Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Una conspiración de monjes medievales

También son mencionados los seis tomos del Juan Cristóbal de Romain Rolland, El principito de SaintExupéry ("un autor francés que el mundo entero admira más que los franceses"), Las mil y una noches (en una versión desinfectada para niños), Los idus de marzo de Thornton Wilder, Leopardi...

García Márquez ha anotado la influencia mágica que tienen algunas piezas musicales sobre la inspiración del artista; por ejemplo, en la audición de la música de cámara de Fauré y, por supuesto, en la de los célebres compositores de la letra be. En la Diatriba de amor contra un hombre sentado podemos leer: "Me diste a probar el veneno de Bach, de Beethoven, de Brahms, de Bartók, y claro, de los Beatles, las cinco bes sin las cuales ya no se puede seguir viviendo". En algún otro lugar comenta al respecto: "Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bozart". Y agrega: "Alvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla a favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es oiseau de malheur, es decir, pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé, desde entonces, en incluir a los Beatles". Pero si se trata de las bes sin las cuales no se puede vivir, algunos incluiríamos entonces al propio Borges en esa extraña lista.

Pues bien, en la Memoria de mis putas tristes, las referencias musicales se extienden en un abanico inusitado, de quien ya conoce y quiere compartir un mundo que ha terminado por descubrir y hacer propio, tanto que el libro podría ser acompañado por una discografía anexa, que me permito esbozar:

  1. Las seis suites para violonchelo solo de Juan Sebastián Bach, "en la versión definitiva de don Pablo Casáis". "Las tengo como lo más sabio de toda la música"... "Me adormecí con la segunda, que me parece un poco remolona, y en el sueño revolví la quejumbre del chelo con la de un buque triste que se fue".
  2. Los veinticuatro preludios de Chopin por Stefan Askenase. (Que estuvieron por fuera de catálogo durante muchos años y no habían aparecido aún en versión digital y que han sido recientemente reeditados por la Deutsche Grammophon: Stefan Askenase, The Complete i95os Chopin Recordings). 
  3. La sonata para violín y piano de César Frank, por Jacques Thibault y Alfred Cortot ("una interpretación gloriosa"). Emi, Reference.
  4. La rapsodia para clarinete y orquesta de Wagner (¿probablemente inexistente?).
  5. La rapsodia para saxofón de Debussy. (Versión recomendada: John Harte, Emi).
  6. El quinteto para cuerdas de Bruckner, "que es un remanso edénico en el cataclismo de su obra". (Versión recomendada: L'Archibudelli, Sony).
  7. La obra para piano de Satie (la lírica ascética de Satie).
  8. La sonata número uno para violín y piano de Brahms. (Versión recomendada: Periman y Barenboim, Sony).

Desde luego no podía faltar Johannes Brahms, compositor que tiene una extraña y vivificante presencia en la poesía y en las letras. Jorge Luís Borges, que por lo demás dedicó un poema al compositor alemán, decía haber observado que había una música que lo estimulaba, la música de Brahms, en tanto otras lo descorazonaban. Así, en una entrevista declaraba: "Desgraciadamente soy un sordo musical. Cuando trabajaba con Bioy Casares, su mujer Silvina Ocampo, ponía discos. Notábamos que había algunos que no nos ayudaban como los de Debussy y otros que nos estimulaban como Brahms. Le pedíamos a ella que pusiera sus discos mientras escribíamos. No sé si atendíamos, pero allí estaba esa música fluyendo y algo nos exaltaba, era Brahms".

* * *

Pero lo más interesante de este libro gira alrededor de dos hechos obscenos que acompañaron el lanzamiento del libro. Primero, la famosa edición "falsa" que supuestamente saldría al mercado para despistar a los autores de las ediciones piratas que se venden en los semáforos. Aunque finalmente se supo que la tal edición falsa nunca existió, hay quien me asegura que sí la hubo y que apareció especialmente en la edición peruana. En cualquier caso, tal estrategia editorial no puede hacer más que convertir en joya bibliográfica, y por tanto mucho más preciada, a los ejemplares de la edición "falsa" que con el tiempo se cotizarán a precios exorbitantes.

