Reseñas. Una conspiración de monjes medievales
Una conspiración de monjes medievales
Memoria de mis putas tristes
Gabriel García Márquez
Mondadori y Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2004, 109 págs.
A pesar de haber transcurrido ya más de un año después de su
publicación, la reseña de un libro como éste, leído por casi todo
el mundo, resulta aún notoriamente apresurada. Por lo tanto, no
consiste en decirle al lector por qué razón debería o no leerlo -él
ya lo sabe y no necesita que se le repita-, sino tratar de ayudarle
a justificar las razones de sus afinidades o de sus
rechazos.
Ya dejamos atrás las superficiales opiniones de coctel, unas muy
positivas, otras muy negativas, en cualquier caso bastante
polarizadas. Dejemos, pues, que el tiempo decante y nos diga dentro
de un siglo cuál es el lugar que este "cuento largo", que
los editores se arreglaron para meter en 109 páginas cuando cabía
en 30, ocupa en la obra de García Márquez.
Lo que sí podemos tratar de desvelar ya son los varios tópicos
que se han empleado, con previsible persistencia, para admirar o
repudiar el librito y, sobre todo, la obscena parafernalia que
acompañó su lanzamiento, obscenidad que podemos alargar hasta las
opiniones sobre el mismo libro, que han sido tan poco variadas como
polarizadas.
Este librito ha suscitado desde la reverencia y el
endiosamiento, hasta el asco y la repulsión totales. Miremos en
primer lugar los tópicos puramente literarios. Algunos han admirado
la pequeña obra maestra que funciona como un mecanismo de relojería
y han equiparado la perfección literaria de la Memoria con la de El
coronel no tiene quien le escriba. Para otros, se trata del manido
recurso a una fórmula anacrónica ya agotada, y este libro no hace
más que llover sobre mojado. Otros aceptan que la fórmula es la
misma, pero encontraron otras cosas en el libro.

El título mismo constituye una provocación, cuando no una
invitación a la obscenidad crítica y de mercadeo. Si bien la
palabra puta, en el título, puede ser una provocación, en todo caso
no es una novedad... Putas hay a porfía en títulos de muchos
autores (se me ocurren, entre los mejores, Berberova y Sartre). Lo
que personalmente me ha llamado la atención es que el título poco y
nada tiene que ver con el contenido. Aquí no hay putas ni tristezas
sino apenas de refilón. Más bien parece que se trata de uno de esos
títulos que un autor va guardando a lo largo de los años con la
esperanza de ponérselo a algún libro, así finalmente tenga que
empotrárselo con ayuda de un calzador.
El tópico de insinuar un plagio de Kawabata me parece una
absoluta tontería. Bien lo señaló, con cierta ironía, Mario
Jursich: si Gabo no lo anota en el epígrafe, nadie lo hubiera
notado. Este tipo de crítica, que se sustenta en el bagaje cultural
del lector, sí que es peligroso. Más que la cultura, lo que suele
mostrar es la incultura del lector y su mísero acervo de lecturas.
Kawabata resulta ser un escritor muy inferior a Gabo, a pesar del
Nobel común. ¿Cómo puede especularse que se trate de un
plagio, cuando los recursos literarios de ambos autores son
absolutamente disímiles y el tema mismo se desarrolla dentro de dos
culturas refractarias? El que sostiene una opinión semejante se
expone a comentarios como el de Álvaro Mutis sobre Miguel Ángel
Asturias, a quien llamó "pobre diablo" por haber dicho,
con el atrevimiento propio de quien tiene encima pocas y malas
lecturas, que Cien años de soledad era un plagio de La
búsqueda de lo absoluto de Balzac.

