Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. La sola palabra

La sola palabra

Ulises, hombre solo

José Manuel Crespo
Universidad del Magdalena / Casa de Poesía Silva, <Santa Marta>, 2004, 157 págs.

 

¿Qué guerra es ésta, pues, que no redime
ese ayer infinito que perdimos
tratando de vivir vidas ajenas?
José Manuel Crespo

Un vasto, pero monótono monólogo sobre su experiencia vital, que por ser la de Nadie supone literalmente la de cada hombre -es decir, comprendiendo abusivamente en él a la mujer-, es el que enuncia este Ulises de José Manuel Crespo en un anochecer de Ogigia, la isla donde se halla prisionero por el designio amoroso de una divinidad menor.

El icono del Ingenioso -como bien afirma Nicolás Suescún en su breve presentación, mencionando a Kavafis y a Joyce-, ha sido, no sin razón, uno de los más recurrentes entre los escritores del pasado siglo. El mismo Suescún se encarga de señalar las peculiaridades del héroe de esta obra, con la que el autor de Ciénaga obtuvo en el 2000 el premio de poesía HJCK 50 Años / Casa de Poesía Silva:

El Ulises de Crespo es el poeta mismo -y nosotros, sus coetáneos-, no sólo porque vea en sueños "al niño que comía mango biche en la playa", o porque aparezcan animales y plantas americanos como los mapuches, los turpiales, las guacamayas o las araucarias, o porque emplee giros y diminutivos muy de nosotros; sino porque "Ulises, el monarca -vuelta realidad la treta con que engañó a Polifemo-, es ahora Nadie", cuyas tres miserias son "la ira, la indolencia mortal, la incertidumbre"... [pág. 6]

De acuerdo. Se trata de un Ulises caribeño y anónimo: un rey solo, cautivo de sus propios fantasmas e ilusiones, que es a lo que se reduce, pasadas las centurias y tantas decepciones surgidas del ingenio, como aquel vacuo caballo portentoso, su gesta memorable. Un Ulises íntimo, acuciado por crímenes que otrora eran hazañas: las llamas de Troya, el ojo ciego de Polifemo, la iracundia de Aquiles, la magia de Circe. Es decir, un Ulises sin porvenir ni historia propia, como somos nosotros, hijos del siglo XXI y de Latinoamérica: los hijos desdeñados de los dioses, a expensas de ninfas caprichosas, rodeados por el mar inmenso de la soledad y la violencia:

No soy grato a los dioses. Hay motivo:
nunca les tuve suficiente miedo.
[pág. 130]

Pero también somos nosotros porque como ese Ulises, que dice su monótono monólogo en medio de exotismos, hemos sido sometidos siempre a una andanada de palabras, a un discurso tan vasto que nos anonada. De modo que, como Joyce, asumiendo con Crespo a este cansado Ulises en nuestras tierras aún ubérrimas, admitimos que nada más hay que hacer, nada tampoco que contar, o sí: sutiles divertimentos sobre asuntos reiterados, que es lo mismo que nada, entre circunloquios de memorias tristes e irremediables:

La garra mata pero no disfruta el mundo y su verdad: sólo la mano (la mano que debido a la pericia del arisco pulgar que sigiloso se aproxima, distancia o contrapone al ritmo de los cuatro inseparables, abre, cierra, trabaja, pulsa, siente, y en su mímico juego hace posible que el logos interior, el verbo ciego se colme de color y de sentido, que un niño con los párpados cerrados perciba y reconozca la violeta, o que el hombre sin voz, el perro mudo, exprese lo que siente y sustituya con el signo la sílaba perdida) se hace cuenco y remanso para el agua, sujeta con firmeza la madera o suave precisión la hojita verde, se tiende en amistad, muestra la palma surcada por las líneas del destino.
[págs. 24-25]

No se puede negar que tales divertimentos y circunloquios tienen aún su gracia, mas no aquella trascendencia épica del rapsoda. Tampoco la propia de aquel viajero osado del siglo XIII que fuera al mismo cielo y que Crespo pareciera evocar en la cadencia de sus endecasílabos. Ni siquiera los graves circunloquios emitidos, en la modernidad fundacional, por Hamlet ante la calavera de Yorick. Este Ulises estático de Crespo, sin hazañas ni luchas, carece incluso de un Dublín laberíntico. Se contenta tan sólo, ya se ha dicho, en el paisaje de los tomates y las guacamayas: es decir, en la abundancia de la palabra. Tal es lo que pareciera salvarse: la sola entonación de la palabra: al margen de si dice angustia o cielo, el regodeo en la palabra es lo que importa, cual lo expresan los 4.900 versos del poema, dignos de este doble criollo del sapiente héroe, hecho de perplejidades e impotencias existenciales que aspira a cubrir con la elocuencia:

Nunca sé qué contar a mi regreso, Pero sí sé, Calipso, que si vuelvo a la patria (en los tiempos revueltos apenas si es posible ser caudillo y morirse de vejez en la cama) alguna noche fría, charlando junto al fuego (tras la cena adornada con higos, aceitunas y tomates abiertos en aceite de oliva) bebiendo vino rojo le contaré a un extraño [...] qué brasas y qué hielos me quemaban el alma la tarde en que los griegos nos reunimos en Áulide
[pág. 122]

Igual que en la cita precedente, las frases parentéticas de ésta evidencian el circunloquio y el divertimento referido. Admirable ejercicio, rico en ardides verbales, no en hazañas. Sólo esto nos queda del ingenio de Ulises.

ANTONIO SILVERA ARENAS