Reseñas. El síntoma, ¿de qué?
Al final del cuento aparece el sacerdote, igual que en La
agonía, terminando de rezar un responso. La ensoñación, el monólogo
del personaje, pareciera tomarse el cuento, ¿todo fue un
delirio?, ¿hasta qué punto? Técnica difícil ésta; uno de sus
maestros es Ambrose Bierce, cuyo cuento genial. Un suceso en el
puente sobre el río Owl, muestra el poder del delirio, esa
loca de la casa que es la imaginación, igual que lo revela Lars von
Trier en su película La bailarina en la oscuridad, donde
también se traza un camino delirante, vía el poder de la música, al
patíbulo, al último instante. Vale mencionar también, en
este contexto, el impactante cuento de Friedrich Dürrenmatt,
Avería, donde al viajante de comercio que se vara en el
camino a su casa familiar, pasa la noche en una hostería bajo el
mismo signo fatídico de la horca, trazado por inquietantes
huéspedes de la ley. En otro de los cuentos de este libro que
reseñamos, La soga, y en un tercero, largo. Crónica de
la muerte de Gabriela, la pitonisa, reaparece el camino a la
horca, al lazo que se pone en torno al cuello un cura airado y sin
remedio, no sin antes maldecir al pueblo y a la desalmada turba que
ultraja y asesina con amores-perros, A mordiscos, a su
recién encontrada y amada Gabriela, objeto de escándalo,
contorsionista del circo y luego pitonisa en el pueblo, quien lee
el destino en las cartas, y le dice al cura, al verlo llegar a su
cambuche en la calle: "Llegó usted a la hora precisa, padre
[...] Lo esperaba. Hace tiempos que los astros dispusieron nuestro
encuentro, por eso vine, porque no se puede burlar el destino, vine
para usted". Más adelante: "Esa tarde no hubo misa, ni
campanas a rebato, ni confesiones. Era extraña, completamente
desconocida la iglesia apagada" (pág. 141). El cura se
arrejunta con la bruja y no vuelve a oficiar, hasta propiciar con
su propia mano el final fatal.

Dice el Quijote que todo camino es bueno como se acabe, si no es
el que va a la horca. En la literatura -igual que en el cine o la
pintura-, como en el caso mencionado de Ambrose Bierce, puede
incluso suceder que un camino a la horca sea bueno, si lo traza una
obra consistente, compacta, engendrando y produciendo lo que toda
obra artística: siendo una plegaria, libera una plegaria en el
lector o vidente. Sea la pintura Homo homini lupus, que
muestra a un ahorcado, hecha por Georges Rouault entre 1944 y 1948
para conjurar los festines de la guerra, cuando el mundo cae en
manos de los hombres-lobos. Nos parece que estos cuentos, salvo tal
vez La agonía, están inacabados, o simplemente malogrados,
y, arrastrando la parte oscura de la sombra, secretan un aroma de
barrio triste: Monólogo de la triste despedida, se llama
justamente otro de los cuentos. Son, pues, un síntoma, ¿de
qué? Cargados de una oralidad desenfrenada algunos de ellos,
Doble Play, Culúa, en otros varios se recrea la fantasía
cara a muchos escritores, la de verse siendo velado por los
parientes y amigos; es el caso de La muerte de Urquijo
Cóbrales, y aun El espejo roto, inmersos en un
ambiente pueblerino irrespirable donde los personajes van al
encuentro de su propia condena, acaban por juzgarse a sí mismos,
destino de una caída y de un cristianismo acendrado que se incuba y
se ceba en una especie de endogamia, la cual no le deja a la
sexualidad otros caminos que los perversos del narcisismo y los
esquizos de la psicopatía. Tal vez le sirvieron al escritor en el
momento de hacerlos; chivo expiatorio como suele ser el poeta,
absorbe como una esponja las desgracias de la época, es
un-enfermo-del-mundo y, eventualmente, un sanador, al menos de sí
mismo, si puede, con la ayuda del diablo, para exorcizar al diablo
mismo; es decir, montándose en el caballo del enemigo, como bien lo
expresa Kafka en sus Diarios. Estos relatos de provincia, con los
personajes tradicionales de los cuentos de Macondo -acá se llama
Tarúcuma, o San Fernando, el reino del realismo mágico, de la
superstición-, el cura, el barbero, el alcalde, las viejas
chismosas, el capitán del ejército, en efecto, difícilmente tienen
ya lugar en la literatura, aunque su aura sigue vigente en nuestros
pueblos y ciudades -véase el caso de las telenovelas-, sus
