BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Después de catorce títulos en prosa, viene éste de poesía
|Las lunas de Chía
|Evelio José Rosero Diago
Fondo Editorial Universidad Eafit,
Medellín, 2004, 51 págs.
Algún novelista (¿Burroughs, Capote?), de los que se denominan
"de largo aliento", dijo una vez que los poetas
son prosistas perezosos. Una frase seguramente ligera e injusta,
pero una de aquellas frases que hacen carrera, que taladran y que
se utilizan en polémicas literarias, que nunca faltan. Una de esas
frases que, probablemente, no dejan dormir tranquilos a muchos
poetas con sentimientos de culpa.
Aparte de la influencia o no de una sentencia como ésta, es
frecuente ver en los tiempos que corren a un puñado importante de
poetas, de aquí y de allá, venidos a novelistas (no tanto a
cuentistas). Pero también novelistas (aunque mucho menos) que
escriben poemas, con suerte dispareja. ¿Alguien recuerda hoy los
poemas de un Faulkner, de un Melville, de un García Márquez, de un
Joyce, de un Germán Espinosa? Y, por otra parte, ¿tiene importancia
hablar de Tungsteno, la novela de César Vallejo? Álvaro Mutis, en
cambio, de quien nadie discute su importancia como poeta,
incursionó con prolijidad en la novela, y el balance, bastante
discutible, no es del todo malo. Por lo menos no es
catastrófico.
De cualquier manera, es más frecuente ver cómo un poeta incursiona
en la prosa, casi siempre después de una obra solidificada en el
tiempo (en nuestro medio, Mutis, Roca, Jaramillo, Bonnett, Ospina),
que ver a un prosista venido a poeta. Quizá porque, entre otras
cosas, el narrador se encuentra cómodo en cuanto a la difusión de
su obra (con creces, la narrativa circula más que la poesía) y,
posiblemente, porque no pasa estrecheces económicas, si es bueno. Y
cualquiera puede suponer la mayor dificultad de acomodar el
torrente de la prosa a la brevedad de la poesía. Del cuarto lleno
de gente que es la novela y el relato, el prosista pasará al
traspatio donde reina el silencio y la mejor compañía es la
soledad.
Éste último es el caso de Evelio José Rosero Diago (Bogotá, 1958),
autor de numerosos títulos en cuento, novela y teatro, y dueño ya
de un importante reconocimiento en el país. Y fuera de él, a juzgar
por algunas ediciones internacionales de varios de sus
libros.
Rosero es uno de aquellos autores que ha obtenido, en la
persistencia y en la dedicación, así como en un convencimiento
absoluto en su literatura, un pasaporte seguro a sus lectores, a la
calidad literaria de sus narraciones, erigiéndose en un nombre
imprescindible en la narrativa colombiana. Lo corroboran éxitos
suyos como
|Juliana los mira, La duenda, En el lejero, Los
almuerzos.
En 2004, sin embargo, el autor bogotano publicó
|Las lunas de
Chía (Fondo Editorial Eafit), su primer libro de poemas.
Después de más de catorce títulos en prosa viene éste de
poesía.
Un libro que, considero, cuenta con algunos buenos poemas, pero,
esencialmente, no es el libro de un poeta. Quizás resulte fácil
decir esto después de lo que he anotado arriba (su vida dedicada a
la prosa, etc.), pero hay que demostrarlo, claro.
Para empezar, el libro empieza mal.
|Envío al señor K es el
primer poema, inspirado en Kafka y dirigido a Kafka. Casi todos los
poemas que uno lee dedicados a escritores y artistas son malos
porque son deshilvanados, llenos de lugares comunes
("despertamos con el corazón hecho un insecto
horrible", dice este poema en su última línea) y, casi
siempre, muestran el lado pretencioso,
"literario", de su autor. De todo esto adolece el
primer poema de este libro.
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