Reseñas. Un espacio casi olvidado de la historia
colombiana
Pero no sólo en Bogotá. Se me antoja que Vásquez tiene un don de
observación y un talento particular para el acercamiento
geográfico, como en sus cuentos ambientados en las Ardenas, en
Bélgica, lo mismo que para la carretera que conduce de Bogotá a
Medellín:
"El segundo puente (sobre el río Magdalena) era o es una
especie de gran prótesis dental, metálica cuando golpean los
destellos del sol sobre los rieles, frágil como la madera vieja
cuando suelta esos crujidos indecentes bajo el peso de los
carros". Don de observación que es capaz de encontrar que un
hematoma tiene la forma de la península de La Guajira y que no
desecha ni siquiera la visita a los moteles, como lo dice una de
las protagonistas: "Me gustaban los moteles de La Calera.
Cuando no hay nubes, cuando el aire está limpio y no hay demasiada
contaminación, se ve el nevado del Ruiz. Cómo me gustaba ver el
nevado del Ruiz, él me decía que un día me iba a llevar, aunque
fuera peligroso. Claro que yo no le creía, tampoco soy tan
ingenua". Así, vemos unos edificios en Medellín, "grises
y desprovistos de cualquier adorno, como si los arquitectos
hubieran decidido que vivir allí sería cosa de ascetas o, tal vez,
de gente acostumbrada a pasar en sus casas el menor tiempo
posible".
Hábil en recursos, Vásquez acude a menudo al símil de la gran
literatura, a la definición novedosa, a la descripción inusitada e
inédita: "Se dio la vuelta, pesado y torpe y solemne como un
buque de guerra cambiando de rumbo." "Biografías y
memorias, esas formas baratas y democráticas de la
momificación". "La misa, en la iglesia penumbrosa de
Cristo Rey, fue un portento de vacuidad religiosa, un inventario de
sinsentidos en el cual algunos parecían encontrar
sosiego".

O ésta, que se me antoja magistral: "La insultaron como
suelen insultar los de adentro al de afuera". "A una
mujer le llega la regla, y cuatro o cinco años después se siente
segura de que se acabaron las sorpresas. Y ahí es cuando llega el
mundo y te dice: nada de eso, señorita, usted no sabe un
pepino". "Tal vez para ustedes los jóvenes sea difícil de
entender, pero Dios para los viejos es eso: un tipo con el que
hemos estado jugando escondidas demasiado tiempo".
O simples observaciones acerca de la condición humana: "La
elegancia es patrimonio de quien se tiene respeto". "Esa
solidaridad casi religiosa que hay entre las mujeres
engañadas". "Si uno es ginecólogo no puede andar por
todas partes gritando me gusta mi trabajo, me gusta mi
trabajo...". "Eso es lo que uno tendría que evitar, que
hubiera una historia con la gente, con los amigos, con los
amantes". "Es curioso lo que darse la mano tiene de
conciliador, aun a pesar nuestro. Es como desarmar una
bomba...".
El argumento no voy a contarlo, pues hay también un plot de tipo
policial, y un desenlace sorpresivo que no pienso desvelar al
lector, que no obstante tienen cierto tono de ambigüedad, como
en el mejor Henry James.
Aparte de la historia de una delación y de su
"expiación", encuentro al menos dos temas profundos,
subterráneos, que atraviesan el libro entero: el primero se reduce
a una frase del padre de Gabriel: "Uno es las mentiras que
dice". El segundo es el de la bíblica transmisión de la culpa:
"... las faltas se heredan; se hereda la culpa; uno paga por
lo que han hecho sus ancestros, eso lo sabe todo el
mundo".
Igualmente Vásquez se interna en un espacio de la historia
colombiana casi olvidado en la novela. Si acaso, y tangencialmente,
ha sido tocado por Alfonso López Michelsen en Los elegidos, una
novela que me agrada y me resulta muy representativa de una época
en su intento de plasmar más una realidad sociológica de un país
que se comienza a dibujar, que de narrar una historia determinada.
Vásquez no leyó el libro de López Michelsen sino después de
escribir Los informantes, aunque no desdeña reflexiones de
contenido sociológico que no existían en Alina:
"Aquí parecen importar las cosas que se dicen tanto como
las que se hacen, supongo que en parte por una razón que, bien
mirada, es bastante tonta: todo está por construirse".
"La cadena de las infidencias, que en Colombia es tan
eficaz cuando se trata de arruinar a alguien".
"El sistema de las listas negras les dio poder a los
débiles, y los débiles son mayoría. Eso fue la vida durante esos
años: una dictadura de la debilidad".
"El control. Eso es lo que tienes cuando haces una lista:
el control absoluto. La lista manda. Una lista es un universo. Lo
que no esté en la lista no existe para nadie. Una lista es la
prueba de la inexistencia de Dios...".
Si se trata de internarnos en el dominio histórico, aunque nada
nos obliga a hacerlo, .porque esto es literatura, y no vamos a
buscarle gazapos cronológicos ni nada por el estilo (hay, por
ejemplo, una bomba en los Tres Elefantes, que nunca existió pero
también varios personajes reales), aparece en primer lugar el
trasfondo de una historia, aún no contada, de hecho con hálitos de
denuncia, de las persecuciones raciales en Colombia, primero contra
los judíos (las pancartas de los taxistas bogotanos contra la
contratación de taxistas judíos por parte de alguna empresa...), y
luego contra los alemanes. Al final del libro hay un homenaje
explícito -denuncia incluida- a Hans y Lilly Ungar, los dueños de
la Librería Central, víctimas de las políticas que quiso implantar
el profesor López de Mesa para evitar la llegada de judíos a
Colombia. De hecho, sus padres murieron en campos de concentración
alemanes en parte debido a que a Hans le fue imposible conseguirles
una visa colombiana para sacarlos del Holocausto.

El libro es también la historia del hotel Nueva Europa, en la
ciudad de Duitama, siempre lleno de clientes extranjeros y de
políticos: el propio Gaitán, Miguel López Pumarejo, Lucas
Caballero, se contaban entre sus clientes más asiduos. Y es la
historia del hotel Sabaneta, en Fusagasugá, donde fueron internados
todos los alemanes durante la guerra y que "parecía un
veraneadero de la riviera francesa". Para el viejo Konrad,
como para muchos alemanes, el internamiento fue casi un descanso,
porque lo internaron "cuando ya la inclusión en la lista lo
había dejado casi en la quiebra".
No sobra reseñar algunos guiños al lector "ilustrado",
que irían desde MacEwan, pasando por el viejo Samuel Johnson y el
malogrado Sebaid, hasta el de la semilla de fresa metida entre los
dientes, que se me antoja del más puro Nabokov.
En cuanto al vocabulario, que es espléndido, sólo tengo una
anotación curiosa que hacer acerca de una "caja de
icopor" que aparece en alguna parte. No recuerdo si Alfredo
Iriarte o Argos escribieron acerca de eso, pero sí recuerdo haberlo
leído, que icopor era una sigla, algo así como "industria
colombiana de poliuretano". Acudiendo a la muy cómoda
interneyt, constato que se trata de la marca registrada de Basf
para la espuma rígida EPS o poliestirol expansionado. No soy
químico, pero sí entiendo que se trata de una patente protegida en
favor de alguna raza de las otrora perseguidas en nuestro país.
LUIS H. ARISTIZÁBAL