Reseñas. Reedición
Reedición
La novela en Colombia
Roberto Cortázar Toledo
Fondo Editorial Universidad EAFIT, Colección Krenes, 2.a ed.,
Medellín, 2003, 196 págs.
Autor de una veintena de títulos, Roberto Cortázar (1884-1969),
secretario perpetuo de la Academia de Historia, fue igualmente el
autor del primer ensayo comprensivo de la historia de la novela
colombiana. Curiosamente, la obra de Cortázar abarca casi la misma
época y autores del reciente estudio de Álvaro Pineda Botero,
La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela
colombiana (1650-1931).
En 1908, cuando Cortázar escribe su librito, se imponía hacer un
recuento de un género que estaba demasiado a la moda. No solamente
acababa de publicarse Pax, de Lorenzo Marroquín y José María Rivas
Groot, sino que sólo en los últimos ocho años habían aparecido más
de cien novelas, cifra casi tan grande como todas las que se habían
publicado antes.

Además se ventilaban ya grandes escándalos por causa de la
inmoralidad de la literatura, como la polémica entre el doctor
Tulio Ospina y el novelista Eduardo Zuleta con motivo de la
publicación de su Tierra virgen (1897) y el sonado caso de Hija
espiritual del antioqueño Alfonso Castro, que resultó ser, al menos
por sus efectos periodísticos, nuestra Madame Bovary o Lady
Chatterley y que fue la primera novela reeditada a causa,
únicamente, de una "polémica escabrosa"...También se
había visto hacía poco tiempo la excomunión, en Santander, del
escritor Nepomuceno Serrano, a causa de una novela. De ahí que poco
después del estudio de Cortázar saliera a la luz nuestro
"primer y único gran índex made in Colombia", como anota
el prologuista Gonzalo España, Novelistas malos y buenos, del
jesuita Pablo Ladrón de Guevara. Por entonces, desde México,
Ignacio Altamirano proclamaba que la novela era instrumento
adecuado para la educación del pueblo y el adoctrinamiento
político. Tampoco debería pasarse por alto que, el mismo año de la
obra de Cortázar, el hoy beato Ezequiel Moreno publicaba sus Cartas
pastorales, en donde declaraba sin ambages: "El liberalismo ha
ganado lo indecible, y esta espantosa realidad proclama con
tristísima evidencia, el más completo fracaso de la pretendida
concordia entre los que aman el altar y los que abominan el altar,
entre los católicos [es decir, conservadores] y liberales [es
decir, ateos]. Confieso una vez más que el liberalismo es pecado,
enemigo fatal de la Iglesia y del reinado de Jesucristo y ruina de
los pueblos y naciones; y queriendo enseñar esto, aún después de
muerto, deseo que en el salón donde se exponga mi cadáver, y aún en
el templo durante las exequias, se ponga a la vista de todos un
cartel grande que diga: EL LIBERALISMO ES PECADO".
En la presentación, de Gonzalo España, que por cierto es
bastante buena e ilustrativa, se nos cuenta que Roberto Cortázar
nació en Pacho, por accidente, en 1884, y que su profesor y padrino
literario fue Antonio Gómez Restrepo. Probablemente era
conservador, aunque, azuzado por una frase atribuida a Laureano
Gómez: "Santander era un chacal", fue autor de la
recopilación en diez volúmenes de las Cartas y mensajes de
Santander, pagada con la donación que hiciera Eduardo Santos de su
pensión de jubilación. "Su idea fue, nos cuenta España, que
ellas solas hablarían por Santander, sin necesidad de que nadie
saliera a defenderlo, y sin necesidad de que nadie lo
juzgara". Luego, en otros catorce tomos, publicaría la
Correspondencia dirigida al general
Santander.
El estudio introductorio de Gonzalo España señala de qué manera,
a partir del éxito de María, la novela adquirió importancia en
nuestro medio parroquial. Cortázar estudia una treintena entre las
más de doscientas novelas del siglo XIX, que por cierto la
Biblioteca Luís Ángel Arango está publicando en edición virtual
gratuita en su página en Internet. Vale la pena constatar que, no
menos que en la novela inglesa de ese siglo, a finales del XIX el
país contaba con al menos cuatro mujeres novelistas.
