Reseñas. Creer o no creer en los ruidos
Creer o no creer en los ruidos
Arqueología del silencio
Henry Luque Muñoz
Ediciones Opus Magnum, Bogotá, 2002, 83 págs.
En el mundo de la literatura todos somos charangueros, nadie se
salva. Todos improvisamos, unos bien, otros mal. Algunos lo hacen
de maravilla. De eso se trata, siempre y cuando uno recuerde y
jamás olvide que está tocando el charango. Joyce lo hizo como nadie
en Finnegans Wake. Y en El cementerio marino, Paúl Valéry pulsó las
cuerdas con finura suprema. García Márquez tiene un charango
incorporado que no desafina ni a golpes y que vale igual para su
ficción y su prosa de amables misterios. El problema, lo sabemos de
sobra, nunca es del instrumento sino del tipo de interpretación. Es
la capacidad de conseguir la que trascienda. Nuestra meta tendría
que ser el charanguear como los maestros. ¿La clave? Nunca
olvidar nuestra condición. Y siempre la pregunta será del sentido
de la brújula. Por ejemplo, estoy seguro de que Julián Ríos,
narrador español que gozó de una gran publicidad a mediados de la
década de los ochenta y que publicó una obra titulada Larva, es un
escritor serio y dedicado a su vocación en cuerpo y alma. Pero a mí
me costó mucho pasar de las primeras páginas de, cómo decirlo,
semejante mañosería joyceana; en cambio, reconociendo la misma
filiación, Tres tristes tigres se me hace una obra magistral.
Guillermo Cabrera Infante es un escritor con el que no coincido en
términos políticos (ni acaso en gustos literarios), quien además se
refirió de manera indigna al suicidio de José María Arguedas. Sin
embargo, repitió el plato en La Habana para un infante difunto, que
es otra obra genial del idioma y que al releerla me sigue
conmoviendo de admiración. Sí, pues, el arte es una vaina muy
compleja, hay que reconocerlo. Los que saben ruso me dicen que
Nicolás Gógol era bastante despreciable como ser humano, pero en el
rubro de la expresión artística la lengua rusa difícilmente alcanzó
las cimas de su prosa. Sí, qué vaina tan compleja eso de que la
vida de una persona vaya por un lado y sus obras literarias tomen
direcciones insospechadas. Todo esto ya lo dijo Borges, pero a las
primeras de cambio nos viene la amnesia.
Una escritora peruana de fines de la década de los setenta se
propuso hacer literatura "infantil" y "peruana"
y para ello produjo unos bosques en la costa que no existían desde
la época en que los españoles talaron lo habido y por haber.
Alguien que leyó el manuscrito le recomendó que cambiara de
árboles, porque los elegidos no existían en América del Sur (menos
en la costa peruana). La escritora, fiel a un deseo verosímil de la
fantasía, consultó unos manuales de la Universidad Agraria y salió
con un tropel de arbustos y plantas autóctonas. En esa realidad
vernácula instaló su comunidad mítica: unos seres bajitos y
amarillentos que amaban la naturaleza y eran supersabios. Otra
persona, a esta altura del manuscrito, le advirtió que esos seres
de su imaginación, por más amarillos que fueran, eran pitufos ni
más ni menos (o smurfs, según la denominación inglesa). Sin
proponérselo, en verdad, ella no había acabado de salir del bosque
de los azulejos. Sí, la imaginación del ser humano está codificada
por su época. Las pruebas palpables son dos: toda forma -la
estructura del texto- está ligada a la historia de las formas
literarias; todo personaje o tópico cae, de alguna u otra manera,
en lo que Jung describió como el inconsciente colectivo y sus
arquetipos. De ahí que Borges dijera, con maestra picardía, que
leer a Shakespeare nos convierte en el bardo de Stratford; seguir
las aventuras de Odiseo nos otorga la fuerza necesaria para volver
a la Ítaca de cada cual, sea ésta un hogar, una profesión, una
fe.
Lo que no se puede codificar es el ADN poético, la marca
registrada de un proceso creativo particular, por mínimos que sean
dichos rasgos. Hay un realismo de la imaginación, en el sentido de
la manera como expresamos lo mismo y lo mismo y lo mismo. El truco
consiste en "privatizar" (permítaseme una herejía menos
neoliberal que teológica, pues hablo de poesía) un sonido, una
frase, una modalidad expresiva(1).
Ahora bien: cuando uno tiene que hablar sobre poesía en lugar de
sacarla del sombrero de copa, nos volvemos charangueros a la ene
potencia. Y, claro está, las cuerdas saltan y se vuelven látigos.
Entonces digamos que la crítica literaria es la más charanguera de
todas las disciplinas de las bellas letras, pues la mayoría de los
críticos no pueden ocultar esa pretensión de adueñarse de un ADN
doble: el filosófico, en esa senda ya perdida de una Estética con
mayúscula y normativa; el lingüístico, en la ostentación de
una jerga propia, una piel de zapa que sea siempre el último grito
de la moda "académica". Y el papel aguanta todo. La
honestidad, supongo, radica en el hecho de que sepamos, a cada
instante y en cada sílaba, que simple y llanamente tocamos un
instrumento o la puerta de la fantasía. Lo terrible ocurre cuando
alguien se la cree y confunde el charango con otra cosa: la verdad.
