Reseñas. Un fantasma recorre a Colombia. Es el fantasma de
los discursos sobre la lectura
De un mal semejante, sólo que trasladado del campo de la
disertación literaria a la literatura propiamente dicha, adolecen
los trabajos de Juan Gustavo Cobo Borda y de William Ospina. La
vana erudición de estos pésimos epígonos de Jorge Luís Borges se
pasea por sus desmedidas especulaciones que involucran desde
Hornero hasta Castro Saavedra, pasando por Dante, Cervantes, Eliot,
Whitman, Silva, Gómez Jattin...
Entrando de lleno en el tema de la lectura, La pasión de leer
involucra desde anécdotas o experiencias personales -una que otra
sin duda interesante, como la que describe Abad Faciolince en
relación con el papel revitalizador que la lectura cumplía en la
vida de su padre o la de Octavio Escobar cuando se refiere a los
señalaydores de páginas-, hasta los remedios para incrementar el
hábito de la lectura en nuestro país. En este último sentido se
presentan todo tipo de pretenciosas, desesperadas e inauditas
sugerencias, como las que aplazan la lectura de los clásicos para
quién sabe cuándo con el discutible argumento de que a los jóvenes
y niños les interesa sobre todo su contexto inmediato, o las que
insisten en darle al oficio del poeta un hálito sagrado que hace
tiempo perdió, además de la machacada e irresoluble discusión sobre
la incidencia de los medios de comunicación en el hábito de la
lectura.

Pero lo que, según mi entender, paga la lectura de este
enmarañado volumen es el artículo de Jaime Alberto Vélez, que se
centra en el análisis de un cuento de Clarice Lispector, titulado
Felicidad clandestina. Tal vez el hecho de centrarse en un tema
preciso y apropiado, toda vez que el tema del argumento del cuento
gira en torno a una niña lectora, es lo que marca la diferencia con
los otros textos que conforman la primera parte del libro, los
cuales se refieren a la lectura más bien sin aristas definidas.
Sin ser un trabajo academicista ni poetiquero, el trabajo de
Vélez alcanza la dignidad del ensayo, pues se mantiene con un justo
equilibrio entre la poesía y la reflexión formal, ocupando apenas
cerca de diez páginas bien cohesionadas y ajustadas a un tema que,
por demás, rebate la tesis que a pesar de las salvedades propuestas
en frases de los demás autores como "Hay muy malas personas
que son buenos lectores y personas buenísimas que no han leído casi
nada. O nada" (Héctor Abad Faciolince, pág. 18) o "creer
que la literatura es vía de aleccionamiento moral o de
adoctrinamiento no es sólo una ingenuidad sino un anacronismo"
(Piedad Bonnett, pág. 31), se halla explícita o latente en los
textos de todos ellos: la idea de que la lectura, en cuanto
instrumento educativo, es la panacea para superar las diferencias
radicales a nivel socioeconómico entre las que se debate nuestro
país y aun el mundo entero.
Lo interesante de la propuesta de Vélez es que se basa en una
aguda observación que contraviene en su forma y sustancia la
avalancha de palabrerías de que viene siendo objeto el acto de
leer: "En la actualidad, se supone que un niño debe leer para
aspirar a una vida mejor; pero el asunto debe plantearse al revés:
que en una vida digna, el niño lea" (pág. 148). Sí: por más
excelentes libros que haya, como en efecto los hay, si la vida
cotidiana no es mínimamente digna, nada garantiza un libro. Como de
hecho no ha evitado ninguno, desde la Biblia, desastres evidentes y
absurdos. La reciente guerra de Iraq, a pesar de las sabias y
reticentes palabras de los propios intelectuales estadounidenses,
plasmadas en obras como la del lingüista Noam Chomsky, son un
ejemplo contundente.

De la otra parte del libro en cuestión, como ya se dijo, mucho
más digerible por el carácter restringido de su tema, destaca en
particular el trabajo de Orlando Mejía Rivera. Reclama en él su
autor por la ausencia de una nueva crítica literaria en el país que
dé un paso más allá de la llamada "Generación perdida",
esto es, que tome distancia de los nombres ya reconocidos de dicha
generación de narradores (R. H. Moreno Duran, O. Collazos, Darío
Ruiz o R. Burgos Cantor) y se permita revelar las peculiaridades de
las nuevas propuestas estéticas en las literaturas regionales,
olvidadas y marginales del país. El mismo trabajo es un ejemplo en
este sentido que se esmera en identificar las singularidades de las
obras de narradores como Abad Faciolince, Juan Diego Mejía o
Escobar Giraldo. En un sentido semejante se expresa Gonzalo España,
cuyo trabajo titulado "Los oficios del olvido" se empeña
en descubrir obras que pasaron injustamente desapercibidas en su
momento por el canon oficial, como es el caso de dos de comienzos
del siglo XX que trataban asuntos de la guerra de los Mil Días:
Dianas tristes, de Enrique Otero D’Acosta, y Tomás, de Rómulo
Cuesta. Como se ve, los tres últimos trabajos mencionados
demuestran que en la literatura colombiana hay muchos asuntos para
estudiar en concreto, en lugar de irse por las fáciles ramas de la
especulación libresca.
ANTONIO SILVERA ARENAS