Ya por entonces don José María Vergara y Vergara anotaba al
final de su monumental Historia de la literatura en la Nueva
Granada (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-h/histolit/indicei.htm),
que "es en la novela donde al fin se alcanza a vislumbrar una
expresión propia, una escuela nacional".
El autor, más que un crítico literario, es un moralista y, como
tal, sus tesis son típicamente reductoras. Pretendía la moralidad
de Cortázar que la novela de corte realista era casi imposible en
Colombia, puesto que nuestro parroquialismo hacía que de inmediato
se reconocieran los modelos: "No puede el novelista retratar
personas determinadas; no puede introducir acciones sucedidas en la
vida real, sin faltar a la caridad, y muchas veces, sin
pretenderlo, a la justicia". La ingenuidad de su conclusión es
digna de reseña: "Por eso, en muchos años, no se lograrán
buenas novelas realistas sino las que tienen por asunto las
costumbres de las clases populares". Esto es, no importa mucho
si el pueblo se reconoce en los retratos: "Los retratados no
leen la novela; y los que la leen, no conocen los modelos copiados
por el autor".
David Jiménez Panesso ha anotado que sólo a partir de Sanín Cano
se propone "algo diferente y bastante perturbador. La poesía
no debe subordinarse a nada, no debe ponerse al servicio de ningún
poder, de ninguna doctrina, de nada distinto a la poesía
misma". Según Jiménez Panesso, "subordinar todo a un solo
principio, el religioso, y derivar de allí todos los valores,
especialmente el poético, era el planteamiento central de la
crítica de Caro".

Al parecer, nuestra verdadera independencia de España sólo llegó
con la muerte de don Marcelino Menéndez y Pelayo, en 1912, quien
todavía seguía siendo en tiempos de don Miguel Antonio Caro la
máxima autoridad en nuestras letras. "Escritor que se
respetase debía presentar su obra como el comentario anexo del
erudito español, que era como el salvoconducto de moralidad y de
buena factura". Gozaba don Marcelino por entonces del
prestigio que hoy goza Borges en el mundo de las letras hispánicas.
Y no injustamente. Tenía una prodigiosa memoria y nos dejaba, como
Macaulay, la impresión de haber leído todos los libros. Encarnó
como nadie la idea popular de ser "un pozo de sabiduría".
Su obra, en este sentido, no es inferior ni por sus dimensiones
enciclopédicas ni por la calidad de su prosa a la del mexicano
Alfonso Reyes. Lo que lo empobrece es su postura ideológica
absolutamente anacrónica, pues era un católico de una ortodoxia tan
inflexible como para silenciar cualquier atisbo crítico en temas
que se involucraran de cerca o de lejos con la religión.
Fue entonces el maestro Sanín Cano quien advirtió que la mayor
influencia del español había estado en impedir todo intento de
renovación. De ahí que en la treintena de novelas analizadas por
Cortázar el primer aspecto destacable sea siempre la moralidad;
luego, en menor grado, la virtud edificante de la novela y el
triunfo de la fe y luego la fidelidad a los modelos peninsulares.
Así, al estudiar Los gigantes de Felipe Pérez, se va lanza en
ristre contra los ataques de éste a la dominación española en
América.
En todo caso, este libro no es nada despreciable. Aunque en
parte no hace más que repetir los juicios que ya había expuesto
Isidoro Laverde Amaya, Cortázar tema el instinto del buen lector y
no se queda en esas que hoy llamaríamos minucias sino que pasa a
veces al fondo mismo de la novela. Tanto que dice España,
sugestivamente, que este estudio de Cortázar es tal vez el esbozo
del primer taller de novela intentado en Colombia.

Apenas hemos tenido una obra que pueda calificarse de maestra,
dice Cortázar. Supongo que se refiere a María. El resto son apenas
ensayos, más o menos afortunados y originales. La manifestación más
saliente, a juicio del autor, entre las varias tendencias, es la
que él llama "novela realista moderada", o sea la novela
de costumbres. Iniciador de ésta fue El doctor Temis, del doctor
José María Ángel Gaitán. Su primer logro fue la descripción de los
"tinterillos", por entonces los personajes más
pintorescos de la sociedad santafereña.
