Reseñas. El poeta es un viajero incómodo
El poeta es un viajero incómodo
La poesía es un viaje
Robinson Quintero Ossa
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004, 86 págs.
El mundo al poeta lo subyuga.
Por analogía, por extensión, o en uso de una metáfora frecuente,
la poesía, tradicionalmente, se ha asimilado al viaje. Ir a otro
lugar, transportarse, dejarse llevar en un vuelo por la
imaginación, etc. Hasta que ello se volvió un lugar común, un
comodín, una fórmula insustancial. Entre otras cosas, porque la
poesía ha dejado de ser ese cuerpo blandengue y modelable que
servía "para todo" (y por tanto para nada), y en el cual
entraba todo el que quisiera, desde políticos hasta
recreacionistas, para hacerse pasar por gente interesante de nobles
y altos ideales, y ha pasado, hace rato, a entenderse como lo que
es: un género del arte cuyo cultivo requiere disciplina, rigor,
elegancia, conocimiento del lenguaje y una fina sensibilidad.

Entonces un título como La poesía es un viaje, de Robinson
Quintero, que publicó en 2004 la Universidad Nacional, a primera
vista puede parecemos poco original. Pero también sin agarre, sin
fuerza.
Una vez instalados en la lectura, y a medida que avanzamos, ese
título puede parecemos ya eficaz y hasta sonoro, o simplemente nos
olvidamos de él por el hecho de que estos poemas absorben toda
nuestra atención; nos vamos con ellos, de verdad, por donde ellos
viajan: carreteras, montañas, ríos, oscuridades, soles,
memoria.
Robinson Quintero Ossa (Caramanta [Antioquia], 1959) ha
publicado tres títulos de poesía: De viaje (1994), Hay que cantar
(1998) y La poesía es un viaje (2004). Tres libros en diez años
significa que hay pudor y, con él, cuidado, reposo, selección. Y
esto se les nota a los libros. Cada uno tiene su carácter, su tono,
su lenguaje. Y hay medida en todo ello.
Pero no están exentos de una sensibilidad que aflora por sus
líneas, que es como decir por la piel de estos textos. Desde el
primero se avizora un temperamento poético sólido, sin que pueda
decirse que no tiene balbuceos o ripios que, como se verá, el poeta
retira cuando tiene oportunidad.
No es éste un poeta dado a las metáforas, al tropo, o en general
al uso permanente de los recursos propios y abundantes de la
poesía. Y ello también se ve desde el principio. Su decir es
simple, de sensaciones inmediatas, casi sin imágenes más allá de
las que las palabras reflejan al ser nombradas.

En De viaje ya ese tono se vislumbra. Allí nos habla de
Tren, Patios, Perro, Oración, Ríos, Mesa puesta, Canción,
en fin, cosas que tenemos a la vista. Los ojos del poeta van de
viaje por los objetos y los asuntos que le rodean, acompañados de
la memoria, de los recuerdos casi siempre de un niño que va
descubriendo la vida: "Vengan / los invito a ver los canteros
de mi madre / las plantas que adornan su balcón..." (pág.
38).
O como el chofer que en el parabrisas nos dice lo que ve y que
un día se borrará para siempre: "Colinas de altos pastos rojos
/ un río de brillantes peñascos /[...]/ El temblor de los
platanales en la carretera /[...] / Y la última luz viva de la
tarde".
La última luz viva de la tarde se emparienta aquí con el último
viaje, el de la muerte. La poesía es un viaje comienza justo con
ese poema, que estaba ya en el primer libro. "Ante mí veo lo
que un día se borrará para siempre" es su primera línea y será
también la última. A pesar de las vivas descripciones, esta canción
es casi un treno: "Todo en viaje hacia la noche".
La manera de nombrar las cosas para proporcionarles un ámbito,
una atmósfera, tiene que ver, es evidente, con su huida de
lenguajes retóricos o de excesos literarios. El poeta quiere dejar
constancia de que esa manera de nombrar, desnuda, es legítima
porque es la única que tiene. Es decir, también la desnudez se
puede impostar, también ella puede llegar a ser una máscara. Pero
no aquí. En Mis poemas, el último texto (¿inventario?,
¿declaración?) de De viaje, muestra las cartas: "En lo
incierto del tiempo / sin amigos / ¿bastará este botín
Señor? / No lo he robado / no lo he ganado por azar / En mitad de
la vida me quedé sin nada / ¿Bastará este botín Señor?"
(pág. 76).
La poesía es un viaje vio la luz, primero, en el número
CLXXXII de la revista Golpe de Dados, de Mario Rivero, en 2003.
Allí el poeta de Envigado escribió, respecto al libro de Quintero:
"Deliberado pasajero en tierra es, pues, Robinson Quintero,
quien en sus tránsitos, sus transcursos, es decir, 'sus trabajos y
sus días', le tuerce el cuello a la elocuencia, a la retórica, para
colocarse del lado cotidiano y sencillo de la vida, con lo que se
vincula ya su poesía como conducta. La necesidad del poeta de
asumir una postura estético-moral contemporánea; es decir,
solidaria con el hombre de carne y hueso; o el mundo percibido como
la respiración de los hombres vivos, y la viva tierra, animada por
el asombro inaugural de la mirada; la plenitud del ojo que aprende
a ver en el 'doblez'; a oír por la oreja del clima, en las
vibraciones crudas del viento o en el simple silencio [...] Los
textos siguientes confirman [...], fundamentalmente, un lenguaje
sobrio, sin ningún decorativismo, sin potencia verbal; una poesía
que yo llamaría 'a palo seco', esto es, con presencia eficaz de la
palabra justa".
Un año más tarde, con nueve poemas nuevos, lo vemos aquí, en
esta edición de la Universidad Nacional, en general decente,
descontándole cierto airecillo de planchas electrostáticas en sus
páginas interiores, que dan esa odiosa impresión de fotocopias.
Incluye también el autor, en esta nueva edición, los nueve
poemas correspondientes a "El viaje", uno de los
capítulos del libro De viaje de 1994. Estos poemas retomados
pertenecen, sin duda, al clima del nuevo libro. En el primero, en
ese capítulo de textos sobre el viaje, había dejado una deuda
pendiente. Uno de los temas que sin duda lo apasionan. No es
relleno, pues, ni bulto, sino lealtad consigo mismo.