Reseñas. Ángel que se las trae
Ángel que se las trae
Las esquinas del viento. Antología
Héctor Rojas Herazo (selección y prólogo de Juan Manuel Roca y
Felipe Agudelo)
Fondo Editorial Universidad EAFIT, Medellín, 2001, 155 págs.
Este libro es una antología de los poemas de Héctor Rojas
Herazo, con un paréntesis que va de 1961 a 1995, lapso que separa
la salida de Agresión de las formas contra el ángel y la
de Las úlceras de Adán. Casi treinta y cinco años. Veremos
si la espera supuso un cambio sustancial en su concepción y
práctica poéticas. Me adelanto a decir que sí, pero con las
reservas que la ocasión ameritará. Calculo que la persona encargada
de decírnoslo debió ser Juan Manuel Roca, quien opta gentilmente en
el prólogo por la construcción de un personaje y así evitar el roce
con el juicio literario. Establece, con mucha astucia, la siguiente
categoría, a modo de imperativo: si este poeta es tan apreciado y
valioso como persona (y también, digamos de paso, como narrador y
pintor), entonces sólo queda un rito laudatorio:
Héctor Rojas Herazo dice que son los amigos quienes nos
inventan, y esto es algo que quisiera resaltar en una geografía
espiritual: el maestro ha creado, aun para muchos de sus futuros y
desconocidos amigos, un sitio maravilloso y mítico que es, antes
que cartografía, antes que arqueología, una "palabra en el
tiempo", para decirlo en recuerdo de su querido Antonio
Machado. Esto es, una manera simbólica de fundarnos, una forma
bruja de ampliar los hospedajes de la poesía, [pág. 10]
Este fragmento dice más de los poderes verbales de J. M. Roca
que de la poesía de Rojas Herazo. (En verdad, si se lo propusiera,
por ejemplo, J. M. R. podría editar las obras completas de algún
político -elijamos, aunque da lo mismo; sea Fidel Castro o Víctor
Raúl Haya de la Torre- y demostrar que allí la poesía bate sus alas
como el Espíritu Santo en época de ardiente primavera). Los únicos
juicios valorativos del prólogo son indemostrables y nuevamente
categóricos: ese "algo" de la poética de Rojas Herazo es
"una suerte de sortilegio -como pocas veces se ha dado en la
poesía colombiana-que funda mitos..." (pág. 10); además, en
Colombia "hay un poeta con una independencia felina frente a
todos los poderes" (pág. 15). Parece mucho, pero es muy poco.
Es un saludo a la bandera.

Estamos, pues, en otro terreno, en aquel que le encanta al autor
de Cien años de soledad: la creación de una fábula en tomo de la
persona biográfica. Ahora bien: García Márquez es García Márquez, y
eso nadie se lo va a quitar ni con lejía; es más: los lectores
pueden prescindir de la persona biográfica, puesto que sus
personajes (sus coroneles, sus enamorados, sus mujeres a prueba de
balas) lo sustituyen a granel y en cualquier sitio. En cambio, un
lector lejano de Las esquinas del viento, un lector que no conozca
a Rojas Herazo en persona, se perderá irremediablemente aquello que
Felipe Agudelo Tenorio, haciendo un eco más vibratorio que el Cañón
del Colorado, repite sobre el poeta: sus dones "de gran
conversador y de coloso de la ternura" (pág. 156). Pero ese
lector lejano (es mi caso, lo confieso) podrá opinar con mucha
menos subjetividad sobre una poesía que es, en el fondo, bastante
previsible, retórica, narrativa y tremendista. Afirmaciones
fuertes, lo sé. Aquí van las pruebas.
J. M. Roca desliza (no es elogio, es constatación) un par de
frases certeras y cercanas sobre este arte verbal: "Hay en su
poesía, qué duda cabe, una especie de réquiem por la materia"
(pág. n); una "obsesión recorre toda la obra del poeta: la
ruina" (pág. 13). Buen ojo: ambas afirmaciones tienen que ver
con una fuente obvia, pero no mencionada. Para cualquier lector
fiel de Residencia en la tierra no le será muy arduo descubrir la
presencia de tal Neruda (de Walkíng around. Tango del viudo) en
ciertos giros y versos:
Ahora puedo arrancar un cartel
y lamer con delicia sus bordes despedazados.
