Reseñas. Estar de ser entero entre las cosas mudas
Estar de ser entero entre las cosas mudas
Estuario
Carlos Roberto Obregón Borrero
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004, 147 págs.
Ese lugar en el cual las aguas de un río entran en contacto con
las del mar y en donde éste -aprovechando la desproporción
momentánea que le significa enfrentar con su enorme poder a otro
mucho más pequeño se interna en tierra firme intentando apropiarse
territorio e imponer su lógica devastadora, lo llamamos
estuario. La tierra, por su parte, sintiéndose amenazada, invierte
toda su fortaleza en la tarea de rechazar al invasor y arrojarlo de
vuelta a sus confines. Se entabla, pues, un forcejeo titánico que
no conoce pausa y sin embargo, en la misma medida de su virulencia,
existen pocos lugares en los cuales la vida pulule de manera tan
desaforada. Los actores de este drama telúrico destinan lo mejor de
sus energías a su enfrentamiento descomunal, y aunque ni uno ni
otro ceden en sus pretensiones y el forcejeo se pudiera medir en
términos de infinito, la pugna se traduce en fertilidad y las
potencias vitales explotan sin medida. Placer, dolor, muerte, vida,
eternidad, transitoriedad, palabra, silencio, soledad, son los
habitantes de ese habitat privilegiado que Carlos Obregón nos
presenta en su libro, y que la Colección de Poesía de la
Universidad Nacional de Colombia pone en nuestras manos.

Nacido en 1929, Carlos Obregón se ubicaría en una generación de
poetas que ha sabido ponerse al alcance del público interesado en
asuntos literarios en nuestro país. Y sin embargo, pese a la
exigüidad de ese colectivo de lectores más o menos
innominados, que se ha constituido en destinatario del trabajo
poético de nuestros creadores, en el caso del poeta Obregón su
situación se hace aún más extrema. En efecto, salvo un mínimo grupo
de conocedores que ha sabido apreciar con justicia su obra, el
legado poético de Obregón es prácticamente desconocido. Las
historias oficiales de la literatura colombiana no lo consideran y
la mayor parte de las antologías poéticas, incluso las más
autorizadas, no se ocupan de su trabajo. Así las cosas, podría
decirse que Estuario del poeta Carlos Obregón, no obstante haber
sido escrito entre 1957 y 1960, es un libro nuevo en el contexto de
la poesía colombiana. El hecho de que en 1985 Procultura haya
editado en Colombia su obra poética, constituida en esencia por dos
libros, Distancia destruida (Madrid, 1957) y Estuario (Palma de
Mallorca, 1961), además de unos cuantos poemas inéditos, no
transforma esencialmente la situación: La palabra poética de Carlos
Obregón no ocupa el lugar que le corresponde en nuestra tradición
literaria.

