Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Reedición

Entre primos (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-e/entreprimos/indice.htm) es un libro que no fatiga, pero, dice Cortázar, logra darnos cierta impresión de repugnancia por su macabro desenlace. Pero no olvidemos que escenas muy similares atestan la literatura de la época y no son infrecuentes en las páginas escandalosas de Vargas Vila lo mismo que en los poemas de Julio Flórez. Así, por ejemplo, en Bodas negras, recordemos aquello de:

Ató con cintas los desnudos huesos, / el yerto cráneo coronó de flores, / la horrible boca le cubrió de besos/y le contó sonriendo sus amores. / Llevó la novia al tálamo mullido, /se acostó junto a ella enamorado, / y para siempre se quedó dormido / al esqueleto rígido abrazado.

Amores y leyes, por el contrario, sería lo más débil de la producción de Marroquín y, como historia de esa eterna rémora que son los tinterillos, recordaría la novela de Ángel Gaitán. Aunque "un poco frío en la expresión de los afectos", Marroquín es hombre de casa y nunca desmiente su amor por la vida íntima de familia. Así pueden encontrarlo fabricando acrósticos el día de la pérdida de Panamá. "Un pez en tierra y el Sr. Marroquín fuera del hogar, tienen sus puntos de contacto".

Blas Gil (http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/letra-b/blasgil/indice.pdf) se inspira, aunque muy remotamente, en la novela picaresca española (desde luego, su nombre es un juego de palabras con el Gil Blas de Santulona de Lesage, y su héroe también es un tunante).

Curiosamente, el capítulo termina con la breve reseña de un par de novelas, Contrastes y Caprichos, de dos jóvenes escritores que firman como Paco de Rahavánez, pero no nos dice quiénes son. Se trata en realidad de Pedro Gómez Corena y Daniel Bayona Posada. Igual, a estas obras se las ha tragado el olvido.

Pasa a continuación Cortázar a examinar la novela histórica colombiana. Don Felipe Pérez, gobernante del Estado Soberano de Boyacá, hermano del presidente Santiago Pérez y fundador del periódico El Relator, fue autor de obras de "verdadero mérito literario". Y examina de cerca tres de sus novelas: Los gigantes. Los Pizarras y Gilma, continuación de la anterior, pasando por alto El caballero de Rauzán (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-c/caballe/indice.htm), la única de ellas que aún tiene cierto nombre, gracias a una novela televisiva de los años setenta. De ellas quizá la más interesante sea la primera, gran cuadro histórico de los días que precedieron a la emancipación (como los de Uslar Pietri y Andrés Hoyos). El autor tiene una evidente aversión por España. La virreina aparece como una mujer ambiciosa y cegada por la sed del oro. Se queja

Cortázar de que en la visión de Pérez la independencia fue lograda por los indios, cuando en realidad éstos apoyaron siempre a los chapetones y fueron "partidarios incondicionales de la causa del Rey". Esto le da pie para reflexionar acerca de la legitimidad de la Emancipación. Tras algunas dudas, remite al lector interesado a un opúsculo del doctor Rafael María Carrasquilla, titulado La emancipación de América ante la moral católica.

Irrespetando un poco la cronología, pasamos a Don Álvaro, inmenso cuadro colonial de don José Caicedo y Rojas (1816-1897), el costumbrista más característico de la primera época republicana. "Don Pepe" era hombre anclado en el pasado. Recordemos que su delicada pluma mercenaria fue responsable de otra obra célebre, Memorias de un abanderado, recuerdos del pintor-soldado José María Espinosa. Según Cortázar, en el episodio de las justas habidas en Santafé con ocasión de la llegada del señor González, el autor sigue a Walter Scott.

