Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.


Reseñas. Con estos 205 cuentos pudo hacerse un bonito libro de 30 o 35 cuentos

Con estos 205 cuentos pudo hacerse un bonito libro de 30 o 35 cuentos

Cuentos completos

Manuel Mejía Vallejo
Editorial Alfaguara, Bogotá, 2004, 564 págs.

De esta copiosa fuente, ¿podemos juntar un poco de agua en el cuenco de las manos y curarnos en salud, bebiéndola? Sí, por ejemplo, con el cuento Vivir la vida (pág. 295), o con La hechicera (pág. 298), o con Sexo (pág. 399), de media página, o menos. Luego de sudar la gota, a través de muchos cuentos flojos, intercalados entre algunos buenos logros. La desolación irrecuperable del Tristear (pág. 382), del Estar triste (pág. 433), de Los sueños del espejo (pág. 234), de El sueño de la pesadilla (pág. 252), de Expatriados: "Estaba recordando lo mejor de su vida, organizando su pasado, cuando murió. Como ya venían cerca, los recuerdos, se desorientaron. Los vimos removerse ávidos, en busca de su dueño. [...] -Este recuerdo podría ser mío [dice el narrador]. Algunos, sin embargo, no hallaron identificación, no hallaron refugio: cuando se perdían entre su propia niebla, creíamos oír llantos lejanísimos. Entonces supimos lo que es soledad" (pág. 226). En Profeta del pasado, juega ya con la figura de Platón en La república, de los seres de la caverna que no agarran las cosas sino las sombras de las cosas. Sólo ven las sombras, proyectadas en las paredes de la caverna, de las cosas que deambulan afuera, siempre fuera del alcance. Este otro cuento, Profeta del pasado, resuena con el Menón, donde Sócrates enseña al pequeño esclavo que aprender es recordar, que lo que no sabemos es consecuencia del olvido. El cuento comienza: "Según sus palabras, la historia es algo que tiene memoria: nosotros sólo tratamos de recordar lo ya efectuado; por eso, lo que estamos viviendo es un recuerdo de lo vivido; nos acercaría a esta posibilidad cierta sensación de pesadilla que despiden los acontecimientos. [...] Igualmente descubrió que el sueño podía ser verdad, pero de vez en cuando [...] En cambio, el recuerdo se acerca a lo verdadero" (pág. 277). La flecha del tiempo no se abre camino sino hacia atrás, regresiva, apunta con demasiada frecuencia al pasado, al recuerdo, y de ahí su recurrencia al fantasma, a la sombra, de la que, empero, se llega a despojar, en La sombra desobediente: "Yo, el solitario. Por lo menos tenía mi sombra: ni grande ni pequeña. [...] Si caían a nuestro lado otras sombras, distinguíamos en ellas el ala o el cuerno o el rostro o el árbol, hasta la sombra del agua en algunos días, cuando la lluvia juega al sol y los pájaros sueñan entre ella jaulas de juguete". Aquí, el hombre pierde su sombra, mientras los pájaros sueñan jaulas de juguete entre ella [la lluvia]: "Aunque la entiendo, duele su rebeldía. Será el invierno; las sombras se van con el sol, él las hace, su ausencia las destruye. Ahora, más solo que nadie, que siempre, que nunca, más solo que la soledad, voy como un río. Únicamente el río no tiene sombra, el río: deben caer frescas las sombras en el vientre del agua". Y concluye: "-Se ahogaría en el río, mi sombra" (pág. 256). En Errando: "El sueño andaba solo, sin quién lo soñara. Su errancia fue concentrándose hasta adquirir cierta lejana semejanza de hombre. -Aparecerá una raza nacida de los sueños que carecen de dueño [sueños mostrencos] -deseó un deseo también preexistente, y la raza llegó a tomar un vigor desgarrado. Así se diluyó el sueño en otra urgencia de vivir, no sabía para qué. Pues, ya hecho hombre, el sueño apareció como irremediable nostalgia de lo que fuera cuando no era nada [...] Fatigada en su nueva conformación, la última raza quiso regresar a su principio, a ese antes de su dudoso principio lleno de ecos sin voces, de sombras sin imágenes, de larga mirada sin ojos. Entonces se inventó la muerte" (pág. 324). Sueños, sombras, fantasmas, espantos, pesadillas: derecho al hueco negro (págs. 227, 238, 252, 277, 287, 296, pássim). "-¿Quién me presta sus recuerdos? [...] Denme un poco de vida, pero ya vivida", en Uno que no tenía recuerdos (pág. 278). Éstos son los motivos prevalecientes a lo largo del texto. La materia de los sueños es blanda, floja, y uno, como ocurre con el psicoanálisis, no encuentra de qué agarrarse. Carecen de consistencia la mayoría de estos cuentos breves, no se sostienen, no se paran sobre sus cuatro o cinco patas. Los del primer libro, Cuentos de zona tórrida (1967), de unas siete páginas, no están ya en el aire, uno ya no puede respirar esta sobrecarga verbal, demasiado territorializada, demasiado confiada y atada al significado, a las meras imágenes: "-Todo oscureció cuando la luna cayó en la red tejida con saliva de magia" (pág. 424). Esta prosa controlada, sentimos que no fluye y nos abruma.

