Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Reedición

Reedición

La novela en Colombia

Roberto Cortázar Toledo
Fondo Editorial Universidad EAFIT, Colección Krenes, 2.a ed., Medellín, 2003, 196 págs.

 

Autor de una veintena de títulos, Roberto Cortázar (1884-1969), secretario perpetuo de la Academia de Historia, fue igualmente el autor del primer ensayo comprensivo de la historia de la novela colombiana. Curiosamente, la obra de Cortázar abarca casi la misma época y autores del reciente estudio de Álvaro Pineda Botero, La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana (1650-1931).

En 1908, cuando Cortázar escribe su librito, se imponía hacer un recuento de un género que estaba demasiado a la moda. No solamente acababa de publicarse Pax, de Lorenzo Marroquín y José María Rivas Groot, sino que sólo en los últimos ocho años habían aparecido más de cien novelas, cifra casi tan grande como todas las que se habían publicado antes.

Además se ventilaban ya grandes escándalos por causa de la inmoralidad de la literatura, como la polémica entre el doctor Tulio Ospina y el novelista Eduardo Zuleta con motivo de la publicación de su Tierra virgen (1897) y el sonado caso de Hija espiritual del antioqueño Alfonso Castro, que resultó ser, al menos por sus efectos periodísticos, nuestra Madame Bovary o Lady Chatterley y que fue la primera novela reeditada a causa, únicamente, de una "polémica escabrosa"...También se había visto hacía poco tiempo la excomunión, en Santander, del escritor Nepomuceno Serrano, a causa de una novela. De ahí que poco después del estudio de Cortázar saliera a la luz nuestro "primer y único gran índex made in Colombia", como anota el prologuista Gonzalo España, Novelistas malos y buenos, del jesuita Pablo Ladrón de Guevara. Por entonces, desde México, Ignacio Altamirano proclamaba que la novela era instrumento adecuado para la educación del pueblo y el adoctrinamiento político. Tampoco debería pasarse por alto que, el mismo año de la obra de Cortázar, el hoy beato Ezequiel Moreno publicaba sus Cartas pastorales, en donde declaraba sin ambages: "El liberalismo ha ganado lo indecible, y esta espantosa realidad proclama con tristísima evidencia, el más completo fracaso de la pretendida concordia entre los que aman el altar y los que abominan el altar, entre los católicos [es decir, conservadores] y liberales [es decir, ateos]. Confieso una vez más que el liberalismo es pecado, enemigo fatal de la Iglesia y del reinado de Jesucristo y ruina de los pueblos y naciones; y queriendo enseñar esto, aún después de muerto, deseo que en el salón donde se exponga mi cadáver, y aún en el templo durante las exequias, se ponga a la vista de todos un cartel grande que diga: EL LIBERALISMO ES PECADO".

En la presentación, de Gonzalo España, que por cierto es bastante buena e ilustrativa, se nos cuenta que Roberto Cortázar nació en Pacho, por accidente, en 1884, y que su profesor y padrino literario fue Antonio Gómez Restrepo. Probablemente era conservador, aunque, azuzado por una frase atribuida a Laureano Gómez: "Santander era un chacal", fue autor de la recopilación en diez volúmenes de las Cartas y mensajes de Santander, pagada con la donación que hiciera Eduardo Santos de su pensión de jubilación. "Su idea fue, nos cuenta España, que ellas solas hablarían por Santander, sin necesidad de que nadie saliera a defenderlo, y sin necesidad de que nadie lo juzgara". Luego, en otros catorce tomos, publicaría la Correspondencia dirigida al general Santander.

El estudio introductorio de Gonzalo España señala de qué manera, a partir del éxito de María, la novela adquirió importancia en nuestro medio parroquial. Cortázar estudia una treintena entre las más de doscientas novelas del siglo XIX, que por cierto la Biblioteca Luís Ángel Arango está publicando en edición virtual gratuita en su página en Internet. Vale la pena constatar que, no menos que en la novela inglesa de ese siglo, a finales del XIX el país contaba con al menos cuatro mujeres novelistas.

