Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.

|
| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

El hachero


|Un pionero del reportaje.
Francisco de Paula Muñoz
y "El crimen de Aguacatal"

|Juan José Hoyos
Hombre Nuevo Editores, colección de
periodismo, Medellín, 2002, 525 págs.

A finales del siglo XIX un crimen estremeció a los antioqueños y no era para menos. En la vereda El Aguacatal habían sido asesinadas a sangre fría seis personas y heridos dos menores. Sus cabezas destrozadas con un arma pesada y filosa, sus cuerpos desmembrados fueron encontrados por un vecino que se extrañó del silencio y, al empujar la puerta, al parecer trancada por dentro, encontró la dramática escena y el hacha con la que se había cometido puesta delicadamente en un rincón. Luego de hacer las primeras indagatorias fueron detenidos dos parientes de las víctimas y cuatro personas más. Sin embargo sólo uno de ellos, Daniel Escovar, sobrino de la dueña de casa y de tan sólo veinte años, se declara culpable y confiesa, no sin cierto orgullo, haber masacrado él solo y sin ayuda de nadie a sus parientes, a la criada y su hija, asunto que no se considera probable, y se detiene luego a los supuestos cómplices.

Francisco de Paula Muñoz Molina (Medellín, 1840-1914), funcionario judicial, empresario minero, profesor, abogado, parlamentario y colaborador de varios diarios, narra los hechos en un texto de 260 páginas "a medida del desarrollo de los sucesos, y con toda la escrupulosa imparcialidad". El periodista de la Universidad de Antioquia Juan José Hoyos se pone en la tarea de sacar de nuevo el texto anudado a un ensayo cuya tesis central parecería ser la de proponer a Muñoz como pionero del reportaje en Colombia.


Hoyos hace un seguimiento de la prensa de entonces y toca otro punto interesante: cómo se acusan mutuamente liberales y conservadores y cómo se utiliza un crimen irresoluto para avivar un conflicto político. Uno y otro juez renuncian al caso por presiones de la prensa, poder omnipresente ya para entonces; la pugna entre los dos partidos aprovechó como escenario el sangriento suceso para hacer de la tragedia trampolín. Acusaciones iban y venían y se demoraban cada vez más en juzgar y condenar a los culpables; unos defienden la Constitución de Rionegro y otros la atacan, alegando que el suprimir la condena de muerte es la forma de proteger a los asesinos.

Ahora bien. La lectura del texto de Muñoz puede ser muy actual y es importante presentársela de nuevo al público, pues, como lo demuestra Hoyos, es un texto que puede proponer multitud de posibilidades interpretativas. Sin embargo, aunque el lector se lanza convencido de que en realidad va a encontrar el embrión de un reportaje, este asunto no queda muy claro. En la actualidad, para presentar un ensayo o un proyecto de investigación se debe traer a colación cuanta teoría haya al respecto. Se solicita historiografía, aunque la investigación sea sobre un tema específico y virgen; se intenta encajar las teorías, sobre todo de los norteamericanos, aunque se esté intentando escarbar en la tragedia nacional. Vemos cómo pensadores franceses, ingleses y estadounidenses examinan y exponen la situación nacional desde su escritorio lejano de la trágica y compleja guerra colombiana, y a partir de allí empezamos a analizar la realidad que vivimos como propia. A través siempre de un cristal ajeno y de miles de presupuestos y suposiciones. Tenemos ahora que plantear cualquier hipótesis sobre el acontecer cotidiano de este país tan particular como Colombia, basándose en aquello que escribieron los extranjeros alrededor de temas diferentes y realidades completamente distintas. Si alguien plantea la posibilidad del periodismo moderno en alguna publicación de los años cuarenta en Colombia sobre un autor específico que nunca salió de su país, inmediatamente debe leer seis teóricos del periodismo estadounidense, tres franceses semiólogos, dos italianos especialistas en temas de guerra y unos cuantos españoles que se basaron en dos ingleses que a su vez partieron de una hipótesis rusa.  Y sobre esas definiciones se determina el escrito. Cuando usted termina de escribir el ensayo no hay nada suyo, su opinión no puede descollar entre tanta teoría y al tejido que creó debe forzarlo hasta hacerlo encajar en las voces extranjeras. Es ésta la tendencia en las universidades, y se nos presenta de forma tangible en el ensayo de Hoyos sobre el texto de Muñoz. Plantea la hipótesis de que este polifacético personaje, al escribir el texto sobre el sonado crimen de Aguacatal, cometido en Medellín en el siglo XIX, lo hace de manera tal que podía ser el papá del reportaje moderno. Pero la propuestatímida tiene que ser sustentada por frases de fulanito y zutanito, si Márquez afirma, tal por cual, y Samper Pizano siguiendo la escuela norteamericana plantea entonces es posible que, si el profesor X partióde la frase, etc., entonces ahí se pueda encajar la teoría. Pero no, resulta que no siempre, siguiendo la lógica odiosa de la no siempre lógica matemática, p es igual a q, y parece que Hoyos tiene miedo de sustentar su propia hipótesis con sus análisis y de aseverar su opinión aunque haya alguien que lo contradiga. Y tiene tanto miedo que ese planteamiento interesante, sobre un texto muy rico y tan actual como esta particular narración, se diluye, y el ensayo que podía ser excelente pierde fuerza y se va por las ramas más débiles. Cuando se lee el texto siguiente es difícil en realidad ver de dónde saca que es un reportaje y menos aún de dónde podría ser pionero de un género tan complejo como éste. Tal vez esté más cercano a la crónica, como era usual entonces.

