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INDICE
Artículo: El Burro de Oro
Artículo: Los ocho pasos de la muerte del alma
Artículo: Poesía y testimonio en los documentales de Brian Moser
Artículo: La Tunja de Inés de Hinojosa y de Juan de Castellanos
RESEÑAS
Reseña filosofía: Figuras imaginarias
Reseña filosofía: La verdad de la Constitución
Reseña sicología: Descentración psicológica
Reseña antropología: Las figuras de la fauna
Reseña folclore: Nuestra tradición
Reseña sociología: Acercamiento al campo
Reseña sociología: Gasto e ideología
Reseña sociología: Estudiando imposibles
Reseña política: Una buena introducción al tema
Reseña educación: Memorias de un protagonista
Reseña poesía: Entre lo culto y lo habitual
Reseña poesía: Pintar las palabras
Reseña poesía: La fugacidad poética
Reseña narrativa: La pertinacia de un escándalo
Reseña narrativa: Ejercicio de la nostalgia
Reseña crítica literaria: A través de la literatura latinoamericana
Reseña crítica literaria: El texto no es un pretexto pero sí un contexto
MAPOTECA
Reseña crítica literaria: Un método crítico, crítico
Reseña periodismo: Camino a la canasta familiar
Reseña periodismo: Un manual para la prensa nueva
Reseña historia: Poco para la historia
Reseña historia: Para una historia del sindicalismo
Reseña caricatura: El mundo de Olafo y Mafalda
ORIETA LOZANO
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Las figuras de la fauna
|El animal en el mundo mítico tairona
|Arme Legast
Fundación de Investigaciones Arqueológicas
Nacionales, núm. 33, Bogotá, 1987.
Desde hace varios años la bióloga Anne Legast ha venido explorando
el universo faunístico de las culturas prehispánicas colombianas.
Su enfoque ha sido el de la identificación taxonómica de la fauna
representada en artefactos de oro, tumbaga, roca, hueso, concha y
rara vez madera. El primer libro que la autora publicó fue
|La
fauna en la orfebrería sinú. Este segundo que nos ofrece,
seguramente no será el último dentro de ese macroproyecto de
clasificar las representaciones faunísticas que conforman la
colección del Museo del Oro. Su trabajo se caracteriza por una
selección de "culturas arqueológicas" que
corresponde a zonas geográficas dentro de las cuales se han
encasillado elementos culturales arbitrariamente. Por lo general,
éstos carecen de sentido temporal pero, dado el escaso conocimiento
arqueológico que se tiene, ello ha permitido que los lotes de
piezas coleccionadas por los museos puedan clasificarse dentro de
determinadas zonas "culturales", pasando por alto
la variación regional. Se cae nuevamente en un planteamiento de
homogeneidad cultural falso. Esto se debe a que las colecciones de
los museos, casi en su totalidad, no han sido excavadas por los
arqueólogos sino por los guaqueros, quienes han vendido estas
piezas a intermediarios, perdiéndose así la información de
procedencia y, por lo tanto, del contexto del hallazgo. De ahí que
los intentos de extraer información sobre "la
cultura" de los fabricantes a partir de las maravillosas y
atípicas piezas de los museos arqueológicos, es una labor titánica
e ingrata. Más aún si no se recurre a la comparación de dicho
material con el obtenido mediante excavaciones científicas
realizadas en la zona de estudio; ésta, es quizás la principal
falla del trabajo de Legast. Ella partió del supuesto de una
sincronía del material en un área homogénea que los arqueólogos no
han definido espacialmente y que escasamente se conoce desde el
punto de vista temporal. Habría sido útil a la autora examinar los
resultados de Alden Masón (1931, 1936, 1939), quien ilustra grandes
lotes de piezas excavadas sistemáticamente y con una procedencia de
fiar, al igual que los trabajos de G. Reichel-Dolmatoff
(1954).
