Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Desde la cárcel llamada colegio

Desde la cárcel llamada colegio

Manual de pelea

Andrés Burgos
Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2004, 252 págs.

 

Las peleas de colegio antes y las peleas de colegio después de la llegada del narcotráfico a la vida del país, es la certeza vivida y la incógnita que queda para Santiago González, el personaje estudiante del escritor antioqueño Andrés Burgos (1973).

El actuar de los colegiales tiene una dimensión geométrica que se circunscribe a un área para poder vivir, un espacio físico que hace las veces de "cárcel" aunque se llame colegio. Ahí, a los que día a día tienen que vivir once o más años, no les queda otra alternativa que respirar el aire viciado que les coloca la sociedad: "Estamos condenados sin remedio a pasar mucho tiempo en un calabozo de clases, bajo la mirada vigilante del profesor de turno y un Cristo implacable que nos espía, sin pausa, desde lo alto del tablero" (pág. 46). El trabajo narrativo de Burgos salva para siempre esa dimensión donde los jóvenes hacen sus sucesos, ese pedazo de incertidumbre que va más allá de los brochazos formales de las materias académicas, para hacer su pulso de fuerza. Las historias narradas en Manual de pelea conmueven porque están en lo que a diario se repite en colegios y escuelas. No se trata de esa alabanza a la formación, a lo que dicen las propuestas ceremoniales con rectores y prefectos de disciplina, y que nunca cuentan los discursos de grado cuando en frases manidas se habla de las etapas de la vida.

Lo que ha hecho Andrés Burgos es abrir esa puerta que había estado cerrada como tema literario en nuestro medio y dejar al descubierto el drama que por generaciones se repite en los corredores y patios de los colegios. Es un mundo que por años se hace de continuo, que tiene sucesores, nuevos protagonistas que ascienden de los grados primarios a los superiores, y en ese escenario se dan peleas, coscorrones, empujones, amigos, novias, timidez, intrepidez y venganzas.

El modelo que Andrés Burgos propone lo llama Liceo de la Salle. Es modelo académico que se puede parecer a tantos otros del sector educativo oficial o privado. Ahí, como llevados a un corral, se apretujan los muchachos, que en la narración corresponde al grado octavo, para hacer su encuentro en aulas, patios de recreo o buses que los trasladan a sus casas.

El colegio queda en lo alto de un cerro, y desde allí bajan pintados de verde los buses que se desparraman por las calles del barrio Boston, como si se tratara, para el autor, de un insecto gigantesco que se revolcara herido de muerte en su descenso.

La descripción que logra Burgos es de cineasta. El autor, ya graduado como comunicador social de la Universidad de Antioquia, se especializa en guión y dirección en la Escuela Internacional de Cine y Televisión en Cuba, donde vivió dos años. Su escritura, a través de sus personajes, tiene esa visión que remite a comparaciones que se dan en la pantalla grande: "Una vez vi una película en la que un tipo se fuga de Alcatraz y, puedo jurarlo, era la construcción más parecida al colegio que hemos encontrado. Digo 'hemos encontrado', en plural, porque no soy el único que ha notado el parecido. Rafael, que pasa todas sus vacaciones en Estados Unidos, me lo confirmó una vez" (pág. 34). Los estudiantes saben dónde están. La nata oscura en la cual se hallan sumergidos es parte de su resignación, de ese tener que vivir.

De niño a no niño, de infante a adolescente, de estados de no entenderse a otros estados de no ser, se le ve en esos lugares de reclusión y permanencia prolongada. El encuentro de este espacio literario, tal como lo formula Andrés Burgos, es el corte por imitación en lo social, el prototipo en serie: "Estudiamos en colegios similares, usamos marcas de ropa semejantes y en nuestros garajes hay parqueados carros que no se diferencian mucho en el precio. Todos nos parecemos, todos menos los de la casa de mármol y sus amigos, entre los que cuentan algunas personas del barrio que van dejando a un lado sus similitudes con el resto y empiezan a hacerse notorias, como ellos" (pág. 98).