O ponerme a llorar a gritos en una esquina
por la muerte de un insecto.
O mirar furiosamente a los transeúntes...
[Criatura y estrella, pág. 26]
Yo no pido respuestas o ladridos.
Yo no quiero una cláusula que me limpie las uñas.
Yo nada quiero, nada,
sino llegar, mirar, olfatear y después
dejar que otros deshagan, con su furia de vivos,
mi paladar, mi huella, mi sangre y mi camino.
[Cantinela del desterrado, pág. 60]
...la niña que escarba su sexo
en el lavatorio de la escuela;
el alguacil que peina furtivamente
las pelucillas(1) de su gabán;
el ombligo de la viuda que sangra en la madrugada;
el cajero de banco eyaculando a las diez de la noche
en la beatitud de su perturbación;
la resina que lagrimea en los zapatos del arzobispo;
el muchacho que sacude su infancia en el umbral
como inútil harina
y olvida la tos de su padre
mientras orina, hechizado, en el patio de un
lupanar...
[La sed bajo la espada, pág. 115]
Son ejemplos extremos porque no le harían, calculo, ninguna
gracia a Neruda. En la última cita la truculencia podría acercarse
a Pablo de Rokha, pero a éste no le haría tampoco mucha gracia la
comparación. En resumidas cuentas, la tutela es cosí-cosá. Y en el
libro de 1995 el poema Velásquez (págs. 141-142) suena en
definitiva a Álvaro Mutis. Examinemos un tanto la truculencia.
¿Qué es y en qué consiste? Es una forma de expresionismo
verbal (una punta toca a la pintura, en cuanto a lo grotesco), pero
que no deriva del movimiento de lengua alemana (Berlín y Viena, sus
ciudades) sino de la narrativa naturalista de fines del siglo XIX.
También puede ser llamada "telúrica" (una palabra ahora
más manoseada que la imagen de Frida Kahio), pero el caso es que se
concibe como un poner el dedo para que brote el pus, en el decir
positivista a ultranza de don Manuel González Prada, aquel
anarquista peruano. La poesía de Rojas Herazo no pierde la
oportunidad:

Partiremos, me decía la espuma de mi orín
en la letrina de una alcaldía.
Partiremos, hermano, me decía la bragueta
de un pantalón gastado por el uso.
Cuando alguien cantaba fuera de mí
me daban ganas de morirme,
de vomitar una salchicha
[comida hacía tres meses.
Yo era una flor podrida,
una flor de papel hediondo a tinta.
[Los salmos de Satanás, págs. 72-73]
Tiritantes
suplicando que no nos quiten esto.
Que nos dejen los muslos temblorosos de una mujer
pariendo,
que nos dejen un sapo bajo un arbusto
y un peluquero mirando el vaho de una infamia
mancharle su perita de alhucema.
Que nos dejen oler -¡hasta el suplicio! una botella
donde un misógino envejecido
ha atesorado todos los orines que no pudo vaciar
en el sexo de una mujer difunta.
Que nos dejen masticar cáscaras de guayaba
y lamer cucharas sucias de gas bajo las camas
o mirar fijamente la palidez de un hombre cuando
duerme.
[La espada de fuego, pág. 82]
...por el difunto que duerme en mi costado
izquierdo'
y por el perro que le lame los pómulos;
por el aullido de mi madre
cuando mojé sus muslos como un vómito oscuro;
por mis ojos y mis dedos culpables de todo lo que
existe;
por la gozosa tortura de mi saliva
cuando palpo la tierra digerida en mi sangre;
por saber que me pudro:
ámame.
[Súplica de amor, pág. 99]
Ahora, pariente delicado del gusano y del ángel,
te disuelves levemente mientras el calendario
revolotea
sin sentido
sobre las excrecencias farmacéuticas que dejaste
sobre tu lecho.
