Reseñas. Reedición
Entre primos (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-e/entreprimos/indice.htm)
es un libro que no fatiga, pero, dice Cortázar, logra darnos cierta
impresión de repugnancia por su macabro desenlace. Pero no
olvidemos que escenas muy similares atestan la literatura de la
época y no son infrecuentes en las páginas escandalosas de Vargas
Vila lo mismo que en los poemas de Julio Flórez. Así, por ejemplo,
en Bodas negras, recordemos aquello de:
Ató con cintas los desnudos huesos, / el yerto cráneo coronó
de flores, / la horrible boca le cubrió de besos/y le contó
sonriendo sus amores. / Llevó la novia al tálamo mullido, /se
acostó junto a ella enamorado, / y para siempre se quedó dormido /
al esqueleto rígido abrazado.
Amores y leyes, por el contrario, sería lo más débil de
la producción de Marroquín y, como historia de esa eterna rémora
que son los tinterillos, recordaría la novela de Ángel Gaitán.
Aunque "un poco frío en la expresión de los afectos",
Marroquín es hombre de casa y nunca desmiente su amor por la vida
íntima de familia. Así pueden encontrarlo fabricando acrósticos el
día de la pérdida de Panamá. "Un pez en tierra y el Sr.
Marroquín fuera del hogar, tienen sus puntos de contacto".

Blas Gil (http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/letra-b/blasgil/indice.pdf)
se inspira, aunque muy remotamente, en la novela picaresca española
(desde luego, su nombre es un juego de palabras con el Gil Blas de
Santulona de Lesage, y su héroe también es un tunante).
Curiosamente, el capítulo termina con la breve reseña de un par
de novelas, Contrastes y Caprichos, de dos jóvenes escritores que
firman como Paco de Rahavánez, pero no nos dice quiénes son. Se
trata en realidad de Pedro Gómez Corena y Daniel Bayona Posada.
Igual, a estas obras se las ha tragado el olvido.
Pasa a continuación Cortázar a examinar la novela histórica
colombiana. Don Felipe Pérez, gobernante del Estado Soberano de
Boyacá, hermano del presidente Santiago Pérez y fundador del
periódico El Relator, fue autor de obras de "verdadero mérito
literario". Y examina de cerca tres de sus novelas: Los
gigantes. Los Pizarras y Gilma, continuación de la anterior,
pasando por alto El caballero de Rauzán (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-c/caballe/indice.htm),
la única de ellas que aún tiene cierto nombre, gracias a una novela
televisiva de los años setenta. De ellas quizá la más interesante
sea la primera, gran cuadro histórico de los días que precedieron a
la emancipación (como los de Uslar Pietri y Andrés Hoyos). El autor
tiene una evidente aversión por España. La virreina aparece como
una mujer ambiciosa y cegada por la sed del oro. Se queja
Cortázar de que en la visión de Pérez la independencia fue
lograda por los indios, cuando en realidad éstos apoyaron siempre a
los chapetones y fueron "partidarios incondicionales de la
causa del Rey". Esto le da pie para reflexionar acerca de la
legitimidad de la Emancipación. Tras algunas dudas, remite al
lector interesado a un opúsculo del doctor Rafael María
Carrasquilla, titulado La emancipación de América ante la moral
católica.

Irrespetando un poco la cronología, pasamos a Don Álvaro,
inmenso cuadro colonial de don José Caicedo y Rojas (1816-1897), el
costumbrista más característico de la primera época republicana.
"Don Pepe" era hombre anclado en el pasado. Recordemos
que su delicada pluma mercenaria fue responsable de otra obra
célebre, Memorias de un abanderado, recuerdos del pintor-soldado
José María Espinosa. Según Cortázar, en el episodio de las justas
habidas en Santafé con ocasión de la llegada del señor González, el
autor sigue a Walter Scott.
