Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. La necesidad de la desconfianza

Las novelas urbanas de la década pasada, de corte casi autobiográfico, en su mayoría se centraban en el joven problemático, anónimo y solitario, oprimido y gregario a la vez, y confundía, en bastantes ocasiones, la seriedad con el aburrimiento. Se trataba de refritos de los autores norteamericanos de la "Generación perdida ", fastidiosos y aburridos, [pág. 128] Los editores comenzaron a prestar atención a los jóvenes y descubrieron aquí un filón de ventas. Se dieron cuenta de que el lector joven adquiría ya cierto nivel educativo y capacidad de consumo y eso no podía pasar desapercibido. Se abandonó cualquier atisbo de preocupación social y se evitó el análisis sociológico y el trasfondo del mensaje político que había caracterizado la literatura del tardofranquismo y la transición. El resultado no fue otro que una nueva literatura de costumbres, descriptiva y machacona, comercial y decorativa, con la engañosa aureola de malditismo. La novela-escándalo. Un neocostumbrismo pop-punk urbano juvenil pretendidamente escabroso y escandaloso. Nada de eso; al final sólo resultó ser un minimalismo epidérmico pijo y pelmazo. Se trataba de similares novelas de aprendizaje. Se advertía la misma temática aunque escrita en distinta ciudad, idénticos componentes procedentes de 'Generación X' o 'American Psyco', una fórmula adaptada con calzador a Madrid, Barcelona o Valladolid. [pág. 131]

Toda generalización es peligrosa, por lo cual obviamente no podríamos meter en el anterior molde a todos los escritores que comenzaron a publicar en España en los años noventa -y en Latinoamérica a comienzos del tercer milenio-, pero precisamente por eso, porque las generalizaciones no pueden aplicarse nunca en forma precisa, es importante no conceder a ojos cerrados que la llamada "nueva literatura urbana" sea la más actual representación de la literatura hispanoamericana, ni siquiera que lo urbano sea el tema más importante de nuestros días, porque una cosa es que una novela transcurra en una ciudad y otra muy distinta que la ciudad misma sea un tema importante en la novela, como sí sucede con algunas obras de Maupassant, Víctor Hugo, Sábalo o Carpentier, entre muchos otros autores notables de generaciones anteriores.

A propósito de las generalizaciones, vale incluso la pena preguntarse: ¿es siquiera posible aplicarlas al tema de lo urbano en nuestros días? Nuestras ciudades no son ya más pueblos grandes, ni siquiera el París relativamente homogéneo que conoció Víctor Hugo, sino metrópolis policéntricas: México y Sao Paulo tienen más habitantes que muchos países, e incluso Bogotá tiene hoy más habitantes que los que tenían la mayoría de los países europeos a comienzos del siglo XIX. ¿Quién puede decir hoy que conoce realmente la ciudad en que vive? Por eso resultan siempre inapropiadas las declaraciones generalizadoras que, en realidad, sólo se refieren a las personas del pequeño círculo en que cada cual se mueve. Un ejemplo de esto es la declaración de Alonso Sánchez Baute -además de escritor, coordinador del evento- cuando afirma: "Toda la cultura de la juventud actual se mueve a través de MTV, y son los jóvenes (o somos), los que vamos a manejar el mundo futuro, ¿o no?" (pág. 30).... Puede ser que yo me equivoque, pero creo que la mayoría de los jóvenes de Bogotá no tienen televisión por cable, e incluso si su familia tiene la fortuna de tener un televisor, muchos de ellos preferirían ver "El show de las estrellas" de Jorge Barón antes que a Britney Spears. ¿Dónde quedan ellos en declaraciones como la anterior? ¿No son "actuales"? ¿Existen siquiera?

