Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Estar de ser entero entre las cosas mudas

Estar de ser entero entre las cosas mudas

 

Estuario

Carlos Roberto Obregón Borrero
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004, 147 págs.

 

Ese lugar en el cual las aguas de un río entran en contacto con las del mar y en donde éste -aprovechando la desproporción momentánea que le significa enfrentar con su enorme poder a otro mucho más pequeño se interna en tierra firme intentando apropiarse territorio e imponer su  lógica devastadora, lo llamamos estuario. La tierra, por su parte, sintiéndose amenazada, invierte toda su fortaleza en la tarea de rechazar al invasor y arrojarlo de vuelta a sus confines. Se entabla, pues, un forcejeo titánico que no conoce pausa y sin embargo, en la misma medida de su virulencia, existen pocos lugares en los cuales la vida pulule de manera tan desaforada. Los actores de este drama telúrico destinan lo mejor de sus energías a su enfrentamiento descomunal, y aunque ni uno ni otro ceden en sus pretensiones y el forcejeo se pudiera medir en términos de infinito, la pugna se traduce en fertilidad y las potencias vitales explotan sin medida. Placer, dolor, muerte, vida, eternidad, transitoriedad, palabra, silencio, soledad, son los habitantes de ese habitat privilegiado que Carlos Obregón nos presenta en su libro, y que la Colección de Poesía de la Universidad Nacional de Colombia pone en nuestras manos.

Nacido en 1929, Carlos Obregón se ubicaría en una generación de poetas que ha sabido ponerse al alcance del público interesado en asuntos literarios en nuestro país. Y sin embargo, pese a la exigüidad de ese colectivo de lectores más o menos innominados, que se ha constituido en destinatario del trabajo poético de nuestros creadores, en el caso del poeta Obregón su situación se hace aún más extrema. En efecto, salvo un mínimo grupo de conocedores que ha sabido apreciar con justicia su obra, el legado poético de Obregón es prácticamente desconocido. Las historias oficiales de la literatura colombiana no lo consideran y la mayor parte de las antologías poéticas, incluso las más autorizadas, no se ocupan de su trabajo. Así las cosas, podría decirse que Estuario del poeta Carlos Obregón, no obstante haber sido escrito entre 1957 y 1960, es un libro nuevo en el contexto de la poesía colombiana. El hecho de que en 1985 Procultura haya editado en Colombia su obra poética, constituida en esencia por dos libros, Distancia destruida (Madrid, 1957) y Estuario (Palma de Mallorca, 1961), además de unos cuantos poemas inéditos, no transforma esencialmente la situación: La palabra poética de Carlos Obregón no ocupa el lugar que le corresponde en nuestra tradición literaria.

La circunstancia de que Carlos Obregón haya pasado buena parte de su corta vida -se suicidó a la edad de treinta y tres años- por fuera del país, y que haya ocupado espacios sociales distintos de los del creador literario (cultivador de algodón, profesor de física y matemáticas), podrían explicar en parte su desconocimiento. Pero, por otra parte, el cuerpo mismo de su legado poético se acomodaba tan poco con los estereotipos al uso, que no sorprende la desatención a que se vio sometido por parte de sus contemporáneos. El repudio que Obregón manifestó en su obra, y en su vida, a la estética declamatoria, y que por supuesto lo colocó al margen del aprecio de un país adicto a la versificación y a la estridencia, fue compartido por algunos de sus más ilustres coetáneos. Jorge Gaitán Duran, por no citar más que a uno de ellos, construyó una de las obras más valiosas de la poesía moderna colombiana sobre bases diametralmente opuestas a la grandilocuencia decimonónica. Y sin embargo, respecto de Gaitán Duran y en general de sus compañeros de Mito, no podría hablarse de anonimato alguno. Por el contrario: el poeta de Si mañana despierto, junto a Cote Lamus o Fernando Charry Lara, entre otros, halló el sitio que le correspondió justamente en nuestro panorama cultural. Álvaro Mutis afirma que Mito "limpió el aire provincial de la cultura colombiana" (J. G. Cobo Borda, Poesía colombiana. Universidad de Antioquia). Aire provincial que, evidentemente, está ausente del trabajo poético de Obregón. Ahora bien: mientras que su ilustre contemporáneo desarrolla una poética en clara vinculación con la acción y por ende inserta en el tiempo que transcurre y se hace acto, vida y anécdota, Obregón se instala en una palabra contemplativa, abstracta, autónoma e intemporal. Sucedían hechos históricos determinantes para la configuración de nuestro temperamento nacional. Colombia se desangraba en la eclosión de la llamada Gran Violencia, una de las épocas más vergonzosas y crudas de nuestro andareguear histórico, y el sector más representativo de nuestros intelectuales se vieron abocados a registrar su vivencia de la historia en su producción. Obregón no. Salvo contadas excepciones presentes en Estuario -"un país maldito donde Cristo agoniza"-, su voz instaura un espacio sagrado, inabarcable y ajeno a las mezquindades de lo anecdótico. Su poesía funda un territorio de honda espiritualidad. Una desembocadura que pone en contacto lo absoluto y lo contingente; un estuario poblado de ángeles, llamas, nubes, árboles, mares, tiempo y ventarrones, tan distante de la ruindad histórica que le correspondió vivir, como inserta en ella de una manera misteriosa. Porque su comprensión de la existencia abre espacio a una palabra que da cuenta del asombro de estar ahí, abandonado en medio de la diversidad del mundo, en plena duración, a bordo de un instante. Un instante que implica todos los instantes y resuena con las reverberaciones de cada ser y hecho. De cada circunstancia.