Luego viene el caso aislado de Manuela, de Eugenio Díaz Castro
(http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-m2/manuela/indice.htm),
novela eminentemente realista cuya acción transcurre en el
occidente cundinamarqués. He notado, por cierto, que las desnudas
montañas del oeste de Cundinamarca, que lindan con el río
Magdalena, son el escenario físico de no pocas de las obras de
ficción colombianas, no sólo del siglo XIX sino del XX. Véanse, por
ejemplo, Manuela, Tránsito, o La cosecha de Osorio Lizarazo... Es
más impactante esto si tenemos en cuenta que ese occidente se vino
a pique con la pérdida de los puertos tabacaleros del Magdalena, en
especial, desde luego, Ambalema, y ya a mediados del siglo XX era
zona poco menos que abandonada, hasta por la guerrilla.
Campesino de ruana y alpargatas, es fama que Díaz escribió al
frente de su obra que "los cuadros de costumbres no se
inventan, se copian". Un ejemplo del juicio de Cortázar es el
siguiente: "Hay allí escenas un tanto escabrosas de aquellas
regiones en donde lo enervante del clima es muchas veces origen de
la licencia de las costumbres". Para Cortázar, Manuela es obra
"apenas digna de consideración". ¡Sorprende un poco
la pobreza de miras de un investigador en la Colombia de tiempos
del Centenario y que dedique sus esfuerzos a estudiar cosas en las
cuales escasamente encuentra algo interesante! Eso, digo yo, es
amor al esfuerzo por el esfuerzo. Díaz le parece un "realista
instintivo", al que le faltan la precisión y el colorido que
en España lograran Fernán Caballero, Pereda y Alarcón. Respetando
mucho los modelos, este reseñista encuentra más valiosa Manuela, en
muchos aspectos, que las obras de estos paradigmas peninsulares.
Más interesante es la opinión de Rivera y Garrido, que trae a
colación el propio autor, en la cual compara el drama vigoroso de
Díaz con las obras de Daudet y de Lotti (sic).
Hay aspectos en Manuela que son muy atractivos, y son aspectos
eminentemente sociológicos, incluso antropológicos. Eugenio Díaz
hablará de criadas blancas y hermosas a quienes hay que mirar a los
pies para distinguirlas de las señoras. Se refiere Cortázar a
cierto aspecto político de la obra, "relacionado con el modo
de vivir entonces aquellas gentes pobres". Evidentemente en
tiempos de Cortázar la sociología daba sus primeros pasos, si es
que puede decirse que existía. En esta novela, como en ninguna otra
parte, están descritos los trajes, las modas de 1850. Allí están
dibujados, con lujo de detalles, el draconiano, el gólgota, el
conservador e incluso el artesano, ese gremio que sería desterrado
en bloque hacia 1850 y enviado a pudrirse en las riberas del
Chagres, en Panamá, que era la Gorgona de entonces.
Figura señera de todo ese proceso costumbrista fue don José
María Vergara y Vergara. Como dice el cronista, Vergara comunicó su
impulso vigoroso a todo aquello que se relacionaba con el adelanto
de su país. Pero difícilmente se le puede calificar de novelista.
Olivos y aceitunos todos son unos (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-o/oatos/indice.htm),
que no es un mal libro, es una novela sin trama, como lo señaló
Quijano Otero.
Sigue el estudio con Tránsito de Luis Segundo de Silvestre, a la
que llama el autor "esbozo de novela realista", breve y
por desgracia su único ensayo, pues Silvestre murió poco después de
publicarla. Tránsito "es entre nosotros uno de los mejores
libros de su clase", idilio entre un blanco y una
"calentana". Desde luego, en estas novelas la indígena
siempre muere, para no manchar la casta del blanco.
Luego estudia Cortázar El Moro de don José Manuel Marroquín (http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-m2/moro/indice.htm).
Ya conocemos el concepto implacable de don Miguel Antonio Caro:
"Para ser escrito por un caballo no está mal". Advierte
Cortázar ciertos valores en esta novela: "Quien quiera
representarse fielmente algunos puntos de Bogotá, tales como eran
hace tres o cuatro lustros", así como cuadros de la vida de
tierra caliente y de la Sabana, tiene que leer a Marroquín... y le
endilga no sólo una comparación con Pereda (supongo que con cierto
Pereda, no con todo), sino una verdadera sal ática. No olvidemos
aquello de la "Atenas sudamericana".