Reseñas. La sola palabra
La sola palabra
Ulises, hombre solo
José Manuel Crespo
Universidad del Magdalena / Casa de Poesía Silva, <Santa
Marta>, 2004, 157 págs.
¿Qué guerra es ésta, pues, que no redime
ese ayer infinito que perdimos
tratando de vivir vidas ajenas?
José Manuel Crespo
Un vasto, pero monótono monólogo sobre su experiencia vital, que
por ser la de Nadie supone literalmente la de cada hombre -es
decir, comprendiendo abusivamente en él a la mujer-, es el que
enuncia este Ulises de José Manuel Crespo en un anochecer de
Ogigia, la isla donde se halla prisionero por el designio amoroso
de una divinidad menor.
El icono del Ingenioso -como bien afirma Nicolás Suescún en su
breve presentación, mencionando a Kavafis y a Joyce-, ha sido, no
sin razón, uno de los más recurrentes entre los escritores del
pasado siglo. El mismo Suescún se encarga de señalar las
peculiaridades del héroe de esta obra, con la que el autor de
Ciénaga obtuvo en el 2000 el premio de poesía HJCK 50 Años / Casa
de Poesía Silva:

El Ulises de Crespo es el poeta mismo -y nosotros, sus
coetáneos-, no sólo porque vea en sueños "al niño que comía
mango biche en la playa", o porque aparezcan animales y
plantas americanos como los mapuches, los turpiales, las guacamayas
o las araucarias, o porque emplee giros y diminutivos muy de
nosotros; sino porque "Ulises, el monarca -vuelta realidad la
treta con que engañó a Polifemo-, es ahora Nadie", cuyas tres
miserias son "la ira, la indolencia mortal, la
incertidumbre"... [pág. 6]
De acuerdo. Se trata de un Ulises caribeño y anónimo: un rey
solo, cautivo de sus propios fantasmas e ilusiones, que es a lo que
se reduce, pasadas las centurias y tantas decepciones surgidas del
ingenio, como aquel vacuo caballo portentoso, su gesta memorable.
Un Ulises íntimo, acuciado por crímenes que otrora eran hazañas:
las llamas de Troya, el ojo ciego de Polifemo, la iracundia de
Aquiles, la magia de Circe. Es decir, un Ulises sin porvenir ni
historia propia, como somos nosotros, hijos del siglo XXI y de
Latinoamérica: los hijos desdeñados de los dioses, a expensas de
ninfas caprichosas, rodeados por el mar inmenso de la soledad y la
violencia:
No soy grato a los dioses. Hay motivo:
nunca les tuve suficiente miedo.
[pág. 130]
Pero también somos nosotros porque como ese Ulises, que dice su
monótono monólogo en medio de exotismos, hemos sido sometidos
siempre a una andanada de palabras, a un discurso tan vasto que nos
anonada. De modo que, como Joyce, asumiendo con Crespo a este
cansado Ulises en nuestras tierras aún ubérrimas, admitimos que
nada más hay que hacer, nada tampoco que contar, o sí: sutiles
divertimentos sobre asuntos reiterados, que es lo mismo que nada,
entre circunloquios de memorias tristes e irremediables:
La garra mata pero no disfruta el mundo y su verdad: sólo la
mano (la mano que debido a la pericia del arisco pulgar que
sigiloso se aproxima, distancia o contrapone al ritmo de los cuatro
inseparables, abre, cierra, trabaja, pulsa, siente, y en su mímico
juego hace posible que el logos interior, el verbo ciego se colme
de color y de sentido, que un niño con los párpados cerrados
perciba y reconozca la violeta, o que el hombre sin voz, el perro
mudo, exprese lo que siente y sustituya con el signo la sílaba
perdida) se hace cuenco y remanso para el agua, sujeta con firmeza
la madera o suave precisión la hojita verde, se tiende en amistad,
muestra la palma surcada por las líneas del destino.
[págs. 24-25]
No se puede negar que tales divertimentos y circunloquios tienen
aún su gracia, mas no aquella trascendencia épica del rapsoda.
Tampoco la propia de aquel viajero osado del siglo XIII que fuera
al mismo cielo y que Crespo pareciera evocar en la cadencia de sus
endecasílabos. Ni siquiera los graves circunloquios emitidos, en la
modernidad fundacional, por Hamlet ante la calavera de Yorick. Este
Ulises estático de Crespo, sin hazañas ni luchas, carece incluso de
un Dublín laberíntico. Se contenta tan sólo, ya se ha dicho, en el
paisaje de los tomates y las guacamayas: es decir, en la abundancia
de la palabra. Tal es lo que pareciera salvarse: la sola entonación
de la palabra: al margen de si dice angustia o cielo, el regodeo en
la palabra es lo que importa, cual lo expresan los 4.900 versos del
poema, dignos de este doble criollo del sapiente héroe, hecho de
perplejidades e impotencias existenciales que aspira a cubrir con
la elocuencia:
Nunca sé qué contar a mi regreso, Pero sí sé, Calipso, que
si vuelvo a la patria (en los tiempos revueltos apenas si es
posible ser caudillo y morirse de vejez en la cama) alguna noche
fría, charlando junto al fuego (tras la cena adornada con higos,
aceitunas y tomates abiertos en aceite de oliva) bebiendo vino rojo
le contaré a un extraño [...] qué brasas y qué hielos me quemaban
el alma la tarde en que los griegos nos reunimos en Áulide
[pág. 122]
Igual que en la cita precedente, las frases parentéticas de ésta
evidencian el circunloquio y el divertimento referido. Admirable
ejercicio, rico en ardides verbales, no en hazañas. Sólo esto nos
queda del ingenio de Ulises.
ANTONIO SILVERA ARENAS