Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.


Reseñas. El síntoma, ¿de qué?

Al final del cuento aparece el sacerdote, igual que en La agonía, terminando de rezar un responso. La ensoñación, el monólogo del personaje, pareciera tomarse el cuento, ¿todo fue un delirio?, ¿hasta qué punto? Técnica difícil ésta; uno de sus maestros es Ambrose Bierce, cuyo cuento genial. Un suceso en el puente sobre el río Owl, muestra el poder del delirio, esa loca de la casa que es la imaginación, igual que lo revela Lars von Trier en su película La bailarina en la oscuridad, donde también se traza un camino delirante, vía el poder de la música, al patíbulo, al último instante. Vale mencionar también, en este contexto, el impactante cuento de Friedrich Dürrenmatt, Avería, donde al viajante de comercio que se vara en el camino a su casa familiar, pasa la noche en una hostería bajo el mismo signo fatídico de la horca, trazado por inquietantes huéspedes de la ley. En otro de los cuentos de este libro que reseñamos, La soga, y en un tercero, largo. Crónica de la muerte de Gabriela, la pitonisa, reaparece el camino a la horca, al lazo que se pone en torno al cuello un cura airado y sin remedio, no sin antes maldecir al pueblo y a la desalmada turba que ultraja y asesina con amores-perros, A mordiscos, a su recién encontrada y amada Gabriela, objeto de escándalo, contorsionista del circo y luego pitonisa en el pueblo, quien lee el destino en las cartas, y le dice al cura, al verlo llegar a su cambuche en la calle: "Llegó usted a la hora precisa, padre [...] Lo esperaba. Hace tiempos que los astros dispusieron nuestro encuentro, por eso vine, porque no se puede burlar el destino, vine para usted". Más adelante: "Esa tarde no hubo misa, ni campanas a rebato, ni confesiones. Era extraña, completamente desconocida la iglesia apagada" (pág. 141). El cura se arrejunta con la bruja y no vuelve a oficiar, hasta propiciar con su propia mano el final fatal.

