Reseñas. Un espacio casi olvidado de la historia
colombiana
Un espacio casi olvidado de la historia
colombiana
Los informantes
Juan Gabriel Vásquez,
Alfaguara, Bogotá, 2004, 402 págs.
Ciertamente, Juan Gabriel Vásquez es un escritor joven. Pero él
mismo rechaza su inclusión en una categoría que pertenece más al
mundo de la farándula que al de la literatura: "Va mal un país
cuando la juventud es un salvoconducto, no digamos ya una virtud
literaria". La crítica, por otra parte, realiza tan pobres
acercamientos a una obra al calificarla de juvenil, como mediocre
suele ser la obra. Bien mirado, no hay razón alguna para que el
crítico sea superior al criticado, según el viejo precepto jurídico
que dice que lo accesorio sigue a lo principal. Se cree que ya es
gran cosa decir de un autor que es joven. "¿Es que en
este país no hay nadie capaz de decir si escribe bien o mal?",
se pregunta un personaje de Los informantes.
Pues bien, recogiendo el guante, tengo que decir que Juan
Gabriel Vásquez escribe bien. Incluso muy bien. Incluso cada vez
mejor. Aunque con esto tampoco digo mucho si no lo fundamento de
una manera crítica.

No es el tema lo que hace que alguien escriba bien. Como señala
Cortázar, hasta una piedra es interesante cuando de ella tratan un
Chéjov o un Sherwood Anderson. Parodiando a Cortázar, podríamos
decir que en la prosa de Vásquez una piedra es interesante, o si no
léase este pasaje: "Me puse a esperarlo, sentado en uno de
esos mojones que hay en todo Bogotá, esas piedras angulares,
rugosas como una runa celta, con las cuales se marcaban antes las
direcciones y que por alguna razón no se han quitado, aunque muchas
de ellas tengan ya leyendas incorrectas (carrera donde debería
decir avenida, 19 donde debería decir 30)". Aquí estamos
hablando de estilo. Son el estilo y la estructura, no el tema, los
que hacen que un libro y un autor sean buenos.
Desconozco si voluntaria o involuntariamente, la estructura de
Los informantes es casi idéntica a la de
Expiación del británico lan MacEwan. ¿Cómo lo
descubro? Porque en am-. bas historias, con sus diferencias de
tiempo y de lugar, aunque con un tema análogo, he respirado el
mismo aire. Y conste que estoy hablando de una obra maestra de la
literatura inglesa. Esto no significa que haya plagio, y es casi
indiferente que se trate de una elección deliberada o simplemente
casual. La estructura del inglés es efectiva. La del colombiano
también. El buen escritor rara vez descubre por sí mismo. El buen
escritor es un saqueador, un violador de temas, de estructuras, de
estilo. El que se las da de original no demuestra más que su
infinita ignorancia de todo lo que hay bajo el sol y de todos los
muertos que antes de él han corrido bajo los puentes.
La historia de Los informantes, según confesión del propio
autor, está tomada en parte de las conversaciones que sostuvo con
una señora de origen judío que murió en 2003. Eso no quiere decir
que se trate de hechos "reales" o, mejor, históricos. El
propio Vásquez se considera un saqueador de historias y desearía
ser ubicado como un escritor camaleón, o mejor, tiburón; es decir,
aquel que consigue ser "otro" en cada libro. Vásquez
saquea, roba y se apropia, como Pigmalión, como Yahvé, de todo el
barro que encuentra, y le da forma, para obtener esa satisfacción
curiosa y que muy pocos conocen: la del Creador: "Darle forma
a la vida de los demás, robar lo que les ha pasado, que siempre es
desordenado y confuso, y ponerle un orden sobre el papel". Y
lo repite cuando se refiere a "los que nos dedicamos al oficio
cobarde y parasitario de referir las vidas de los demás". El
álter ego de Juan Gabriel Vásquez, Gabriel Santoro, se confiesa a
sí mismo no sólo chismoso, sino infiel, traidor, delator, alguien
que nunca ha sabido "dónde termina la amistad y comienza el
reportaje".
