Reseñas. Con estos 205 cuentos pudo hacerse un bonito libro
de 30 o 35 cuentos
Cuan pocas esperanzas, cuan poco aire en esta repartición
jerárquica y piramidal del espacio: "bajo la estrella una flor
y bajo la flor un árbol y bajo [...]", en un movimiento
centrípeto derecho al hueco negro. Cuánta desolación se respira en
esta oscuridad vacía, y cuánto yo, cuánta vanidad, en esta soledad
depredadora, en este nihilismo hecho literatura por obra y gracia
del oficioso autor. Sea Otra soledad: "Me fui cansado de pedir
a Dios, de esperar en Dios inútilmente". He aquí lo que ocurre
entonces, en este breve cuento: "Me solidarizaba con su
impotencia y su brava soledad. Ahora, si acaso, le pido que exista,
que no se deje perder, que su no existencia es la más dura de todas
las soledades. No sé hasta qué punto haya ternura en este deseo mío
de hacer a Dios cualquier milagro; ahora estoy llenando en mi alma
su vacío, creándolo con paciencia y dolor enamorado: sé que ahí
saldrá y que no podrá dejar de existir mientras yo lo vigile"
(pág. 288). El autor se ensaya de milagrero, en Recaída:
"Mucho después de haber renunciado a seguir haciendo milagros,
un día me le aparecí a la Virgen" (pág. 532). El prodigio está
en el epígrafe a este minicuento, del mismo gracioso Manuel:
"Milagroso el crucifijo / al que rezamos los dos: / sin
acostarme con vos / ya vas a tener un hijo". Tremenda rima, la
del pobre carpintero de Nazaret que, por encargo, hizo la cruz para
el hijo, crucificado, aunque él no lo hizo, a este hijo, nacido sin
su intervención, en el milagro de una concepción partenogenética.
Respecto al diablo, tenemos el cuento Crisis, breve, en su último
libro. Sombras contra el muro (1993), "-¡De manera que
el diablo no existe! Su entrecejo no era de preocupación sino de
remordimiento. [...] Y una desesperación al final, su angustia ante
seres y cosas, empezó por aclimatarse en una carencia de entusiasmo
por lo que la vida debía ofrecer. Su mirada tomó una fijeza
apacible y dura. -Conque el diablo es mentira...
¡¡¡No haberlo sabido antes!!!" (pág. 525).
Así que el diablo no existe, otra parada del señor de las moscas,
se está haciendo el manuel, pero sus evidencias, mi querido Watson,
son apabullantes hoy día. Tampoco La carta robada (Poe) aparecía
por ninguna parte, no hay que ir a la novela del genial Bulgákov,
¿recuerdas en El maestro y Margarita^, para verlo
pintiparado, al mero diablo, basta mirar por la ventana, a cierta
hora, cuando destila del sombrío alambique el humor del azufre en
la ciudad, muy crudo. En el cuento previo, Primer viaje con el
diablo, del libro Otras historias de Balandú (1990), se nos explica
la fórmula para domar a la bestia, como santa Margarita al dragón.
El chico dice:
-La inocencia hace huir al demonio -también nos predicaron,
y no regañé más. Al contrario, también hice cosquillas sobre y bajo
el lomo ya caliente que se contorsionaba sin lograr tumbarnos en el
túnel oscuro, alumbrado avaramente por los ojos fosforescentes del
animal. [...] Y así, en cosquillas y exclamaciones invocatorias,
logramos salir al otro lado, el de la adolescencia, el de la
juventud, lleno de goces y preguntas y desafíos. Los cuernos del
animal se habían desgonzado un poco, el resuello era y a un
cansancio infinito. Así regresó a sus cuevas, fatigado, sin ganas
de volver por almas de adolescentes briosos, con esperanza, [pág.
404]

Estas esperanzas se quiebran, en la "carencia de
entusiasmo", suscitada por la Crisis aludida (pág. 525),
cuando el descubrimiento, de dizque el diablo no existe. Manuel
debe de estar en el cielo, el inocente, ¿convertido en
Caballo para toda la eternidad?.
En este cuento, un hombre dice que los sueños enseñan muchas
cosas. Le gustaban mucho los caballos, trabajando en las
caballerizas del patrón, se va a la postre al cielo, le pide a Dios
que lo haga caballo, "Gran tipo Dios, se las sabía todas"
(pág. 394). Dios le da gusto, sonriéndole, y da gusto también al
patrón, cuando llega al cielo, el cual quiere ser por siempre
jinete. "-...Y yo, el más brioso y fino del cielo, me vi
obligao a llevar al patrón sobre el espinazo. ¡Allá arriba
también! ¡Era su caballo pa' toda la eternidad!" (pág.
397).
¿Dios? Qué esperanzas. La utopía, al menos, quiere decir,
a la letra, algo que no tiene lugar, algo que no ha encontrado
un lugar en el mundo, que no ha llegado a ser, y que, por lo tanto,
no es imposible. La ley de esta Mitología (pág. 454) en el
libro de Manuel, en cambio, es el mismo aviso del Infierno del
Dante: Los que entráis aquí, abandonad toda esperanza; con
todo y que, en estos cuentos, el diablo ha sido refutado, ahora
resulta que no existe; en cambio, Dios no puede dejar de existir,
en El fin del principio: "Me conturbaba la idea de un
suicidio divino, pero me tranquilicé al comprobar, con simpleza de
escuela primaria, las tremendas limitaciones de Dios; pues aunque
todo lo puede, no podría dejar de existir" (pág. 357). El
poeta de la otra Jericó, no la de Josué, ha detenido, como hizo
éste, al sol, ha coagulado el tiempo, para seguir dando su guerra,
en los pastos de la inocuidad.
