Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

La música de las horas pasadas
 

|La música de las horas
|Juan Felipe Robledo
Premio Nacional de Poesía 2001,
Ministerio de Cultura, Bogotá, 2002,
104 págs.

I
Cuando se supo que la mayor parte del jurado del Premio Nacional de Poesía 2001, convocado por el Ministerio de Cultura, la integrarían los colombianos Renata Duran y Belisario Betancur, una buena porción de poetas amigos o conocidos (en ambos casos, poetas reconocidos), desistieron de participar en él, al menos inicialmente, pues el menguado perfil que en cuestión de poesía tienen entre entendidos tanto Renata Duran como el ex presidente Belisario Betancur los descalificaba en dicho papel. Por otra parte, los aburría saber que el jurado sin rostro -el que integraba el filtro preseleccionador- fuera más importante que el jurado capital, por el mero hecho de haber sido contratado, quiérase o no, para definir el perfil estético y cognitivo de las obras finalistas; y no era ni es contradictorio pensarlo así, si consideramos que los miembros de ese jurado, y no los otros, cernirían al menos el sesenta por ciento de la totalidad de los trabajos participantes. Con todo, la mayoría de esos retrecheros concursantes terminaron participando tras una justificada coartada: si bien el jurado no era atractivo, sí lo era la bolsa del premio. Pero, bueno, proferir esto aquí, en el principio de esta reseña crítica, no tiene sino el objetivo de resaltar una sorpresa: contrario a lo esperado y distinto de lo que nos tenían acostumbrados los llamados "jurados de calidad" de los premios anteriores, estos que laurearon a Juan Felipe Robledo (los dos citados, más el poeta mexicano Aurelio Asiain) prodigiosamente atinaron. Y aunque tampoco sea dable aseverar que entre las obras concursantes la de Robledo hubiera sido estrictamente la mejor -¿quién, fuera del jurado, conoce la obra de los perdedores?-, sí es permisible decir, por lo evidente, que la suya es meritoria. Digo esto, no sólo tras haber disfrutado la lectura de |La música de las horas (obra ganadora), sino por lo que ya, sin ningún rigor, había leído de manera ocasional y fragmentaria en periódicos o revistas.

II
Juan Felipe Robledo nació en Medellín en 1968. Es literato de la Pontificia Universidad Javeriana. Su obra poética comprende los libros |De mañana (ganadora del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, México, 1999) y ésta que nos ocupa, |La música de las horas (ganadora en Colombia del Premio Nacional de Poesía 2001). Especialista en literatura española ha realizado antologías sobre la poética de Quevedo, Góngora y el romancero español. En efecto, es oportuno comenzar diciendo que |La música de las horas se mece sobre la dualidad de ser tan leve y humilde como seria y profunda, precisamente dos características afines a los clásicos del barroco español. Y por supuesto, al igual que aquellos, Robledo tiene la habilidad para realizar ciertos giros de abstracción conceptista que en ocasiones hacen necesaria la rapidez mental por parte del lector para captar la agudeza de sus percepciones:

.. |.y entonces recordamos el himno solidario que cantábamos por lo bajo ante el balbuceo azorado de nuestros mayores y cómo oponíamos la certeza de la mañana en nuestra mirada a la luz sin auspicios en su pupila [De |Del perdón, pág. 38]


Por esta vía de Quevedo y Góngora, su poesía es de inusitado corte petrarquista, en la que lo imprescindible es la hondura del sentimiento. Y aunque Juan Felipe Robledo no asuma ni proponga el amor como lo que da sentido a la vida y al mundo, sí expresa en medio de su desesperanza estoica la necesidad de poner en práctica valores que se le parecen, cuando no se desprenden directamente de él:

|...Aun el odio más furibundo puede purificarse merced a la amorosa intervención de un rotundo gesto. [De |Blendung, pág. 31]

III
Poeta de gran profundidad emocional, Juan Felipe Robledo tiene la virtud de erigir paisajes allí donde pareciera no haber espacio sino para lucubraciones y retóricas. De esta suerte, en medio de una atmósfera de trascendentes observaciones (donde reinan el tiempo y la memoria), incrusta de pronto fragmentos de paisajes tan íntimos como domésticos que en su caso parecieran no querer traspasar las fronteras de un recordado jardín y de un patio trasero. Siendo poesía metafísica, más que importarle como temas la vida y la muerte, echa mano de éstos para atenuar en medio de un tímido estoicismo la angustia que le provoca el tiempo. Con amargo sarcasmo, el poeta no ve ante sí otro destino que el de una subsistencia en esa degradación constante del espíritu condenado a registrar en torno a sí el cambio y la muerte. Tiempo y memoria que en el libro encierran la llamada |arboleda perdida, la estancia de la infancia. De modo autobiográfico y aprovechando algunos episodios inquietantes de sus primeros años, su obra se encuadra en un realismo poético dado a recuperar el tiempo perdido restableciendo los recuerdos de la "inocencia". Es así como, con su erudición y con el lenguaje entusiasta y cordial que lo caracterizan, Juan Felipe Robledo pone al lector en contacto directo con un pasado que resurge en su completa peculiaridad, pero sin la exagerada ternura ni la ornamentada lírica con que suelen hacerlo quienes incursionan en espacios candorosos. Por el contrario, su originalidad reside en la imagen que ofrece sobre su sociedad, de una actitud tan crítica que no podría entenderse como idealista sino como una reflexión amarga sobre el mundo y como un desafío estilístico sobre las posibilidades del género y del idioma que la ennoblecen. De hecho, uno de los rasgos dominantes de su obra es la perfecta unión del paisaje y los seres humanos, del círculo de sus hechos vitales y de sí mismo como protagonista, permitiendo así que sus alusiones a lo doméstico trasciendan las facilidades del pintoresquismo y se inscriban en un realismo poético:

|Vienen los recuerdos a habitamos
desde lejanas torrenteras,
vienen esos cansados,
lejanos dueños de sí mismos
,
|a recordarnos quiénes somos.
Nos llevamos las manos al pecho
y como quien empapa el corazón
en un frasco de nostalgia
recorremos el techo de los días pasados
en busca de un pequeño agujero,
de una celosía para contemplar
el abierto cielo de la niñez
[...]
[De |Insomnio diurno, pág. 24]