El primer informante, el primer delator en una historia de
delaciones, es, entonces, el propio escritor. El título, pues, es
metáfora de su arte. La delación es, como diría Borges, el peor
delito que la infamia soporta. Caigan sobre él, pues, todas las
culpas de su oficio, así como, siguiendo a MacEwan, la consiguiente
expiación.
Lo más importante en este libro, para mí, no es la historia sino
el lenguaje. Aunque haya disfrutado mucho de la anterior novela de
Juan Gabriel Vásquez, Alina suplicante, constato una evolución que
se dirige a pasos de gigante hacia la maestría. Vásquez aún no ha
escrito una obra maestra. Pero ya estoy seguro de que puede
hacerlo. Tiene los medios y el talento. Para fortuna del lector,
Vásquez es aún una "promesa incumplida, ese delicado
eufemismo". No digo que sea fácil ni que la vaya a escribir,
pero va en camino. Tiene que encontrar el tema; para la obra
maestra sí parece ser importante el tema. Los informantes es
superior a Alina gracias al abanico de recursos literarios que
exhibe y que apenas se adivinaban en la primera, que, aunque muy
lograda, parece más un ensayo estilístico de un escritor ya
reconocido que la segunda novela de un escritor que quiere mostrar
todo lo que es capaz de hacer. Alina ensayaba un procedimiento, el
cinismo absoluto, la carencia de toda consideración moral. En una
historia de incesto el recurso resultó muy apropiado. Ahora, en una
historia de delatores, el propio autor parece contestarme
explícitamente a algo que anoté en la reseña de Alina suplicante:
"La cara de palo es un mecanismo de defensa. El cinismo es un
mecanismo de defensa". En Los informantes se abandona la
defensa y el autor pasa al ataque...

En Vásquez hay el placer de la narración por la narración. Como
de uno de sus personajes, se puede decir que no son sus palabras lo
que cuenta. Lo que cuenta es su autoridad. Leerlo es un verdadero
placer. En Los informantes el abanico de recursos narrativos es
simplemente impresionante. La facilidad es su rasgo más distintivo.
A la manera de Wiikie Collins, el escritor emplea todos los
recursos a su alcance: la entrevista, la correspondencia, la
transcripción literal de una conversación en lenguaje coloquial,
todo lo que mejor le sirva para llevar al lector, sin que se dé
cuenta, al matadero...
Las frases de Vásquez son llenas, redondas, sin grietas y, de
adehala, de una efectividad pasmosa: "El éxito de mi padre era
imparable, como una calumnia"... "El escenario abigarrado
de Cuidados Intensivos, ese hotelucho de mal agüero"...
"Me toleraban, sin reconocerme, como se tolera la presencia de
un diletante en un encuentro de iniciados"... "Había
cometido el error que acaso cometemos todos: hacer confidencias
después del sexo"... "Acaso ésta sea otra de las
herencias de mi padre: la voluntad de no ser expulsado por esta
ciudad tan diestra en expulsiones".
La relación de Santoro con su padre es de un valor psicológico
admirable y, para mí, lo mejor del libro: "Su forma de
dirigirse a mí había estado siempre dominada por la ironía o la
elipsis, esas estrategias de protección o de escondite".
A lo largo de las páginas, encontramos siempre el símil
novedoso, la metáfora oculta, que abre paréntesis que dejan
entrever al lector nuevos mundos en cada párrafo. Me convencen y me
llenan de admiración esas imágenes visuales, especialmente eficaces
en la descripción de Bogotá, que ya había señalado en Alina
suplicante, como la del automóvil que pasa por la calle cuarenta y
nueve: "el reflejo de su panorámico se proyectaba sobre el
techo del apartamento, móvil, luminoso, un foco en busca de presos
fugados". O la descripción del chorro de Quevedo, "que mi
padre, según decía, no podía mencionar sin que le invadiera la
cabeza la imagen de un poeta orinando".