De las obras de ficción de don José María Samper, célebre
constitucionalista y hombre público, la que más se mencionaba en
tiempos de Cortázar (pues ahora no se menciona ninguna, aunque algo
más se conoce su autobiografía, Historia de una alma), era Martín
Flores. La lectura de su argumento me ha persuadido de que no sólo
el nombre de Martín habrá tomado don José María del Martín Rivas
del más importante escritor chileno del siglo XIX, Alberto Blest
Gana.
La moraleja de índole edificante que de esta obra extrae
Cortázar es harto menos importante que alguna escena. Lo que sí
hace interesante a esta novela es que en ella se recrea el asedio
del convento de San Agustín, en 1860, en el cual "pereció la
flor y nata de un partido en defensa de sus principios
políticos".
"Si los partidos -dice Samper- hubieran de ser juzgados
solamente por sus actos de abnegación y heroísmo, el liberal
tendría en Colombia asegurada su perpetua gloria con el terrible
combate de San Agustín".
Y si bien estas obras de Samper han desaparecido poco a poco de
la historiografía colombiana, las que tienden cada vez a reaparecer
son las de su esposa, doña Soledad Acosta de Samper, cuyo nombre no
habla nada bien de las calidades de su marido. Pero Cortázar apenas
le dedica una página a esta interesante obra, en la que siquiera
menciona, sin añadir juicio crítico valioso, sus Novelas y cuadros
de la vida sudamericana, en la cual se encuentran tres de sus
mejores producciones: Dolores, Teresa la limeña y El corazón de
la mujer.
Más dedica a El alférez real (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-a/alferez/indice.htm),
que no por tener alguna importancia histórica deja de ser bastante
mediocre como obra literaria. Su mérito, según Cortázar, es análogo
al de la obra de Marroquín: que arroja una serie de episodios
curiosos para la voracidad de los historiadores, episodios que de
otro modo se habrían acaso perdido para siempre.
Un capítulo entero dedica el autor a María de Isaacs (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-m/maria/lmaria.htm).
Y no es para menos. Aunque a muchos nos parezca absolutamente
indefendible, a pesar del parecer de Borges, y escrita cuando todos
teníamos quince años, es nuestra novela más importante en el siglo
XIX...
Ardua tarea el estudiarla. Ya en su tiempo se había derramado
tanta tinta sobre ella, que era difícil no solamente compaginar las
opiniones sino hacer su recuento. María era considerada por
entonces la única gema de la literatura colombiana, o al menos de
la novela colombiana, aunque tampoco es que hubiera mucho de donde
escoger, pero igualmente ya se discutía si se trataba de una novela
o de un idilio amoroso en la tradición de Dafnis y Cloe, de Pablo y
Virginia y de la Inocencia del conde de Taunay, más novela en todo
caso aunque no menos rica en descripciones de la naturaleza del
Brasil. María, dice Cortázar, debe ser leída, una, dos y muchas
veces. El crítico encuentra en ella ante todo "pasión
ardiente, que es lo que muchas veces inmortaliza las obras
literarias". Creo que para los críticos de aquellos días la
mayor virtud de María es que no les planteaba demasiados conflictos
morales y que estaba a la altura de cualquier adolescente. Podía
sin problemas caer "en las rosadas palmas de una doncella de
quince primaveras", para las que parece especialmente escrita.
Y no obstante, por paradójico que parezca, el padre Ladrón de
Guevara tronaba con ésta, que resulta deliciosa "perla"
para el lector de nuestros días: "Si se nos pregunta por qué
no alabamos aquí las galas literarias de novelistas hediondos,
impíos o inmorales, responderemos entre otras cosas que nos
callamos, que si tal hiciéramos, iríamos contra el fin pío y
apostólico que nos hemos propuesto; y no servirían semejantes
alabanzas sino para causar irreparables daños en nuestros lectores.