Gracias al ensayo del profesor Hoyos, al seguimiento de prensa y a las entrevistas que realiza, se muestra esa alma extraña del colombiano. Se condena al asesino, quien ha masacrado a seis personas, entre ellas tres familiares suyos, por robo y asesinato. Se escapa de la prisión, vaga por ahí y es adoptado por una familia y luego indultado por Uribe Uribe durante la guerra por ser un buen estratega. Y todo el mundo va a verlo por ser el "hachero" reconocido y famoso. Tal vez el lector recuerda que hace ya varios años hubo en Pasto un robo millonario, "los topos" los llamaron porque cavaron un túnel desde una cafetería hasta el banco cercano y sacaron todo el dinero. Pues una vez preso el culpable, éste se convirtió en héroe, los ingenieros le consultaban, los chistes populares lo alababan y todo el mundo hablaba de ellos. En este país son invitados a los eventos más elegantes los personajes que han robado a medio país tras cumplir una mínima condena en la cárcel -si no han logrado evadirla, que es lo más frecuente- y siguen haciendo negocios y frecuentando los clubes sociales, apareciendo en cuanto coctel y fiesta se hace. A los narcos se les hizo reverencia cuando se volvieron figuras; aunque todo el mundo sabía de dónde provenía ese dinero, el simple hecho de tener gruesas sumas los hacía inmunes a todo. Y ni hablar de los políticos. Y en el texto comentado vemos cómo el intento de condenar a los cómplices y de hacer justicia sobre alguien que es capaz de cometer un asesinato a sangre fría de tamañas proporciones se va diluyendo y confundiendo y se pierden pruebas y se confunden los testigos, se empieza a embolatar el asunto hasta que pasan los años y queda la figura para admirar.


El ensayo tiene momentos interesantes pero, a mi juicio, faltó una lectura crítica previa, pues, además de que repite varias veces frases idénticas, suelta hilos que, desarrollados, hubieran aportado realmente a la lectura del texto propuesto. Faltan editores, en las universidades y en las editoriales, lectores críticos con formación que pulan y trabajen con el autor para redondear y trabajar los textos y que éstos aparezcan sin errores que les resten credibilidad o fuerza. Falta también embestir con las teorías propias y dejar de masticar tanto las ajenas; para bien de la academia y de las nuevas generaciones, es necesario empujar a la gente a pensar por sí misma y a sustentar sus tesis sin tener que encajar en los patrones impuestos.

JIMENA MONTAÑA  CUÉLLAR