Estar inerme, estar de ser entero entre las cosas mudas, cada cual entregada a su quietud pensativa, intactas en sí mismas como lenguas de fuego: abiertas, proyectadas de filo hacia el silencio.

Silencio éste que, además de actuar como ámbito que posibilita la experiencia de las cosas, opera en el universo fructífero de Estuario como territorio de lo sagrado. De lo religioso. Y es que, en contravía con la actitud más generalizada entre los intelectuales de su momento, que configuraron una identidad en clara oposición respecto a los valores clericales de la tradición, Obregón se sitúa en clara confluencia con éstos.

Con la liturgia tu silencio florece y se proyecta en simples líneas y volutas de incienso. Los cirios lo guarecen y su frágil certeza hace vibrar el cáliz. Pero al salir del templo, lo siento más distante respirando la noche.  Y a esa hora, entrar en él es ser ya todo.

Podemos señalar cómo Obregón fue formado bajo una educación fuertemente clerical y que sus figuras familiares, autoritarias y religiosas, desarrollaron en él un carácter sensible a la experiencia del absoluto. Ya en España, después de sus años de aprendizaje de ciencia y matemáticas, y tras ocuparse con empecinamiento en asuntos filosóficos, intenta infructuosamente ingresar a un monasterio. Aunque la imposibilidad de convertirse en monje lo obliga a persistir en los vaivenes de la mundanidad, sus pulsiones interiores no lo abandonan nunca. Probablemente este insistir en la vivencia de lo sagrado y eclesiástico, en un contexto que luchaba a brazo tendido por dejar de lado un pasado histórico hecho a base de religiosidad, haya desempeñado su papel en el silencio que ha rodeado su obra. Y sin embargo, los tiempos que corren, junto a tanta insensatez, también hacen posible volver a mirar, y esta vez con sosiego, testimonios de vida en clara oposición al espíritu general de su época. Es el caso de Obregón. Porque su palabra se ocupa de asuntos enigmáticos y abstrusos, pero lo hace desde la sensibilidad poética más refinada y honesta. Más translúcida. Y su marginalidad termina por convertirse en ese ámbito de luz tenue que permite el florecimiento de una experiencia vital genuina, y, pareciera, característica de la condición humana.

Junto a la placentera posibilidad de contar con una oferta editorial que nos acerca al trabajo poético de Carlos Obregón, lamentamos constatar cómo la factura misma del libro está lejos de corresponder a las expectativas provocadas. Las contradicciones en la información del texto de solapa (a renglón seguido, y sin ninguna solución de continuidad, se nos indica que el poeta se suicida el i de enero de 1963 y que muere en un accidente automovilístico en 1964) y la repetición de un mismo verso final en dos páginas seguidas (págs. 94 y 95) con el consecuente desfase en la diagramación, evidencian un descuido editorial inexplicable. La colección de poesía de la Universidad Nacional de Colombia, por su propia condición y constituyéndose en una política cultural de nuestro más importante centro educativo, merece todas nuestras simpatías. No obstante, en medio de una propuesta visual cuidadosa y un concepto de libro delicado y preciso, estas incorrecciones evidencian un espíritu desdeñoso en el manejo del patrimonio público que esperamos no ver repetido en ninguna otra oportunidad.

RAFAEL MAURICIO MÉNDEZ BERNAL