Reseñas. Una conspiración de monjes medievales
También son mencionados los seis tomos del Juan
Cristóbal de Romain Rolland, El principito de
SaintExupéry ("un autor francés que el mundo entero admira más
que los franceses"), Las mil y una noches (en una
versión desinfectada para niños), Los idus de marzo de
Thornton Wilder, Leopardi...
García Márquez ha anotado la influencia mágica que tienen
algunas piezas musicales sobre la inspiración del artista; por
ejemplo, en la audición de la música de cámara de Fauré y, por
supuesto, en la de los célebres compositores de la letra be. En la
Diatriba de amor contra un hombre sentado podemos
leer: "Me diste a probar el veneno de Bach, de Beethoven, de
Brahms, de Bartók, y claro, de los Beatles, las cinco bes sin las
cuales ya no se puede seguir viviendo". En algún otro lugar
comenta al respecto: "Alguien volvió a decir la misma tontería
de siempre: que se incluyera a Bozart". Y agrega: "Alvaro
Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad
irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a
Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla a favor de
Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la
superstición de que es oiseau de malheur, es decir, pájaro
de mal agüero. En cambio, me empeñé, desde entonces, en
incluir a los Beatles". Pero si se trata de las bes sin las
cuales no se puede vivir, algunos incluiríamos entonces al propio
Borges en esa extraña lista.
Pues bien, en la Memoria de mis putas tristes,
las referencias musicales se extienden en un abanico inusitado, de
quien ya conoce y quiere compartir un mundo que ha terminado por
descubrir y hacer propio, tanto que el libro podría ser acompañado
por una discografía anexa, que me permito esbozar:
- Las seis suites para violonchelo solo de Juan Sebastián Bach,
"en la versión definitiva de don Pablo Casáis". "Las
tengo como lo más sabio de toda la música"... "Me
adormecí con la segunda, que me parece un poco remolona, y en el
sueño revolví la quejumbre del chelo con la de un buque triste que
se fue".
- Los veinticuatro preludios de Chopin por Stefan Askenase. (Que
estuvieron por fuera de catálogo durante muchos años y no habían
aparecido aún en versión digital y que han sido recientemente
reeditados por la Deutsche Grammophon: Stefan Askenase, The
Complete i95os Chopin Recordings).
- La sonata para violín y piano de César Frank, por Jacques
Thibault y Alfred Cortot ("una interpretación gloriosa").
Emi, Reference.
- La rapsodia para clarinete y orquesta de Wagner
(¿probablemente inexistente?).
- La rapsodia para saxofón de Debussy. (Versión recomendada: John
Harte, Emi).
- El quinteto para cuerdas de Bruckner, "que es un remanso
edénico en el cataclismo de su obra". (Versión recomendada:
L'Archibudelli, Sony).
- La obra para piano de Satie (la lírica ascética de Satie).
- La sonata número uno para violín y piano de Brahms. (Versión
recomendada: Periman y Barenboim, Sony).
Desde luego no podía faltar Johannes Brahms, compositor que
tiene una extraña y vivificante presencia en la poesía y en las
letras. Jorge Luís Borges, que por lo demás dedicó un poema al
compositor alemán, decía haber observado que había una música que
lo estimulaba, la música de Brahms, en tanto otras lo
descorazonaban. Así, en una entrevista declaraba:
"Desgraciadamente soy un sordo musical. Cuando trabajaba con
Bioy Casares, su mujer Silvina Ocampo, ponía discos. Notábamos que
había algunos que no nos ayudaban como los de Debussy y otros que
nos estimulaban como Brahms. Le pedíamos a ella que pusiera sus
discos mientras escribíamos. No sé si atendíamos, pero allí estaba
esa música fluyendo y algo nos exaltaba, era Brahms".
* * *
Pero lo más interesante de este libro gira alrededor de dos
hechos obscenos que acompañaron el lanzamiento del libro. Primero,
la famosa edición "falsa" que supuestamente saldría al
mercado para despistar a los autores de las ediciones piratas que
se venden en los semáforos. Aunque finalmente se supo que la tal
edición falsa nunca existió, hay quien me asegura que sí la hubo y
que apareció especialmente en la edición peruana. En cualquier
caso, tal estrategia editorial no puede hacer más que convertir en
joya bibliográfica, y por tanto mucho más preciada, a los
ejemplares de la edición "falsa" que con el tiempo se
cotizarán a precios exorbitantes.