Ya por entonces don José María Vergara y Vergara anotaba al final de su monumental Historia de la literatura en la Nueva Granada (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-h/histolit/indicei.htm), que "es en la novela donde al fin se alcanza a vislumbrar una expresión propia, una escuela nacional".

El autor, más que un crítico literario, es un moralista y, como tal, sus tesis son típicamente reductoras. Pretendía la moralidad de Cortázar que la novela de corte realista era casi imposible en Colombia, puesto que nuestro parroquialismo hacía que de inmediato se reconocieran los modelos: "No puede el novelista retratar personas determinadas; no puede introducir acciones sucedidas en la vida real, sin faltar a la caridad, y muchas veces, sin pretenderlo, a la justicia". La ingenuidad de su conclusión es digna de reseña: "Por eso, en muchos años, no se lograrán buenas novelas realistas sino las que tienen por asunto las costumbres de las clases populares". Esto es, no importa mucho si el pueblo se reconoce en los retratos: "Los retratados no leen la novela; y los que la leen, no conocen los modelos copiados por el autor".

David Jiménez Panesso ha anotado que sólo a partir de Sanín Cano se propone "algo diferente y bastante perturbador. La poesía no debe subordinarse a nada, no debe ponerse al servicio de ningún poder, de ninguna doctrina, de nada distinto a la poesía misma". Según Jiménez Panesso, "subordinar todo a un solo principio, el religioso, y derivar de allí todos los valores, especialmente el poético, era el planteamiento central de la crítica de Caro".

Al parecer, nuestra verdadera independencia de España sólo llegó con la muerte de don Marcelino Menéndez y Pelayo, en 1912, quien todavía seguía siendo en tiempos de don Miguel Antonio Caro la máxima autoridad en nuestras letras. "Escritor que se respetase debía presentar su obra como el comentario anexo del erudito español, que era como el salvoconducto de moralidad y de buena factura". Gozaba don Marcelino por entonces del prestigio que hoy goza Borges en el mundo de las letras hispánicas. Y no injustamente. Tenía una prodigiosa memoria y nos dejaba, como Macaulay, la impresión de haber leído todos los libros. Encarnó como nadie la idea popular de ser "un pozo de sabiduría". Su obra, en este sentido, no es inferior ni por sus dimensiones enciclopédicas ni por la calidad de su prosa a la del mexicano Alfonso Reyes. Lo que lo empobrece es su postura ideológica absolutamente anacrónica, pues era un católico de una ortodoxia tan inflexible como para silenciar cualquier atisbo crítico en temas que se involucraran de cerca o de lejos con la religión.

Fue entonces el maestro Sanín Cano quien advirtió que la mayor influencia del español había estado en impedir todo intento de renovación. De ahí que en la treintena de novelas analizadas por Cortázar el primer aspecto destacable sea siempre la moralidad; luego, en menor grado, la virtud edificante de la novela y el triunfo de la fe y luego la fidelidad a los modelos peninsulares. Así, al estudiar Los gigantes de Felipe Pérez, se va lanza en ristre contra los ataques de éste a la dominación española en América.

En todo caso, este libro no es nada despreciable. Aunque en parte no hace más que repetir los juicios que ya había expuesto Isidoro Laverde Amaya, Cortázar tema el instinto del buen lector y no se queda en esas que hoy llamaríamos minucias sino que pasa a veces al fondo mismo de la novela. Tanto que dice España, sugestivamente, que este estudio de Cortázar es tal vez el esbozo del primer taller de novela intentado en Colombia.

Apenas hemos tenido una obra que pueda calificarse de maestra, dice Cortázar. Supongo que se refiere a María. El resto son apenas ensayos, más o menos afortunados y originales. La manifestación más saliente, a juicio del autor, entre las varias tendencias, es la que él llama "novela realista moderada", o sea la novela de costumbres. Iniciador de ésta fue El doctor Temis, del doctor José María Ángel Gaitán. Su primer logro fue la descripción de los "tinterillos", por entonces los personajes más pintorescos de la sociedad santafereña.

