Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

...dos
 

|Lecciones de fagot
|Fernando Linero
Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá, 2004, 60 págs.

De los muchos sonidos que hace años se producían en Santa Marta, ciudad natal del poeta Fernando Linero (1957), sólo dos se pueden recoger ahora: los gritos de los muchachos que jugaban a patear una pelota de trapo en las calles y otro, las notas de un piano o de un fagot que se escapaban a través de las ventanas abiertas de muchas de las casas de la ciudad portuaria. Si por uno u otro motivo los jugadores y los músicos callaban, una tristeza solemne adormilaba todo lo que cubría la media luna de la bahía y que, como un manto continuo, luego se internaba por las hileras de un pavimento igualmente mudo, por donde nadie ni nada, transitaba, a menos que fuera una brisa enloquecida que levantaba torbellinos de polvo y papeles perdidos. Las casas coloniales hacían muy suya esa quietud y queriendo ser eternas en cada instante, parecían envolverse en sus propios velos fantasmales, en esa bruma que llegaba pausada pero a la vez ardiente de recuerdos detenidos sobre los techos. Miles de soles estaban ahí Cientos de lagartos se prendían a las paredes. A lo lejos, sobre las aguas que vibraban entre dos profundidades, la del cielo que se hundía hacia arriba y la del abismo líquido que bajaba, estaba detenido el puerto y sus aves:

|Por encima de las sirenas de los remolcadores una fila
de alcatraces habla de la lluvia, de las alarmas de nuestra
incuria. Uniforme su aleteo,
habla del viento, [pág. 52]


Leer la poesía de Fernando Linero es entrar a la armonía ilustre de Santa Marta. En su palabra la ciudad murmura, tiene un hálito, un respirar de bestia que se acuesta sobre su panza enorme. Lo curioso es que, a pesar de esa presencia tan física, tan palpable para el lector que la experimenta cada vez que recorre un renglón, la ciudad poética de Linero tiene la virtud de hacerse liviana, de disolverse. De un momento a otro se sabe que no es la real y que por lo mismo, la del libro, la que ha traído Linero, transita mansa, sin carne y sin cemento, hecha levedad. La ciudad inventada tras el verso, existe; es tan fuerte en lo que quiere decir como la otra, la que se halla junto al mar y junto a la sierra que lleva su mismo nombre.

Fernando Linero emigró de su ciudad en 1977 para instalarse en el centro del país, en Bogotá, la misma que en 1538 fundara el samario nacido en Granada ( |España), don Gonzalo Jiménez de Quesada. Era una especie de segunda conquista, de segundo peregrinaje con traída en el equipaje de un imaginario. Tenía por entonces 20 años y cuando lo conocí con sus primeros versos, se percibía en él una fuga, una alejamiento que debía exorcizar para iniciar la etapa de alimentación para su poesía:

|Tendido en la noche pienso en las separaciones, en lo
que me han enseñado. La puerta de un instante en el cual
fui feliz; la gota de luz colmando la medida de unos ojos;
una vieja casa en la distancia.
Cosas elegidas, amadas y perdidas hacen sombra sobre
el verso que escribo. Leños que como el mobiliario y las
vigas del techo de la casa, sirven para alimentar los hornos
del poema
, [pág. 44]


En |Lecciones de fagot el verso corre como percepción, como el señalamiento de algo que en el más allá de su particularidad, la ciudad hace suyo como un colectivo que permite definirla y entenderla sólo con la imagen que produce la poesía. La ciudad creada, la ciudad percibida por Linero, tiene como sustancia, el paso del tiempo por encima de su quietud. Cronos aparece en todas sus divisiones posibles (día, noche, amanecer, mediodía, atardecer). El don creativo se halla ligado a ese transcurrir. Una burbuja de ciclos envuelve, hace caparazón a la ciudad, a sus elementos. De este modo se siente en cada poema un corte, un fraccionar que corresponde a plazos, a las medidas que rondan y caminan con las circunstancias o con ese componente de la duración que da rutina y sobre los cuales la práctica de la soledad aparece: "Después de días que no han sido sino un ensayo de otros días, escucho un fagot" (pág. 20). Cada parte del día cumple un papel: un quehacer para que se encadenen imágenes: "Una noche de agua para el ojo inmóvil de la lagartija; / un amanecer de agua para que la hierba flote blanda en los / arroyos; un mediodía de agua para remojar la fatiga y la / familia; un atardecer de agua para el canto de los grillos y el / aire de las nubes" (pág. 39).

Es claro para Linero que en su poesía la vida debe depender del tiempo porque en él se alimenta. Alrededor del tiempo los elementos rondan, hacen su historia, la que él como escritor debe sacar del abandono: "Durante meses el verso madura. Secreto avanza hacia el fondo de los actos. El pro y el contra pesan entonces en el pequeño cerebro. // Avanza hacia eso que está detrás y casi nadie advierte, hacia tanta parte callada" (pág. 25).

Cada ciudad tiene un abismo donde ubica sus gritos y sus silencios. En ese averno que renueva siempre sus límites se produce una especie de flema, de capa viscosa que le da su personalidad. Linero asumió esa carga de su patria chica y la dimensionó con esos perfiles tan propios, donde la palabra de otros pudo hacer lo mismo que Kavafis con Alejandría o Pessoa con Lisboa, como lugares puntuales para el lector que desfila ante ellas y que permita que permanezca en ese estado intangible: "Aquí me quedo viendo caer la lluvia, aquí donde me / busco. Mi madre quema en el fondo del patio las hojas secas / del verano y mi mujer ve fantasmas paseándose aburridos. // Escucho las calles conversar al pie de los portales, aquí // donde soy mi propio yo y los otros. Amo este balcón, esta / embriaguez, este miedo, estos libros, este olor a café, esta confusión" (pág. 42).