Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Creer o no creer en los ruidos

Creer o no creer en los ruidos

Arqueología del silencio

Henry Luque Muñoz
Ediciones Opus Magnum, Bogotá, 2002, 83 págs.

 

En el mundo de la literatura todos somos charangueros, nadie se salva. Todos improvisamos, unos bien, otros mal. Algunos lo hacen de maravilla. De eso se trata, siempre y cuando uno recuerde y jamás olvide que está tocando el charango. Joyce lo hizo como nadie en Finnegans Wake. Y en El cementerio marino, Paúl Valéry pulsó las cuerdas con finura suprema. García Márquez tiene un charango incorporado que no desafina ni a golpes y que vale igual para su ficción y su prosa de amables misterios. El problema, lo sabemos de sobra, nunca es del instrumento sino del tipo de interpretación. Es la capacidad de conseguir la que trascienda. Nuestra meta tendría que ser el charanguear como los maestros. ¿La clave? Nunca olvidar nuestra condición. Y siempre la pregunta será del sentido de la brújula. Por ejemplo, estoy seguro de que Julián Ríos, narrador español que gozó de una gran publicidad a mediados de la década de los ochenta y que publicó una obra titulada Larva, es un escritor serio y dedicado a su vocación en cuerpo y alma. Pero a mí me costó mucho pasar de las primeras páginas de, cómo decirlo, semejante mañosería joyceana; en cambio, reconociendo la misma filiación, Tres tristes tigres se me hace una obra magistral. Guillermo Cabrera Infante es un escritor con el que no coincido en términos políticos (ni acaso en gustos literarios), quien además se refirió de manera indigna al suicidio de José María Arguedas. Sin embargo, repitió el plato en La Habana para un infante difunto, que es otra obra genial del idioma y que al releerla me sigue conmoviendo de admiración. Sí, pues, el arte es una vaina muy compleja, hay que reconocerlo. Los que saben ruso me dicen que Nicolás Gógol era bastante despreciable como ser humano, pero en el rubro de la expresión artística la lengua rusa difícilmente alcanzó las cimas de su prosa. Sí, qué vaina tan compleja eso de que la vida de una persona vaya por un lado y sus obras literarias tomen direcciones insospechadas. Todo esto ya lo dijo Borges, pero a las primeras de cambio nos viene la amnesia.

Una escritora peruana de fines de la década de los setenta se propuso hacer literatura "infantil" y "peruana" y para ello produjo unos bosques en la costa que no existían desde la época en que los españoles talaron lo habido y por haber. Alguien que leyó el manuscrito le recomendó que cambiara de árboles, porque los elegidos no existían en América del Sur (menos en la costa peruana). La escritora, fiel a un deseo verosímil de la fantasía, consultó unos manuales de la Universidad Agraria y salió con un tropel de arbustos y plantas autóctonas. En esa realidad vernácula instaló su comunidad mítica: unos seres bajitos y amarillentos que amaban la naturaleza y eran supersabios. Otra persona, a esta altura del manuscrito, le advirtió que esos seres de su imaginación, por más amarillos que fueran, eran pitufos ni más ni menos (o smurfs, según la denominación inglesa). Sin proponérselo, en verdad, ella no había acabado de salir del bosque de los azulejos. Sí, la imaginación del ser humano está codificada por su época. Las pruebas palpables son dos: toda forma -la estructura del texto- está ligada a la historia de las formas literarias; todo personaje o tópico cae, de alguna u otra manera, en lo que Jung describió como el inconsciente colectivo y sus arquetipos. De ahí que Borges dijera, con maestra picardía, que leer a Shakespeare nos convierte en el bardo de Stratford; seguir las aventuras de Odiseo nos otorga la fuerza necesaria para volver a la Ítaca de cada cual, sea ésta un hogar, una profesión, una fe.

Lo que no se puede codificar es el ADN poético, la marca registrada de un proceso creativo particular, por mínimos que sean dichos rasgos. Hay un realismo de la imaginación, en el sentido de la manera como expresamos lo mismo y lo mismo y lo mismo. El truco consiste en "privatizar" (permítaseme una herejía menos neoliberal que teológica, pues hablo de poesía) un sonido, una frase, una modalidad expresiva(1).

Ahora bien: cuando uno tiene que hablar sobre poesía en lugar de sacarla del sombrero de copa, nos volvemos charangueros a la ene potencia. Y, claro está, las cuerdas saltan y se vuelven látigos. Entonces digamos que la crítica literaria es la más charanguera de todas las disciplinas de las bellas letras, pues la mayoría de los críticos no pueden ocultar esa pretensión de adueñarse de un ADN doble: el filosófico, en esa senda ya perdida de una Estética con mayúscula y normativa; el lingüístico, en la ostentación de una jerga propia, una piel de zapa que sea siempre el último grito de la moda "académica". Y el papel aguanta todo. La honestidad, supongo, radica en el hecho de que sepamos, a cada instante y en cada sílaba, que simple y llanamente tocamos un instrumento o la puerta de la fantasía. Lo terrible ocurre cuando alguien se la cree y confunde el charango con otra cosa: la verdad. El abuelo de un amigo pintor, nacido en Ucrania, lo dice con humor tercermundista: "Todos los hombres son ucranianos, sólo que algunos no se han dado cuenta todavía...".