El abuelo de un amigo pintor, nacido en Ucrania, lo dice con humor
tercermundista: "Todos los hombres son ucranianos, sólo que
algunos no se han dado cuenta todavía...".

Diré mi verdad, entonces, como aconsejaba un poema de Fuera del
juego (1968), de Heberto Padilla. En poesía los extremos se tocan:
no basta el vitalismo, el desorden, los bares y el desdén por las
reglas de acentuación; tampoco se vuelve fácil el asunto con un
licuado de mitología, referencias cultas, un "proyecto"
intelectual o histórico muy bien pensado. Este libro de Henry Luque
Muñoz no está en el primer grupo, pero en el segundo su inclusión
se dificulta porque la "belleza" buscada se tiñe de
impurezas, como veremos. Y, para agravar los males, ciertos
españolismos no ayudan(2). Pero antes de entrar en materia,
quiero retomar el eje del charangueo. Hacía tiempo que no leía un
prólogo como el de Manuel Ruano (quien, por otra parte, es un poeta
con dotes; los poemas suyos que conozco no participan del mazacote
expresivo que acá nos compete), flor de confusión
absoluta(3). Necesito
con urgencia que algún comando especial del Instituto Caro y Cuervo
se anime a hacer el análisis lingüístico (puntuación,
concordancia, significado) de los siguientes párrafos:
Se trata de una encrucijada de los tiempos y el don de
ubicuidad, que centraliza con persistencia, esa certeza existencial
de la imaginación y la perspectiva de futuro, eso es, que va a
desglosar de manera iluminadora y determinante en sus últimos
poemas, congregados bajo el título Arqueología del silencio, [pág.
15]
¿Cómo es esto posible? Pues bien, remontándose el
poeta en ese desiderátum corporal, que da la sensación de una
naturaleza sensual, epicúrea, que como es notorio dimanan de estos
poemas.
[pág. 17]
En la segunda parte del otro libro, "Sueño de una
sombra", se registran poemas donde estilo, versificación y
cadencia, conforman una estructura homogénea, en el que la sombra
no es arbitrariedad poética, sino imperativo ontológico. [pág.
20]
La lectura de este prólogo me ha permitido recordar una joya de
Julio Cortázar titulada "Texturologías", de su libro Un
tal Lucas (1979), donde se burla de las aspiraciones
ideológico-poéticas de la crítica. Imagina, pues, la existencia de
un libro de poemas, Jarabe de pato, de un escritor boliviano
llamado José Lobizón, y fragua seis reseñas o comentarios del
volumen. Sus autores: un francés, seguidor de la Estilística
(Michel Pardal); una estadounidense, desde la Fenomenología (Nancy
Douglas); un marxista-leninista de Mongolia (Boris Romanski); un
inglés flemático, devoto de Carroll (Philip Murray); otro francés,
del Estructuralismo (Gérard Depardiable); y un mexicano, más
afrancesado que la cocina francesa (Benito Almazán). Cada cual
ataca al contrincante inmediato, despreocupándose del libro en
cuestión. He aquí el cierre relamido a cargo del mexicano:
Admirable trabajo heurístico el de Gérard Depardiable, que
bien cabe calificar de estructura lógico por su doble riqueza
w-semiótica y su rigor coyuntural en un campo tan propicio al mero
epifonema. Dejaré que un poeta resuma estas conquistas textológicas
que anuncian ya la parametainfracrítica del
futuro...(4)

1
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De ahí, creo, las malísimas relaciones
entre los artistas y todos los proyectos seudorrevolucionarios del
siglo XX, desde la burocracia soviética a la horrenda revolución
cultural china, pasando por las injerencias castrenses (dicho sin
doble sentido) en la esfera del arte post-caso Padilla en Cuba. La
imaginación ya está codificada por la época, repito; pero el
presente que vivimos nos impide acceder a dichos arcanos, o cifras.
Y en la humilde proporción de la palabra poética, los escritores y
escritoras hacen lo suyo sabiendo que ser "propietarios"
de una simple combinación de sustantivo y adjetivo es ya la
gloria.
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2
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"Creéis que soy guerrero / Porque
sometí al enemigo..." (pág. 29); "¿Queréis que os
premie? / ¿Queréis vuestro pecho tapizado de honores? /
¿Aspira vuestra frente / A ceñir la corona del príncipe? //
Sencilla es la respuesta: / Contad las heridas / Que habéis sufrido
en batalla, / Y por cada cicatriz tendréis una presea real. // No
preguntéis / A cuántos humanos habéis sacrificado / Sino a cuántos
salvasteis de la muerte" (pág. 30); "Cuerpo mío: / Ved,
en la memoria..." (pág. 44).
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3
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¿Existe el adjetivo
redimensionado (pág. 15) / redimensionada (pág. 21), del supuesto
verbo redimensionarr! No lo consigna el diccionario de la Rae, pero
esto es lo de menos. Suena a esa jerigonza sociológica y de cuartel
gramatical de la época del general Velasco en el Perú.
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4
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Julio Cortázar,
"Texturologías", en Un tal Lucas, Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 1979, págs. 87-91.
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