Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Amores desgraciados
 

|Amores
|Daniel Winograd
Editorial Planeta, Bogotá, 2002,
117 págs.

Es cierto que en este país el producto literario, y en este caso poético, ha proliferado de tal manera que es más común encontrar lectores y compradores de libros en semáforos, parques y cajas de supermercado que dentro de las librerías. Así mismo, la figura del poeta hoy en Colombia ha adquirido dimensiones caricaturescas, y es más eficaz un buen sombrero y una buena barba que un buen poema. No es necesario atribuir estos desmanes a la lejanía de los verdaderos poetas de calidad -ante la supuesta desmedida demanda popular- o a las rastreras técnicas de mercadeo que producen agendas o calendarios con degradantes remedos poéticos, haciendo que la masa se impregne y emocione más con lo malo que con lo bueno. Pero lo que sí resulta doloroso es que editoriales serias publiquen cosas tan malas, que evidencian un vacío en el criterio de publicación, además de la impresión de comulgar con los exabruptos literarios que hoy en día abundan o, lo que es peor, que las publicaciones sean escogidas bajo el mismo tráfico de influencias con que se escoge todo en este irrespetado país.

Es el libro |Amores del autor antioqueño Daniel Winograd, publicado por Editorial Planeta, el que me induce a tan penosas reflexiones.

El autor de estos escritos se vale de la repetición de palabras al final de cada verso, especialmente de la palabra |amor, para hacer un supuesto juego de sentido con esa reiteración. El intento resulta fallido por completo, debido a la ausencia de un ritmo en versos mal construidos, por no partir de métrica alguna -ni para afirmarla, ni para negarla- y por no tener ese juego poético otra cifra o sentido que el de repetir una palabra al final de cada sentencia sin importar si hay una significación clara, estética o emotiva en tales construcciones. Lo que aturde de la lectura de estos escritos es la ausencia absoluta de coherencia y de música, tanto en lo real como en lo poético, y, como dije, la reiteración de la palabra no crea un nuevo sentido, no entrega cargas semánticas novedosas:

|el amor no es
más de lo que es
sólo es
lo que es
el milagro que es
o no es

He aquí uno de estos poemas escogido al azar, en donde no se dice del amor ni lo que es, ni lo que no es, ni si es un milagro, ni si no lo es, no se dice nada, pero lo que es claro es que la palabra es sí está al final de cada verso, no importa para qué o por qué, pero allí está. Y tampoco lo salva la presunción de convertirse en paradoja. Son versos perdidos. Y es así como transcurren 117 páginas de vacuidad y de producción poética en serie, como si aquí se tratara de producir pastas para frenos o cuchillas de licuadora. El rígido e injustificado trazado que el ejecutor le impuso a sus versos termina superponiéndose a su voluntad de autor. Por cumplir con esa fórmula desafortunada resultan negándose la existencia de un verso, de un poema, de un autor e incluso -después de la página 20- uno empieza a pensar que, si todas esas menciones dicen algo acerca del amor, entonces que Dios nos libre de amar o de ser amados.

Es claro, pues, que en este texto no hay más que repeticiones como quien hace una plana y en el tercer renglón ya no sabe qué escribe, ni interesa saberlo, pues es una plana. Pero sí resulta inquietante preguntarse por la procedencia de tal método poético. ¿Fue acaso una mala lectura que el señor Winograd hizo de alguna vanguardia o de algún poco ortodoxo poeta? Lo único cierto es que si la lectura de estos |poemas es insoportable, más doloroso es imaginar lo tedioso que pudo haber sido escribirlos. Lo otro, que resulta muy penoso reconocer, es que es muy común que este tipo de publicaciones calen en los lectores desprevenidos que pueden decir: "Estos poemas los pude haber escrito yo, o yo ya he escrito cosas semejantes".


Ante la manifiesta ausencia de una estructura en cada poema, llegué a pensar que probablemente era todo el libro una sola estructura y que de alguna manera la suma de todos éstos pudiera formar algo, no sé: un árbol de ramitas muy frágiles, o un laberinto que al descifrarlo descubra algún sentido exaltado del amor, o un hecho estético que sólo se puede ver en la lejanía y que está oculto para la mirada inmediata. Pero nunca descubrí cosa alguna diferente del zumbido y la palabra vacía.

Ahora, cabe preguntarse: ¿qué es lo que Daniel Winograd piensa del amor?, ¿qué es lo que estos autísticos y cacofónicos poemas dicen del sentimiento amoroso, complejo y orgánico, al que se le ha cantado desde que el mundo es mundo? El amor en este texto parece no ser más que el elemento constante dentro de una fórmula química, es un amor que no obedece al significado y a la simbología de la que hemos dotado los hombres a este concepto. Parece que el autor se ensañara con esa palabra porque esa palabra vende y llama la atención de todos, pero qué puede esperarse de la conciencia de un autor que en una misma estrofa dice: "el amor que es claro" y concluya con: "tampoco es claro"; o que lanza sentencias tan absurdas como: "el amor es el amor" o "el amor no es" y que sigue: "sólo es lo que es"; ¿cómo pretende este escritor proponer un juego lingüístico si no se ocupa de que tal juego obedezca a la mínima noción semántica o gramatical?

Leer estos poemas es sentir una ofensa honda, es sentirse burlado por un autor que ve en sus lectores a personas que no pueden discernir entre algo con sentido y algo carente de él. La publicación no es menos. Es también otro modo de ofensa a la poesía precedente. Sus editores no han pensado en el daño que hacen publicando sin criterio y, como a veces pasa, por resarcir el ego de un sujeto influyente que malogró sus ratos libres, logran hacer de los lectores -que compran con el ánimo, sincero y sensible, de conocer- unos iletrados que inocentemente se entregan a las lecturas, desconociendo el hecho de que a los pésimos poetas también se les publica.

¿Qué pasará con los hombres, que a estas alturas del mundo niegan todo lo que la humanidad ha producido y pasan sobre las ideas que nos precedieron, que nos parieron, como si fueran deplorables ruinas? Habrá que preguntar esto a Daniel Winograd. Sólo esperamos que no nos conteste por escrito, y que si su argumento es que tales versos son un sentido y copioso experimento individual, propio, entonces que, por amor a la sensatez y a la poesía, ¡no nos castigue publicándolo!

SANTIAGO TOBÓN