Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Un espacio casi olvidado de la historia colombiana

Pero no sólo en Bogotá. Se me antoja que Vásquez tiene un don de observación y un talento particular para el acercamiento geográfico, como en sus cuentos ambientados en las Ardenas, en Bélgica, lo mismo que para la carretera que conduce de Bogotá a Medellín:

"El segundo puente (sobre el río Magdalena) era o es una especie de gran prótesis dental, metálica cuando golpean los destellos del sol sobre los rieles, frágil como la madera vieja cuando suelta esos crujidos indecentes bajo el peso de los carros". Don de observación que es capaz de encontrar que un hematoma tiene la forma de la península de La Guajira y que no desecha ni siquiera la visita a los moteles, como lo dice una de las protagonistas: "Me gustaban los moteles de La Calera. Cuando no hay nubes, cuando el aire está limpio y no hay demasiada contaminación, se ve el nevado del Ruiz. Cómo me gustaba ver el nevado del Ruiz, él me decía que un día me iba a llevar, aunque fuera peligroso. Claro que yo no le creía, tampoco soy tan ingenua". Así, vemos unos edificios en Medellín, "grises y desprovistos de cualquier adorno, como si los arquitectos hubieran decidido que vivir allí sería cosa de ascetas o, tal vez, de gente acostumbrada a pasar en sus casas el menor tiempo posible".

Hábil en recursos, Vásquez acude a menudo al símil de la gran literatura, a la definición novedosa, a la descripción inusitada e inédita: "Se dio la vuelta, pesado y torpe y solemne como un buque de guerra cambiando de rumbo." "Biografías y memorias, esas formas baratas y democráticas de la momificación". "La misa, en la iglesia penumbrosa de Cristo Rey, fue un portento de vacuidad religiosa, un inventario de sinsentidos en el cual algunos parecían encontrar sosiego".

O ésta, que se me antoja magistral: "La insultaron como suelen insultar los de adentro al de afuera". "A una mujer le llega la regla, y cuatro o cinco años después se siente segura de que se acabaron las sorpresas. Y ahí es cuando llega el mundo y te dice: nada de eso, señorita, usted no sabe un pepino". "Tal vez para ustedes los jóvenes sea difícil de entender, pero Dios para los viejos es eso: un tipo con el que hemos estado jugando escondidas demasiado tiempo".

O simples observaciones acerca de la condición humana: "La elegancia es patrimonio de quien se tiene respeto". "Esa solidaridad casi religiosa que hay entre las mujeres engañadas". "Si uno es ginecólogo no puede andar por todas partes gritando me gusta mi trabajo, me gusta mi trabajo...". "Eso es lo que uno tendría que evitar, que hubiera una historia con la gente, con los amigos, con los amantes". "Es curioso lo que darse la mano tiene de conciliador, aun a pesar nuestro. Es como desarmar una bomba...".

El argumento no voy a contarlo, pues hay también un plot de tipo policial, y un desenlace sorpresivo que no pienso desvelar al lector, que no obstante tienen cierto tono de ambigüedad, como en el mejor Henry James.

Aparte de la historia de una delación y de su "expiación", encuentro al menos dos temas profundos, subterráneos, que atraviesan el libro entero: el primero se reduce a una frase del padre de Gabriel: "Uno es las mentiras que dice". El segundo es el de la bíblica transmisión de la culpa: "... las faltas se heredan; se hereda la culpa; uno paga por lo que han hecho sus ancestros, eso lo sabe todo el mundo".

Igualmente Vásquez se interna en un espacio de la historia colombiana casi olvidado en la novela. Si acaso, y tangencialmente, ha sido tocado por Alfonso López Michelsen en Los elegidos, una novela que me agrada y me resulta muy representativa de una época en su intento de plasmar más una realidad sociológica de un país que se comienza a dibujar, que de narrar una historia determinada. Vásquez no leyó el libro de López Michelsen sino después de escribir Los informantes, aunque no desdeña reflexiones de contenido sociológico que no existían en Alina:

"Aquí parecen importar las cosas que se dicen tanto como las que se hacen, supongo que en parte por una razón que, bien mirada, es bastante tonta: todo está por construirse".

"La cadena de las infidencias, que en Colombia es tan eficaz cuando se trata de arruinar a alguien".

"El sistema de las listas negras les dio poder a los débiles, y los débiles son mayoría. Eso fue la vida durante esos años: una dictadura de la debilidad".

"El control. Eso es lo que tienes cuando haces una lista: el control absoluto. La lista manda. Una lista es un universo. Lo que no esté en la lista no existe para nadie. Una lista es la prueba de la inexistencia de Dios...".

Si se trata de internarnos en el dominio histórico, aunque nada nos obliga a hacerlo, .porque esto es literatura, y no vamos a buscarle gazapos cronológicos ni nada por el estilo (hay, por ejemplo, una bomba en los Tres Elefantes, que nunca existió pero también varios personajes reales), aparece en primer lugar el trasfondo de una historia, aún no contada, de hecho con hálitos de denuncia, de las persecuciones raciales en Colombia, primero contra los judíos (las pancartas de los taxistas bogotanos contra la contratación de taxistas judíos por parte de alguna empresa...), y luego contra los alemanes. Al final del libro hay un homenaje explícito -denuncia incluida- a Hans y Lilly Ungar, los dueños de la Librería Central, víctimas de las políticas que quiso implantar el profesor López de Mesa para evitar la llegada de judíos a Colombia. De hecho, sus padres murieron en campos de concentración alemanes en parte debido a que a Hans le fue imposible conseguirles una visa colombiana para sacarlos del Holocausto.

El libro es también la historia del hotel Nueva Europa, en la ciudad de Duitama, siempre lleno de clientes extranjeros y de políticos: el propio Gaitán, Miguel López Pumarejo, Lucas Caballero, se contaban entre sus clientes más asiduos. Y es la historia del hotel Sabaneta, en Fusagasugá, donde fueron internados todos los alemanes durante la guerra y que "parecía un veraneadero de la riviera francesa". Para el viejo Konrad, como para muchos alemanes, el internamiento fue casi un descanso, porque lo internaron "cuando ya la inclusión en la lista lo había dejado casi en la quiebra".

No sobra reseñar algunos guiños al lector "ilustrado", que irían desde MacEwan, pasando por el viejo Samuel Johnson y el malogrado Sebaid, hasta el de la semilla de fresa metida entre los dientes, que se me antoja del más puro Nabokov.

En cuanto al vocabulario, que es espléndido, sólo tengo una anotación curiosa que hacer acerca de una "caja de icopor" que aparece en alguna parte. No recuerdo si Alfredo Iriarte o Argos escribieron acerca de eso, pero sí recuerdo haberlo leído, que icopor era una sigla, algo así como "industria colombiana de poliuretano". Acudiendo a la muy cómoda interneyt, constato que se trata de la marca registrada de Basf para la espuma rígida EPS o poliestirol expansionado. No soy químico, pero sí entiendo que se trata de una patente protegida en favor de alguna raza de las otrora perseguidas en nuestro país.

LUIS H. ARISTIZÁBAL