La autora les dio mayor importancia a los datos del registro de
compras en donde la importación suministrada por los vendedores de
piezas (aclárese: intermediarios) desconocen la procedencia del
material. Para corregir ese problema de la
"información" de los intermediarios, cabe
recurrir a la fuente primaria: el guaquero. Santa Marta es una de
las ciudades del país con mayor número de personas dedicadas a la
actividad de la guaquería y donde algunos son especialistas en
ciertas regiones o valles, por lo cual llegan a ser excelentes
informantes sobre la distribución espacial de ciertos tipos de
piezas. Al considerar la mitología cogui y las reglas de parentesco
descritas por Reichel-Dolmatoff (1985), es claro que los tuxes y
daxes (especie de clanes femeninos y masculinos) tienen como
personaje totémico un animal, y que existe una relación entre éste
y una zona geográfica de origen o procedencia. Por supuesto que la
distribución geográfica descrita por Reichel no es la misma que la
del pasado prehispánico, pero nos ilustra sobre el sentido
simbólico y espacial que la fauna mítica pueda tener en cualquier
tiempo. Por esa razón es importante llegar a definir la
distribución espacial de esos artefactos faunísticos. En el segundo
capítulo, la autora establece tres tipos de representaciones en los
artefactos, que son:
- Animales pertenecientes a una sola clase: mamíferos, aves,
reptiles, anfibios, peces y moluscos.
- Animales de clases diferentes relacionados entre sí: mamíferos y
reptiles, mamíferos y aves, aves y reptiles, etc.
- Relaciones entre el ser humano y animales: hombre mamífero,
hombre ave, etc.
Posteriormente, la autora examina el comportamiento porcentual de
estos tipos de representaciones con respecto al material en que
fueron elaborados. De esta manera llega a interesantes conclusiones
que pueden ser válidas para los artefactos que no están sujetos a
problemas de conservación, como la concha, el hueso y la madera.
Por eso la conclusión de que la mayor parte del material de concha
y hueso (62%) representa anfibios, puede ser perfectamente válida
para el litoral, que es la zona donde mejor se conservan dichos
materiales, por ser suelos básicos y secos. Por el contrario, en la
parte alta de la sierra este material no se preserva, a causa de la
acidez de los suelos. En consecuencia, se ignora cuáles son las
representaciones dominantes de esta área. Por otra parte, la autora
no establece la relación existente entre la función del artefacto y
la representación faunística.
El tercer capítulo es en sí el más útil de su estudio, pues en él
describe detalladamente los tipos de representaciones anteriormente
mencionadas, entrando a identificar en familias y géneros las
representaciones de la fauna. Después la autora cita largos textos
de los mitos compilados por Reichel (1985) sobre los coguis, como
recurso para explicar el significado que tiene el respectivo animal
hoy día, sin trascender la transcripción del texto. Los coguis son
descendientes de los cacicazgos que poblaron la vertiente norte de
la Sierra Nevada de Santa Marta. Pero no se puede partir de una
supuesta atemporalidad del mito cuando ha ocurrido un cambio en el
tiempo como consecuencia de la conquista española, la
evangelización, el descenso demográfico, la transformación de las
reglas de parentesco, etc., variables que actúan sobre la
estructura de los mitos. Como bien observa la autora, el murciélago
representado en los artefactos, cumplía un papel importante en el
pasado, mientras que entre los coguis esta figura desempeña un
papel secundario. Esta diferencia muestra lo relativo del problema,
a causa del cambio cultural normal que ocurre en cualquier
sociedad.
Intentos de relacionar los artefactos arqueológicos con las
tradiciones de los coguis habían sido previamente realizados en la
Sierra Nevada. Tal vez el primero fue el de Theodor Preuss en su
artículo publicado en Berlín (1932) intitulado "Vorlage ei
niger Goldsachen aus Kolumbien" ("Muestra de
algunos objetos de oro en Colombia"). Este interesante
trabajo, al igual que los mitos compilados por Preuss en su
principal obra, así como las observaciones de las máscaras,
escaparon a la autora del libro que aquí se reseña. Las
dificultades que hubo de afrontar Anne Legast fueron las de
estudiar un material cultural carente de contexto, como el que está
depositado en el Museo del Oro, y de no contar con trabajos
arqueológicos que facilitaran su labor. De manera que su aporte es
la identificación taxonómica de los animales representados en los
artefactos dentro de la tradicional clasificación linneana, la cual
es tan arbitraria como la empleada por los indígenas, y que la
autora no logra definir. Un claro ejemplo de lo que implican los
esquemas de clasificación dentro de la cosmovisión indígena la da
el profesor G. Reichel-Dolmatoff, De ahí que la identificación taxonómica de la fauna representada en las piezas prehispánicas
sea muy relativa y sugestiva cuando se desconocen los sistemas de
clasificación empleados por las comunidades indígenas existentes, y
más aún cuando desconocemos las desaparecidas.
AUGUSTO OYUELA CAICEDO
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