La circunstancia de que Carlos Obregón haya pasado buena parte
de su corta vida -se suicidó a la edad de treinta y tres años- por
fuera del país, y que haya ocupado espacios sociales distintos de
los del creador literario (cultivador de algodón, profesor de
física y matemáticas), podrían explicar en parte su
desconocimiento. Pero, por otra parte, el cuerpo mismo de su legado
poético se acomodaba tan poco con los estereotipos al uso, que no
sorprende la desatención a que se vio sometido por parte de sus
contemporáneos. El repudio que Obregón manifestó en su obra, y en
su vida, a la estética declamatoria, y que por supuesto lo colocó
al margen del aprecio de un país adicto a la versificación y a la
estridencia, fue compartido por algunos de sus más ilustres
coetáneos. Jorge Gaitán Duran, por no citar más que a uno de ellos,
construyó una de las obras más valiosas de la poesía moderna
colombiana sobre bases diametralmente opuestas a la grandilocuencia
decimonónica. Y sin embargo, respecto de Gaitán Duran y en general
de sus compañeros de Mito, no podría hablarse de anonimato alguno.
Por el contrario: el poeta de Si mañana despierto, junto a Cote
Lamus o Fernando Charry Lara, entre otros, halló el sitio que le
correspondió justamente en nuestro panorama cultural. Álvaro Mutis
afirma que Mito "limpió el aire provincial de la cultura
colombiana" (J. G. Cobo Borda, Poesía colombiana. Universidad
de Antioquia). Aire provincial que, evidentemente, está ausente del
trabajo poético de Obregón. Ahora bien: mientras que su ilustre
contemporáneo desarrolla una poética en clara vinculación con la
acción y por ende inserta en el tiempo que transcurre y se hace
acto, vida y anécdota, Obregón se instala en una palabra
contemplativa, abstracta, autónoma e intemporal. Sucedían hechos
históricos determinantes para la configuración de nuestro
temperamento nacional. Colombia se desangraba en la eclosión de la
llamada Gran Violencia, una de las épocas más vergonzosas y crudas
de nuestro andareguear histórico, y el sector más representativo de
nuestros intelectuales se vieron abocados a registrar su vivencia
de la historia en su producción. Obregón no. Salvo contadas
excepciones presentes en Estuario -"un país maldito donde
Cristo agoniza"-, su voz instaura un espacio sagrado,
inabarcable y ajeno a las mezquindades de lo anecdótico. Su poesía
funda un territorio de honda espiritualidad. Una desembocadura que
pone en contacto lo absoluto y lo contingente; un estuario poblado
de ángeles, llamas, nubes, árboles, mares, tiempo y ventarrones,
tan distante de la ruindad histórica que le correspondió vivir,
como inserta en ella de una manera misteriosa. Porque su
comprensión de la existencia abre espacio a una palabra que da
cuenta del asombro de estar ahí, abandonado en medio de la
diversidad del mundo, en plena duración, a bordo de un instante. Un
instante que implica todos los instantes y resuena con las
reverberaciones de cada ser y hecho. De cada circunstancia.
Estar inerme, estar de ser entero entre las cosas mudas,
cada cual entregada a su quietud pensativa, intactas en sí mismas
como lenguas de fuego: abiertas, proyectadas de filo hacia el
silencio.
Silencio éste que, además de actuar como ámbito que posibilita
la experiencia de las cosas, opera en el universo fructífero de
Estuario como territorio de lo sagrado. De lo religioso. Y es que,
en contravía con la actitud más generalizada entre los
intelectuales de su momento, que configuraron una identidad en
clara oposición respecto a los valores clericales de la tradición,
Obregón se sitúa en clara confluencia con éstos.
Con la liturgia tu silencio florece y se proyecta en simples
líneas y volutas de incienso. Los cirios lo guarecen y su frágil
certeza hace vibrar el cáliz. Pero al salir del templo, lo siento
más distante respirando la noche. Y a esa hora, entrar en él
es ser ya todo.

Podemos señalar cómo Obregón fue formado bajo una educación
fuertemente clerical y que sus figuras familiares, autoritarias y
religiosas, desarrollaron en él un carácter sensible a la
experiencia del absoluto. Ya en España, después de sus años de
aprendizaje de ciencia y matemáticas, y tras ocuparse con
empecinamiento en asuntos filosóficos, intenta infructuosamente
ingresar a un monasterio. Aunque la imposibilidad de convertirse en
monje lo obliga a persistir en los vaivenes de la mundanidad, sus
pulsiones interiores no lo abandonan nunca. Probablemente este
insistir en la vivencia de lo sagrado y eclesiástico, en un
contexto que luchaba a brazo tendido por dejar de lado un pasado
histórico hecho a base de religiosidad, haya desempeñado su papel
en el silencio que ha rodeado su obra. Y sin embargo, los tiempos
que corren, junto a tanta insensatez, también hacen posible volver
a mirar, y esta vez con sosiego, testimonios de vida en clara
oposición al espíritu general de su época. Es el caso de Obregón.
Porque su palabra se ocupa de asuntos enigmáticos y abstrusos, pero
lo hace desde la sensibilidad poética más refinada y honesta. Más
translúcida. Y su marginalidad termina por convertirse en ese
ámbito de luz tenue que permite el florecimiento de una experiencia
vital genuina, y, pareciera, característica de la condición
humana.
Junto a la placentera posibilidad de contar con una oferta
editorial que nos acerca al trabajo poético de Carlos Obregón,
lamentamos constatar cómo la factura misma del libro está lejos de
corresponder a las expectativas provocadas. Las contradicciones en
la información del texto de solapa (a renglón seguido, y sin
ninguna solución de continuidad, se nos indica que el poeta se
suicida el i de enero de 1963 y que muere en un accidente
automovilístico en 1964) y la repetición de un mismo verso final en
dos páginas seguidas (págs. 94 y 95) con el consecuente desfase en
la diagramación, evidencian un descuido editorial inexplicable. La
colección de poesía de la Universidad Nacional de Colombia, por su
propia condición y constituyéndose en una política cultural de
nuestro más importante centro educativo, merece todas nuestras
simpatías. No obstante, en medio de una propuesta visual cuidadosa
y un concepto de libro delicado y preciso, estas incorrecciones
evidencian un espíritu desdeñoso en el manejo del patrimonio
público que esperamos no ver repetido en ninguna otra
oportunidad.
RAFAEL MAURICIO MÉNDEZ BERNAL