El problema de escribir sobre nuestras ciudades es, entonces, complejo y se resiste a toda generalización. Quizá por ello, en la mayoría de las ponencias del encuentro la pregunta que flota sobre la literatura contemporánea ubicada en un ambiente urbano no es la ciudad misma, sino el problema de la identidad individual. Así, el escritor cubano Rogelio Riverón afirma:

Las nuevas estéticas urbanas tienden a los márgenes, en un ademán que no debe ser adscrito a una simple reacción contra el olvido de los centros de poder literario, aunque a primera vista lo sean. Se trata de universos dispuestos a volcar la mirada sobre sí mismos, a decantar sus sistemas de ideas, a reducir sus perspectivas de significación, si lo consideran necesario: el espacio gay, los territorios de inclinación a lo sectario del ciberpunk, el feminismo, y el rastreador de oportunidades; el criminal y el demente, [pág. 110]

Además, no sólo el tamaño de las ciudades es hoy un problema para su representación veraz, sino también su ritmo. Dice el paraguayo José Manuel Pérez:

El principal problema para las nuevas generaciones de escritores es que cuando describimos en las narraciones una ciudad, ésta se halla tan compleja, en constante cambio de fisonomía y de gente en un plazo tan veloz de tiempo que podría dejar obsoletas muchas apreciaciones y ni qué decir de las descripciones. La obra correría el riesgo de ser transportada netamente al campo de la ficción, con alguna que otra mención de hechos que ya se diluyeron en el ayer que fuera desplazado vertiginosamente hacia un precipicio, [pág. 173]  

Aparte de discusiones como la anterior, en Ciudad y literatura podemos encontrar escritores que decidieron asumir el reto de la ponencia desde lo personal, desde la relación que cada uno de ellos tiene con la ciudad que le es más cercana. Así, el mexicano Luís Humberto Crosthwaite nos brinda una conmovedora declaración de amor a la vituperada Tijuana, ("Tijuana es una madre soltera que ha luchado por proteger a sus hijos, que ha tenido que hacer cosas vergonzosas, cosas de las cuales no se enorgullece pero que ha superado y ha salido triunfante", pág. 150), a partir de la cual aprovecha para reflexionar sobre el concepto de frontera, tanto en lo político como en lo literario. Por su parte, el colombiano Efraím Medina comienza su ponencia con una declaración inversa sobre Cartagena -o la Ciudad Inmóvil como él la llama-:

Nací en una bella, pequeña y hedionda ciudad rodeada de piedra. Una postal que huele a mierda a doscientos kilómetros. Cuando se vive en la mierda es difícil captar las diferencias. Uno se acostumbra rápido a los olores y los pierde y con ellos se va cierta conciencia y cierta dignidad, [pág. 95]

Por esas diferencias en el abordaje del tema, Ciudad y literatura es ante todo una demostración de hasta qué punto la escritura es una labor personal. Incluso teniendo un mismo tema central, dieciocho escritores escriben dieciocho ponencias con dieciocho enfoques distintos. Aun así-o precisamente gracias a ello- el acto comunicativo es pleno. Por eso podemos decir que con este encuentro el Convenio Andrés Bello cumplió cabalmente su compromiso con la integración cultural latinoamericana, y podemos tener la rara oportunidad de conocer nuevas letras escritas más allá de nuestras propias fronteras. Los aportes de los distintos participantes permiten crearnos un panorama de la literatura latinoamericana, sus metas y tendencias, aunque también nos muestran que no hay nada cercano a una marca común, ni siquiera el acercamiento al problema de lo urbano, quizá precisamente porque la ciudad misma se ha fragmentado en microcosmos.

En todo caso, si una lección se impone sobre todas las otras es la necesidad de la desconfianza. La preocupación por el futuro de la literatura actual fue común a varios de los ponentes, y varios de ellos criticaron en especial un mundo editorial mercenario que atenta contra la calidad del libro. Por eso se vuelve preciso desconfiar de los rótulos que quieran agrupar a toda una generación heterogénea, pues suelen obedecer a razones mercantilistas antes que a similitudes reales. Con la supervivencia de la calidad de la literatura en mente, quedan flotando como advertencia las palabras de Antonio Salinero en su ponencia, cuando el escritor español advierte: "No deberíamos correr detrás de los lectores sino delante" (pág. 127).

ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO