Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Después de catorce títulos en prosa, viene éste de poesía
 

|Las lunas de Chía
|Evelio José Rosero Diago
Fondo Editorial Universidad Eafit,
Medellín, 2004, 51 págs.

Algún novelista (¿Burroughs, Capote?), de los que se denominan "de largo aliento", dijo una vez que los poetas son prosistas perezosos. Una frase seguramente ligera e injusta, pero una de aquellas frases que hacen carrera, que taladran y que se utilizan en polémicas literarias, que nunca faltan. Una de esas frases que, probablemente, no dejan dormir tranquilos a muchos poetas con sentimientos de culpa.

Aparte de la influencia o no de una sentencia como ésta, es frecuente ver en los tiempos que corren a un puñado importante de poetas, de aquí y de allá, venidos a novelistas (no tanto a cuentistas). Pero también novelistas (aunque mucho menos) que escriben poemas, con suerte dispareja. ¿Alguien recuerda hoy los poemas de un Faulkner, de un Melville, de un García Márquez, de un Joyce, de un Germán Espinosa? Y, por otra parte, ¿tiene importancia hablar de Tungsteno, la novela de César Vallejo? Álvaro Mutis, en cambio, de quien nadie discute su importancia como poeta, incursionó con prolijidad en la novela, y el balance, bastante discutible, no es del todo malo. Por lo menos no es catastrófico.




De cualquier manera, es más frecuente ver cómo un poeta incursiona en la prosa, casi siempre después de una obra solidificada en el tiempo (en nuestro medio, Mutis, Roca, Jaramillo, Bonnett, Ospina), que ver a un prosista venido a poeta. Quizá porque, entre otras cosas, el narrador se encuentra cómodo en cuanto a la difusión de su obra (con creces, la narrativa circula más que la poesía) y, posiblemente, porque no pasa estrecheces económicas, si es bueno. Y cualquiera puede suponer la mayor dificultad de acomodar el torrente de la prosa a la brevedad de la poesía. Del cuarto lleno de gente que es la novela y el relato, el prosista pasará al traspatio donde reina el silencio y la mejor compañía es la soledad.

Éste último es el caso de Evelio José Rosero Diago (Bogotá, 1958), autor de numerosos títulos en cuento, novela y teatro, y dueño ya de un importante reconocimiento en el país. Y fuera de él, a juzgar por algunas ediciones internacionales de varios de sus libros.

Rosero es uno de aquellos autores que ha obtenido, en la persistencia y en la dedicación, así como en un convencimiento absoluto en su literatura, un pasaporte seguro a sus lectores, a la calidad literaria de sus narraciones, erigiéndose en un nombre imprescindible en la narrativa colombiana. Lo corroboran éxitos suyos como |Juliana los mira, La duenda, En el lejero, Los almuerzos.

En 2004, sin embargo, el autor bogotano publicó |Las lunas de Chía (Fondo Editorial Eafit), su primer libro de poemas. Después de más de catorce títulos en prosa viene éste de poesía.




Un libro que, considero, cuenta con algunos buenos poemas, pero, esencialmente, no es el libro de un poeta. Quizás resulte fácil decir esto después de lo que he anotado arriba (su vida dedicada a la prosa, etc.), pero hay que demostrarlo, claro.

Para empezar, el libro empieza mal. |Envío al señor K es el primer poema, inspirado en Kafka y dirigido a Kafka. Casi todos los poemas que uno lee dedicados a escritores y artistas son malos porque son deshilvanados, llenos de lugares comunes ("despertamos con el corazón hecho un insecto horrible", dice este poema en su última línea) y, casi siempre, muestran el lado pretencioso, "literario", de su autor. De todo esto adolece el primer poema de este libro.