Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Un fantasma recorre a Colombia. Es el fantasma de los discursos sobre la lectura

De un mal semejante, sólo que trasladado del campo de la disertación literaria a la literatura propiamente dicha, adolecen los trabajos de Juan Gustavo Cobo Borda y de William Ospina. La vana erudición de estos pésimos epígonos de Jorge Luís Borges se pasea por sus desmedidas especulaciones que involucran desde Hornero hasta Castro Saavedra, pasando por Dante, Cervantes, Eliot, Whitman, Silva, Gómez Jattin...

Entrando de lleno en el tema de la lectura, La pasión de leer involucra desde anécdotas o experiencias personales -una que otra sin duda interesante, como la que describe Abad Faciolince en relación con el papel revitalizador que la lectura cumplía en la vida de su padre o la de Octavio Escobar cuando se refiere a los señalaydores de páginas-, hasta los remedios para incrementar el hábito de la lectura en nuestro país. En este último sentido se presentan todo tipo de pretenciosas, desesperadas e inauditas sugerencias, como las que aplazan la lectura de los clásicos para quién sabe cuándo con el discutible argumento de que a los jóvenes y niños les interesa sobre todo su contexto inmediato, o las que insisten en darle al oficio del poeta un hálito sagrado que hace tiempo perdió, además de la machacada e irresoluble discusión sobre la incidencia de los medios de comunicación en el hábito de la lectura.

Pero lo que, según mi entender, paga la lectura de este enmarañado volumen es el artículo de Jaime Alberto Vélez, que se centra en el análisis de un cuento de Clarice Lispector, titulado Felicidad clandestina. Tal vez el hecho de centrarse en un tema preciso y apropiado, toda vez que el tema del argumento del cuento gira en torno a una niña lectora, es lo que marca la diferencia con los otros textos que conforman la primera parte del libro, los cuales se refieren a la lectura más bien sin aristas definidas.

Sin ser un trabajo academicista ni poetiquero, el trabajo de Vélez alcanza la dignidad del ensayo, pues se mantiene con un justo equilibrio entre la poesía y la reflexión formal, ocupando apenas cerca de diez páginas bien cohesionadas y ajustadas a un tema que, por demás, rebate la tesis que a pesar de las salvedades propuestas en frases de los demás autores como "Hay muy malas personas que son buenos lectores y personas buenísimas que no han leído casi nada. O nada" (Héctor Abad Faciolince, pág. 18) o "creer que la literatura es vía de aleccionamiento moral o de adoctrinamiento no es sólo una ingenuidad sino un anacronismo" (Piedad Bonnett, pág. 31), se halla explícita o latente en los textos de todos ellos: la idea de que la lectura, en cuanto instrumento educativo, es la panacea para superar las diferencias radicales a nivel socioeconómico entre las que se debate nuestro país y aun el mundo entero.

Lo interesante de la propuesta de Vélez es que se basa en una aguda observación que contraviene en su forma y sustancia la avalancha de palabrerías de que viene siendo objeto el acto de leer: "En la actualidad, se supone que un niño debe leer para aspirar a una vida mejor; pero el asunto debe plantearse al revés: que en una vida digna, el niño lea" (pág. 148). Sí: por más excelentes libros que haya, como en efecto los hay, si la vida cotidiana no es mínimamente digna, nada garantiza un libro. Como de hecho no ha evitado ninguno, desde la Biblia, desastres evidentes y absurdos. La reciente guerra de Iraq, a pesar de las sabias y reticentes palabras de los propios intelectuales estadounidenses, plasmadas en obras como la del lingüista Noam Chomsky, son un ejemplo contundente.

De la otra parte del libro en cuestión, como ya se dijo, mucho más digerible por el carácter restringido de su tema, destaca en particular el trabajo de Orlando Mejía Rivera. Reclama en él su autor por la ausencia de una nueva crítica literaria en el país que dé un paso más allá de la llamada "Generación perdida", esto es, que tome distancia de los nombres ya reconocidos de dicha generación de narradores (R. H. Moreno Duran, O. Collazos, Darío Ruiz o R. Burgos Cantor) y se permita revelar las peculiaridades de las nuevas propuestas estéticas en las literaturas regionales, olvidadas y marginales del país. El mismo trabajo es un ejemplo en este sentido que se esmera en identificar las singularidades de las obras de narradores como Abad Faciolince, Juan Diego Mejía o Escobar Giraldo. En un sentido semejante se expresa Gonzalo España, cuyo trabajo titulado "Los oficios del olvido" se empeña en descubrir obras que pasaron injustamente desapercibidas en su momento por el canon oficial, como es el caso de dos de comienzos del siglo XX que trataban asuntos de la guerra de los Mil Días: Dianas tristes, de Enrique Otero D’Acosta, y Tomás, de Rómulo Cuesta. Como se ve, los tres últimos trabajos mencionados demuestran que en la literatura colombiana hay muchos asuntos para estudiar en concreto, en lugar de irse por las fáciles ramas de la especulación libresca.

ANTONIO SILVERA ARENAS