Con Viento en el espejo, en las entretelas de la ocurrencia de la muerte de Ella, el narrador, esta especie de Narciso, hace mirar al viento en el espejo, lo hace entrar en él y lo hace reflejarse en él. Acá, como en muchos de estos cuentos, las poderosas, o sutiles, fuerzas naturales, han sido escamoteadas, escatimadas, secuestradas por la grave ley de un bosque con endriagos, pispirispis, bisabisanes, pero sin duende, éste que, según García Lorca, habita en las últimas habitaciones de la sangre, que ronda los pozos abiertos por donde mana la herida, el mismo duende de la canción gitana, del cante jondo, duende de Juan Rulfo, con unas voces que provienen, no del oficio literario, propio de Manuel, sino de la sangre, de la tierra y del pueblo, en el desierto que crea y puebla Rulfo, en una prosa que no calcula las frases por su efecto, espontánea, afectiva, plena, con toda su admirable sobriedad y llaneza, poesía. Otros son los terrenos del ángel o de la musa, habitados por Mejía Vallejo, con sus secretarios, vicarios, consejeros, y su parafernalia adjunta (los espejos, los sueños, las brumas, los recuerdos, los espantajos). Sea el cuento Los bisabisanes, estos monstruos de dos cabezas a manera de espejos, que Roberto "descubrió a la entrada de la cueva". Animales alegóricos, dice el narrador, "animales para una desolada moraleja", éstos que inventa el autor aquí, los bisabisanes, cuyo destino "era una copia del destino de nuestra vieja raza". Entre éstos, "cada cabeza cree ser espejo de la otra. Un espejo que devuelve imágenes mordedoras, se odian al verse reflejados en su propia visión. [...] -Como nosotros" (pág. 348). Espejo, viejo usurero, sediento avaro del reflejo, del sueño, de las sombras, las mismas de la caverna del idealista Platón, éste de Los bisabisanes. "El espejo quedaba al fondo de la habitación", el viento llegaba a la ventana. [...] "El viento se miró al espejo largamente; quizá detuvo su fuerza mientras las habitaciones del espejo se acostumbraban, hasta dejar libre algún pasadizo. El viento se miraba, el viento. Al fin vimos cómo entraba al espejo y movía extraños cortinajes para comenzar lo que parecía una muerte grande y honda, un vacío sin palabras, una hora -las seis- alta de grises lejanos" (pág. 322). "También el tiempo debió mirarse al espejo". Ya se ve que éste funciona como un hueco negro, se lo chupa todo, igual que la soledad del solipsista -¿la flor?, sola, ¿el árbol?, solo, ¿el lucero?, solo-, una estrella muerta del cielo.

Tanto bucear por entre paisajes de brumas y fantasmas de papel, desecados, para pescar unas pocas almejas frescas, en tan ingente plato, unos pocos cuentos breves bien logrados, bajo la ley implacable del misántropo dictator -a la letra, 'el que dicta'-, creador del mundo, él sólito, con sus espejos, sus brumas y sus sueños, en sus cuentos de mazmorras a la luz cansina del día. En la introducción al libro Las noches de la vigilia (1975): "Según recordaba, en aquellos sitios se había detenido el tiempo [...] Éstas son las primeras historias de Balandú, pueblo en vía de sueño. El vuelo solitario de una hoja, el canto olvidado de un pájaro que olvidó cantar, un hilo de agua blanca entre los musgos... Y otros fantasmas vigilantes cuando la mirada, sola, mira sus propias desolaciones en el viento que llega de la infancia" (pág. 216). Sea el caso de Mitología, último cuento en el libro Otras historias de Balandú (1990), donde leemos:

Pero el hombre estaba solo. Y esa soledad empezó a necesitar el sueño. Así nacieron los sueños, por la soledad de la flor, por la soledad del árbol, por la soledad del lucero, por la soledad de la tierra, por la soledad del hombre. Pero también los sueños del hombre estaban solos, y estaba sola también, la soledad. Entonces el hombre soñó una oscuridad vacía y en la oscuridad una estrella y bajo la estrella una flor y bajo la flor un árbol y bajo el árbol la tierra, y sobre la tierra, fugaces, todos sus sueños. Así nacieron los sueños, creadores de lo que no existe ni existirá jamás, [págs. 454-455]