Lo que sí acerca la obra de Gabo a la de Kawabata, es que ambos
libros retratan sociedades machistas en grado sumo. Y esto nos
lleva al primer tópico extraliterario, que ha sido poco anotado,
pero en el fondo del cual subyace la repugnancia con la cual ha
sido leída por "algunos", y sobre todo por
"algunas", esta historia: el de la absoluta
desconsideración hacia la mujer. En la Memoria de mis
putas tristes no solamente la mujer carece de toda
importancia, sino que casi ni siquiera ocupa su tradicional papel
de objeto sexual para satisfacer el deseo masculino. El mayor
elogio que logra tributar a alguna es el de sus poderes en la cama:
"era fácil imaginarse el poder de demolición que debía tener
en la penumbra". En el mejor de los casos las observa como un
Proust tropical: "Pasaban pedaleando como venadas; bellas,
disponibles, listas para ser atrapadas a la gallina
ciega".
Pero cualquier objeción en este terreno que pueda hacérsele al
libro, no lo olvidemos, es de carácter moral, no literario. Aunque
esto no tiene nada que ver con la calidad literaria de la obra, es
una simple constatación de orden sociológico. A mí me molesta mucho
que se dé un trato indigno e indignante a la mujer. Pero también
profeso que el estilo puede salvar cualquier tema y que no hay
temas en sí prohibidos por inmorales, aunque sí posturas
repugnantes que pueden llegar a menoscabar el estilo, sobre todo
cuando se descubre que el propio autor no se siente a gusto con lo
que está escribiendo y termina encontrando que su posición envuelve
una falsedad moral y ésta se le convierte en falsedad literaria...
Pero si algo hay que condenar en este sentido, no sería la prosa de
Gabo, sino el machismo puro y simple dentro del cual ha vivido toda
su vida, el machismo costeño si se quiere, o, para no ofender, el
machismo colombiano, el machismo latinoamericano y el machismo
universal, pues hay para todos...
Bien es cierto que el libro no pertenece al ciclo
"Macondo", abandonado desde Cien años de soledad...
La Memoria pertenece más bien a un ciclo que podríamos llamar
"episodios de la vida de la costa", en el cual sólo hay
dos obras, Crónica de una muerte anunciada y, sobre todo,
El amor en los tiempos del cólera, que es con el que más
afinidades temáticas tiene. Pero podemos verlo también desde la
perspectiva de sus Memorias. El autor puede alegar que no
está inventando nada más que una historia posible dentro del mundo
en el que ha vivido. Mientras escribía sus memorias de adultez,
Gabo, sabiéndose enfermo, ha debido pensar en su vejez, una edad
que posiblemente no llegaría a vivir, y ello puede haberle llevado,
acaso inconscientemente, a escribir en el pasado las improbables
memorias de su vejez. Gabriel García Márquez debe de sentirse como
el héroe de Mutis en el Tríptico de mar y tierra:
"Cuando logré ponerme en pie y caminar un poco ya estaba
curado, pero me sentía como un nonagenario que trata de aprovechar
sus últimos meses de vida". También es la autobiografía del
García Márquez que habría sido si se hubiera quedado para siempre
en provincia como periodista. Desde este punto de vista, podría
hablarse también de un homenaje al Henry James de The Jolly
Córner.
El tratamiento que da en este libro a los sentimientos de un
anciano es notable y sus reflexiones sobre la vejez muy
interesantes y risueñas:
"La verdad es que los primeros cambios son tan lentos que
apenas si se notan, y uno sigue viéndose desde dentro como había
sido siempre, pero los otros los advierten desde fuera".
"Mi edad sexual no me preocupó nunca, porque mis poderes no
dependían tanto de mí como de ellas, y ellas saben el cómo y el
porqué cuando quieren".

"Empecé a medir la vida no por años sino por décadas. La de
los cincuenta había sido decisiva porque tomé conciencia de que
casi todo el mundo era menor que yo. La de los sesenta fue la más
intensa por la sospecha de que ya no me quedaba tiempo para
equivocarme. La de los setenta fue temible por una cierta
posibilidad de que fuera la última".
Quiero señalar, eso sí, un tópico que es muy novedoso en la obra
de García Márquez: el de la referencia culta, el guiño de ojo al
buen lector y al amante de la música. Lo que ocurre es que ahora el
autor se atreve a algo a lo que quizá antes no se sintió seguro.
Las menciones literarias abundan, y abarcan un amplio espectro,
desde las dos primeras series de los Episodios nacionales de don
Benito Pérez Galdós (guiño de ojo a Mutis), pasando por La
montaña mágica, "que me enseñó a entender los humores
de mi madre desnaturalizados por la tisis", hasta sus libros
cómplices: los dos tomos del Primer Diccionario Ilustrado de la
Real Academia, de 1903; el Tesoro de la lengua castellana o
española de don Sebastián de Covarrubias; la gramática de don
Andrés Bello, "por si hubiera alguna duda semántica, como es
de rigor"; el Diccionario ideológico de don Julio
Casares, el Vocabolario della lingua italiana de Nicola
Zingarelli, y el diccionario de latín.