Reseñas. Creer o no creer en los ruidos
Volvamos al libro de Luque Muñoz. Tomemos una estrofa, la final
del poema XVII de la primera parte:
Cenizas de búfalo desbocado llevas en la frente,
Bajo la lengua un corcel.
En ti, cuerpo, esas marcas indelebles,
Sellos reales del horror.
Y no te desvelan
Esos viajeros del paleolítico indomable,
Ni los planetas que sometiste bajo el talón,
Sino aquella marca de hembras en celo,
Aquellos astros que en su fulgor
Opacaron tu espada.
El horror de tallar un laberinto sin saberlo.
[pág. 45]
¿Qué nos está diciendo? Lo que dice y listo. ¿Qué
nos está proponiendo como ADN poético? A mí, como lector, muy poco,
casi nada. Me dan ganas de leer a William Blake en el original. Y
acá hemos de entender que no me refiero a buena o mala poesía, en
cuanto a manufactura; no me refiero a versos bien o mal trabajados,
a metáforas atractivas o no. Se trata de algo distinto: el camino
por el que avanzan estas palabras. ¿Adonde nos conduce? Lo
dice el texto final de la secuencia:
El olor a tinta
Delata la fuga del amanuense
Que huye con sus tesoros.
A su paso,
Una metáfora despliega su incandescencia,
Fuego perpetuo en el hielo.
[XIX, pág. 47]
A estas alturas ya he perdido el hilo, sólo ruego que terminen
los poemas. Puede ser, lo reconozco, problema de mi lectura, de mis
gustos, de ser arisco a un tipo de poesía que me habla de reyes y
reinas como podría hablarme también de obreros y engranajes
sociales, pero que no quiera o no sepa (según aguardo como lector)
convencerme de aquello que predica, sea un sueño disparatado o la
revolución ordenadita. Convencerme con sus palabras, con su ADN, su
patente de praxis verbal. Todo este libro parece girar en tomo a un
"mensaje" que a mí se me evade, o que no se me otorga.
Concedo la derrota, soy incapaz de participar:
El arte era embrujar
Con saliva de pájaro
Y contorsiones de mi áspid,
Hasta reunir unas flacas monedas.
Un día, la sierpe aquejada por el hambre,
Resolvió llamarme a cuentas.
Al paraíso llegué,
La venganza enroscada al cuello.
Mientras tendía súplicas al guardia celeste,
Ella, sintiéndose en su reinado,
Desapareció por un agujero.
Y se trepó al árbol, posando para el Génesis.
[IV, pág. 56]
¿Será que la influencia de los Cantos de Pound ha sido
más nefasta que beneficiosa? Esa conversación de "personas
inteligentes" me excluye de cabo a rabo. Así definió alguien,
no sé si Eliot o Robert Loweil, el proyecto central del bardo de
Idaho. En todo caso, en Luque Muñoz se desliza esa tendencia tan
nuestra (pasillo ecuatoriano, valsecito peruano, bolero cantinero,
baladistas peninsulares) a lo tétrico, a los gusanitos de las
tumbas (no las de Mongo Santamaría, que son las buenas):

Me despojaron de las flores,
Premiaron con la mortaja al enterrador,
Mi ataúd conoció la reventa.
¿Qué creéis? ¿Será posible yacer
Sin la mísera eternidad de un trapo
Que entibie mis despojos?
[XI, pág. 64]
¡Si el loquero maniobrara
Los hilos del Hades,
Tendrían su terapia
Los gusanos
Que engullen mi eternidad!
[XIII, pág. 66]
Con su saliva untada del gusano y del
infinito,
Desde la indescifrable tierra,
Los muertos emergen
Para besar tus pasos.
[XVII, pág. 71]
No puedo terminar sin referirme al poema largo de la tercera
parte, que va de la página 77 a la 83 y que da título al libro.