[Responso por la muerte de un burócrata, pág. 107]
¡Oh mugre, narices en lo negro,
oh vientres y ojos en la baba,
oh gusanos que buscáis
el podrido sendero para subir a nuestro labio!
[La sed bajo la espada, pág. 112]
La muestra, supongo, nos da una idea pragmática a nivel de
imágenes. Entramos en el túnel no del tiempo sino del gusto
literario. A Héctor Rojas Herazo le fue concedido el premio
nacional de poesía José Asunción Silva a toda su obra (cito la
solapa del libro). No me siento capaz de cuestionar el gusto de un
jurado, pero sí puedo intentar explicar por qué me parece una
poesía predecible. La truculencia o el tremendismo dan una pauta.
Otra proviene de la extensión de los poemas, que además de narrar
una historia enaltecedora ofrecen la clave de su misma gramática.
La extensión es algo que el texto tendría que justificar, he ahí el
problema. Digamos de frente que hay pocos poemas breves, pero que
son (como diría Rubén Darío). De éstos hablaremos más adelante.
Veamos por qué los poemas largos se presienten a la legua, sin
necesidad de ver el número de páginas. Y es que los gerundios y
adverbios terminados en -mente se reproducen como en la jaula de
conejos y ardillas australianas que tenían mis primos en el techo
de su casa(2). La
tentación de extender los poemas tiene que ver con el relato, por
cierto, pero el inconveniente es que en el interior de sí mismo
-digámoslo así- recapacita y se sabe un espacio verbal que no
podría restringirse únicamente a la anécdota(3). El poema largo tiene que atraer por
otros méritos, que son los de la lírica: la intensidad, el juego de
silencios e insinuaciones. Las imágenes han de enlazarse con fuerza
pero sin acogotar a quien -lector, proclama tu derecho- debe leer
por ocio placentero y no por obligación moral... Esto se ve con
transparencia en la oposición entre los poemas largos (tediosos la
mayoría) y los breves (reducidos en número pero de verdadero
aliento poético). Éstos últimos se hallan en el libro de 1995,
aunque la brevedad no signifique ipso facto una panacea. Cómo
hicimos la historia (pág. 137) tiene fuerza debido a la contención
"expresionista" (en ese sentido el paso de los años fue
beneficioso, sin duda): hay moscas, pero no culebras ni arañas; hay
rábanos, pero no una lista de verduras podridas. La serenidad
verbal, hemos de decirlo con todas sus letras, no viene con la
edad; procede de una fricción continua con las palabras. Viene,
además, del lenguaje contemplado en el interior de la caldera. Así,
dos poemas sensacionales se refieren a la pintura:
1
|
Las "pelucillas" (con ce, no
con ese) dice el original.
|
2
|
Veamos los gerundios: cruzando,
encendiendo, cantando (pág. 23); derramando, llenando, habitando
(pág. 24); cantando (pág. 25); llenando (2 veces, pág. 27);
colmándonos (pág. 29); ardiendo, sombreando (pág. 31); llorando,
columpiando (pág. 36); creciendo, mimando, jugando (pág. 37);
paciendo (pág. 40); flotando (pág. 41); arando, tejiendo (pág. 45);
sollozando (pág. 46); resbalando (pág. 47); bramando (pág. 48);
poniendo, pasando, fluyendo, volviéndote, navegando (pág. 50);
siendo, aguantando, respirando (pág. 51); diluyendo (pág. 53);
licuando (pág. 55); flotando (pág. 56); vibrando, atenazando,
resbalando (4 veces), comiendo (pág. 57); lloviendo, mojando,
llorando, caminando (pág. 58); haciendo (2 veces), jugando,
fabricando (pág. 59); creciendo (pág. 63); llamando, urdiendo (pág.
