Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Un espacio casi olvidado de la historia colombiana

Un espacio casi olvidado de la historia colombiana

Los informantes

Juan Gabriel Vásquez,
Alfaguara, Bogotá, 2004, 402 págs.

 

Ciertamente, Juan Gabriel Vásquez es un escritor joven. Pero él mismo rechaza su inclusión en una categoría que pertenece más al mundo de la farándula que al de la literatura: "Va mal un país cuando la juventud es un salvoconducto, no digamos ya una virtud literaria". La crítica, por otra parte, realiza tan pobres acercamientos a una obra al calificarla de juvenil, como mediocre suele ser la obra. Bien mirado, no hay razón alguna para que el crítico sea superior al criticado, según el viejo precepto jurídico que dice que lo accesorio sigue a lo principal. Se cree que ya es gran cosa decir de un autor que es joven. "¿Es que en este país no hay nadie capaz de decir si escribe bien o mal?", se pregunta un personaje de Los informantes.

Pues bien, recogiendo el guante, tengo que decir que Juan Gabriel Vásquez escribe bien. Incluso muy bien. Incluso cada vez mejor. Aunque con esto tampoco digo mucho si no lo fundamento de una manera crítica.

No es el tema lo que hace que alguien escriba bien. Como señala Cortázar, hasta una piedra es interesante cuando de ella tratan un Chéjov o un Sherwood Anderson. Parodiando a Cortázar, podríamos decir que en la prosa de Vásquez una piedra es interesante, o si no léase este pasaje: "Me puse a esperarlo, sentado en uno de esos mojones que hay en todo Bogotá, esas piedras angulares, rugosas como una runa celta, con las cuales se marcaban antes las direcciones y que por alguna razón no se han quitado, aunque muchas de ellas tengan ya leyendas incorrectas (carrera donde debería decir avenida, 19 donde debería decir 30)". Aquí estamos hablando de estilo. Son el estilo y la estructura, no el tema, los que hacen que un libro y un autor sean buenos.

Desconozco si voluntaria o involuntariamente, la estructura de Los informantes es casi idéntica a la de Expiación del británico lan MacEwan. ¿Cómo lo descubro? Porque en am-. bas historias, con sus diferencias de tiempo y de lugar, aunque con un tema análogo, he respirado el mismo aire. Y conste que estoy hablando de una obra maestra de la literatura inglesa. Esto no significa que haya plagio, y es casi indiferente que se trate de una elección deliberada o simplemente casual. La estructura del inglés es efectiva. La del colombiano también. El buen escritor rara vez descubre por sí mismo. El buen escritor es un saqueador, un violador de temas, de estructuras, de estilo. El que se las da de original no demuestra más que su infinita ignorancia de todo lo que hay bajo el sol y de todos los muertos que antes de él han corrido bajo los puentes.

La historia de Los informantes, según confesión del propio autor, está tomada en parte de las conversaciones que sostuvo con una señora de origen judío que murió en 2003. Eso no quiere decir que se trate de hechos "reales" o, mejor, históricos. El propio Vásquez se considera un saqueador de historias y desearía ser ubicado como un escritor camaleón, o mejor, tiburón; es decir, aquel que consigue ser "otro" en cada libro. Vásquez saquea, roba y se apropia, como Pigmalión, como Yahvé, de todo el barro que encuentra, y le da forma, para obtener esa satisfacción curiosa y que muy pocos conocen: la del Creador: "Darle forma a la vida de los demás, robar lo que les ha pasado, que siempre es desordenado y confuso, y ponerle un orden sobre el papel". Y lo repite cuando se refiere a "los que nos dedicamos al oficio cobarde y parasitario de referir las vidas de los demás". El álter ego de Juan Gabriel Vásquez, Gabriel Santoro, se confiesa a sí mismo no sólo chismoso, sino infiel, traidor, delator, alguien que nunca ha sabido "dónde termina la amistad y comienza el reportaje".

El primer informante, el primer delator en una historia de delaciones, es, entonces, el propio escritor. El título, pues, es metáfora de su arte. La delación es, como diría Borges, el peor delito que la infamia soporta. Caigan sobre él, pues, todas las culpas de su oficio, así como, siguiendo a MacEwan, la consiguiente expiación. 

Lo más importante en este libro, para mí, no es la historia sino el lenguaje. Aunque haya disfrutado mucho de la anterior novela de Juan Gabriel Vásquez, Alina suplicante, constato una evolución que se dirige a pasos de gigante hacia la maestría. Vásquez aún no ha escrito una obra maestra. Pero ya estoy seguro de que puede hacerlo. Tiene los medios y el talento. Para fortuna del lector, Vásquez es aún una "promesa incumplida, ese delicado eufemismo". No digo que sea fácil ni que la vaya a escribir, pero va en camino. Tiene que encontrar el tema; para la obra maestra sí parece ser importante el tema. Los informantes es superior a Alina gracias al abanico de recursos literarios que exhibe y que apenas se adivinaban en la primera, que, aunque muy lograda, parece más un ensayo estilístico de un escritor ya reconocido que la segunda novela de un escritor que quiere mostrar todo lo que es capaz de hacer. Alina ensayaba un procedimiento, el cinismo absoluto, la carencia de toda consideración moral. En una historia de incesto el recurso resultó muy apropiado. Ahora, en una historia de delatores, el propio autor parece contestarme explícitamente a algo que anoté en la reseña de Alina suplicante: "La cara de palo es un mecanismo de defensa. El cinismo es un mecanismo de defensa". En Los informantes se abandona la defensa y el autor pasa al ataque...

En Vásquez hay el placer de la narración por la narración. Como de uno de sus personajes, se puede decir que no son sus palabras lo que cuenta. Lo que cuenta es su autoridad. Leerlo es un verdadero placer. En Los informantes el abanico de recursos narrativos es simplemente impresionante. La facilidad es su rasgo más distintivo. A la manera de Wiikie Collins, el escritor emplea todos los recursos a su alcance: la entrevista, la correspondencia, la transcripción literal de una conversación en lenguaje coloquial, todo lo que mejor le sirva para llevar al lector, sin que se dé cuenta, al matadero...

Las frases de Vásquez son llenas, redondas, sin grietas y, de adehala, de una efectividad pasmosa: "El éxito de mi padre era imparable, como una calumnia"... "El escenario abigarrado de Cuidados Intensivos, ese hotelucho de mal agüero"... "Me toleraban, sin reconocerme, como se tolera la presencia de un diletante en un encuentro de iniciados"... "Había cometido el error que acaso cometemos todos: hacer confidencias después del sexo"... "Acaso ésta sea otra de las herencias de mi padre: la voluntad de no ser expulsado por esta ciudad tan diestra en expulsiones".

La relación de Santoro con su padre es de un valor psicológico admirable y, para mí, lo mejor del libro: "Su forma de dirigirse a mí había estado siempre dominada por la ironía o la elipsis, esas estrategias de protección o de escondite".

A lo largo de las páginas, encontramos siempre el símil novedoso, la metáfora oculta, que abre paréntesis que dejan entrever al lector nuevos mundos en cada párrafo. Me convencen y me llenan de admiración esas imágenes visuales, especialmente eficaces en la descripción de Bogotá, que ya había señalado en Alina suplicante, como la del automóvil que pasa por la calle cuarenta y nueve: "el reflejo de su panorámico se proyectaba sobre el techo del apartamento, móvil, luminoso, un foco en busca de presos fugados". O la descripción del chorro de Quevedo, "que mi padre, según decía, no podía mencionar sin que le invadiera la cabeza la imagen de un poeta orinando".