Conté los versos: son 146, dispersos en veinte estrofas de distinta
extensión. Es imposible leerlo sin el acoso de dos acompañantes a
lo largo y lo ancho: la combinación de sustantivo y adjetivo; la
combinación de sustantivo, preposición (de) y sustantivo. Parece
mentira cuántas frases pueden ser producidas, diría Chomsky, con
una gramática tan elemental. Y que ninguna de estas frases posea la
capacidad de entusiasmar a un tipo de lector, pues son el
impedimento principal del poema; aunque para otros lectores sean,
tal vez, el charango de los dioses, ¿no? Me aparto de esas
esferas, entonces. Aquí el recuento: rigidez definitiva; sucesivas
penurias; atroz designio; sosiego imposible; trabajo diligente;
mueca perpetua; gesto desnudo y nocturna transparencia / faraones
de turno; empeño de mis maestros; simpatía de la nada; olor de lo
inconcebible y semejanza del olvido (pág. 77) // lisa hermosura;
pasión inmóvil; arena reencarnada; desierto erguido; lustrosos
laberintos; grutas selladas; piel rupestre; trazos infinitos;
figuras combadas; anciana tristeza; polvorienta altivez y semblante
hierático / inutilidad de su arrogancia; idioma de jeroglifos;
éxido del esqueleto; corazón de lobo; hilos de lo insomne y rouge
de mujer (pág. 78) // diamantes roídos; inexistente atardecer;
tiempo plano; puente levadizo; blancas arañas; piernas siderales;
húmedo designio y dragón real / clamor de uñas; gracia de los
fantasmas y sarcófago de violetas (pág. 79) // acallamiento
líquido; reino cóncavo; estrella errante abrazada; letal teoría;
herida abierta; caballo desbocado; milenarias órbitas y gangrena
repudiada / procesión de preguntas; cementerios de relámpagos y
reinos del Hades (pág. 8o) // lujuria rota; adorada luna; navío
furtivo; nubes cancerosas; losa desnuda; edades hundidas y la luz
yace cautiva, sellada / ahogados del mundo; sarcófago de clavos y
carroña del mamut (pág. 81) // gélido suspiro; lienzo radiante;
virginidades sucesivas y luna negra / colmillo del leopardo; mueca
del vacío; fronteras de un cáliz; guardián vestido de faraón,
armado de una flecha y pulpa de lo invisible (pág. 82) // perros
aquejados de lepra secular y paso marcial / estiércol de la nada;
procesión de decapitados; valles del embrujo; comarcas del respiro
y aureola del aplauso (pág. 83). Difícil, pues, tratar de entender
algo, como las personas que quieren disfrutar su helado de vainilla
y resulta que les vendieron helado de vainilla "con
tropiezos" (como dice mi amiga Buka, desde Lima): trocitos de
almendras, chocolate picado, minicaramelos, pedazos de galletas. En
el fondo, el poema titulado Arqueología del silencio está lleno de
tropiezos que son cualquier cosa, menos silencio.
No todo es desolador en este libro. De pronto, una aguja verbal
en el pajar de los adjetivos:

Verdugos invasores
Hundieron
Agujas ardientes
En mis ojos,
Emparedaron
El esqueleto
Entre muros
Inexpugnables.
Mayor tortura:
Verme sin el abrazo
De mi dama
[VIII, pág. 34]
A pesar de que es dudoso que una dama tenga ganas de abrazar a
un esqueleto, hay una idea que resalta, una acción no obstaculizada
por el crecimiento demográfico de frases vacuas. El glasnost
poético le vino a la musa de Luque Muñoz como el erotismo a los
españoles al día siguiente de la muerte de Franco. Se les fue la
mano con creces. De una obra de filo realista, Luque Muñoz ha
brincado por el espejo de Alicia y atravesó el de Cocteau, como un
Orfeo hecho de mercurio, para caer en la tierra que padece lo mismo
que se llama índole poética. Esto significa que tanto a los
delirios como a las razones los une este dilema central: el oficio
del convencimiento.
En poesía no es más fácil vender la hoz y el martillo que la
corona regia, o viceversa. En poesía no es más fácil vender el
cielo que el infierno. Lo difícil consiste en que las palabras
tengan fe en lo prometido. Y esta fe, ¿dónde se podría
adquirir?
EDGAR O’HARA
Universidad de Washington (Seattle)