Reseñas. Por qué León de Greiff era así
Por qué León de Greiff era así
Obra dispersa
León de Greiff
Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2000, 790 págs.
Esta reseña se refiere al volumen IV y último de las Obras
completas de León de Greiff, editado por la Universidad de
Antioquia en febrero del 2000, con la asesoría de Hjalmar de
Greiff, quien en la última página explica que aún quedaría faltando
otro tomo para unas futuras obras completas (que hasta la fecha se
intentaron en uno, dos, tres y cuatro volúmenes). La edición en
tres tomos ha sido ampliamente comentada.
Pocos autores resisten la publicación de sus obras completas.
León no fue un ejemplo de autocrítica, porque vivía en su leonera,
"soberbio y desdeñoso" como Barba Jacob, y la literatura
para él era un divertimento, "manipulación verbal" que
dice Octavio Paz.
La forma pierde prestigio a medida que se empobrece hasta la
indigencia el español en Colombia. La lectura como apreciación
estética desaparece, y los poetas se hacen fotografiar con un pie
encima de la dorada melena del león.

El concepto de belleza se degradó en el siglo XX. Comenzando el
XXI, bello es lo monstruoso. Las generaciones colombianas que
admiraron a León de Greiff fueron las últimas que sabían español y
tenían nexos con la cultura europea. En la cultura del dólar sus
exquisitas y lujosas palabras no valen un céntimo. Tanto es así,
que los nuevos poetas se niegan a leerlo. El argumento es que él no
escribió para ellos. Lo cual es verdad.
Lo confirma la revista Semana, al elegir en 1999 a Aurelio
Arturo como el poeta del siglo en Colombia. No corresponde a esta
reseña discutir ese fallo. Pero si los treinta y tres poemas de
Aurelio Arturo valen más que todo De Greiff, o todo Álvaro Mutis,
se deduce que el siglo pasado fue extremadamente pobre en poesía.
Sobre todo cuando resulta forzoso admitir las razones para
desconocer a De Greiff, o a Mutis. En Colombia no es el pueblo el
que selecciona a sus poetas, sino la crítica bogotana la que impone
su dictamen, aunque Aurelio Arturo sea en realidad desconocido, un
poeta de tono menor escogido por compromisarios con el deber de
sortear un problema de crítica literaria desde el punto de vista
periodístico.
Giovanni Quessep debe estar avergonzado de aparecer en ese
escrutinio muy por encima de Luis Carlos López, por ejemplo, pues
un poeta como él reconoce su categoría sin humildad y sin
arrogancia. En el ensayo, otro ejemplo, resulta incomprensible que
se haya ignorado totalmente a Otto Morales Benítez. Por último,
para no alargar la digresión, afirmar que Los poemas de la
ofensa son tango y bolero es lo más absurdo que se puede decir
de ese libro. Implica confundir a X-504 con Mario Rivero, cuyos
tangos, boleros y baladas caracterizan su obra, a gusto propio y de
sus amigos y lectores.

En el prólogo del libro Valoración múltiple sobre León de
Greiff (Universidad Central, 1995), el prologuista Arturo
Alape señala "el aislamiento cultural a que fue sometido De
Greiff y su obra". En el mismo libro Daniel Samper Pizano
(pág. 23), comenta que "ni tuvo suerte en vida con los
editores, ni se le ha reconocido por lo que vale". Otros de
los ensayistas allí reunidos pretenden negarle su nacionalidad con
argumentos genealógicos, procedimiento también aplicado en el caso
de Domínguez Camargo. La mediocridad desestima lo que no comprende.
No tolera nada que la supere. Si en Colombia aparece un gran
escritor, ¡ése tiene que ser extranjero! O lo
desterramos.
Por supuesto que, en cuanto a no tener suerte con los editores,
pocos la tienen, y el menos indicado era León de Greiff, por la
complejidad de sus originales. El libro que se comenta, hecho con
la mejor voluntad, no carece de errores, es decir, tiene muchos, de
poca monta, que el lector detecta. En parte ocasionados por el
inadecuado tipo de letra que se utilizó, letra escogida con el
evidente propósito de economizar tinta, y que no favorece la
corrección de pruebas.
Con el disfraz de nombres honrosos, todo son mafias, sin
excepción: las de los gremios -todos los gremios-, los políticos,
las iglesias, los escritores, artistas, etc. Como León de Greiff no
perteneció a ninguna mafia de mutuo elogio, mutua complicidad o
mutuo agravio, quedó fuera de lugar en el rencoroso mundillo de la
poesía colombiana. De él puede decirse lo mismo que de los
principales escritores portugueses: "No pertenecieron a
cenáculos, no elogiaron a nadie para que los elogiasen a ellos, no
quemaron incienso ante los fetiches de las ridículas pagodas
literarias. Fueron honrados. Fueron íntegros".
La manía clasificatoria ha situado indistintamente a León de
Greiff en diferentes escuelas: romántico, modernista, simbolista,
vanguardista, ególatra, disparatado, incoherente, y otras cosas
así. Vanguardista no lo es, porque las vanguardias constituyen
grupos, y León no deja escuela. Su único grupo son sus adiáteres o
álter egos, todos nombres de él mismo, que en el Correo de
Estocolmo repite, repite y repite. Un siglo de vanguardias
literarias no dejó nada que sirva. Desconcierto, desorientación,
desorden, anarquía, tontería. Surrealismo, automatismo, retórica
vacía. Todo eso ha existido siempre, porque Dios es el primer
surrealista, el universo es surrealista, la mente humana es
surrealista. Nada más viejo que lo nuevo, que es lo viejo
falsificado. En León de Greiff la forma es más importante que el
contenido. Sus páginas están dirigidas al selecto grupo de sus
otros yoes. De pronto se encuentra algo carnudo pero envenenado,
lanzado a la gallinazada. La crítica de León a los poetas y la
poesía de su tiempo fue general y total. Acre, acerba, burlona. No
se salva nadie. Sólo él. La mofa que de su propio estilo hacía, era
en realidad befa de sus estólidos lectores, a quienes consideraba a
distancias siderales de su ingenio, y zahería a menudo con
divertida crueldad. Pero sucede que nadie regresa a una casa en
donde cada vez lo reciben con aumentados insultos. Por eso los
lectores no vuelven a los libros de León de Greiff. Tan pronto
llegas, te gritan desde adentro: ¡Estúpido!
Por respetado y temido que fuera, León también cae en las garras
de las hienas críticas, en esa comarca de predadores que es la
literatura. Para Juan Luís Panero, el maestro aparece
"rezagado en todo", y "no tenía oído para
nada". A Darío Ruiz Gómez, el Relato de Sergio Stepansky le
parece "romanticón, de mal gusto, y con una filosofía de
marido varado". Para Carlos García Prada, "ni ha ganado
el favor del público, ni ha convencido a la crítica que
desdeña". Crítica que opera a punta de adjetivos, y suele ser
dogmática como recurso de credibilidad.