El segundo hecho: Una directiva europea obliga a introducir
expresamente, en los libros para España, la siguiente leyenda:
"Quedan rigurosamente prohibidas sin la autorización escrita
del titular del 'Copyright', bajo las sanciones establecidas en las
leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento
informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante
alquiler o préstamo públicos".
Por un error involuntario, los editores dejaron la leyenda en
toda la edición para Latinoamérica. Seis meses después, alguien se
enteró y el escándalo estalló en la prensa. ¿No se permite
el préstamo de este libro en las bibliotecas? Consultados sobre el
particular, tanto el autor como los directores de las bibliotecas
públicas coincidieron en afirmar que el único efecto que tendría
semejante norma en un medio como el nuestro sería el de alejar aún
más a los ya poquísimos lectores existentes.
De lo que se trata, en el fondo de todo esto, es de tratar de
evitar la reproducción, por medios electrónicos, de los libros.
Durante el año siguiente al nacimiento de la imprenta, en diversos
monasterios de Occidente se intentó fraguar una conspiración de
monjes copistas en contra del nuevo invento, condenándolo como cosa
antinatural y satánica. Pretendían que, después de tantos siglos de
trabajo, los derechos por el invento debían seguir siendo
recaudados por ellos. De espíritu más libre y adaptable, los monjes
alemanes decidieron que era mejor aplicar el invento que
condenarlo. Así, publicaron entre otros la obra de Américo Vespucio
y el mapa de América de Martín Waídsemuller... España se quedó así,
para empezar, sin el nombre del continente descubierto.
Hoy, los monjes copistas, desbordados por la tecnología, siguen
dando palos de ciego, tratando de tapar el sol con las manos y
pretendiendo que la reproducción electrónica y masiva de documentos
no sea permitida... El mundo que quieren podría parecerse en unos
años menos al 1984 de Orweil o al mundo feliz de Huxiey que al del
Fahrenheit 451 de Bradbury.

A mí esa idea me pone la carne de gallina. Acaso el destino de
la humanidad se decidió el día en que los Bill Gates, en su tonta
ceguera, consideraron que la tal Internet no era más que un
jueguito de estudiantes fantasiosos. Internet, por una casualidad
milagrosa, está hoy en manos nuestras, de la humanidad entera. Si
en ese momento los tentáculos de la globalización o los Estados lo
hubieran advertido, se habrían apropiado de la novedad y hoy
tendríamos algo muy parecido a la predicción de Bradbury...
En su empeño por defender sus intereses, los tiburones
multinacionales quieren perseguir a los usuarios. En el momento de
escribir esta reseña, en Francia el diario Nouvelle Observateur ha
iniciado una campaña para que los jueces no caigan sobre el usuario
de Internet, en tanto que en Brasil, estimulados por una visita del
señor Bush, están intentando cerrar todos los negocios de
fotocopias.
Hay fenómenos que se deben combatir, sin duda. Pero no se puede
combatir la pornografía en Internet combatiendo a los que
intercambian cultura. La cultura es de todos y no hay derechos de
autor que la puedan limitar. No se puede combatir la piratería
combatiendo a los usuarios de Internet, ni a la inmensa economía
informal que en nuestros países vive de sacar fotocopias, así como
no se puede combatir al sicariato combatiendo a los dueños de
motocicletas.
¿Qué es lo que la gente está dispuesta a comprar? Lo de
siempre: pan y circo. El comunismo fracasó estruendosamente al
intentar que el Estado distribuyera ambos. El capitalismo fracasó
estruendosamente al abandonar todas las demás actividades humanas a
la avaricia de estas dos primeras.
Está bien que desaparezca el comunismo, pero eso no quiere decir
que tengamos que aceptar un capitalismo salvaje que hace que cada
media hora un engendro como Michael Jackson gane más dinero que
Albert Einstein en toda su vida.
LUIS H. ARISTIZÁBAL