De las obras de ficción de don José María Samper, célebre constitucionalista y hombre público, la que más se mencionaba en tiempos de Cortázar (pues ahora no se menciona ninguna, aunque algo más se conoce su autobiografía, Historia de una alma), era Martín Flores. La lectura de su argumento me ha persuadido de que no sólo el nombre de Martín habrá tomado don José María del Martín Rivas del más importante escritor chileno del siglo XIX, Alberto Blest Gana.

La moraleja de índole edificante que de esta obra extrae Cortázar es harto menos importante que alguna escena. Lo que sí hace interesante a esta novela es que en ella se recrea el asedio del convento de San Agustín, en 1860, en el cual "pereció la flor y nata de un partido en defensa de sus principios políticos".

"Si los partidos -dice Samper- hubieran de ser juzgados solamente por sus actos de abnegación y heroísmo, el liberal tendría en Colombia asegurada su perpetua gloria con el terrible combate de San Agustín".

Y si bien estas obras de Samper han desaparecido poco a poco de la historiografía colombiana, las que tienden cada vez a reaparecer son las de su esposa, doña Soledad Acosta de Samper, cuyo nombre no habla nada bien de las calidades de su marido. Pero Cortázar apenas le dedica una página a esta interesante obra, en la que siquiera menciona, sin añadir juicio crítico valioso, sus Novelas y cuadros de la vida sudamericana, en la cual se encuentran tres de sus mejores producciones: Dolores, Teresa la limeña y El corazón de la mujer.

Más dedica a El alférez real (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-a/alferez/indice.htm), que no por tener alguna importancia histórica deja de ser bastante mediocre como obra literaria. Su mérito, según Cortázar, es análogo al de la obra de Marroquín: que arroja una serie de episodios curiosos para la voracidad de los historiadores, episodios que de otro modo se habrían acaso perdido para siempre.

Un capítulo entero dedica el autor a María de Isaacs (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-m/maria/lmaria.htm). Y no es para menos. Aunque a muchos nos parezca absolutamente indefendible, a pesar del parecer de Borges, y escrita cuando todos teníamos quince años, es nuestra novela más importante en el siglo XIX...

Ardua tarea el estudiarla. Ya en su tiempo se había derramado tanta tinta sobre ella, que era difícil no solamente compaginar las opiniones sino hacer su recuento. María era considerada por entonces la única gema de la literatura colombiana, o al menos de la novela colombiana, aunque tampoco es que hubiera mucho de donde escoger, pero igualmente ya se discutía si se trataba de una novela o de un idilio amoroso en la tradición de Dafnis y Cloe, de Pablo y Virginia y de la Inocencia del conde de Taunay, más novela en todo caso aunque no menos rica en descripciones de la naturaleza del Brasil. María, dice Cortázar, debe ser leída, una, dos y muchas veces. El crítico encuentra en ella ante todo "pasión ardiente, que es lo que muchas veces inmortaliza las obras literarias". Creo que para los críticos de aquellos días la mayor virtud de María es que no les planteaba demasiados conflictos morales y que estaba a la altura de cualquier adolescente. Podía sin problemas caer "en las rosadas palmas de una doncella de quince primaveras", para las que parece especialmente escrita. Y no obstante, por paradójico que parezca, el padre Ladrón de Guevara tronaba con ésta, que resulta deliciosa "perla" para el lector de nuestros días: "Si se nos pregunta por qué no alabamos aquí las galas literarias de novelistas hediondos, impíos o inmorales, responderemos entre otras cosas que nos callamos, que si tal hiciéramos, iríamos contra el fin pío y apostólico que nos hemos propuesto; y no servirían semejantes alabanzas sino para causar irreparables daños en nuestros lectores. Pues si decimos de los autores malos que son sumamente artísticos y literarios, de un interés irresistible, los unos leerán las novelas malas so color de literatura, y los otros, que no tienen conciencia y van en busca de entretenimiento, se tirarán al manjar venenoso que alabamos, riéndose de nuestros anatemas. Pero, en fin, sea de todo, o dicho lo que se quiera, pesa sobre nosotros un sapientísimo decreto conocido de ciertos sabios, decreto que es nuestra guía y del cual, antes que apartarnos, consentimos en morir... Cuanto más estimamos a Cervantes, tanto nos es más sensible vernos obligados a notar en el Quijote y en otras de sus novelas pasajes de mayor o menor peligrosidad para la castidad de los lectores. Hay ediciones, por fortuna, en las cuales se han corregido esos capítulos... En la María de Isaacs [...] algunas descripciones de mujeres, aunque no son del todo deshonestas, tampoco mueven a la castidad, y pueden inquietar... Es reprobable la morosidad en dar cuenta del baño que a Efraín preparaba María, esparciendo el agua de flores. Pase esto, sin embargo. Lo que no puede pasar es el pasaje de la ida de Efraín con Salomé, joven harto ligera, por aquellas soledades del río, con lo demás que allá se cuenta. La sensualidad y peligro aquí nos parecen claros, sobrando para los jóvenes lo inquietante y muy perturbador".

