundo que está basado más en la sana crueldad que
en la impudicia aberrante. Se trata de seres en la imprecisión, en
ese estado en que las conversaciones inciertas buscan rellenar los
vacíos de la inexperiencia. Nadie sabe nada. Todo es
desconocimiento en el cuerpo propio que se va a la masturbación y
en el cuerpo ajeno que se conquista y arma desde la ficción. En
esos catorce años que se tienen en el "Octavo C", se
enamoran de mujeres que están más al lado de la imaginación que de
la realidad, "de esas que con sólo ver de lejos uno sabe que
huelen bien -me animo yo también a participar para pensar en otra
cosa" (pág. 163).
El mundo, en todos los sentidos, es una dificultad. Los
personajes tampoco encuentran su libertad por fuera del colegio. La
normatividad, la disciplina se extiende al bus. "Nota
agregada: Tampoco resulta inteligente pelear en el bus porque aquí
las faltas al código de disciplina se consideran más fuertes. No se
puede comer. No se puede hablar en voz alta. No es permitido
arrojar objetos por las ventanas. No nos podemos bajar en otras
paradas diferentes a la nuestra" (pág. 67). En el interior del
transporte escolar hay un campo de forcejeo. El poder tiene un
derrotero: mantener o lograr un cambio en el puesto que les ha
designado el hermano Javier, coordinador de los buses. Ahí se
desgasta o se reafirma la existencia que de un modo u otro seguirá
siendo afectada por el profesor que produce pánico: "Él
siempre llega con su arma cargada, su dedo índice aterrador,
inmenso y peludo, dispuesto a señalar a cualquiera y hacerle dos
preguntas sobre el tema anterior. Le gusta elegir a quien encuentre
parado, fuera de base, y se puede jurar que al señalado no le va a
ir bien" (pág. 73). El prestigio entre los escolares se busca
establecer con la moda. Gracias a ella el adolescente logra una
forma de supervivencia, de autoestima cuando la puede usar, o caer
en el limbo de los desfavorecidos que no alcanzan a tener la
capacidad económica para hacer gala de ellas: "Usar unos Nike,
Reebok o Adidas es como tener un seguro. No uno de vida o uno
grande. Es una pequeña garantía de respeto. Pero algo es algo. Al
menos cuando se toca ese tema se sabe que se podrá caminar con
tranquilidad. Quien los tenga no será la víctima en esta ocasión,
podrá estirar las piernas y exhibir, si no con orgullo al menos con
alivio, el pasaporte para que lo dejen tranquilo un rato"
(pág.81).
El Manual de pelea está estructurado con gracia y maestría en el
lenguaje que da forma al mundo de cientos de miles de adolescentes
que tuvieron como modelo de vida en crecimiento una serie de
presiones que sólo los podía conducir al desaliento. Andrés Burgos
dejó la hoja de su narración en el filo de otra posibilidad: la
entrada a la vida escolar y a la familia de los estudiantes del
narcotráfico. No especula sobre ese camino. Es apenas la oscuridad
a la entrada del túnel. De ahí para adelante, con las puntadas que
alcanza a colocar, tienen que venir nuevas modificaciones de poder,
nuevo lenguaje, nueva mentalidad y nueva forma de narrar. Por el
momento. Santiago González, el personaje, debe esperar tres años
más para lograr un buen lugar en esa cárcel que se parece a la
otra, la llamada Alcatraz.
ÁLVARO MIRANDA