Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Una conspiración de monjes medievales

Una conspiración de monjes medievales

Memoria de mis putas tristes

Gabriel García Márquez
Mondadori y Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2004, 109 págs.

 

A pesar de haber transcurrido ya más de un año después de su publicación, la reseña de un libro como éste, leído por casi todo el mundo, resulta aún notoriamente apresurada. Por lo tanto, no consiste en decirle al lector por qué razón debería o no leerlo -él ya lo sabe y no necesita que se le repita-, sino tratar de ayudarle a justificar las razones de sus afinidades o de sus rechazos. 

Ya dejamos atrás las superficiales opiniones de coctel, unas muy positivas, otras muy negativas, en cualquier caso bastante polarizadas. Dejemos, pues, que el tiempo decante y nos diga dentro de un siglo cuál es el lugar que este "cuento largo", que los editores se arreglaron para meter en 109 páginas cuando cabía en 30, ocupa en la obra de García Márquez.

Lo que sí podemos tratar de desvelar ya son los varios tópicos que se han empleado, con previsible persistencia, para admirar o repudiar el librito y, sobre todo, la obscena parafernalia que acompañó su lanzamiento, obscenidad que podemos alargar hasta las opiniones sobre el mismo libro, que han sido tan poco variadas como polarizadas.

Este librito ha suscitado desde la reverencia y el endiosamiento, hasta el asco y la repulsión totales. Miremos en primer lugar los tópicos puramente literarios. Algunos han admirado la pequeña obra maestra que funciona como un mecanismo de relojería y han equiparado la perfección literaria de la Memoria con la de El coronel no tiene quien le escriba. Para otros, se trata del manido recurso a una fórmula anacrónica ya agotada, y este libro no hace más que llover sobre mojado. Otros aceptan que la fórmula es la misma, pero encontraron otras cosas en el libro.

El título mismo constituye una provocación, cuando no una invitación a la obscenidad crítica y de mercadeo. Si bien la palabra puta, en el título, puede ser una provocación, en todo caso no es una novedad... Putas hay a porfía en títulos de muchos autores (se me ocurren, entre los mejores, Berberova y Sartre). Lo que personalmente me ha llamado la atención es que el título poco y nada tiene que ver con el contenido. Aquí no hay putas ni tristezas sino apenas de refilón. Más bien parece que se trata de uno de esos títulos que un autor va guardando a lo largo de los años con la esperanza de ponérselo a algún libro, así finalmente tenga que empotrárselo con ayuda de un calzador.

El tópico de insinuar un plagio de Kawabata me parece una absoluta tontería. Bien lo señaló, con cierta ironía, Mario Jursich: si Gabo no lo anota en el epígrafe, nadie lo hubiera notado. Este tipo de crítica, que se sustenta en el bagaje cultural del lector, sí que es peligroso. Más que la cultura, lo que suele mostrar es la incultura del lector y su mísero acervo de lecturas. Kawabata resulta ser un escritor muy inferior a Gabo, a pesar del Nobel común. ¿Cómo puede especularse que se trate de un plagio, cuando los recursos literarios de ambos autores son absolutamente disímiles y el tema mismo se desarrolla dentro de dos culturas refractarias? El que sostiene una opinión semejante se expone a comentarios como el de Álvaro Mutis sobre Miguel Ángel Asturias, a quien llamó "pobre diablo" por haber dicho, con el atrevimiento propio de quien tiene encima pocas y malas lecturas, que Cien años de soledad era un plagio de La búsqueda de lo absoluto de Balzac.

Lo que sí acerca la obra de Gabo a la de Kawabata, es que ambos libros retratan sociedades machistas en grado sumo. Y esto nos lleva al primer tópico extraliterario, que ha sido poco anotado, pero en el fondo del cual subyace la repugnancia con la cual ha sido leída por "algunos", y sobre todo por "algunas", esta historia: el de la absoluta desconsideración hacia la mujer. En la Memoria de mis putas tristes no solamente la mujer carece de toda importancia, sino que casi ni siquiera ocupa su tradicional papel de objeto sexual para satisfacer el deseo masculino. El mayor elogio que logra tributar a alguna es el de sus poderes en la cama: "era fácil imaginarse el poder de demolición que debía tener en la penumbra". En el mejor de los casos las observa como un Proust tropical: "Pasaban pedaleando como venadas; bellas, disponibles, listas para ser atrapadas a la gallina ciega".