Cortázar aprovecha para ensartar la ya clásica prevención preceptiva que venía haciendo escuela desde la Poética de Aristóteles. Dice: "Todo lo que no tenga mediata o inmediata conexión con el tópico principal debe desecharse, porque rompe la unidad de impresión tan necesaria en las obras de arte". Con el perdón de todos los Cortázares del mundo, apelo a uno de ellos, el argentino, quien nos dejó muy claro que ese mandato es sólo un prejuicio reductor típico del siglo XIX. Dicho precepto es válido para la historia corta, para el cuento, puesto que, como dice Julio Cortázar, en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. En la novela ese precepto resulta absolutamente irrisorio.

Termina diciendo algo que ya pasa por ortodoxia. Que Isaacs es mejor poeta en prosa que en verso. Pero fuera de una serie de lugares comunes, lo más interesante que aquí se dice sobre María no es de Cortázar sino de Rivera y Garrido: "María, casándose con Efraín y convertida, con el correr de los años, en robusta matrona caucana y respetable madre de numerosa progenie, habría dado al traste con el inmortal libro de Isaacs".

Resulta curioso que el cuarto capítulo esté enteramente dedicado a la novela en Antioquia, sin ser Cortázar antioqueño. Nos recuerda aquello de don Miguel Antonio Caro de que "las únicas letras en Antioquia son letras de cambio". Sin embargo, para Cortázar hay ya un fenómeno de regionalismo perfectamente discernible. Raro a primera vista resulta que un pueblo consagrado por una naturaleza estéril al trabajo penoso, y dedicado al comercio y a la minería, tenga una literatura propia y original. Ello depende en gran parte, según Cortázar, de la idiosincrasia de una raza que tiende a conservarse sin mezcla de elementos extraños. Y menciona algunas que se destacan:

Eduardo Zuleta en Tierra virgen sienta las reglas de su arte: "Las reglas no son las que hacen buen escritor a un hombre, sino la fuerza inicial de que disponga".

Mención aparte merece Kundry, de Gabriel Latorre, aparecida en 1905. Novela culta, sobria y pulcra. Alfonso Castro dijo a propósito de ella, ensalzándola, que "la plebeyez no es una cualidad ni en el estilo ni en nada".

Al final consagra el autor un aparte para señalar las novelas más recientes. Pero ahora, liberados por Sanín Cano, ya vendrían otros tiempos; con la Diana cazadora de Soto Borda, con Vargas Vila, se vería literalmente el "lanzamiento" en 1923 de la novela Lili (sic) de Emilio Cuervo Márquez, que se hizo sobre Barranquilla desde un hidroavión. Cuervo Márquez sería autor también de Friné, la que para Antonio Curcio Altamar, autor de la siguiente gran historia de la novela colombiana, es la mejor hasta los tiempos de García Márquez.

LUIS H. ARISTIZÁBAL