El segundo hecho: Una directiva europea obliga a introducir expresamente, en los libros para España, la siguiente leyenda: "Quedan rigurosamente prohibidas sin la autorización escrita del titular del 'Copyright', bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos".

Por un error involuntario, los editores dejaron la leyenda en toda la edición para Latinoamérica. Seis meses después, alguien se enteró y el escándalo estalló en la prensa. ¿No se permite el préstamo de este libro en las bibliotecas? Consultados sobre el particular, tanto el autor como los directores de las bibliotecas públicas coincidieron en afirmar que el único efecto que tendría semejante norma en un medio como el nuestro sería el de alejar aún más a los ya poquísimos lectores existentes.

De lo que se trata, en el fondo de todo esto, es de tratar de evitar la reproducción, por medios electrónicos, de los libros. Durante el año siguiente al nacimiento de la imprenta, en diversos monasterios de Occidente se intentó fraguar una conspiración de monjes copistas en contra del nuevo invento, condenándolo como cosa antinatural y satánica. Pretendían que, después de tantos siglos de trabajo, los derechos por el invento debían seguir siendo recaudados por ellos. De espíritu más libre y adaptable, los monjes alemanes decidieron que era mejor aplicar el invento que condenarlo. Así, publicaron entre otros la obra de Américo Vespucio y el mapa de América de Martín Waídsemuller... España se quedó así, para empezar, sin el nombre del continente descubierto.

Hoy, los monjes copistas, desbordados por la tecnología, siguen dando palos de ciego, tratando de tapar el sol con las manos y pretendiendo que la reproducción electrónica y masiva de documentos no sea permitida... El mundo que quieren podría parecerse en unos años menos al 1984 de Orweil o al mundo feliz de Huxiey que al del Fahrenheit 451 de Bradbury.

A mí esa idea me pone la carne de gallina. Acaso el destino de la humanidad se decidió el día en que los Bill Gates, en su tonta ceguera, consideraron que la tal Internet no era más que un jueguito de estudiantes fantasiosos. Internet, por una casualidad milagrosa, está hoy en manos nuestras, de la humanidad entera. Si en ese momento los tentáculos de la globalización o los Estados lo hubieran advertido, se habrían apropiado de la novedad y hoy tendríamos algo muy parecido a la predicción de Bradbury...

En su empeño por defender sus intereses, los tiburones multinacionales quieren perseguir a los usuarios. En el momento de escribir esta reseña, en Francia el diario Nouvelle Observateur ha iniciado una campaña para que los jueces no caigan sobre el usuario de Internet, en tanto que en Brasil, estimulados por una visita del señor Bush, están intentando cerrar todos los negocios de fotocopias.

Hay fenómenos que se deben combatir, sin duda. Pero no se puede combatir la pornografía en Internet combatiendo a los que intercambian cultura. La cultura es de todos y no hay derechos de autor que la puedan limitar. No se puede combatir la piratería combatiendo a los usuarios de Internet, ni a la inmensa economía informal que en nuestros países vive de sacar fotocopias, así como no se puede combatir al sicariato combatiendo a los dueños de motocicletas.

¿Qué es lo que la gente está dispuesta a comprar? Lo de siempre: pan y circo. El comunismo fracasó estruendosamente al intentar que el Estado distribuyera ambos. El capitalismo fracasó estruendosamente al abandonar todas las demás actividades humanas a la avaricia de estas dos primeras.

Está bien que desaparezca el comunismo, pero eso no quiere decir que tengamos que aceptar un capitalismo salvaje que hace que cada media hora un engendro como Michael Jackson gane más dinero que Albert Einstein en toda su vida.

LUIS H. ARISTIZÁBAL