Dice el Quijote que todo camino es bueno como se acabe, si no es el que va a la horca. En la literatura -igual que en el cine o la pintura-, como en el caso mencionado de Ambrose Bierce, puede incluso suceder que un camino a la horca sea bueno, si lo traza una obra consistente, compacta, engendrando y produciendo lo que toda obra artística: siendo una plegaria, libera una plegaria en el lector o vidente. Sea la pintura Homo homini lupus, que muestra a un ahorcado, hecha por Georges Rouault entre 1944 y 1948 para conjurar los festines de la guerra, cuando el mundo cae en manos de los hombres-lobos. Nos parece que estos cuentos, salvo tal vez La agonía, están inacabados, o simplemente malogrados, y, arrastrando la parte oscura de la sombra, secretan un aroma de barrio triste: Monólogo de la triste despedida, se llama justamente otro de los cuentos. Son, pues, un síntoma, ¿de qué? Cargados de una oralidad desenfrenada algunos de ellos, Doble Play, Culúa, en otros varios se recrea la fantasía cara a muchos escritores, la de verse siendo velado por los parientes y amigos; es el caso de La muerte de Urquijo Cóbrales, y aun El espejo roto, inmersos en un ambiente pueblerino irrespirable donde los personajes van al encuentro de su propia condena, acaban por juzgarse a sí mismos, destino de una caída y de un cristianismo acendrado que se incuba y se ceba en una especie de endogamia, la cual no le deja a la sexualidad otros caminos que los perversos del narcisismo y los esquizos de la psicopatía. Tal vez le sirvieron al escritor en el momento de hacerlos; chivo expiatorio como suele ser el poeta, absorbe como una esponja las desgracias de la época, es un-enfermo-del-mundo y, eventualmente, un sanador, al menos de sí mismo, si puede, con la ayuda del diablo, para exorcizar al diablo mismo; es decir, montándose en el caballo del enemigo, como bien lo expresa Kafka en sus Diarios. Estos relatos de provincia, con los personajes tradicionales de los cuentos de Macondo -acá se llama Tarúcuma, o San Fernando, el reino del realismo mágico, de la superstición-, el cura, el barbero, el alcalde, las viejas chismosas, el capitán del ejército, en efecto, difícilmente tienen ya lugar en la literatura, aunque su aura sigue vigente en nuestros pueblos y ciudades -véase el caso de las telenovelas-, sus personajes ya quieren ser vencidos, ellos se juzgan y se condenan a sí mismos, en un proceso que involucra a todo el pueblo, en una atmósfera bochornosa, agobiante y desolada, incluso con circo, común en los pueblos y tantas ciudades de Colombia. Escribe Pacheco en el prólogo: "Por ellos desfilan personajes de la vida cotidiana y lugares que he deambulado que han dejado un rastro feliz en mi memoria. Temo que los haya aprisionado en estas líneas solamente para no olvidarlos nunca" (pág. 3). ¿Así es la vida, pues, que estos cuentos de lugares y personajes que inspiran nuestra desazón y nuestra compasión, hayan dejado en la memoria del autor "un rastro feliz"? "Temo -dice- haberlos aprisionado en estas líneas solamente para no olvidarlos nunca". Otros escritores, en cambio, en las mismas o parejas circunstancias, bajo un cielo brumoso, escriben según esta otra divisa: La letra mata, transmuta, conjura, y deja a un lado, para pasar a otra cosa, esta forma del olvido. Yo temo que nos toca ahora a nosotros, los lectores de este libro de cuentos, compartir su nostálgica afición al desvaído álbum de fotos y, en verdad, penar en la empresa. Aunque el autor muestra rasgos inequívocos de quien tiene la vena del estilo, el vuelo de la pluma para con-fabular, la cosa es que estos cuentos tratan unos materiales demasiado viscosos -la dicha atmósfera pueblerina en la que sobresale el campanario del templo y requieren, para ser transmutados con mínima eficacia, un trabajo muy arduo del escritor, mucho emborronar, saturar los átomos y podar, cosa que falta aquí. Y ello se nota de entrada si nos fijamos en los descuidos de la edición del libro, mostrando cierta mala voluntad e indolencia propia de quien, aunque todavía cree, en el fondo, que estos cuentos no fueron hechos para ser publicados, sin embargo, los edita. Las deficientes técnicas de escritura: cómo presentar los diálogos, dónde poner los guiones, el uso correcto de los signos de admiración, que acá aparecen a menudo invertidos, la mala ortografía, que no diferencia entre el y él, se y sé, sí y si, mí y mi, tú y tu, ni entre más y mas, que propicia ambigüedades o da lugar a inconsistencias, estos errores proliferan en estos cuentos, tanto como las erratas, innumerables. Ejemplos: "A esta se llegaba ascendiendo por una desvencijada escalinata de manera [sic] situada en el extremo del segundo piso" (pág. 61). "Oye mi ruego tu. Dios que no existes" (pág. 85). "Ver otra vez a la muchacho [sic] lo llenó de júbilo". Es un monje quien ve, en este cuento. El libro de las virtudes teologales, ¿a quién?: "Ella levantó la mano y dibujó algo en el aire, él asintió con la cabeza y demoró un instante recorriendo con lascivia sus formas redondas" (pág. 157). "En vano mastiqué mi rabia de camino a casa, entre [sic] dando un portazo y comencé a pasearme con disgusto por la sala como una fiera enjaulada" (pág. 162). "Y si [sic], era un tigre de verdad, grande y rayado como salen en la televisión, ojos zarcos y largos bigotes blancos, respiraba con la boca abierta pero era mueco, no tenía dientes" (pág. 126). ¿Un tigre mueco? ¿Sobreviviente? Un tigre mueco de un circo pobre, que se depaupera cada día más en el pueblo pobre; sólo que un tigre sin dientes es algo así como un cuchillo sin hoja y sin mango; aún no han aprendido estos felinos a ramonear como las cabras y las jirafas; un tigre vegetariano es para reírse, si no fuera porque, mueco, se muere de hambre.

Salvo los raros casos de meteoros o cometas de la literatura, se aprende a escribir a través de los años, pero la mayoría de los aprendices renuncian pronto a la labor, sea porque dejen de escribir de plano, sea porque creen que ya llegaron y se estancan, como se estanca la lengua en el pueblo y, a menudo, en las capitales. Un cuento incluido en esta colección, San Luis Góngora, especie de crónica histórica en tiempos de la colonia, revela a un escritor en potencia, por el estilo ahí desplegado; sólo que el cuento está inconcluso y, al igual que los demás, no logra consistencia, es en este caso presa de la superstición religiosa, igual que el relato, largo. Crónica de la muerte de Gabriela, la pitonisa. Por lo demás, hay demasiadas cosas, demasiadas páginas que convendría podar, a ver qué queda en limpio. 

RODRIGO PÉREZ GIL