Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. El síntoma, ¿de qué?

El síntoma, ¿de qué?

Lange Saint Amia Straat 5

Alvaro Pacheco
Cargraphics, Bogotá, 2004, 165 págs.

 

Este libro, con tan bizarro título, trae veintiséis cuentos y una ilustración en la carátula, hecha por Nicolás Pacheco, que muestra a un fornido hombre descalzo, con los pantalones y la camisa arremangados, erguido sobre las tablas del patíbulo con la cuerda alrededor del cuello. Une puede ver el robusto puño cerrado del hombre y los ojos que miran desafiantes y como alucinados, y evoca al fusilado de Goya, por esa mirada-hacia-afuera-de-animal, ante la muerte, en este caso del hombre al pie de la horca. En el primer cuento, La agonía, de sólo dos páginas, se nos presenta al preso en la celda comenzando el último día, en un amanecer neblinoso, mirando por entre los barrotes grises de su celda:

Se fugó con las gotas que, barridas por el viento, iban a estrellarse en los pequeños ventanales de la barraca del frente. Adivinó allí la presencia de vidas lejanas, la angustia y el amodorramiento del despertar incierto de los penados, las celdas llenas de humo y de recuerdos, el comedor saturado de voces, olores nauseabundos y falsas ilusiones. Pensó en el final irremediable, en su fatídico designio, en la inexorabilidad de sus muertes, en la azarosa proximidad de sus destinos, en cómo Atrapa había logrado enredar sus hilos hasta tejer tan doloroso trama. Sintió el pecho oprimido. Mareado, flotaba... [pág. 6]

Enseguida, el narrador omnisciente se posa sobre un personaje que bien puede ser el mismo condenado, o el verdugo ensimismado en su designio, "intuyendo en su semiinconsciencia su lugar en el cortejo, pasó raudo la hilera de barrotes captando vagamente las miradas de odio y conmiseración" (pág. 6), vagando en las aguas turbias de este último día, hasta que la postrera frase del minicuento lo delata, y uno, lector, sabe efectivamente de quién se trata, con un cambio abrupto de perspectiva, según la atención, según el alma que se le preste al cuento en su lectura, de acuerdo con su concepción del verdugo. El autor nos dice en el prólogo que la razón por la cual aparecen hoy estos cuentos, escritos tiempo atrás, es que "ahora no serían posibles. La palabra, como las emociones, tienen su ámbito". Considérese el caso del verdugo en la novela de Par Lagerkvist (de 1933), y el caso del verdugo Jens en este mismo relato: "No era hombre para el oficio; y cuando iba al patíbulo se asustaba más que el mismo condenado. El mal le daba miedo en verdad. Y cayó en desgracia, precisamente por sentir tanto horror de ello". Este caso es próximo al del cuento La agonía, y está lejos del paisaje del verdugo que presenta Hannah Arendt, en su obra Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (1963). A propósito de este verdugo nazi, dice: "Un grave defecto de Eichmann era su incapacidad casi total para considerar cualquier cosa desde el punto de vista del interlocutor". Escribe la autora: "Cuando hablo de la banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio [seguido a Eichmann en Jerusalén], resultó evidente". ¿Cómo? En efecto: "Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales". Y agrega que no tuvo, Eichmann, ninguna necesidad de cerrar sus oídos a la voz de la conciencia, no porque no tuviera conciencia, sino porque la conciencia en él hablaba con voz respetable, con la voz de la respetable sociedad que lo rodeaba. "Él cumplía con su deber, no sólo obedecía órdenes, dijo, sino que también obedecía la ley".

¿Son, pues, anacrónicos estos cuentos? La cuestión aquí es más bien de consistencia, y estos relatos están inconclusos, flojos, sobran muchas cosas y no están bien saturados los átomos; por ello no tienen lugar, ya que hay cuentos logrados y a la vez intempestivos que, sin ser actuales, encuentran lugar, o pueden tener lugar. Si ninguno de estos cuentos "fue concebido con la pretensión de ser ofrecido al público" (pág. 3), el hecho es que estuvieron en "una vigilia prolongada en algún rincón de mi casa", esto es, despiertos, a la espera, y aun ganando, entre tanto, concursos. La agonía, según nos dice el autor en el prólogo, apareció en un periódico estudiantil y, tal como leemos en la contracarátula, obtuvo el segundo lugar en el I Concurso de cuento Minhacienda en 1989, II Concurso que iba a ganar el autor al año siguiente, en 1990, con el cuento Áster, incluido en el libro, también de dos páginas, y donde se pone de nuevo en juego el mismo mecanismo que acarrea el desconcierto del lector, en este caso de manera inevitable, y quizá decepcionante. Narrado también en tercera persona, el personaje sigue un camino nocturno a través de mojones bien detallados, iba absorto abandonándose lentamente al "camino inmutable, a los callejones circundados por las bardas bajas de los antejardines, al paso lateral que desembocaba en la trocha ascendente hacia las luces titilantes de los barrios de invasión, al puente sobre el hilillo del viaducto, a las casas oscuras, adustas" (pág. 75). Parece salir de la villa y de pronto: "Salió repentinamente de su ensimismamiento [parejo al del personaje ambiguo, ¿verdugo o condenado?, del cuento La agonía], ¡el camino había desaparecido entre montículos de arena reseca!, ¡hacía rato que caminaba en medio de un arenal inmenso! Empezó a inquietarse" (pág. 75). A poco pierde la conciencia y, en seguida, "el frío del rocío en la cara lo reconfortó. Se incorporó lentamente, sin comprender, estaba solo en medio del parque" (pág. 76). El vértigo del personaje persiste, sigue caminando y afronta el cruce de los carros por la autopista,

... y así como era consciente de transitar sensaciones que nunca había experimentado se halló de pronto frente a su casa [...] atravesó el vestíbulo e inició el descenso por las escaleras. En el primer peldaño se sintió extraño, como si fuera otra persona, miró hacia arriba y el final le pareció increíblemente lejos [...] redobló el salto preso de una angustia indescifrable, la mirada fija en la luz del final del socavón, echado hacia adelante, sintiendo el seco golpeteo de sus tacones retumbando contra las paredes, presintiendo el final del túnel que se aproximaba; repentinamente tropezó, voló unos segundos sobre los peldaños y cayó dando tumbos, golpeándose repetidamente la cabeza. Un torrente de sangre espesa empezó a correrle por la sien. Se sentó como pudo, y con el último esfuerzo trató entonces de reconstruir dificultosamente los sucesos de ese día. Evocó la imagen del valle de su niñez [-] entendió que su memoria reclamaba con urgencia esos recuerdos antes de la despedida, [pág. 77]