Lo cierto es que desde Nova et velera (Tercer Mundo 1973), ya
empezaba la decadencia, el acopio de sobrantes. Después de haber
dicho lo que tenía que decir, empieza la repetidera y juega a ser
León de Greiff. Entra entonces en el panteón de los ídolos que se
nos caen, a medida que conocemos otros, o cambian los tiempos. El
siglo despide a León de Greiff colocándolo por debajo de Aurelio
Arturo, la posición más incómoda que soñar pudiera en la más atea
de sus pesadillas.
Materia principal del cuarto tomo es el Correo de Estocolmo (367
páginas), bocado para dinosaurios, acompañado de apuntes,
acotaciones, esbozos, ejercicios, divertimentos, papeluchos,
estrofas sueltas, comienzos, finales sin comienzo, medios versos,
partes, intentos, ensayos, fragmentos, repeticiones y variaciones,
porque tenía el vicio de versificar sin ton ni son. Además, poemas
y sonetos incompletos y cuanto encontraron por allí: fragmentos de
otros poemas, fragmentos excluidos, perdidos, extraviados,
fragmentos de fragmentos, etc. Publicar presuntos sonetos
inconclusos, ¡qué ocurrencia! ¿Para qué publicar medio
soneto? Todo lo cual demuestra que es fácil matar un león muerto y
ocultarlo en sus despojos.
Escribir es hablar al lector, y el lenguaje de León no resulta
comprensible a los poetas de hoy, ni acá ni en España. Es necesario
conceder eso. La única edición española es una antología de
"Visor", clasificado como poeta "raro".
Si León de Greiff hubiese compuesto el diccionario que se
necesita para leerlo, se hubiera "tapado de plata", pues
todo el mundo habría comprado ese libro para no tener que leer las
obras del poeta.
El carácter ambiguo de la poesía, sometida a interpretación,
dificulta su lectura. Ni los poetas se comprenden entre ellos
mismos. León de Greiff, por ejemplo, no comprende la claridad de
Wait Whitman, puesto que lo rebaja a una mínima escala. Como no es
raro que tampoco se comprenda a León de Greiff. Continuamente
aparecen nuevas interpretaciones de las parábolas de Jesús, de
acuerdo con los intereses del hermeneuta. Entre los contradictorios
ensayos compilados en el libro Valoración múltiple sobre León de
Greiff, sobresalen los de Germán Arciniegas, Rafael Maya, Jorge
Zalamea y Fernando Charry Lara. No se contradicen. Se complementan.
Por la importancia de sus autores son conceptos respetables, que
sustentan un prestigio, respaldan un nombre, defienden una
estética. El posmodernismo no sólo derribó muros. Nos tumbó la
casa. Y ahora, querido maestro, quedamos en la inopia, como usted
lo dijo. Creer en algo era bueno. Daba un sentido a la vida. Aunque
usted en nada creía, hizo que muchos creyéramos en usted, es decir,
en lo que representaba. Y ahora ni eso. Estamos
"tomados", como de pronto decía el doctor Eduardo Santos,
con su parla boyacense no olvidada. Menos mal que su espíritu
burlón todavía anda por ahí desordenando cosas, pues su verdadero
oficio en vida fue el de tomapelista.
JAIME JARAMILLO ESCOBAR