Reseñas. La necesidad de la desconfianza
Las novelas urbanas de la década pasada, de corte casi
autobiográfico, en su mayoría se centraban en el joven
problemático, anónimo y solitario, oprimido y gregario a la vez, y
confundía, en bastantes ocasiones, la seriedad con el aburrimiento.
Se trataba de refritos de los autores norteamericanos de la
"Generación perdida ", fastidiosos y aburridos, [pág.
128] Los editores comenzaron a prestar atención a los jóvenes y
descubrieron aquí un filón de ventas. Se dieron cuenta de que el
lector joven adquiría ya cierto nivel educativo y capacidad de
consumo y eso no podía pasar desapercibido. Se abandonó cualquier
atisbo de preocupación social y se evitó el análisis sociológico y
el trasfondo del mensaje político que había caracterizado la
literatura del tardofranquismo y la transición. El resultado no fue
otro que una nueva literatura de costumbres, descriptiva y
machacona, comercial y decorativa, con la engañosa aureola de
malditismo. La novela-escándalo. Un neocostumbrismo pop-punk urbano
juvenil pretendidamente escabroso y escandaloso. Nada de eso; al
final sólo resultó ser un minimalismo epidérmico pijo y pelmazo. Se
trataba de similares novelas de aprendizaje. Se advertía la misma
temática aunque escrita en distinta ciudad, idénticos componentes
procedentes de 'Generación X' o 'American Psyco', una fórmula
adaptada con calzador a Madrid, Barcelona o Valladolid. [pág.
131]
Toda generalización es peligrosa, por lo cual obviamente no
podríamos meter en el anterior molde a todos los escritores que
comenzaron a publicar en España en los años noventa -y en
Latinoamérica a comienzos del tercer milenio-, pero precisamente
por eso, porque las generalizaciones no pueden aplicarse nunca en
forma precisa, es importante no conceder a ojos cerrados que la
llamada "nueva literatura urbana" sea la más actual
representación de la literatura hispanoamericana, ni siquiera que
lo urbano sea el tema más importante de nuestros días, porque una
cosa es que una novela transcurra en una ciudad y otra muy distinta
que la ciudad misma sea un tema importante en la novela, como sí
sucede con algunas obras de Maupassant, Víctor Hugo, Sábalo o
Carpentier, entre muchos otros autores notables de generaciones
anteriores.

A propósito de las generalizaciones, vale incluso la pena
preguntarse: ¿es siquiera posible aplicarlas al tema de lo
urbano en nuestros días? Nuestras ciudades no son ya más pueblos
grandes, ni siquiera el París relativamente homogéneo que conoció
Víctor Hugo, sino metrópolis policéntricas: México y Sao Paulo
tienen más habitantes que muchos países, e incluso Bogotá tiene hoy
más habitantes que los que tenían la mayoría de los países europeos
a comienzos del siglo XIX. ¿Quién puede decir hoy que conoce
realmente la ciudad en que vive? Por eso resultan siempre
inapropiadas las declaraciones generalizadoras que, en realidad,
sólo se refieren a las personas del pequeño círculo en que cada
cual se mueve. Un ejemplo de esto es la declaración de Alonso
Sánchez Baute -además de escritor, coordinador del evento- cuando
afirma: "Toda la cultura de la juventud actual se mueve a
través de MTV, y son los jóvenes (o somos), los que vamos a manejar
el mundo futuro, ¿o no?" (pág. 30).... Puede ser que yo
me equivoque, pero creo que la mayoría de los jóvenes de Bogotá no
tienen televisión por cable, e incluso si su familia tiene la
fortuna de tener un televisor, muchos de ellos preferirían ver
"El show de las estrellas" de Jorge Barón antes que a
Britney Spears. ¿Dónde quedan ellos en declaraciones como la
anterior? ¿No son "actuales"? ¿Existen
siquiera?
