Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Digo una palabra y su sombra proyecta una escalera
 

|Surgidos de la luz
|Nelson Romero Guzmán
Universidad de Antioquia, Medellín,
2000, 48 págs.

La evocación del pintor holandés Vincent van Gogh es el centro de este libro, un recorrido por las experiencias vividas, la visión del universo, la actitud emocional del artista, su vaivén anímico y espiritual en la urgencia de crear una realidad pictórica que modificara su ser y el mundo circundante; es decir, su interior tormentoso y la realidad vital y sensorial que lo rodeaba como sumo premio: el dolor y el hambre. "Crear, ésa es la gran redención del sufrimiento", decía Nietzsche, palabras que pueden definir la presencia humana interior del pintor, sus mortificaciones que lo acechan como un pulso, el ojo que descifra el juego eterno entre la realidad y su espejo, lugar donde la luz es el hilo, el secreto para despertar todos los espacios sensoriales, sus regiones flotantes, tal como lo afirma Lezama Lima:

|¿La internación de la luz no es acaso el visible de que ya el pintor está en esa zona donde podrá distribuir de nuevo como otra naturaleza? Mientras la luz penetra en el pintor, su visión, como lince de fuego rayado, marca el extremo límite donde el contorno es resistencia o dominio espacial.

La luz revela, clarifica y traduce lo que la realidad oculta, hace resurgir la ilusión de otro estado del mundo; la luz interior de Van Gogh fascina y persuade, conquista y construye otro mundo, cuando conquistar, en sentido finito, desde la perspectiva de Kierkegaard, es sufrir (la angustia permite traspasar las barreras del yo y trascender la subjetividad sólo por intuición). "Siento que la naturaleza me ha dicho algo, me ha dirigido la palabra", escribe Van Gogh, y el mundo exterior se convierte en expresión de la dimensión interior. La luz identifica el carácter sagrado de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, su renacer en medio de tonalidades oscuras, como aquella lámpara y vigas de |Los comedores de patatas, apenas visibles en la tiniebla que aumenta la sensación de misterio. La luz está implicada necesariamente como agente mediador entre aquello que se mira y el ojo que lo está mirando, aunque la conciencia de la luz como objeto de visión varíe según la concepción del mundo o interés del sujeto, de sus "impulsos o movimientos interiores", siguiendo a Rouault.


Para Van Gogh, la luz sería fuente, difusión, medio y fulgor, posesión del ojo, luz donde vemos luz, el universo arrebatado de los colores que se instalan en el estudio del pintor o en los vitrales de las iglesias góticas. "Más color en los cuadros; más entusiasmo en la vida", enuncia. Van Gogh miraba el color con ojos nuevos. La potencia ardiente de la luz se desliza en las modulaciones cromáticas de sus paisajes y, como Rembrandt -su humanidad, ternura y dramatismo-, Van Gogh va a utilizar la luz como amparo, asilo y elemento de salvación.

Sugestión y éxtasis, pasión y exaltación, de las cuales da cuenta el poeta Nelson Romero Guzmán, al crear una incesante conversación imaginaria con el pintor y hacer de él una evocación profunda, una dramaturgia y ceremonia a través de la palabra, ejercicio que penetra en el lienzo iluminado y atormentado de Van Gogh, su desgarramiento de luz y sombra. De ahí que su libro contenga un texto como éste:

|Digo una palabra
y su sombra proyecta una escalera.
Por ella subo
a las altas basílicas de la luz,
apuntillo el cielo
y cuelgo los girasoles de Van Gogh
para que la eternidad sea un lienzo purísimo.


Se instala una correspondencia y simpatía entre poesía y pintura, cuyos signos mágicos se entrecruzan y cohabitan el mismo espacio. "Trabajo en el pequeño taller de un dios. Mi oficio es templar lienzos y, a cambio, él le da una ración de recompensa a mis palabras", escribe Romero Guzmán, empleando el monólogo interior como una posibilidad de expresión subjetiva, imaginando la voz del otro, quebrando al mismo tiempo el "yo" de la enunciación poética y dejando que aquel invisible interlocutor manifieste sus pensamientos más íntimos, los más cercanos al inconsciente. Este yo paralítico (figurati-vizado desde Treck y Buchrer hasta Kleist, Hólderlin, Strindberg, Beckett o lonesco) crea sus propias representaciones y proyecciones oníricas, visionarias y proféticas. Es aquí donde se valida la creación poética que rompe con el ego -el culto a la personalidad y el narcisismo- tan frecuente en la literatura colombiana. El biografismo y la férrea territorialidad yoica se ve usurpada y agredida por un Ello transpersonal que se erige en una nueva trascendentalidad, propia de la mejor poesía contemporánea (desde Baudelaire, Hugo, Lamartine, hasta el prerromanticismo y su problemática del yo mundo, pasando por las visiones de Blake, Coleridge, Shelley, Poe o Novalis, el misticismo profetice de Rimbaud y la actividad onírica del surrealismo). Recordemos las frases que hacen alusión a las metamorfosis del yo: "Yo soy el otro", de Nerval, y "Yo es otro", de Rimbaud.