A la final, este libro es una feria de tinieblas, pespunteado
con solitarios cocuyos, cada cierto tramo, una almeja, una ostra.
Sea, por ejemplo, Amor: "Porque estaba triste se le hizo un
nudo en la garganta. Pero tendí la mano y se lo solté" (pág.
491). Aun si esta almeja es salada, o amarga, al gusto. Sea el caso
de Los enemigos:"-Cuando los muertos se acercaron, el
enterrador silbaba una tonada, trabajosamente ya por el esfuerzo:
nunca había cavado tumba más profunda". Y concluye: "Los
muertos llegaron al borde, vengativos: alguna vez tenían que ser
enterradores. Llegaron los muertos. Llegaron" (pág. 266). Pese
a la intrusión del sueño, que no cesa, bueno es el cuento La
hechicera, que comienza: "-Cuando me contaron que Pedro había
muerto a manos de un tigre... -En las garras de un tigre, será
-interrumpió la vieja Natalia". Qué mal nombre para una
hechicera. Empero, más adelante: "-...Porque este tigre lo fue
haciendo Pedro noche a noche, lo fue haciendo de pensarlo, de
soñarlo y esperarlo, de tenerle miedo. -Eso sucede -dijo la vieja.
[...] -...Hasta que una noche, cuando ya tenía hecho al tigre y le
había dado toda su bravura... [A lo que la vieja interrumpe,
concluyendo el cuento:] -¿Y qué? -pensó más que habló antes
de que mencionaran la palabra sangre-. Cada cual puede escoger su
manera de morir" (pág. 298).

De estos 205 cuentos, provenientes de cuatro libros distintos,
más nueve cuentos inéditos, escritos en distintas épocas, pudo
haberse hecho un bonito libro, compuesto por unos 30 o 35 cuentos,
escogidos con rigor y sin contemplaciones, un libro grato,
reconfortante, más barato y más liviano, que lo dejara a uno, al
final de su lectura, mejor de lo que estaba al principio, si sólo
la literatura, y los textos escolares, se avalaran y comerciaran
por la calidad y no por el peso. Hay que ver los que cargan niños y
niñas de cinco a diez años, en la vereda de El Tambo (La Ceja
[Antioquia]), el texto de sociales y el de matemáticas, en el caso
de la niña que encontré una vez, de camino para la escuela, ella, y
yo ya fuera de ella, de la escuela, perplejo por la incontinencia
de los autores y por el vigor de esta niña, de este niño, cargando
el material, aunque nunca pudieran ellos aprender lo que significa
un sonido fricativo y qué es una oración pasiva (la lección de
Manuel Mejía en la U. N. de Medellín durante un jurgo de años).
¿Qué aprendiste hoy?, le pregunté a la niña, que caminaba
cargando el ladrillo y espantando a las gallinas a su paso. El
imperativo de los verbos, dijo, tras pensarlo un rato. He aquí este
minicuento, fruto de un dios ocioso e indolente que se aburre a
gusto. Invasión: "Creó tantos pájaros, que agotó la nada de
donde aún no habían sido creados; al saberse creados, los pájaros
agotaron el silencio" (pág. 237). Abundan las pifias de este
dios soso, incontinente, aun si ellos son reveladores de la trama
de esta araña, y nos muestran la parte del fisco de este fiasco,
sea, para el caso, el último. El tiempo es oro, de antología, ya
que está aquí: "Y no solamente oro, sino todo lo demás. Lo
difícil realmente fue descubrir la fórmula para transformarlo en
monedas. [...] Entonces me puse a especular y logré formar una
compañía explotadora del tiempo mío y del tiempo ajeno".
Especular, dice, asunto de los avaros espejos. Y concluye: "En
el centro del tiempo está Dios, Dios sería el secretario ideal de
nuestra compañía" (pág. 569). Termina aquí el libro, y uno
comprende la implacable justicia poética en el caso de este autor
prolífico, que cierra así, con broche de oro, sus Cuentos
completos, rehaciendo la liga entre el Time is Gold y el
Time is God: In God we trust, In Gold we trust.
Cito íntegro, este cuento, Testamento, postrero del último
libro, Sombras contra el muro (1993), que aparece antes de los
nueve inéditos: "-A la vida hay que írsele por la espalda, si
uno tiene miedo, y aporrearle cada meridiano de sus nalgas con
sendas patadas; si uno es valiente, se le arrima de frente sin
quitarle la vista de encima, se le sigue arrimando hasta sentirle
el resuello, y se abalanza fuertemente a las tetas, hasta que
caigan sobre la barriga. -¿Comprendes? -Entonces la vida
dejará de coquetear bobamente, y se abrirá de piernas y nos tomará
en serio por toda la eternidad. -Nunca olvides este sabio consejo,
¡oh, hijo mío!" (pág.554).
RODRIGO PÉREZ GIL