En su novela, Burgos muestra la existencia de un país en chiquito. Ahí se concentran las desavenencias, la búsqueda del poder, las zancadillas de unos contra otros, el amiguismo, los comentarios y chismes sobre uno u otro individuo, la presencia del profesor que ejerce su poder y lleva al interior las manifestaciones de sus vicios individuales: "-Soy el profesor de Matemáticas. Me llamo Arcesio Velázquez y, para los hijos de puta, soy Perrobravo -dijo el primer día de clases. Nadie se rió. Nadie osó siquiera respirar. Se hizo silencio tan grande que pudimos escuchar claramente las presentaciones de los profesores en los otros salones" (pág. 75). Y mientras todo eso sucede, Santiago González, el personaje adolescente, lleva todo el transcurrir de los episodios, toda esa visión del mundo que narra en primera persona. Desde el lenguaje estudiantil, desde esa sumersión que se da para comprender la vida que lo acosa desde diversos escenarios que amplían o disminuyen poder, supervivencia de lo elemental frente a sus demás compañeros, Manual de pelea es la narración que busca entender el aprendizaje de los que por edad llegan sin experiencia a un cuadrilátero donde las reglas las imponen los mismos peleadores. A la fuerza, en la maduración lograda a golpes y enfrentamientos de toda índole, se debe salir de la etapa de la niñez. En la medida en que se asciende, se sube de peso pugilístico. Burgos ha establecido esta relación de fuerza y capacidad que va de menor a mayor categoría, como se hace en las clasificaciones de boxeo a través del Ranking. Pero sucede que el asunto no es tan fácil como en los pugilatos: "De igual forma que algunos se quedan enanos de cuerpo, otros nos quedamos enanos de espíritu. Este vicio me llevará a la ruina. La idea de que el tiempo pasará y no seré capaz de dejar de jugar me aterra. He intentado abandonar esta costumbre antes, pero siempre vuelvo a caer porque es el lugar donde me siento tranquilo, el refugio que me permite relajarme, no competir con alguien más ni tener miedo" (pág. 97). El enfrentamiento, la pelea a trompadas que no espera la salida del colegio porque cada quien ha de tomar el bus que lo lleva a su casa. Sobre ese designio, pocos son los que se escapan. El Ranking es una categoría donde el autor realiza descripciones; es una especie de círculo dantesco que se trae a la actualidad: "Para describir el Ranking voy a iniciar desde abajo. Escarbaré en la oscuridad del fondo mohoso, donde reposan unos pocos estudiantes de La Salle y quizás algunos bichos albinos y ciegos que no conocen la luz. En la parte baja del Ranking están los que ni siquiera se cuentan entre los últimos. Aquellos a los que nadie, por diferentes motivos, considera rivales" (pág. 49). La categorización sigue. Cada uno de esos rangos tiene un valor que sirve para personificar. Andrés Burgos crea de este modo representaciones colegiales, seres imaginarios que en muchas de sus aristas descriptivas corresponden a los que, afuera del libro, siguen en las aulas: "No creo que a Llano le importe estar en la parte baja del Ranking, apenas unos escalones arriba de Ospina. De todas formas él no parece tener problemas con nadie ni ambicionar nada diferente a lo que ya posee. En cierto modo lo envidio" (pág. 92).

Estas jerarquías corresponden con certeza a ese imaginario que en las aulas van dando trato de aprecio o desprecio entre los que están condenados a convivir en las numerosas edificaciones que desde las alturas aparenta ser Alcatraz.

