Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

El alcázar que buscamos
 

|Los espejos de la hidra
|Luis Eduardo Gutiérrez Lozano
Ediciones Tiempo de Palabras,
Bogotá, 2001, 97 págs.

Pocas veces ocurre que la aparición de un segundo libro de textos poéticos confirma una vocación y un oficio de construcción permanente, y es más: que trace ya una poética donde impera el dominio de la "letra viva" y del "espíritu vivo".



Digo poética porque Luis Eduardo Gutiérrez Lozano, a partir de su proceso creador, configura una voz personal y funda un mundo propio aunque independiente de él, superando las determinaciones, referencias y circunstancias tempoespaciales del poeta.

Lo anterior, dado que todo poema es modificación, más aún cuando a la palabra se la dota de autonomía, alza y transforma el universo o los universos, crea y es autosuficiente, se aleja del símil para acercarse a la metáfora.

Al hablar de la poética de Luis Eduardo Gutiérrez pretendo hacer notar que a través de sus dos libros, el primero: |Perseguidos por el cielo, y ahora su segundo: |Los espejos de la hidra, instaura una originalidad expresiva y una potencialización del lenguaje que permanentemente significa.

Y allí iniciamos un breve recorrido desde su texto clave titulado |Poesía:

|Sobre la piedra blanca
se eleva el alcázar que buscamos.
Custodiadas están sus puertas por guardianes invidentes.
A esa morada se ingresa sólo con la palabra.
Pronunciarla nos hace habitantes de otro reino.


El poeta sabe que la piedra es el elemento original sobre el que está basada la construcción, la base del poema, el nutrimento de la vida. Gutiérrez intuye lo anterior igual en su texto |Séptimo día, una recreación del génesis:

|Alguien levantó
piedra a piedra la
casa del silencio.

Casa, morada o alcázar, la poesía aquí es un cobrefuego, un bastión luminoso que sirve de abrigo y de guardián. Y se inicia con esa piedra que es el potens de un palacio fortificado, la maravilla cuando el poema crea un cuerpo resistente enclavado entre una metáfora y una imagen. Los guardianes de esa fortaleza, de esa sustancia infinita son invidentes, nos dice Gutiérrez, como si nos anunciara el principio de la oscuridad misteriosa que antecede a la creación: el secreto oculto, el sueño de la sombra que es la poesía. Y la llave única para acceder a sus dominios es la palabra: el ábrete sésamo, la palabra justa que descifra todo jeroglífico. "Pronunciarla nos hace habitantes de otro reino", escribe el poeta, un reino encantado que imagina y vive el autor, y mediante el ejercicio de médium nos transcribe sus laberintos y magníficos seres. ¿Por qué la hidra? Porque ella encarna la capacidad de regeneración y la liberación del espíritu de los lazos del cuerpo para conseguir la inmortalidad o quizá también la resurrección como el fin último, la conquista mayor de la poesía: hacer revivir e incorporarse, levantar las sombras, resurgir. La resurrección es la vida eterna que viene del verbo creador y encarnado, implica la entrada del creador y la creación a la supervivencia del tiempo. Lo que renace es el cuerpo espiritual mediante una acción mágica y purificadera. He ahí el poder de la palabra, ya que la hidra es, además, fuerza y espíritu de entrega, analogía del consumado oficio del escritor. El espejo "devuelve a cada cual lo suyo", antigua creencia que la imagen y el objeto están unidos en una correspondencia mágica. ¿Y si nos miramos en el espejo de la hidra?, pues nos provocará visiones y miradas hacia un mundo distinto del nuestro, tal como lo verifica el libro de Luis Eduardo Gutiérrez |Los espejos de la hidra. Y el espejo es ventana, salida, catapulta, cuando el poeta dice:

|Mírenlo ustedes, cómo atraviesa el
deshielo del espejo y escapa con la
raptada hacia un país en niebla.