Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.

|
| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Libro débil


|Los últimos pasos del poeta Raúl Gómez Jattin
|Vladimir Marinovich Posso
Ministerio de Cultura, Bogotá, 1998,
106 págs.

De carácter híbrido, el libro en cuestión pareciera el entrecruzamiento de varios géneros sin la calidad requerida para asumir con fuerza las afinidades entre periodismo, historia y literatura, ya que la combinación mencionada a través del relato breve no supera el acontecer noticioso donde se involucra el personaje (el autor testimonia con desenfado a través de un realismo sin escrúpulos). Marinovich Posso jamás llega a interpretar profundamente los acontecimientos ni la esencia de las cosas narradas, pues se queda en el instante, en lo urgente que ignora los recursos literarios, la dimensión estética de una escritura que se torna veraz pero no auténtica. Y no solamente la técnica es inexistente sino aquella triada que le podría dar valor al testimonio: la expresión, la observación y el temperamento (al describir la conducta social y humana del protagonista se apoya en acontecimientos que no interpreta ni dota de significación).

Sí, al recorrer tiempos y espacios, el escritor hubiese podido darles vigor a sus textos mediante la creación de atmósferas, la revelación de universos que aún se desconocen, las partes inesperadas de una realidad.

Debilidades que se pronuncian más, dado el esfuerzo redundante en mitificar a Raúl Gómez Jattin, sus formas excéntricas de vida, su locura del cuerpo, su tapiz de voluptuosidad y pasión que hace de su vida un surtidor de motivos biográficos -fuente anecdótica- y de sus biógrafos unos cómplices morbosos, excediéndose en la valoración de una obra escasa en calidad, ceñida, por el contrario, a situaciones extraliterarias. Acciones y comportamientos que se quieren mitificar, exagerando sus alcances estéticos y comunicativos, rindiendo un afanoso culto con fines poco éticos, exaltándolo, halagando su yo, su dolida figura.

Esta manera irreflexiva de mitificación que construye simulacros triunfa sobre todo análisis o estudio serio de una obra idealizada y venerada por la habladuría de tertulia (sin negar la existencia tan sólo de unos pocos bellos textos de Gómez Jattin, pero muy aislados alrededor de una copiosa producción).

Como a la vieja usanza nadaísta, mezcla de publicidad y escándalo, lo que fascina del autor de El esplendor de la mariposa es su acción indómita, provocadora, burlesca, irónica, sus gestos libres del ridículo, irreverentes y grotescos. Hablamos aquí de una suerte de paroxismo, la inflamación o exacerbación de las pasiones o sentimientos, de los elementos desordenados e inconscientes de un hombre que vivía sin recatos, sin convenciones, sin temor a levantar infracciones a la moral pública: su desenfreno y goce. Es el retrato humano que algunos festejan desde una cómoda posición, usando para su provecho la marginalidad, la transgresión y el horror de la locura. ¿Qué les atrae de Gómez Jattin? Tal vez su acto blasfemo y ultrajante que les causa placer, la desmesura de los temas que producen fuertes reacciones emotivas. Se utiliza un personaje muy cerca del antihéroe, del antagonista y su tragedia, sus terribles conflictos internos: risa y horror, obscenidad y violencia. Más cuando los momentos de creación artística eran opacados por su enfermedad, trasmitiendo únicamente lo caótico, lo informe, lo no resuelto, porque la forma, según Carlos Eduardo Peláez, es definitivamente la reconciliación del ser y el no ser, la creación que ostenta el tiempo. El ser es lo que identifica, y el no ser aquello que destruye. A Raúl Gómez lo devoró la tiniebla, su afán del no diálogo, la cerrazón de una individualidad sin identidad en los demás, una especie de incomunicación extensional que no fragmenta el yo, no lo desdobla, huyendo de la ontología fragmentada, del diálogo posible con el otro; o sea, de la instauración de una polifonía irreprochable, yendo más allá del afán narcisista y ególatra.


La experiencia de Gómez Jattin, onírica, psicodélica, alucinatoria o esquizofrénica, no cuajó en un lenguaje que aventajara la realidad del delirio como enfermedad del cuerpo. Su locura lo inutilizó y destruyó sin que pudiese resolver el conflicto en obra trascendente.

La idea de la obra, entonces, se aleja del libro comentado, como en tantos otros, y su centro gravita en la valoración de la conciencia subjetiva, la percepción individual, la pasión, el sufrimiento y el afecto hacia la libertad. Porque, según Barainsky, la creación es una salida al conflicto, una realización de la síntesis entre dos tensiones límites: la vida y la muerte. Pero cuando la enfermedad no redunda en un acto creativo, la pulsión tiende hacia un lugar único: lo tanático, imposibilitando la síntesis, evitando la construcción de lo vital, de lo nuevo, de lo complejo de una realidad no fragmentada.

Los soliloquios de Gómez Jattin eran una manera de hablarse a sí mismo, sin intención de entablar el diálogo con otros, ya que sólo le importaba desplegar su carácter, la introspección y la duda, todo para sí mismo, discurso del yo absoluto.


Contrario, por ejemplo, a Antonin Artaud, con quien se le ha comparado, autor que dilucidaba una palabra ceremonial, explorando diversos estados del espíritu, encantando, conjurando, imaginando consciente e inconscientemente, enlazando el sentido estético y la emancipación de las energías irracionales sobre la obra, es decir, fabricando imágenes dispuestas significativamente, que sobrepasan a las vivencias confusas y quebrantadas.

Nos referimos a los atributos de la locura ritual que se da cuando la obra tiene aspiración a la trascendencia, a una alta expresión espiritual y dialogizante, ya que todo rito precisa de cooperación, convicción, unidad de acción y lenguaje, de expresión y comunicación, todo para augurar su eficiencia y poder.

No es suficiente la aventura biográfica (caso semejante al de Porfirio Barba Jacob) que despierte en el lector sensaciones de amenaza, riesgo y dolor, la pasión desnuda donde el principio y el fin son vehemencia, inclinación intensa, enardecimiento, resistencia y aguante.

Más allá de los sentidos exaltados, de la vida opresora, de las angustias torturadoras, de las decepciones y dolores, es menester advertir la obra como actividad constructiva, una muestra de vigorosidad estética e intelectual. Luego sí la exacerbación del creador, el arrebato, las aventuras terroríficas, sus composiciones sepulcrales, sus alucinantes visiones, su solitaria angustia, la droga, la embriaguez, el horror, la perversidad, el escudriñamiento del mal y su rompimiento con el mundo.

Una vida que conmueve, sin el respaldo de una obra sólida, puede precipitar al biógrafo testimonial a mitificar una personalidad fuerte e intensa, y limitarse sólo a sus sentimientos, estimaciones y cambios anímicos, a sus extremas grandezas y extremas miserias.

GABRIEL ARTURO CASTRO