Los jóvenes en el colegio no tienen otra alternativa que crecer en la travesura a velocidades que se aproximan a la de la luz. Andrés Burgos supo recoger estas dos situaciones para sincronizar con efectividad el humor a través de esos momentos que rememoran en todo lector ese estado gelatinoso de la vida que tanto peso tiene en la deformación de quienes, con privilegio, entran y permanecen en la obligada vida académica juvenil. Más allá de la psicología de ese mundo, Burgos creó en Manual de pelea un discurso propio que no es más que el discurso del drama ajeno de todos esos seres que tienen su forma de defensa frente a la presencia del mayorazgo de profesores. La narración, armada con el contexto de los personajes, está bien traída, bien dicha en la proporción de los términos, sin esa ineptitud tan burda y común que se ve en la prosa de los que no saben colocar las palabras fuertes o los estados naturales que dan transparencia a la escritura: "El único suceso respetable durante las dos horas de Lengua Materna es el pedo. La atmósfera se pone densa de un momento a otro y el Hermano tiene que interrumpir su discurso" (pág. 123).

Burgos no derrumbó hacia el abismo ni mitificó hacia el ensalzamiento ese mundo que está basado más en la sana crueldad que en la impudicia aberrante. Se trata de seres en la imprecisión, en ese estado en que las conversaciones inciertas buscan rellenar los vacíos de la inexperiencia. Nadie sabe nada. Todo es desconocimiento en el cuerpo propio que se va a la masturbación y en el cuerpo ajeno que se conquista y arma desde la ficción. En esos catorce años que se tienen en el "Octavo C", se enamoran de mujeres que están más al lado de la imaginación que de la realidad, "de esas que con sólo ver de lejos uno sabe que huelen bien -me animo yo también a participar para pensar en otra cosa" (pág. 163).

El mundo, en todos los sentidos, es una dificultad. Los personajes tampoco encuentran su libertad por fuera del colegio. La normatividad, la disciplina se extiende al bus. "Nota agregada: Tampoco resulta inteligente pelear en el bus porque aquí las faltas al código de disciplina se consideran más fuertes. No se puede comer. No se puede hablar en voz alta. No es permitido arrojar objetos por las ventanas. No nos podemos bajar en otras paradas diferentes a la nuestra" (pág. 67). En el interior del transporte escolar hay un campo de forcejeo. El poder tiene un derrotero: mantener o lograr un cambio en el puesto que les ha designado el hermano Javier, coordinador de los buses. Ahí se desgasta o se reafirma la existencia que de un modo u otro seguirá siendo afectada por el profesor que produce pánico: "Él siempre llega con su arma cargada, su dedo índice aterrador, inmenso y peludo, dispuesto a señalar a cualquiera y hacerle dos preguntas sobre el tema anterior. Le gusta elegir a quien encuentre parado, fuera de base, y se puede jurar que al señalado no le va a ir bien" (pág. 73). El prestigio entre los escolares se busca establecer con la moda. Gracias a ella el adolescente logra una forma de supervivencia, de autoestima cuando la puede usar, o caer en el limbo de los desfavorecidos que no alcanzan a tener la capacidad económica para hacer gala de ellas: "Usar unos Nike, Reebok o Adidas es como tener un seguro. No uno de vida o uno grande. Es una pequeña garantía de respeto. Pero algo es algo. Al menos cuando se toca ese tema se sabe que se podrá caminar con tranquilidad. Quien los tenga no será la víctima en esta ocasión, podrá estirar las piernas y exhibir, si no con orgullo al menos con alivio, el pasaporte para que lo dejen tranquilo un rato" (pág.81).

El Manual de pelea está estructurado con gracia y maestría en el lenguaje que da forma al mundo de cientos de miles de adolescentes que tuvieron como modelo de vida en crecimiento una serie de presiones que sólo los podía conducir al desaliento. Andrés Burgos dejó la hoja de su narración en el filo de otra posibilidad: la entrada a la vida escolar y a la familia de los estudiantes del narcotráfico. No especula sobre ese camino. Es apenas la oscuridad a la entrada del túnel. De ahí para adelante, con las puntadas que alcanza a colocar, tienen que venir nuevas modificaciones de poder, nuevo lenguaje, nueva mentalidad y nueva forma de narrar. Por el momento. Santiago González, el personaje, debe esperar tres años más para lograr un buen lugar en esa cárcel que se parece a la otra, la llamada Alcatraz.

ÁLVARO MIRANDA