Reseñas. Mi arte
Mi arte
Pintura siempre
Juan Gustavo Cobo Borda
Sic Editores, Bucaramanga, 2005, 231 págs.
Un apasionado. Así se podría definir, con esa única palabra, a
Juan Gustavo Cobo Borda. Y como ejemplos podríamos citar bastantes
trabajos que este poeta bogotano nos ha entregado a lo largo de los
últimos veinte años. Poemas suyos, poemas de otros, ensayos,
comentarios, antologías, son algunas de las vertientes a las que
Cobo nos tiene acostumbrados, siempre con un riguroso criterio de
selección, así como con una aguda visión sobre lo que
verdaderamente lo atrae, compartiendo con generosidad tanto sus
conocimientos como su pasión.
Y la pasión en Cobo Borda también pasa por la pintura y tras ver
durante decenios el desarrollo del arte en Colombia, nos invita a
recorrer una lista de artistas que son los suyos, a los que les ha
dedicado en otra oportunidad también trabajos y comentarios, pero
que nunca son suficientes porque siempre hay algo nuevo que decir.
Y para eso está este libro que atestigua su manera inteligente,
atenta, de tener abiertos los ojos frente a las manifestaciones
artísticas.

Publicado en el 2005 por la editorial Sic de Bucaramanga, el
presente volumen empieza desde el análisis de la pintura de Mefisto
y culmina en la pintura de los más jóvenes, trazando así un arco
que abarca el arte colombiano del siglo XX, donde se pueden
encontrar escultores como Feliza Bursztyn, Ramírez Villamizar,
Negret, o pintores como Débora Arango, Luis Caballero, Lucy Tejada,
Jim Amaral, Óscar Muñoz, Alberto Sojo o Lorenza Panero, por sólo
mencionar algunos que ya cuentan con un nombre y ocupan un lugar en
nuestra historia.
Nombres capitales que cimentaron el quehacer artístico nacional
como Juan Antonio Roda tienen una amplia cabida, pues a éste le
dedica un estudio donde recorre sus obras culminantes, donde
analiza series tan conocidas como El Escorial, Tumbas, Felipe IV o
los Cristos, o los propios grabados, género en el que Roda fue un
maestro indiscutible, tal como queda plasmado en sus series
Amarraperros, Delirios de las monjas muertas o la Risa.
Pero lo interesante del libro no es solamente lo que dice sobre
los consagrados. También su ojo nos invita a transitar por obras de
artistas en pleno proceso de creación, como son el caso de Pilar
Copete, María Clara Vargas, o Juan Carlos Delgado. En ellos
descubrimos la manera como Cobo Borda se interesa por lo vibrante,
rescatando lo valioso, lo que lo hace único.
Como si esto no fuera suficiente, Pintura siempre incluye
comentarios sobre libros de importantes críticos de arte como Marta
Traba, Francisco Gil Tovar, Carolina Ponce de León, entre los
colombianos, o Damián Bayón. Y para cerrar el libro. Cobo lo abre
hacia otras fronteras. Primero la Argentina, con Sábat y Pablo
Obelar, para después remontarse en el tiempo para hablar de la
relación entre Matisse y Picasso o para reflexionar sobre el dolor
en la obra de Rembrandt.
Pese a la brevedad de los comentarios, los cuales fueron
publicados en su momento en revistas, periódicos o catálogos, el
gran acierto de Pintura siempre consiste en la concisión de
conceptos, en la claridad de exposición de éstos, pues no se trata
de un estudio exhaustivo ni un análisis minucioso. Más bien Cobo
Borda propone un recorrido por lo que llamaría Octavio Paz
"los privilegios de la vista".

En el prólogo a otro libro sobre arte, llamado testimonial,
biográfica y enfáticamente Mis pintores, el autor dice:
"Quizás por ello escribí este libro: para reconocer, en la
pintura, una de las mayores muestras de la creatividad colombiana.
Para habitar en ese museo imaginario donde estos quince pintores,
MIS PINTORES, me hacen mejor y más comprensivo de mí mismo y cuanto
me circunda. La pintura sigue siendo el más estimulante camino para
recobrar la visión original que nos forma y nos constituye. Durante
el siglo XX Colombia bien puede definirse a partir del rigor con
que sus pintores nos han obligado a reconocer lo que antes no
percibíamos".
Palabras más que acertadas para este otro libro suyo también de
pintores suyos, que nos revelan que la pintura no sólo es placer de
los sentidos sino comprensión, síntesis y reflejo de un país, así
como de su circunstancia histórica, política y social en la que se
encuentra. Ya lo había dicho y hecho Hauser. Pero una cosa es
leerlo y otra cosa aplicarlo. Son los individuos, los artistas, los
que acaban encontrando un signo, una marca, una manera de decir que
va a retratar a miles de personas, y donde esas miles de personas
se verán reflejadas, algo que sin duda se ve en la obra crítica de
sus maestros Ángel Rama y Damián Bayón.
El saber rastrear, el saber ver, el deleitarse, el explicar, el
encontrar el marco teórico, el saber sacar datos a lo artificial.
Tal parece ser el método de este regocijado poeta que ha encontrado
en el campo del análisis y crítica pictórica el complemento de su
poesía. Y a su vez ha traído a la poesía al campo de la pintura, de
allí que no es infrecuente la cita de poemas como el de Manuel
Machado sobre Rembrandt o el de Pedro Salinas sobre el dolor cuando
analiza este sentimiento en la obra del holandés. Pero no se trata
de citar poemas. Se trata de ver con los ojos de la poesía,
descubrir y revelar nuevas dimensiones. Como sólo saben hacerlo los
poetas.
RAMÓN COTE BARAIBAR