Reseñas. La necesidad de la desconfianza
oLa necesidad de la desconfianza
Ciudad y literatura. III Encuentro de nuevos narradores
de América Latina y de España
Varios autores
Convenio Andrés Bello, Bogotá, 2004, 319 págs.
Nuevas estéticas. Encuentro de nuevos escritores de América
Latina y España. La juventud: tanta soberbia. Es maravilloso
mirarse el ombligo, pero sólo si esperamos que se desvanezca. Otros
al parecer sólo prefieren su embebida contemplación e invitar al
resto de jóvenes a hacer lo mismo. Por fortuna, como dijo un poeta
romántico, seguramente envidioso por lo que perdía, la juventud es
una enfermedad que se quita con los años. [...]
Yo pertenezco, o creo pertenecer, a una generación que
siente haber llegado demasiado tarde a la gran fiesta de la ciudad.
Los invitados más recatados se han marchado y en su lugar sólo han
dejado a unos cuantos borrachos tirados en mitad de la calle. O
quizás estos invitados recatados terminaron convirtiéndose en estos
esperpentos. No se oye música, sólo el eterno rasgueo que produce
la aguja sobre el disco de vinilo que no deja de girar. El entorno,
cargado del vaho de cuerpos sudorosos mezclado con humo de
cigarros, en medio de su inmovilidad, sugiere que hubo mucha
algarabía y que todos los invitados en verdad la pasaron fenomenal.
Pero uno llegó tarde. Ya no podrá gozar las mismas experiencias.
¿ Y qué nos queda entonces? Pues añorar esas experiencias
que no nos alcanzaron y reconstruir ese pasado a nuestras
necesidades, [págs. 188-190]
La anterior cita pertenece a Ricardo Sumalavia, escritor del
Perú, uno de los dieciocho participantes de quince países en el III
Encuentro de nuevos narradores de América Latina y España,
organizado por el Convenio Andrés Bello y llevado a cabo en Bogotá
a finales de 2003, cuyas ponencias se recogen en Ciudad y
literatura. Sirve como introducción a esta reseña porque refleja
algunas de las preguntas que pueden surgirle a uno al enfrentarse a
Ciudad y literatura desde antes incluso de abrir el libro,
simplemente a partir de su tema. Preguntas del tipo: ¿Ciudad
y literatura? ¿A estas alturas? ¿Con qué sentido?
¿Tan atrasados estamos? Dudas que son inevitables, pues
desde hace más de un siglo los europeos tienen literatura urbana,
de lo cual son buena muestra autores como Maupassant, Dickens y
Proust, e incluso nosotros mismos hace decenios empezamos a
explorar tal sendero, y hoy la gran mayoría de las obras narrativas
que se producen en Latinoamérica están inscritas en ambientes
urbanos. Entonces, ¿cuál es el interés en hacer una reunión
así? ¿Será incluso posible decir algo novedoso? ¿No
sería más provechoso hacer una reunión sobre un tema que refleje
mejor las búsquedas literarias de hoy, no de ayer, como, por
ejemplo, "Literatura e identidad" o "Literatura y
globalidad"?

Ante estas dudas, no podemos sino esperar que el libro resultado
del encuentro nos aclare durante la lectura los objetivos de éste.
