Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. El poeta es un viajero incómodo

A varios de estos poemas vueltos a publicar el poeta les quitó algo, algún tono excesivo o algunos versos innecesarios. Elisiones que buscan una mayor contundencia, un golpe más seco y, en contraposición, un poco menos de lirismo y de retórica. Como al dictado de un poema de Rafael Cadenas, de Venezuela: "Pocas palabras, / descarnadas frases, / pura necesidad. / La dama de los adornos / dejó la escena. / Cancelada. / La exhibición había durado mucho" (Final, en Obra entera. Poesía y prosa (1958 - 1995), Fondo de Cultura Económica, 2000, pág. 419).

Porque en estos poemas no hay una pretensión distinta de la de dejar en la página lo que los sentidos van avizorando en el trayecto de la carretera. No sólo lo que van viendo los ojos, sino lo que va sintiendo todo el cuerpo, lo que va poniendo en juego la sensibilidad de todo el ser. Es ésta la muestra fehaciente de que éste es el libro de un poeta y no sólo de un paseante o de quien, tras uno o dos viajes, nos deja unas estampas de lo que vio. En el título La poesía es un viaje está dicho lo anterior. Porque la poesía, cuando hablamos de buena poesía, lo involucra todo. Nada le es ajeno. Y es aquí donde empieza a adquirir sentido el título, un sentido no cacofónico, no tautológico.

El viaje que emprende el poeta es físico, implica desplazamientos del cuerpo y con él va por la carretera, en el bus, con él se mueve por entre el paisaje; con él se asoma a los abismos, a los ríos, a los cuerpos de los otros, a los ojos de los otros, a los sentidos de los otros. Es tan físico que hasta el viaje de los árboles viene al poema, y no los árboles sino sus hojas, y no las hojas, sino su sonido en la noche. Y en otra parte, en un Cementerio de carros (pág. 8o), símbolo del viaje detenido, estropeado ("los vestigios de la larga / travesía"), "los niños juegan a veces / entre los escombros / planean rutas / sueñan / viajan...". En Los pastizales (pág. 27), el poema (ahora una prosa) nos trae los camiones llenos de novillos hacia las autopistas, y en una bella imagen describe a los animales que, desde su encierro y hacinamiento, "se atropellan contra los barrotes de las jaulas, escarban el cisco maloliente y, tal vez excitados por las fragancias que llegan del campo, embisten con sus astas las compuertas". (Con razón Mario Rivero dijo que el poeta es un husmeacosas. Mete su nariz y su entendimiento en todas las situaciones).

En algunas ocasiones, pocas, el poema se aparta de la carretera, levanta los ojos del parabrisas y nos dice algo como al oído, una intimidad: "El que es pasajero y nunca emprendió viajes / a esos lugares de donde llama / su alma / viaja ahora en este poema" (Pasajero, pág. 65). El husmeacosas es también solidario con el mundo. Aunque en su andar le descubra, como nadie, su lado inhóspito y herrumbroso. El mundo al poeta lo subyuga.

Las palabras del poeta son dulces. No se aviene con demasiadas ironías ni con hondos pensamientos que hurguen en la herida. Sólo un poco triste a veces. En Hay que cantar (ese título es ya una dulce obligación) había dado un libro donde hasta los Postes y El poema malo tienen cabida. Y de la poesía dice que "sin embargo escribir para espantar en los otros / el mal / el dolor / te hace entre las disciplinas la más hermosa...".

Robinson Quintero acoge el poema en el disfrute mismo de nombrar. El poema es el objeto de arte por definición. Material, moldeable, oloroso, visual. Su ética corresponde a la palabra en el poema, no afuera. El poema conforma su solo y único mundo mensurable. Por ello el poema, cada poema, es una forma moldeada y corpórea, un pequeño universo respirable. En Parada (pág. 45) nos habla de los choferes de buses y camiones que prefieren orinar en la parte trasera de sus carros, contra las llantas, en vez de hacerlo contra un árbol, en un orinal, en fin, donde mande la discreción: "[...] de espaldas / las piernas abiertas / y mirando de reojo / sueltan el chorro / [...] / Un vapor sube de las gomas calientes / y se quedan mirándolo como niños hechizados". Uno piensa: sí, todo puede decirse. Al poema no pueden cohibirlo la compostura y los temas limpios. Desde comienzos del siglo XX Joyce demostró, para siempre, que hasta una defecada es literaria, si viene narrada de manos maestras.

En Paraje (pág. 55) la crudeza de la descripción y la violencia implícita en el cuadro nos aboca a la violencia del país y a las imágenes recurrentes tanto en quien permanece en su casa (gracias a los medios de comunicación) como en quien viaja por autopistas y carreteras: "[...] Son tres hombres Sus cuerpos / esparcidos sobre el pavimento / de la carretera / los sesos hirvientes al sol". En Llanura de Tulúa, hace más de cuarenta años, Fernando Charry Lara nos había dado un poema que, en su doble condición de amor y de muerte, describía la violencia hablándonos de los cuerpos entrelazados de dos amantes, asesinados, entrevistos al paso: "Al borde del camino, los dos cuerpos / Uno junto al otro, / Desde lejos parecen amarse. / [...] / Estrechamente entrelazando sus cinturas / Aquellos brazos jóvenes, / [...] / Mas no hay beso, sino el viento, / Sino el aire / Seco del verano sin movimiento. / [...] / Son cuerpos que son piedra, que son nada, / Son cuerpos de mentira, mutilados, / De su muerte ignorantes, de su suerte [...]".

La poesía es un viaje inesperado. Como todo viaje que se emprende con los sentidos abiertos al albur, a la sorpresa, al asombro del camino. Y el poeta es el viajero que no se atiene al sumiso asiento estático en que ve pasar el mundo tal y como otros lo han previsto. El poeta es un viajero incómodo, insumiso. Por eso Robinson Quintero escribe un libro singular, atípico, irregular como los accidentes de las rutas que atraviesa. Pero no se propone un libro de grandes acciones, ni de aventuras inusuales, ni de hondas reflexiones.

Aquí no hay analogías ni enseñanzas. Hay el discurrir en una observación, a veces fugaz, donde aparece la poesía de lo nimio, pero también de lo trágico. No abandona, nunca, el material precioso que le permite, sí, hacernos ver con claridad los mil rostros del país, las innumerables luces del paisaje: el lenguaje. "Engrandecer las cosas menores a través del lenguaje -dice Manuel de Barros- es una de las funciones de la poesía". Y uno se ve precisado a aclarar que de "funciones" habla, si quiere, el de afuera, el que estudia los fenómenos sociales del arte. No el poeta que, como aquí, nos enseña que en una palabra desnuda de artificios y de poses para la inmortalidad cifra su verdadera sensibilidad. Tal vez inútil para tiempos difíciles (¿quién nos puede mostrar tiempos fáciles?), pero eficaz para el placer sin fin de una obra dueña de mundos propios. Ave rara en los tiempos que corren. Qué digo: en todos los tiempos.

LUÍS GERMÁN SIERRA J.