Reseñas. El poeta es un viajero incómodo
A varios de estos poemas vueltos a publicar el poeta les quitó
algo, algún tono excesivo o algunos versos innecesarios. Elisiones
que buscan una mayor contundencia, un golpe más seco y, en
contraposición, un poco menos de lirismo y de retórica. Como al
dictado de un poema de Rafael Cadenas, de Venezuela: "Pocas
palabras, / descarnadas frases, / pura necesidad. / La dama de los
adornos / dejó la escena. / Cancelada. / La exhibición había durado
mucho" (Final, en Obra entera. Poesía y prosa (1958 - 1995),
Fondo de Cultura Económica, 2000, pág. 419).
Porque en estos poemas no hay una pretensión distinta de la de
dejar en la página lo que los sentidos van avizorando en el
trayecto de la carretera. No sólo lo que van viendo los ojos, sino
lo que va sintiendo todo el cuerpo, lo que va poniendo en juego la
sensibilidad de todo el ser. Es ésta la muestra fehaciente de que
éste es el libro de un poeta y no sólo de un paseante o de quien,
tras uno o dos viajes, nos deja unas estampas de lo que vio. En el
título La poesía es un viaje está dicho lo anterior. Porque la
poesía, cuando hablamos de buena poesía, lo involucra todo. Nada le
es ajeno. Y es aquí donde empieza a adquirir sentido el título, un
sentido no cacofónico, no tautológico.
El viaje que emprende el poeta es físico, implica
desplazamientos del cuerpo y con él va por la carretera, en el bus,
con él se mueve por entre el paisaje; con él se asoma a los
abismos, a los ríos, a los cuerpos de los otros, a los ojos de los
otros, a los sentidos de los otros. Es tan físico que hasta el
viaje de los árboles viene al poema, y no los árboles sino sus
hojas, y no las hojas, sino su sonido en la noche. Y en otra parte,
en un Cementerio de carros (pág. 8o), símbolo del viaje detenido,
estropeado ("los vestigios de la larga / travesía"),
"los niños juegan a veces / entre los escombros / planean
rutas / sueñan / viajan...". En Los pastizales (pág. 27), el
poema (ahora una prosa) nos trae los camiones llenos de novillos
hacia las autopistas, y en una bella imagen describe a los animales
que, desde su encierro y hacinamiento, "se atropellan contra
los barrotes de las jaulas, escarban el cisco maloliente y, tal vez
excitados por las fragancias que llegan del campo, embisten con sus
astas las compuertas". (Con razón Mario Rivero dijo que el
poeta es un husmeacosas. Mete su nariz y su entendimiento en todas
las situaciones).

En algunas ocasiones, pocas, el poema se aparta de la carretera,
levanta los ojos del parabrisas y nos dice algo como al oído, una
intimidad: "El que es pasajero y nunca emprendió viajes / a
esos lugares de donde llama / su alma / viaja ahora en este
poema" (Pasajero, pág. 65). El husmeacosas es también
solidario con el mundo. Aunque en su andar le descubra, como nadie,
su lado inhóspito y herrumbroso. El mundo al poeta lo subyuga.
Las palabras del poeta son dulces. No se aviene con demasiadas
ironías ni con hondos pensamientos que hurguen en la herida. Sólo
un poco triste a veces. En Hay que cantar (ese título es ya una
dulce obligación) había dado un libro donde hasta los Postes y El
poema malo tienen cabida. Y de la poesía dice que "sin embargo
escribir para espantar en los otros / el mal / el dolor / te hace
entre las disciplinas la más hermosa...".
Robinson Quintero acoge el poema en el disfrute mismo de
nombrar. El poema es el objeto de arte por definición. Material,
moldeable, oloroso, visual. Su ética corresponde a la palabra en el
poema, no afuera. El poema conforma su solo y único mundo
mensurable. Por ello el poema, cada poema, es una forma moldeada y
corpórea, un pequeño universo respirable. En Parada (pág. 45) nos
habla de los choferes de buses y camiones que prefieren orinar en
la parte trasera de sus carros, contra las llantas, en vez de
hacerlo contra un árbol, en un orinal, en fin, donde mande la
discreción: "[...] de espaldas / las piernas abiertas / y
mirando de reojo / sueltan el chorro / [...] / Un vapor sube de las
gomas calientes / y se quedan mirándolo como niños
hechizados". Uno piensa: sí, todo puede decirse. Al poema no
pueden cohibirlo la compostura y los temas limpios. Desde comienzos
del siglo XX Joyce demostró, para siempre, que hasta una defecada
es literaria, si viene narrada de manos maestras.

En Paraje (pág. 55) la crudeza de la descripción y la violencia
implícita en el cuadro nos aboca a la violencia del país y a las
imágenes recurrentes tanto en quien permanece en su casa (gracias a
los medios de comunicación) como en quien viaja por autopistas y
carreteras: "[...] Son tres hombres Sus cuerpos / esparcidos
sobre el pavimento / de la carretera / los sesos hirvientes al
sol". En Llanura de Tulúa, hace más de cuarenta años, Fernando
Charry Lara nos había dado un poema que, en su doble condición de
amor y de muerte, describía la violencia hablándonos de los cuerpos
entrelazados de dos amantes, asesinados, entrevistos al paso:
"Al borde del camino, los dos cuerpos / Uno junto al otro, /
Desde lejos parecen amarse. / [...] / Estrechamente entrelazando
sus cinturas / Aquellos brazos jóvenes, / [...] / Mas no hay beso,
sino el viento, / Sino el aire / Seco del verano sin movimiento. /
[...] / Son cuerpos que son piedra, que son nada, / Son cuerpos de
mentira, mutilados, / De su muerte ignorantes, de su suerte
[...]".
La poesía es un viaje inesperado. Como todo viaje que se
emprende con los sentidos abiertos al albur, a la sorpresa, al
asombro del camino. Y el poeta es el viajero que no se atiene al
sumiso asiento estático en que ve pasar el mundo tal y como otros
lo han previsto. El poeta es un viajero incómodo, insumiso. Por eso
Robinson Quintero escribe un libro singular, atípico, irregular
como los accidentes de las rutas que atraviesa. Pero no se propone
un libro de grandes acciones, ni de aventuras inusuales, ni de
hondas reflexiones.
Aquí no hay analogías ni enseñanzas. Hay el discurrir en una
observación, a veces fugaz, donde aparece la poesía de lo nimio,
pero también de lo trágico. No abandona, nunca, el material
precioso que le permite, sí, hacernos ver con claridad los mil
rostros del país, las innumerables luces del paisaje: el lenguaje.
"Engrandecer las cosas menores a través del lenguaje -dice
Manuel de Barros- es una de las funciones de la poesía". Y uno
se ve precisado a aclarar que de "funciones" habla, si
quiere, el de afuera, el que estudia los fenómenos sociales del
arte. No el poeta que, como aquí, nos enseña que en una palabra
desnuda de artificios y de poses para la inmortalidad cifra su
verdadera sensibilidad. Tal vez inútil para tiempos difíciles
(¿quién nos puede mostrar tiempos fáciles?), pero eficaz
para el placer sin fin de una obra dueña de mundos propios. Ave
rara en los tiempos que corren. Qué digo: en todos los tiempos.
LUÍS GERMÁN SIERRA J.