Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Erase una vez Bogotá
 

|Ese último paseo
|Manuel Hernández Benavides
Arango Editores, Ediciones Uniandes,
Bogotá, 1997, 272 págs.

Retazos de historias. Colcha de voces, colcha y no remiendo, es decir, armonía a pesar de la disparidad. Tal es la imagen que viene a mi mente al terminar la lectura de |Ese último paseo. Sin embargo, tampoco se trata precisamente de una colcha, no, porque para ello tendría que poseer cierta raigambre popular, cierto tono pintoresco, colorido, accesible a cualquier ciudadano. Y, en cambio, a pesar de que esta novela tiene como protagonista de muchas de sus historias inconclusas a personajes netamente populares -como el indigente o el loco del cementerio, por ejemplo- difícilmente podría ser leída por éstos.

Más bien, como experiencia de un intelectual, esta novela encontraría su mejor lector en uno de sus pares; es decir, en uno de aquellos intelectuales colombianos formado ideológicamente en los años setenta, a la sombra del marxismo, el psicoanálisis, la revolución sexual, la guerra fría y el |boom de la literatura latinoamericana; pero que luego han visto el mundo rendido al poder camaleónico del consumismo y del confort tecnológico.

El argumento es el siguiente: un profesor universitario, que es también el urdidor de la trama, realiza un paseo por el centro de Bogotá con un grupo de personas, entre ellas un antropólogo austríaco-australiano, en el marco de un encuentro de americanistas celebrado en 1983. En aras del relativo valor de "la autenticidad", dicho paseo comprende sitios a los que ninguna agencia de viajes llevaría a un turista interesado en conocer la ciudad, tales como el Pasaje Rivas, la Estación de la Sabana, el barrio La Soledad y el Cementerio Central, sitio éste donde la historia del paseo se interrumpe justo con la visita del narrador protagonista -a instancias del antropólogo austríaco-australiano- a la tumba de Leopold Siegfried Kopp, el fundador de Bavaria cuya estatua es centro de romería para suplicantes desesperados y devotos de la megalópolis. Siguiendo el ritual pertinente, el profesor descarga en el oído de la estatua una solicitud personal, que en su caso consiste en reencontrar los manuscritos de una novela escrita por un amigo fallecido hace algún tiempo.

Posteriormente, con el afán de recuperar una maleta sustraída en un robo casero y que contiene las galas de la juventud de su madre, el profesor recurre a un viejo amigo que se mueve en el espacio propio de los picaros capitalinos, esos que se desenvuelven entre la indigencia, el bazuco y la delincuencia. El contacto con este viejo amigo del colegio no le brinda el resultado esperado. Sí, en cambio, le permite acceder a unos manuscritos, que no son los pedidos al santo patrono de Bavaria, pero que irónicamente parten de un momento trascendental en la vida de don Leopold S. Kopp: la época en que éste luchaba denodadamente por erradicar el bárbaro vicio de la chicha nativa para instaurar el consumo de bebidas civilizadas e higiénicas, tales como su cerveza alemana. Es decir, nos hemos remontado al año 1909 y, gracias a dichos manuscritos, el lector conoce también unas memorias particulares acerca de los tres decenios posteriores de la ciudad.

Continúa luego el relato con un retorno a los años recientes de nuestra historia (hacia 1988): esta vez, en el transcurso de un viaje por la carretera que comunica a Bogotá con Bucaramanga, el profesor se encuentra con un historiador que le hace llegar unos manuscritos donde aparecen fragmentos de la vida y obra de Arpenio Numara, poeta de origen campesino que vive en la capital. Mediante él conocemos la historia de un decenio (1967-1978), aunque también tenemos acceso a aspectos de los años cincuenta, época ésta de la modernización y del merecumbé -precisamente una de las obras de Arpenio Numara consiste en una pseudoglosa de la canción |Cosita linda. Luego viene un tercer ciclo de manuscritos, cuyo foco es una especie de detective llamado Pomareda, ya contemporáneo nuestro, a cuyas aventuras el profesor tiene acceso por intermedio de un sobrino recién salido de la cárcel, que hospeda en su casa durante la Semana Santa de 1990.


El último manuscrito al que accede el profesor, y el lector por medio de éste, es el resultado de un encargo que dicho personaje -como puede verse, ya convertido en un adicto a este género de documentos- hace a un loco, con quien se encuentra, como al comienzo de sus aventuras papelescas, en el Cementerio Central. En dicho manuscrito sobresale especialmente el relato de una mujer de origen alemán, que decide volver nuevamente a este país en el año 1984, tres años después de la muerte de su marido, un izquierdista y traumatizado médico de nuestra clase media.

Cualquiera de las historias contenidas en los manuscritos, muchas de las cuales ya han sido apuntadas, o las historias laterales que se dan a lo largo de su consecución por parte del profesor (como la de una secta satánica que juega fútbol con los cadáveres de unos gemelos en el Cementerio Central, la visita a las lavanderas del sur de la ciudad o la del francés que lidera una fuga de presos en una de nuestras cárceles caricaturescas) o, incluso, los distintos lenguajes a los que apela el autor en la construcción de la novela, podrían servir de pretexto para elaborar una lectura apropiada de la misma. Sin embargo, el papel central de los manuscritos en sí, como testimonios de varias épocas de Bogotá, es sin duda la más llamativa.

Al respecto cabe anotar que la apelación a los manuscritos, de vieja ascendencia en el género novela (desde los frescos que el narrador de |Dafnis y Cloe halla en Mitilene, pasando por los manuscritos del |Quijote, hasta los de Melquíades y Adso de Melk), es, sin embargo, tratada con originalidad por Hernández, porque en este caso no se trata de manuscritos legendarios, que aun en su condición paródica le dan un carácter sagrado a la materia tratada, sino más bien de una miscelánea de reliquias arqueológicas. Pero, también es de nuevo, por el carácter fragmentario de éstos, el fracaso de la literatura ante los pobres valores vigentes en las sociedades modernas, ya a finales del siglo XX: otra vez Kafka, Joyce y Eliot con su cúmulo de voces rotas que expresan el sinsentido, la ausencia de grandes ideales trascendentales y comunitarios en la época de los grandes hallazgos científicos y tecnológicos. Nada nuevo bajo el sol. Constatación final de que el absurdo que dio origen a la obra de los autores mencionados se ha instalado también en nuestra |terra nova, donde aun ayer era posible buscar sentido en el pasado, sobre los héroes y las tumbas:

|Calles donde los hombres apenas han dejado el tiple y ya tienen que vérselas con la herramienta compleja. Ciento cincuenta años en la memoria de manejar la azada, el tiple, la tierra y el son, la canción y el laboreo, y, ahora, el ruido del motor. [pág. 90]

|Ese último paseo puede ser leída, así, como un conjunto de piezas arqueológicas, un conjunto de reliquias que se superponen entre sí, como esos restos de civilizaciones que los arqueólogos suelen encontrar al cabo de varios años de excavaciones y que, luego de otros tantos años de estudio, sirven para reconstruir los distintos estadios de las sociedades que habitaron un espacio privilegiado. Tantos fragmentos, tantos vestigios, sólo pueden dar como resultado una colcha de retazos, un conjunto de voces heterogéneas que, a pesar de todo, pueden constituirse en preciosos datos para futuros arqueólogos de un país o, más específicamente, de la capital de un país que alguna vez era, o mejor, pudo ser.

ANTONIO SILVERA ARENAS