Diré mi verdad, entonces, como aconsejaba un poema de Fuera del juego (1968), de Heberto Padilla. En poesía los extremos se tocan: no basta el vitalismo, el desorden, los bares y el desdén por las reglas de acentuación; tampoco se vuelve fácil el asunto con un licuado de mitología, referencias cultas, un "proyecto" intelectual o histórico muy bien pensado. Este libro de Henry Luque Muñoz no está en el primer grupo, pero en el segundo su inclusión se dificulta porque la "belleza" buscada se tiñe de impurezas, como veremos. Y, para agravar los males, ciertos españolismos no ayudan(2). Pero antes de entrar en materia, quiero retomar el eje del charangueo. Hacía tiempo que no leía un prólogo como el de Manuel Ruano (quien, por otra parte, es un poeta con dotes; los poemas suyos que conozco no participan del mazacote expresivo que acá nos compete), flor de confusión absoluta(3). Necesito con urgencia que algún comando especial del Instituto Caro y Cuervo se anime a hacer el análisis lingüístico (puntuación, concordancia, significado) de los siguientes párrafos:

Se trata de una encrucijada de los tiempos y el don de ubicuidad, que centraliza con persistencia, esa certeza existencial de la imaginación y la perspectiva de futuro, eso es, que va a desglosar de manera iluminadora y determinante en sus últimos poemas, congregados bajo el título Arqueología del silencio, [pág. 15]

¿Cómo es esto posible? Pues bien, remontándose el poeta en ese desiderátum corporal, que da la sensación de una naturaleza sensual, epicúrea, que como es notorio dimanan de estos poemas.
[pág. 17]

En la segunda parte del otro libro, "Sueño de una sombra", se registran poemas donde estilo, versificación y cadencia, conforman una estructura homogénea, en el que la sombra no es arbitrariedad poética, sino imperativo ontológico. [pág. 20]

La lectura de este prólogo me ha permitido recordar una joya de Julio Cortázar titulada "Texturologías", de su libro Un tal Lucas (1979), donde se burla de las aspiraciones ideológico-poéticas de la crítica. Imagina, pues, la existencia de un libro de poemas, Jarabe de pato, de un escritor boliviano llamado José Lobizón, y fragua seis reseñas o comentarios del volumen. Sus autores: un francés, seguidor de la Estilística (Michel Pardal); una estadounidense, desde la Fenomenología (Nancy Douglas); un marxista-leninista de Mongolia (Boris Romanski); un inglés flemático, devoto de Carroll (Philip Murray); otro francés, del Estructuralismo (Gérard Depardiable); y un mexicano, más afrancesado que la cocina francesa (Benito Almazán). Cada cual ataca al contrincante inmediato, despreocupándose del libro en cuestión. He aquí el cierre relamido a cargo del mexicano:

Admirable trabajo heurístico el de Gérard Depardiable, que bien cabe calificar de estructura lógico por su doble riqueza w-semiótica y su rigor coyuntural en un campo tan propicio al mero epifonema. Dejaré que un poeta resuma estas conquistas textológicas que anuncian ya la parametainfracrítica del futuro...(4)

1
De ahí, creo, las malísimas relaciones entre los artistas y todos los proyectos seudorrevolucionarios del siglo XX, desde la burocracia soviética a la horrenda revolución cultural china, pasando por las injerencias castrenses (dicho sin doble sentido) en la esfera del arte post-caso Padilla en Cuba. La imaginación ya está codificada por la época, repito; pero el presente que vivimos nos impide acceder a dichos arcanos, o cifras. Y en la humilde proporción de la palabra poética, los escritores y escritoras hacen lo suyo sabiendo que ser "propietarios" de una simple combinación de sustantivo y adjetivo es ya la gloria.
2
"Creéis que soy guerrero / Porque sometí al enemigo..." (pág. 29); "¿Queréis que os premie? / ¿Queréis vuestro pecho tapizado de honores? / ¿Aspira vuestra frente / A ceñir la corona del príncipe? // Sencilla es la respuesta: / Contad las heridas / Que habéis sufrido en batalla, / Y por cada cicatriz tendréis una presea real. // No preguntéis / A cuántos humanos habéis sacrificado / Sino a cuántos salvasteis de la muerte" (pág. 30); "Cuerpo mío: / Ved, en la memoria..." (pág. 44).
3
¿Existe el adjetivo redimensionado (pág. 15) / redimensionada (pág. 21), del supuesto verbo redimensionarr! No lo consigna el diccionario de la Rae, pero esto es lo de menos. Suena a esa jerigonza sociológica y de cuartel gramatical de la época del general Velasco en el Perú.
4
Julio Cortázar, "Texturologías", en Un tal Lucas, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1979, págs. 87-91.