Pero cualquier objeción en este terreno que pueda hacérsele al libro, no lo olvidemos, es de carácter moral, no literario. Aunque esto no tiene nada que ver con la calidad literaria de la obra, es una simple constatación de orden sociológico. A mí me molesta mucho que se dé un trato indigno e indignante a la mujer. Pero también profeso que el estilo puede salvar cualquier tema y que no hay temas en sí prohibidos por inmorales, aunque sí posturas repugnantes que pueden llegar a menoscabar el estilo, sobre todo cuando se descubre que el propio autor no se siente a gusto con lo que está escribiendo y termina encontrando que su posición envuelve una falsedad moral y ésta se le convierte en falsedad literaria... Pero si algo hay que condenar en este sentido, no sería la prosa de Gabo, sino el machismo puro y simple dentro del cual ha vivido toda su vida, el machismo costeño si se quiere, o, para no ofender, el machismo colombiano, el machismo latinoamericano y el machismo universal, pues hay para todos...

Bien es cierto que el libro no pertenece al ciclo "Macondo", abandonado desde Cien años de soledad... La Memoria pertenece más bien a un ciclo que podríamos llamar "episodios de la vida de la costa", en el cual sólo hay dos obras, Crónica de una muerte anunciada y, sobre todo, El amor en los tiempos del cólera, que es con el que más afinidades temáticas tiene. Pero podemos verlo también desde la perspectiva de sus Memorias. El autor puede alegar que no está inventando nada más que una historia posible dentro del mundo en el que ha vivido. Mientras escribía sus memorias de adultez, Gabo, sabiéndose enfermo, ha debido pensar en su vejez, una edad que posiblemente no llegaría a vivir, y ello puede haberle llevado, acaso inconscientemente, a escribir en el pasado las improbables memorias de su vejez. Gabriel García Márquez debe de sentirse como el héroe de Mutis en el Tríptico de mar y tierra: "Cuando logré ponerme en pie y caminar un poco ya estaba curado, pero me sentía como un nonagenario que trata de aprovechar sus últimos meses de vida". También es la autobiografía del García Márquez que habría sido si se hubiera quedado para siempre en provincia como periodista. Desde este punto de vista, podría hablarse también de un homenaje al Henry James de The Jolly Córner.

El tratamiento que da en este libro a los sentimientos de un anciano es notable y sus reflexiones sobre la vejez muy interesantes y risueñas:

"La verdad es que los primeros cambios son tan lentos que apenas si se notan, y uno sigue viéndose desde dentro como había sido siempre, pero los otros los advierten desde fuera".

"Mi edad sexual no me preocupó nunca, porque mis poderes no dependían tanto de mí como de ellas, y ellas saben el cómo y el porqué cuando quieren".

"Empecé a medir la vida no por años sino por décadas. La de los cincuenta había sido decisiva porque tomé conciencia de que casi todo el mundo era menor que yo. La de los sesenta fue la más intensa por la sospecha de que ya no me quedaba tiempo para equivocarme. La de los setenta fue temible por una cierta posibilidad de que fuera la última".

Quiero señalar, eso sí, un tópico que es muy novedoso en la obra de García Márquez: el de la referencia culta, el guiño de ojo al buen lector y al amante de la música. Lo que ocurre es que ahora el autor se atreve a algo a lo que quizá antes no se sintió seguro. Las menciones literarias abundan, y abarcan un amplio espectro, desde las dos primeras series de los Episodios nacionales de don Benito Pérez Galdós (guiño de ojo a Mutis), pasando por La montaña mágica, "que me enseñó a entender los humores de mi madre desnaturalizados por la tisis", hasta sus libros cómplices: los dos tomos del Primer Diccionario Ilustrado de la Real Academia, de 1903; el Tesoro de la lengua castellana o española de don Sebastián de Covarrubias; la gramática de don Andrés Bello, "por si hubiera alguna duda semántica, como es de rigor"; el Diccionario ideológico de don Julio Casares, el Vocabolario della lingua italiana de Nicola Zingarelli, y el diccionario de latín.