Luego viene el caso aislado de Manuela, de Eugenio Díaz Castro (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-m2/manuela/indice.htm), novela eminentemente realista cuya acción transcurre en el occidente cundinamarqués. He notado, por cierto, que las desnudas montañas del oeste de Cundinamarca, que lindan con el río Magdalena, son el escenario físico de no pocas de las obras de ficción colombianas, no sólo del siglo XIX sino del XX. Véanse, por ejemplo, Manuela, Tránsito, o La cosecha de Osorio Lizarazo... Es más impactante esto si tenemos en cuenta que ese occidente se vino a pique con la pérdida de los puertos tabacaleros del Magdalena, en especial, desde luego, Ambalema, y ya a mediados del siglo XX era zona poco menos que abandonada, hasta por la guerrilla.

Campesino de ruana y alpargatas, es fama que Díaz escribió al frente de su obra que "los cuadros de costumbres no se inventan, se copian". Un ejemplo del juicio de Cortázar es el siguiente: "Hay allí escenas un tanto escabrosas de aquellas regiones en donde lo enervante del clima es muchas veces origen de la licencia de las costumbres". Para Cortázar, Manuela es obra "apenas digna de consideración". ¡Sorprende un poco la pobreza de miras de un investigador en la Colombia de tiempos del Centenario y que dedique sus esfuerzos a estudiar cosas en las cuales escasamente encuentra algo interesante! Eso, digo yo, es amor al esfuerzo por el esfuerzo. Díaz le parece un "realista instintivo", al que le faltan la precisión y el colorido que en España lograran Fernán Caballero, Pereda y Alarcón. Respetando mucho los modelos, este reseñista encuentra más valiosa Manuela, en muchos aspectos, que las obras de estos paradigmas peninsulares. Más interesante es la opinión de Rivera y Garrido, que trae a colación el propio autor, en la cual compara el drama vigoroso de Díaz con las obras de Daudet y de Lotti (sic).

Hay aspectos en Manuela que son muy atractivos, y son aspectos eminentemente sociológicos, incluso antropológicos. Eugenio Díaz hablará de criadas blancas y hermosas a quienes hay que mirar a los pies para distinguirlas de las señoras. Se refiere Cortázar a cierto aspecto político de la obra, "relacionado con el modo de vivir entonces aquellas gentes pobres". Evidentemente en tiempos de Cortázar la sociología daba sus primeros pasos, si es que puede decirse que existía. En esta novela, como en ninguna otra parte, están descritos los trajes, las modas de 1850. Allí están dibujados, con lujo de detalles, el draconiano, el gólgota, el conservador e incluso el artesano, ese gremio que sería desterrado en bloque hacia 1850 y enviado a pudrirse en las riberas del Chagres, en Panamá, que era la Gorgona de entonces.

Figura señera de todo ese proceso costumbrista fue don José María Vergara y Vergara. Como dice el cronista, Vergara comunicó su impulso vigoroso a todo aquello que se relacionaba con el adelanto de su país. Pero difícilmente se le puede calificar de novelista. Olivos y aceitunos todos son unos (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-o/oatos/indice.htm), que no es un mal libro, es una novela sin trama, como lo señaló Quijano Otero.

Sigue el estudio con Tránsito de Luis Segundo de Silvestre, a la que llama el autor "esbozo de novela realista", breve y por desgracia su único ensayo, pues Silvestre murió poco después de publicarla. Tránsito "es entre nosotros uno de los mejores libros de su clase", idilio entre un blanco y una "calentana". Desde luego, en estas novelas la indígena siempre muere, para no manchar la casta del blanco.

Luego estudia Cortázar El Moro de don José Manuel Marroquín (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-m2/moro/indice.htm). Ya conocemos el concepto implacable de don Miguel Antonio Caro: "Para ser escrito por un caballo no está mal". Advierte Cortázar ciertos valores en esta novela: "Quien quiera representarse fielmente algunos puntos de Bogotá, tales como eran hace tres o cuatro lustros", así como cuadros de la vida de tierra caliente y de la Sabana, tiene que leer a Marroquín... y le endilga no sólo una comparación con Pereda (supongo que con cierto Pereda, no con todo), sino una verdadera sal ática. No olvidemos aquello de la "Atenas sudamericana".