Pues si decimos de los autores malos que son sumamente artísticos y
literarios, de un interés irresistible, los unos leerán las novelas
malas so color de literatura, y los otros, que no tienen conciencia
y van en busca de entretenimiento, se tirarán al manjar venenoso
que alabamos, riéndose de nuestros anatemas. Pero, en fin, sea de
todo, o dicho lo que se quiera, pesa sobre nosotros un sapientísimo
decreto conocido de ciertos sabios, decreto que es nuestra guía y
del cual, antes que apartarnos, consentimos en morir... Cuanto más
estimamos a Cervantes, tanto nos es más sensible vernos obligados a
notar en el Quijote y en otras de sus novelas pasajes de mayor o
menor peligrosidad para la castidad de los lectores. Hay ediciones,
por fortuna, en las cuales se han corregido esos capítulos... En la
María de Isaacs [...] algunas descripciones de mujeres, aunque no
son del todo deshonestas, tampoco mueven a la castidad, y pueden
inquietar... Es reprobable la morosidad en dar cuenta del baño que
a Efraín preparaba María, esparciendo el agua de flores. Pase esto,
sin embargo. Lo que no puede pasar es el pasaje de la ida de Efraín
con Salomé, joven harto ligera, por aquellas soledades del río, con
lo demás que allá se cuenta. La sensualidad y peligro aquí nos
parecen claros, sobrando para los jóvenes lo inquietante y muy
perturbador".

Cortázar aprovecha para ensartar la ya clásica prevención
preceptiva que venía haciendo escuela desde la Poética de
Aristóteles. Dice: "Todo lo que no tenga mediata o inmediata
conexión con el tópico principal debe desecharse, porque rompe la
unidad de impresión tan necesaria en las obras de arte". Con
el perdón de todos los Cortázares del mundo, apelo a uno de ellos,
el argentino, quien nos dejó muy claro que ese mandato es sólo un
prejuicio reductor típico del siglo XIX. Dicho precepto es válido
para la historia corta, para el cuento, puesto que, como dice Julio
Cortázar, en ese combate que se entabla entre un texto apasionante
y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el
cuento debe ganar por knockout. En la novela ese precepto resulta
absolutamente irrisorio.
Termina diciendo algo que ya pasa por ortodoxia. Que Isaacs es
mejor poeta en prosa que en verso. Pero fuera de una serie de
lugares comunes, lo más interesante que aquí se dice sobre María no
es de Cortázar sino de Rivera y Garrido: "María, casándose con
Efraín y convertida, con el correr de los años, en robusta matrona
caucana y respetable madre de numerosa progenie, habría dado al
traste con el inmortal libro de Isaacs".
Resulta curioso que el cuarto capítulo esté enteramente dedicado
a la novela en Antioquia, sin ser Cortázar antioqueño. Nos recuerda
aquello de don Miguel Antonio Caro de que "las únicas letras
en Antioquia son letras de cambio". Sin embargo, para Cortázar
hay ya un fenómeno de regionalismo perfectamente discernible. Raro
a primera vista resulta que un pueblo consagrado por una naturaleza
estéril al trabajo penoso, y dedicado al comercio y a la minería,
tenga una literatura propia y original. Ello depende en gran parte,
según Cortázar, de la idiosincrasia de una raza que tiende a
conservarse sin mezcla de elementos extraños. Y menciona algunas
que se destacan:
Eduardo Zuleta en Tierra virgen sienta las reglas de su arte:
"Las reglas no son las que hacen buen escritor a un hombre,
sino la fuerza inicial de que disponga".
Mención aparte merece Kundry, de Gabriel Latorre, aparecida en
1905. Novela culta, sobria y pulcra. Alfonso Castro dijo a
propósito de ella, ensalzándola, que "la plebeyez no es una
cualidad ni en el estilo ni en nada".
Al final consagra el autor un aparte para señalar las novelas
más recientes. Pero ahora, liberados por Sanín Cano, ya vendrían
otros tiempos; con la Diana cazadora de Soto Borda, con Vargas
Vila, se vería literalmente el "lanzamiento" en 1923 de
la novela Lili (sic) de Emilio Cuervo Márquez, que se hizo sobre
Barranquilla desde un hidroavión. Cuervo Márquez sería autor
también de Friné, la que para Antonio Curcio Altamar, autor de la
siguiente gran historia de la novela colombiana, es la mejor hasta
los tiempos de García Márquez.
LUIS H. ARISTIZÁBAL