64); nutriéndose, fluyendo, llenándote (pág. 67); apenumbrando,
mordiendo (pág. 68); mostrando, cuidando, alzando (pág. 69);
dividiendo (pág. 72); masticando (pág. 74); sosteniendo,
preguntándole (pág. 76); comiendo, masticando, cantando,
preguntando, esperando, derramando (pág. 77); fulgiendo, perdiendo
(pág. 79); palpitando, nutriendo, descansando (pág. 81);
suplicando, pariendo, relinchando (pág. 82); flotando, ardiendo,
resoplando (pág. 83); huyendo (pág. 84); girando (pág. 85);
flotando, sintiéndose, palpándose, siendo (4 veces), mirando,
escuchando, gastando, matando (pág. 86); gritando (pág. 88);
triturando, respirando (pág. 89); forrando (pág. 94); atravesando,
dejando, blanqueando (pág. 100); trabajando, sufriendo, navegando
(pág. 101); respirando, brillando (pág. 102); navegando, dando,
comiendo, implorando, acechando (pág. 103); mojando, destilando,
saboreando, llamando, sabiendo (pág. 104); cantando (pág. 105);
urdiendo, desvistiendo (pág. 111); eyaculando, deshaciéndose (pág.
115); temblando (pág. 118); mordiendo, llorando (pág. 119);
festejando, mirando, regresando (pág. 121); temblando, negando
(pág. 123); llorando, clamando (pág. 126); clamando (pág. 127);
consumándose, lográndolo, aprisionando (pág. 132); dividiendo,
oyendo (pág. 133); esculpiendo, lastimando, exprimiendo, cantando
(pág. 134); mirándome, respirando (pág. 135); recordando, lamiendo
(pág. 136); abrochando, buscando, subiendo (pág. 137); mirando
(pág. 138); leyendo (pág. 141); deshaciendo, ardiendo, midiéndote,
cavilando (pág. 142); escuchando (pág. 147); respirando, flotando
(pág. 148); buscando (pág. 149). Ahora vienen, por la pasarela, los
adverbios (sufridos lectores: amárrense los cinturones): levemente
(pág. 23); suavemente, dulcemente (pág. 24); simplemente (pág. 25);
solamente, furiosamente (pág. 26); pesadamente, dulcemente (pág.
27); verdaderamente, dulcemente, jubilosamente, simplemente (pág.
29); frenéticamente, alegremente (pág. 30); severamente, lentamente
(pág. 31); largamente (pág. 32); duramente (pág. 35); simplemente
(pág. 36); largamente, celosamente (pág. 37); mansamente (pág. 38);
simplemente (pág. 41); solamente (pág. 45); simplemente (pág. 48);
simplemente (pág. 49); ávidamente (pág. 53); íntimamente (pág. 54);
simplemente (pág. 58); alegremente (pág. 62); suavemente (pág. 64);
realmente, duramente (pág. 65); nuevamente (pág. 66); súbitamente,
eternamente (pág. 67); terminantemente, solamente (pág. 70);
avaramente (pág. 73); súbitamente, diariamente (pág. 74);
absolutamente (pág. 76); simplemente (pág. 79); dulcemente,
exactamente (pág. 8o); furiosamente (pág. 82); nuevamente,
simplemente (pág. 84); diariamente (pág. 85); lentamente,
largamente, nuevamente (pág. 87); metódicamente (pág. 88);
largamente, raudamente (pág. 89); deleitosamente, tristemente (pág.
91); rudamente (pág. 92); solamente, simplemente (pág. 94);
dulcemente (pág. 95); súbitamente (pág. 106); levemente (pág. 107);
dolorosamente (pág. 109); doblemente (pág. 113); furtivamente,
finalmente (pág. 115); secamente (pág. 119); dulcemente,
furtivamente (pág. 121); avaramente, hermosamente (pág. 122);
duramente (pág. 124); dulcemente (pág. 125); dulcemente (pág. 131);
celosamente, fastuosamente (pág. 132); puntualmente (2 veces, pág.
137); suavemente (pág. 138); completamente (2 veces), lentamente
(pág. 139); alertamente (pág. 140); solamente (pág. 144);
blandamente (pág. 145); dulcemente (pág. 148); nuevamente,
únicamente (pág. 149).
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3
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Cf. Los salmos de Satanás, págs.
70-77; Wait Whitman enciende las lámparas en el comedor de nuestra
casa, págs. 87-96; Responso por la muerte de un
burócrata, págs. 106-110; La sed bajo la espada,
págs. 111-117; La noche de Jacob, págs. 118-127.
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