personajes ya quieren ser vencidos, ellos se juzgan y se condenan a
sí mismos, en un proceso que involucra a todo el pueblo, en una
atmósfera bochornosa, agobiante y desolada, incluso con circo,
común en los pueblos y tantas ciudades de Colombia. Escribe Pacheco
en el prólogo: "Por ellos desfilan personajes de la vida
cotidiana y lugares que he deambulado que han dejado un rastro
feliz en mi memoria. Temo que los haya aprisionado en estas líneas
solamente para no olvidarlos nunca" (pág. 3). ¿Así es
la vida, pues, que estos cuentos de lugares y personajes que
inspiran nuestra desazón y nuestra compasión, hayan dejado en la
memoria del autor "un rastro feliz"? "Temo
-dice- haberlos aprisionado en estas líneas solamente para no
olvidarlos nunca". Otros escritores, en cambio, en las
mismas o parejas circunstancias, bajo un cielo brumoso, escriben
según esta otra divisa: La letra mata, transmuta, conjura,
y deja a un lado, para pasar a otra cosa, esta forma del olvido. Yo
temo que nos toca ahora a nosotros, los lectores de este libro de
cuentos, compartir su nostálgica afición al desvaído álbum de fotos
y, en verdad, penar en la empresa. Aunque el autor muestra rasgos
inequívocos de quien tiene la vena del estilo, el vuelo de la pluma
para con-fabular, la cosa es que estos cuentos tratan unos
materiales demasiado viscosos -la dicha atmósfera pueblerina en la
que sobresale el campanario del templo y requieren, para ser
transmutados con mínima eficacia, un trabajo muy arduo del
escritor, mucho emborronar, saturar los átomos y podar, cosa que
falta aquí. Y ello se nota de entrada si nos fijamos en los
descuidos de la edición del libro, mostrando cierta mala voluntad e
indolencia propia de quien, aunque todavía cree, en el fondo, que
estos cuentos no fueron hechos para ser publicados, sin embargo,
los edita. Las deficientes técnicas de escritura: cómo presentar
los diálogos, dónde poner los guiones, el uso correcto de los
signos de admiración, que acá aparecen a menudo invertidos, la mala
ortografía, que no diferencia entre el y él, se y sé, sí y si,
mí y mi, tú y tu, ni entre más y mas, que propicia
ambigüedades o da lugar a inconsistencias, estos errores
proliferan en estos cuentos, tanto como las erratas, innumerables.
Ejemplos: "A esta se llegaba ascendiendo por una desvencijada
escalinata de manera [sic] situada en el extremo del segundo
piso" (pág. 61). "Oye mi ruego tu. Dios que no
existes" (pág. 85). "Ver otra vez a la muchacho [sic] lo
llenó de júbilo". Es un monje quien ve, en este cuento. El
libro de las virtudes teologales, ¿a quién?: "Ella
levantó la mano y dibujó algo en el aire, él asintió con la cabeza
y demoró un instante recorriendo con lascivia sus formas
redondas" (pág. 157). "En vano mastiqué mi rabia de
camino a casa, entre [sic] dando un portazo y comencé a pasearme
con disgusto por la sala como una fiera enjaulada" (pág. 162).
"Y si [sic], era un tigre de verdad, grande y rayado como
salen en la televisión, ojos zarcos y largos bigotes blancos,
respiraba con la boca abierta pero era mueco, no tenía
dientes" (pág. 126). ¿Un tigre mueco?
¿Sobreviviente? Un tigre mueco de un circo pobre, que se
depaupera cada día más en el pueblo pobre; sólo que un tigre sin
dientes es algo así como un cuchillo sin hoja y sin mango; aún no
han aprendido estos felinos a ramonear como las cabras y las
jirafas; un tigre vegetariano es para reírse, si no fuera porque,
mueco, se muere de hambre.

Salvo los raros casos de meteoros o cometas de la literatura, se
aprende a escribir a través de los años, pero la mayoría de los
aprendices renuncian pronto a la labor, sea porque dejen de
escribir de plano, sea porque creen que ya llegaron y se estancan,
como se estanca la lengua en el pueblo y, a menudo, en las
capitales. Un cuento incluido en esta colección, San Luis Góngora,
especie de crónica histórica en tiempos de la colonia, revela a un
escritor en potencia, por el estilo ahí desplegado; sólo que el
cuento está inconcluso y, al igual que los demás, no logra
consistencia, es en este caso presa de la superstición religiosa,
igual que el relato, largo. Crónica de la muerte de Gabriela, la
pitonisa. Por lo demás, hay demasiadas cosas, demasiadas páginas
que convendría podar, a ver qué queda en limpio.
RODRIGO PÉREZ GIL