En este aspecto resulta útil el discurso con que se abre Ciudad y
literatura, donde Ana Milena Escobar Araujo, secretaria ejecutiva
del Convenio Andrés Bello, dice lo siguiente:
Poner en relación palabra y ciudad es el propósito del
Encuentro, con la esperanza de aportar claves para responder a
preguntas que preocupan intensamente, pero que no serían
respondidas sin reuniones como ésta, dado el carácter aislado y
casi secreto, por ausencia editorial o promocional, y las
limitaciones geográficas en que se mueven la mayoría de las
creaciones jóvenes del continente: ¿Cuáles son las nuevas
estéticas que está abordando la literatura? De hecho, ¿sí
encontramos tópicos nuevos en las letras jóvenes? ¿Con qué
nuevas formas y códigos? ¿De qué está hablando la nueva
generación de escritores latinoamericanos? [pág. 12]
Lo anterior resulta esclarecedor. Incluso se puede estar de
acuerdo con la mayoría de los planteamientos sin pensarlo
demasiado, pues uno de los mayores problemas de la literatura
latinoamericana es su profundo aislamiento: los escritores no se
conocen entre sí, ni siquiera pueden leerse mutuamente, porque, con
contadas excepciones, los libros no circulan más allá de las
fronteras de cada país, ni siquiera en el caso de los sellos
editoriales mayores. El factor clave es, por supuesto, el
económico, dado que en los países iberoamericanos el número de
libros que se venden percapita raya en lo ridículo y la
distribución es muy costosa. Pero hay también algo de un
sentimiento provinciano de inferioridad heredado de la Colonia que
nos hace buscar la vanguardia más allá del Atlántico, casi como si
fuera una imposición genética y contra toda evidencia, pues una
buena proporción de los escritores de vanguardia más importantes de
la segunda mitad del siglo XX fueron, precisamente y para nuestra
honra, latinoamericanos.
Ante esta realidad no queda sino admitir que la intención del
Convenio Andrés Bello de crear un espacio donde los distintos
escritores de América Latina puedan reunirse y comentar sus
experiencias es laudable en extremo. Desde este punto de vista, una
buena parte de las ponencias reunidas en este encuentro, donde
todos los participantes son relativamente jóvenes -el mayor nació
en 1962 y el menor en 1974-, pueden servir como material de
consulta para todos aquellos interesados en saber qué se está
escribiendo en este momento en los distintos países
latinoamericanos, a lo cual se debe añadir el valor de las reseñas
elaboradas por alumnos de la Universidad Nacional, la Universidad
de los Andes y la Pontificia Universidad Javeriana que se publican
al final del volumen y nos acercan a la obra de varios de los
participantes en el encuentro. Gracias a todo esto, podemos
conocer, por ejemplo, cómo se ha reflejado en la literatura
panameña la búsqueda de la identidad nacional, las distintas
corrientes que coexisten en Bolivia, el surgimiento de una nueva
literatura surgida de la periferia en Brasil, o qué son
precisamente los Novísimos en la literatura cubana.
Pero esta invaluable oportunidad de conocer lo que se escribe en
otros países del continente no responde, sin embargo, a la pregunta
que hacíamos antes: ¿por qué "Ciudad y
literatura"? El mismo intercambio de información sobre las
literaturas nacionales podría llevarse a cabo bajo muchos otros
títulos. ¿Por qué precisamente lo urbano fue escogido como
"emblema" de la ocasión? Una posible hipótesis es que
esto simplemente responde a los rótulos engañosos divulgados por el
mercado editorial contemporáneo. A fin de cuentas, sería ingenuo
olvidar que la mayoría de nosotros sólo podemos leer aquello que
las editoriales decidan poner a nuestra disposición en las
librerías. Es a partir del mercadeo editorial como solemos hacernos
una panorámica mental del estado de la literatura y de "los
temas más actuales" en un momento dado, tanto en la forma más
obvia de dicho mercadeo -las propagandas en periódicos y los
afiches en las librerías- como en la más encubierta, oculta tras
muchos premios y artículos de prensa.

Es preciso recordar, entonces, que en los años noventa muchas
editoriales en lengua española quisieron explotar el creciente
mercado juvenil con una serie de obras que reflejaban los estilos y
temáticas de algunos "escritores malditos"
norteamericanos, pero sin la capacidad de cuestionamiento
ideológico o moral de un Charles Bukowski o de un Henry Miller -una
especie, en fin, de "realismo sucio lighf-, y a esto se le dio
el ostentoso título de "nueva literatura urbana".
Precisamente a propósito de esta tendencia, el escritor español
Antonio Salinero nos relata su versión de lo que sucedió en España,
que refleja -palabras más, palabras menos- la situación que también
se vivió en varias naciones latinoamericanas.