El problema de escribir sobre nuestras ciudades es, entonces,
complejo y se resiste a toda generalización. Quizá por ello, en la
mayoría de las ponencias del encuentro la pregunta que flota sobre
la literatura contemporánea ubicada en un ambiente urbano no es la
ciudad misma, sino el problema de la identidad individual. Así, el
escritor cubano Rogelio Riverón afirma:
Las nuevas estéticas urbanas tienden a los márgenes, en un
ademán que no debe ser adscrito a una simple reacción contra el
olvido de los centros de poder literario, aunque a primera vista lo
sean. Se trata de universos dispuestos a volcar la mirada sobre sí
mismos, a decantar sus sistemas de ideas, a reducir sus
perspectivas de significación, si lo consideran necesario: el
espacio gay, los territorios de inclinación a lo sectario del
ciberpunk, el feminismo, y el rastreador de oportunidades; el
criminal y el demente, [pág. 110]
Además, no sólo el tamaño de las ciudades es hoy un problema
para su representación veraz, sino también su ritmo. Dice el
paraguayo José Manuel Pérez:
El principal problema para las nuevas generaciones de
escritores es que cuando describimos en las narraciones una ciudad,
ésta se halla tan compleja, en constante cambio de fisonomía y de
gente en un plazo tan veloz de tiempo que podría dejar obsoletas
muchas apreciaciones y ni qué decir de las descripciones. La obra
correría el riesgo de ser transportada netamente al campo de la
ficción, con alguna que otra mención de hechos que ya se diluyeron
en el ayer que fuera desplazado vertiginosamente hacia un
precipicio, [pág. 173]
Aparte de discusiones como la anterior, en Ciudad y literatura
podemos encontrar escritores que decidieron asumir el reto de la
ponencia desde lo personal, desde la relación que cada uno de ellos
tiene con la ciudad que le es más cercana. Así, el mexicano Luís
Humberto Crosthwaite nos brinda una conmovedora declaración de amor
a la vituperada Tijuana, ("Tijuana es una madre soltera que ha
luchado por proteger a sus hijos, que ha tenido que hacer cosas
vergonzosas, cosas de las cuales no se enorgullece pero que ha
superado y ha salido triunfante", pág. 150), a partir de la
cual aprovecha para reflexionar sobre el concepto de frontera,
tanto en lo político como en lo literario. Por su parte, el
colombiano Efraím Medina comienza su ponencia con una declaración
inversa sobre Cartagena -o la Ciudad Inmóvil como él la llama-:
Nací en una bella, pequeña y hedionda ciudad rodeada de
piedra. Una postal que huele a mierda a doscientos kilómetros.
Cuando se vive en la mierda es difícil captar las diferencias. Uno
se acostumbra rápido a los olores y los pierde y con ellos se va
cierta conciencia y cierta dignidad, [pág. 95]

Por esas diferencias en el abordaje del tema, Ciudad y
literatura es ante todo una demostración de hasta qué punto la
escritura es una labor personal. Incluso teniendo un mismo tema
central, dieciocho escritores escriben dieciocho ponencias con
dieciocho enfoques distintos. Aun así-o precisamente gracias a
ello- el acto comunicativo es pleno. Por eso podemos decir que con
este encuentro el Convenio Andrés Bello cumplió cabalmente su
compromiso con la integración cultural latinoamericana, y podemos
tener la rara oportunidad de conocer nuevas letras escritas más
allá de nuestras propias fronteras. Los aportes de los distintos
participantes permiten crearnos un panorama de la literatura
latinoamericana, sus metas y tendencias, aunque también nos
muestran que no hay nada cercano a una marca común, ni siquiera el
acercamiento al problema de lo urbano, quizá precisamente porque la
ciudad misma se ha fragmentado en microcosmos.
En todo caso, si una lección se impone sobre todas las otras es
la necesidad de la desconfianza. La preocupación por el futuro de
la literatura actual fue común a varios de los ponentes, y varios
de ellos criticaron en especial un mundo editorial mercenario que
atenta contra la calidad del libro. Por eso se vuelve preciso
desconfiar de los rótulos que quieran agrupar a toda una generación
heterogénea, pues suelen obedecer a razones mercantilistas antes
que a similitudes reales. Con la supervivencia de la calidad de la
literatura en mente, quedan flotando como advertencia las palabras
de Antonio Salinero en su ponencia, cuando el escritor español
advierte: "No deberíamos correr detrás de los lectores sino
delante" (pág. 127).
ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO