Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Dos antologías
 

|Antología de la poesía colombiana
|Fernando Charry Lara
y Rogelio Echavarría

Biblioteca Familiar de la Presidencia
de la República, Bogotá, 1996, 2 vols.

La tarea de reseñar una antología de poesía implica una serie de problemas que no pueden ser pasados por alto. Una antología es -por definición- una obra heterogénea. En ella se juntan poemas de diversos escritores de distintas épocas que representan estéticas diferentes. En parte por eso, la lectura de una antología no es normalmente una lectura de corrido sino una lectura parcial en la que en uno u otro momento se busca un poema concreto o un autor determinado del que se ha oído hablar y que aún se desconoce. O, también, un libro que se ojea a la espera de algún pequeño descubrimiento o a la caza de algún ejemplo representativo de una u otra época.




En ese sentido, emprender el juicio global de una obra tal es algo que implica una lectura que se aleja bastante de la lectura que haría un lector corriente a quien normalmente no le interesa la antología como tal sino los poemas que están incluidos en ella. El reseñista, en cambio, tiene que concentrarse en la antología como totalidad y fijar una serie de parámetros para juzgarla que para muchos acaso sólo tengan un interés meramente académico.

Para esa tarea, es más fácil enfrentarse a una obra como la |Antología crítica de la poesía colombiana (1975) de Andrés Holguín, que no se limita a hacer una selección sino que especifica a través de comentarios amplios los criterios de la misma, que a la obra que ahora me ocupa, la |Antología de la poesía colombiana publicada hace unos años por la Biblioteca de la Presidencia de la República en la que la selección, hecha por Fernando Charry Lara, para el primer tomo que va desde los siglos coloniales hasta el primer cuarto del siglo XX, y por Rogelio Echavarría para el tomo que se ocupa del resto del siglo XX, y unas breves notas introductorias son lo único que sirve de punto de partida para determinar los criterios de los antólogos.

En rigor, habría que hablar aquí de dos obras, porque cada uno de los dos tomos responde a criterios diferentes y parte de situaciones distintas. Charry Lara parte de una tradición crítica -sobre todo en lo referente al siglo XIX y los comienzos del siglo XX- que le facilita la selección. Hay autores -citemos a José Asunción Silva, Rafael Pombo y Luis Carlos López por mencionar los más obvios y, para no dejar por fuera los siglos coloniales, a Juan de Castellanos y Hernando Domínguez Camargo-, que ya son canónicos y que todo el mundo espera encontrar en una antología.

Echavarría, en cambio, sólo podía contar con esa tradición crítica para los tres primeros cuartos del siglo XX, ya que, después de la publicación de la antología de Holguín anteriormente mencionada, la proliferación de la producción lírica no ha estado acompañada de una recepción crítica paralela que permita hablar de autores y textos canónicos.

En términos generales, Charry Lara aprovecha esa ventaja metodológica y se guía por el canon sin atreverse a hacer ninguna excepción que pudiera generar polémica. Un ejemplo de lo anterior es que, a diferencia de Holguín, que en 1975 excluyó a Julio Flórez de su antología y generó una discusión, Charry Lara prefiere respetar lo que se podría llamar el "canon popular" e incluye los poemas más conocidos del autor de |Mis flores negras.

En ese sentido, al primer tomo de la antología no hay mayor cosa que discutirle, a menos que uno quiera ponerse a discutir con el canon más o menos establecido, lo que rebasaría los límites de esta reseña. Lo único digno de crítica es que, aunque en el prólogo se hace una periodización y una clasificación de movimientos que puede darse por buena, ésta, lamentablemente, no se aprovecha a la hora de organizar el índice, por lo que el lector desprevenido puede llegar a pensar que Charry Lara cree que Miguel Antonio Caro era un poeta romántico.

A diferencia de Charry Lara, Echavarría no parece guiarse demasiado por el canon, ni siquiera para los años en que éste le hubiera podido ofrecer una orientación segura. Pese a que los poetas que todo el mundo espera, como León de Greiff, Luís Vidales, Eduardo Carranza, Álvaro Mutis y Jorge Gaitán Duran, aparecen en el libro, el número de poemas con el que están representados -en comparación con el número de poemas que se incluyen de otros autores- en ocasiones no corresponde al peso que se les ha dado a sus obras en la historia de la poesía colombiana.


En ese sentido, ya el comienzo del tomo ofrece la primera sorpresa al encontrarse el lector con ocho poemas de Ciro Mendía frente a sólo cinco de León de Greiff, cuatro de Luis Vidales y apenas dos de Rafael Maya. Entre los poemas de De Greiff, además, no aparece el |Relato de Sergio Stepanski, que es tal vez su composición más conocida.

Nadie discutirá que la importancia, al menos estadística, que se le da a Mendía implica un intento por revisar el canon y hubiera requerido alguna justificación en el prólogo. Sin embargo -para sorpresa del lector- Mendía ni siquiera es mencionado en el prólogo -que se limita a hacer un recuento histórico de la poesía colombiana que haría esperar una antología meramente canónica-, por lo que las razones del peso que se le da quedan en el misterio. En contra de lo anterior, alguien podría argumentar que el misterio puede resolverse recurriendo a los poemas de Mendía que escoge Echavarría. Yo tengo que admitir que lo he intentado sin conseguirlo.