Reseñas. El síntoma, ¿de qué?
El síntoma, ¿de qué?
Lange Saint Amia Straat 5
Alvaro Pacheco
Cargraphics, Bogotá, 2004, 165 págs.
Este libro, con tan bizarro título, trae veintiséis cuentos y
una ilustración en la carátula, hecha por Nicolás Pacheco, que
muestra a un fornido hombre descalzo, con los pantalones y la
camisa arremangados, erguido sobre las tablas del patíbulo con la
cuerda alrededor del cuello. Une puede ver el robusto puño cerrado
del hombre y los ojos que miran desafiantes y como alucinados, y
evoca al fusilado de Goya, por esa mirada-hacia-afuera-de-animal,
ante la muerte, en este caso del hombre al pie de la horca. En el
primer cuento, La agonía, de sólo dos páginas, se nos presenta al
preso en la celda comenzando el último día, en un amanecer
neblinoso, mirando por entre los barrotes grises de su celda:

Se fugó con las gotas que, barridas por el viento, iban a
estrellarse en los pequeños ventanales de la barraca del frente.
Adivinó allí la presencia de vidas lejanas, la angustia y el
amodorramiento del despertar incierto de los penados, las celdas
llenas de humo y de recuerdos, el comedor saturado de voces, olores
nauseabundos y falsas ilusiones. Pensó en el final irremediable, en
su fatídico designio, en la inexorabilidad de sus muertes, en la
azarosa proximidad de sus destinos, en cómo Atrapa había logrado
enredar sus hilos hasta tejer tan doloroso trama. Sintió el pecho
oprimido. Mareado, flotaba... [pág. 6]
Enseguida, el narrador omnisciente se posa sobre un personaje
que bien puede ser el mismo condenado, o el verdugo ensimismado en
su designio, "intuyendo en su semiinconsciencia su lugar en el
cortejo, pasó raudo la hilera de barrotes captando vagamente las
miradas de odio y conmiseración" (pág. 6), vagando en las
aguas turbias de este último día, hasta que la postrera frase del
minicuento lo delata, y uno, lector, sabe efectivamente de quién se
trata, con un cambio abrupto de perspectiva, según la atención,
según el alma que se le preste al cuento en su lectura, de acuerdo
con su concepción del verdugo. El autor nos dice en el prólogo que
la razón por la cual aparecen hoy estos cuentos, escritos tiempo
atrás, es que "ahora no serían posibles. La palabra, como las
emociones, tienen su ámbito". Considérese el caso del verdugo
en la novela de Par Lagerkvist (de 1933), y el caso del verdugo
Jens en este mismo relato: "No era hombre para el oficio; y
cuando iba al patíbulo se asustaba más que el mismo condenado. El
mal le daba miedo en verdad. Y cayó en desgracia, precisamente por
sentir tanto horror de ello". Este caso es próximo al del
cuento La agonía, y está lejos del paisaje del verdugo que presenta
Hannah Arendt, en su obra Eichmann en Jerusalén. Un estudio
sobre la banalidad del mal (1963). A propósito de este verdugo
nazi, dice: "Un grave defecto de Eichmann era su incapacidad
casi total para considerar cualquier cosa desde el punto de vista
del interlocutor". Escribe la autora: "Cuando hablo de la
banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente
objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del
juicio [seguido a Eichmann en Jerusalén], resultó evidente".
¿Cómo? En efecto: "Lo más grave, en el caso de
Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que
estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y
siguen siendo, terrible y terroríficamente normales". Y agrega
que no tuvo, Eichmann, ninguna necesidad de cerrar sus oídos a
la voz de la conciencia, no porque no tuviera conciencia, sino
porque la conciencia en él hablaba con voz respetable, con la voz
de la respetable sociedad que lo rodeaba. "Él cumplía con su
deber, no sólo obedecía órdenes, dijo, sino que también obedecía la
ley".

¿Son, pues, anacrónicos estos cuentos? La cuestión aquí
es más bien de consistencia, y estos relatos están inconclusos,
flojos, sobran muchas cosas y no están bien saturados los átomos;
por ello no tienen lugar, ya que hay cuentos logrados y a la vez
intempestivos que, sin ser actuales, encuentran lugar, o
pueden tener lugar. Si ninguno de estos cuentos "fue concebido
con la pretensión de ser ofrecido al público" (pág. 3), el
hecho es que estuvieron en "una vigilia prolongada en algún
rincón de mi casa", esto es, despiertos, a la espera, y aun
ganando, entre tanto, concursos. La agonía, según nos dice el autor
en el prólogo, apareció en un periódico estudiantil y, tal como
leemos en la contracarátula, obtuvo el segundo lugar en el I
Concurso de cuento Minhacienda en 1989, II Concurso que iba a ganar
el autor al año siguiente, en 1990, con el cuento Áster, incluido
en el libro, también de dos páginas, y donde se pone de nuevo en
juego el mismo mecanismo que acarrea el desconcierto del lector, en
este caso de manera inevitable, y quizá decepcionante. Narrado
también en tercera persona, el personaje sigue un camino nocturno a
través de mojones bien detallados, iba absorto abandonándose
lentamente al "camino inmutable, a los callejones circundados
por las bardas bajas de los antejardines, al paso lateral que
desembocaba en la trocha ascendente hacia las luces titilantes de
los barrios de invasión, al puente sobre el hilillo del viaducto, a
las casas oscuras, adustas" (pág. 75). Parece salir de la
villa y de pronto: "Salió repentinamente de su ensimismamiento
[parejo al del personaje ambiguo, ¿verdugo o condenado?, del
cuento La agonía], ¡el camino había desaparecido entre
montículos de arena reseca!, ¡hacía rato que caminaba en
medio de un arenal inmenso! Empezó a inquietarse" (pág. 75). A
poco pierde la conciencia y, en seguida, "el frío del rocío en
la cara lo reconfortó. Se incorporó lentamente, sin comprender,
estaba solo en medio del parque" (pág. 76). El vértigo del
personaje persiste, sigue caminando y afronta el cruce de los
carros por la autopista,
... y así como era consciente de transitar sensaciones que
nunca había experimentado se halló de pronto frente a su casa [...]
atravesó el vestíbulo e inició el descenso por las escaleras. En el
primer peldaño se sintió extraño, como si fuera otra persona, miró
hacia arriba y el final le pareció increíblemente lejos [...]
redobló el salto preso de una angustia indescifrable, la mirada
fija en la luz del final del socavón, echado hacia adelante,
sintiendo el seco golpeteo de sus tacones retumbando contra las
paredes, presintiendo el final del túnel que se aproximaba;
repentinamente tropezó, voló unos segundos sobre los peldaños y
cayó dando tumbos, golpeándose repetidamente la cabeza. Un torrente
de sangre espesa empezó a correrle por la sien. Se sentó como pudo,
y con el último esfuerzo trató entonces de reconstruir
dificultosamente los sucesos de ese día. Evocó la imagen del valle
de su niñez [-] entendió que su memoria reclamaba con urgencia esos
recuerdos antes de la despedida, [pág. 77]